martes, 5 de enero de 2010

CUENTO: “Un Santo Varón"


Por: Max Villareal


A: Don Felipe, un oscuro profesor de primaria y catequista.


Todas las virtudes conocidas y por conocer: teologales, morales, cardinales, espirituales y materiales; tanto para contemplación de Dios como para recibir sus gracias celestiales, así como una gran disposición para hacer el bien en beneficio de todos los que acudían a su lado solicitando cualquier tipo de ayuda, estaban personificadas en un sólo ser: Nachito.

Procedía siempre conforme a las leyes morales con una gran fortaleza de ánimo y recta actuación en su comportamiento. Nachito, era el summún de las virtudes posibles en el alma de un hombre.

Por costumbre ancestral de su familia –muy común entre el linaje de los católicos de origen alemán-, ofrecían al primogénito varón de cada matrimonio, para ingresar al seminario y ordenarse como sacerdote. Si el matrimonio tenía hijas, se escogía a la más proclive por su carácter para que ingresara a un monasterio y tomara los hábitos de monja. Así de cristianos católicos era la familia de donde provenía este hombre.

Nachito por una grave enfermedad en su infancia, creció debilucho y no se le consideró apto para cursar la carrera eclesiástica. Su lugar lo tomó su hermano menor; pero esta situación no le causó menor vocación. De niño perteneció al coro de la iglesia, luego fue monaguillo. De adolescente ingresó a las juventudes católicas de la ACJM; de joven impartió el catequismo y tomó el liderato de la Asociación Cristiana. Por las tardes adoctrinaba a los niños que acudían a la iglesia y ya adulto, sin ninguna orden religiosa, estaba dispuesto a ejecutar cualquier acción en beneficio de la congregación. Cuando era requerido por el sacerdote de la iglesia, se hacía cargo del cuadrante, atendiendo a todos los feligreses que requerían alguna copia o documento oficial expedido por el templo o para recibir peticiones de misas para cumplir con los sacramentos que la iglesia dicta para sanar y limpiar a las almas por los pecados cometidos por los mortales.

En las reuniones dominicales que se realizaban con otros grupos pertenecientes a otras iglesias, conoció a una joven no muy agraciada físicamente, pero eso sí, muy católica y apegada a todos los ritos, respetando períodos, tiempos y días de devoción, abstinencias y ayunos, con mucha dedicación, vocación y solemnidad. Se llamaba Visitación. Fue indudable que congeniaron desde el primer momento que se trataron, eran como se dice y lo corroboraban todos: nacidos el uno para el otro.

Mantuvieron un largo noviazgo de muchos años, de relaciones que no pasaron de las visitas de Nachito a la casa de la novia para platicar y cuando mucho, tocarse las manos. Estas visitas eran esporádicas, concentrando sus reuniones principalmente en el tiempo en que coincidían en la doctrina, ya que ella cambió de su grupo al de Nachito, con la supuesta idea de estar más tiempos juntos. Terminada la evangelización de los jóvenes de nuevo ingreso, como despedida y algunas veces también cuando llegaban, aún estando solos, no pasaban sus caricias de un simple beso, sin deseo ni malicia, ya fuera en la mejilla o rozándose los labios.

Toda la congregación los miraba como la pareja perfecta, la cual, en pláticas durante los retiros espirituales luego de escuchar los consejos del sacerdote, decidieron casarse. Fue una boda austera, sencilla, con una fiesta que reunió a toda la feligresía activa de la iglesia. Se comió bien, no obstante de los frugales guisos que conformaron el banquete. La música estuvo a cargo de la estudiantina de la Acción Católica y no se sirvieron bebidas alcohólicas; sólo los novios brindaron descorchando una botella de sidra espumosa y el sacerdote que los casó –el hermano de Nachito-, acompañó el brindis con un vaso de vino de consagrar.

Los novios en su viaje de luna de miel, partieron primero a Guanajuato y luego a san Juan de los Lagos; él para ofrendar su matrimonio al Cristo del Cubilete y ella a ofrecer su vida de casada a la virgen Santa Juanita. Ambos consideraron la pérdida de la castidad de él y la virginidad de ella, como un sacrificio obligado, como una transición necesaria en sus vidas, un acto que los uniría más es espíritu y alma, que corporalmente. Al día siguiente, antes de la primera misa se confesaron de haber cometido el pecado original y durante la eucaristía, muy unidos, comulgaron.

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Un hombre muy apegado a su rutina diaria. Se levantaba antes de dar las cinco de la mañana, se aseaba y salía rumbo a la iglesia. Subía al campanario y jalando el cordel que accionaba el badajo, daba las llamadas para la misa de seis; preparaba el altar, encendía los cirios y durante la celebración de la misa, si había quien ayudara al Sacerdote, el sólo recogía las limosnas. Efectuaba la limpieza de la sacristía y del cuadrante y después de las ocho de la mañana regresaba a su casa; desayunaba y a las nueve salía rumbo a su trabajo. Desde joven se independizó de su familia, las más de las veces vivía en el curato de la iglesias para ayudarle a los sacerdotes, ganándose su sustento vendiendo libros en forma ambulante en oficinas, comercios y entre los empleados de oficinas y burócratas en las dependencias del gobierno. Luego se colocó al frente de una librería donde expendían textos religiosos, imágenes de vírgenes y santos en hermosos cuadros y representaciones en yeso o en pasta de variadas santidades; además de artículos para la liturgia, la celebración de la misa y vestuarios para los párrocos.

A las cinco de la tarde llegaba a comer a casa y rápidamente después, cada uno por su lado, salían. Nachito a la iglesia de San Miguel para atender el cuadrante del curato, presidir la reunión de los jóvenes de la Acción Católica y algunas veces, conducir la letanía del Rosario vespertino diario. Visitación a la iglesia de San Pablo, para impartir la enseñanza del catecismo y la preparación de los niños pequeños para recibir el sacramento de la primera comunión. Al término de la educación cristiana, regresaba primero a casa para preparar la cena y esperar el retorno de su esposo, el cual normalmente llegaba entre nueve y diez de la noche. Juntos disfrutaban los moderados alimentos y de inmediato pasaban a descansar, siempre y desde un principio de su unión, en camas gemelas, para no verse tentados por el demonio y cometer el pecado de la carme y no cumplir con el sexto mandamiento de la Ley de Dios. Por tanto, sus relaciones carnales eran muy escasas, sólo de vez en cuando él consideraba que era indispensable hacerlo se llevaba a cabo la unión conyugal, ya que por cuenta de Visitación ni por su mente corría el deseo de efectuarlo, aparte de ser una mujer frígida, su físico delgado, sin atributos corporales que despertaran el apetito sexual de Nachito, solamente era receptora del exiguo libido de su esposo.

Los domingos participaban en obras de beneficencia, organizando basares, colectas, kermeses, todo para recabar fondos para la iglesia y para orfanatorios y asilos tanto de niños como de ancianos. Nachito y nadie más, era el encargado de repartir todos los artículos que reunían como donativos para ayudar a los recluidos en esos centros de asistencia. Muchas veces el domingo, también cumplía encargos del señor cura, ya sea de carácter oficial a la sede de la Diócesis o de tipo privado y particular, ocupando mayor tiempo de lo requerido para cumplir los encargos bajo su responsabilidad; tardanzas y ausencias durante todo el día, que sabía ocultar muy bien mediante excusas muy bien soportadas. Aún, ciertos días de la semana, llegaba tarde y no cumplía con sus deberes completos, aduciendo reuniones con clientes para la venta de sus libros. Sólo en estos días y en contadas ocasiones, se tomaba la libertad de faltar al cumplimiento de su rutina establecida. Visitación confiaba plenamente en su esposo; nunca dudó de su comportamiento ni de su palabra ni de sus actos.

Así pasaron veinte años de casados, sin hijos, ellos dos solos viviendo en la pequeña casa que Visitación heredara de sus padres, compartiendo una vida ascética que tenía como fin el perfeccionamiento de su cristianismo y se podría asegurar que vivían felices, aunque en forma mesurada no tenían carencias de ningún tipo. Todos sus amigos y compañeros de la grey católica los consideraban una pareja perfecta y ejemplar, como unos santos… y en realidad lo eran.

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Yo lo conocí cuando fui padrino de bautizo del hijo de un compañero mío de trabajo. Me atendió muy amablemente en el cuadrante de la iglesia y con mucha diligencia apoyó al sacerdote durante la ceremonia ante la pila bautismal. Digo que lo conocí, porque tiempo después estando en una cantina de la colonia Obrera en compañía de dos amigos, uno de ellos cumpliendo años, degustábamos unas copas en su honor con la consabida y sabrosa botana que servían. Lo vi entrar al bar junto con otra persona. Traía encasquetado un sombrero bien sumido, hasta la altura de las cejas, como para pasar desapercibido; pero este detalle me hizo fijarme en él. Se sentaron, pidieron sus tragos y empezaron a jugar dominó. Se notaba mucha familiaridad entre ellos, quizá escuché que se decían compadre cuando elevaban sus vasos para brindar. Al levantarme para ir al mingitorio, pasé junto a su mesa y lo saludé:

---¡Hola Don Nachito! Gusto en saludarlo…-Me vio con los ojos desorbitados y me contestó con un claro tartajeo:

---¿De dón…dónde me co…conoce? –Le expliqué la atención que tuvo hacia mí en la iglesia; pero notando su confusión y al no responderme más, quedándose callado mirando a su compañero, me disculpé, pedí permiso y me retiré hacia los sanitarios. Cuando salí, ya no estaban. Al preguntarle con señas al mesero sobre los ocupantes de esa mesa, se acercó a mí comentándome que pidieron la cuenta, pagaron y rápidamente se levantaron y salieron de la cantina. Que era muy extraño, pues siempre que asistían, pues eran clientes, tomaban varias copas y tranquilamente se retiraban.

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Juancho era un oficial albañil que estaba trabajando conmigo. A solicitud de mi esposa realizábamos unos cambios y ampliaciones a nuestra casa. Este albañil era muy conocido entre la familia por haber trabajado mucho tiempo y muy bien con todos los que necesitaron algún trabajo de albañilería y acabados. Contaba con toda nuestra confianza. Por la tarde, al término de la jornada, me esperó a que llegara de trabajar para avisarme que el día siguiente no se presentaría a trabajar, no obstante que tenía programado para colar el segundo nivel de la ampliación a la casa. Me enseñó el periódico matutino y leí el encabezado y una foto del reportaje; foto que reproducía la cara de una persona que conocía, tanto físicamente como por el nombre. Bajé de mi vista el diario y al tratar de comentarle lo visto, fui interrumpido cuando Juancho, cambiándole el semblante, triste, me dijo:

---Es mi cuñado, lo asesinaron ayer al medio día. Está en el hospital de Xoco y voy con mi hermana a recogerlo.

---Oye Juancho, espera, yo lo conozco, no creo que sea tu cuñado, trabaja en una iglesia como secretario de la notaría y le ayuda al padre en todos los trámites y ritos de la parroquia.

---No patrón, ha de estar usted equivocado, mi cuñado trabaja en una fábrica de libros y por el día anda vendiendo la Biblia. En la foto no se ve bien, además allí va herido.

---Mira Juancho –tomando el periódico y volviendo a ver la foto-, sí, es él. Estoy seguro…hasta el nombre coincide: Nacho. Si no es tu cuñado o no lo encuentras, búscalo en esta iglesia, aquí te anoto el lugar, investígale y te desengañarás… a lo mejor está vivo.

---¿Entonces patrón, me da permiso? Dejé todo listo y en cuanto me desocupe estaré de regreso, tenga por seguro que colamos.

---Anda ve, tómate el día. No habrá problemas, no iré a trabajar y me quedaré supervisando a tu gente y colaremos la losa.

Durante el trayecto a mi oficina, una vez terminado el colado, darles de almorzar a los albañiles y concederles como descanso el resto del día, compré el diario y en cuanto me senté en el sillón tras mi escritorio, leí la noticia:

“Causó gran revuelo en la sociedad cristiana del barrio, la muerte de Nachito. Asaltaron la librería donde trabajada y al rehusarse a entregar el dinero existente en la caja, le dispararon dos balazos. Herido lo trasladaron al hospital y antes de intervenirlo quirúrgicamente, falleció. El velorio fue muy concurrido y solemne. Los rosarios no pararon toda la noche y en los corrillos se reconocía la gran vida de entrega que como benefactor, Nachito entregó a la iglesia. Fue un santo varón; de este título no bajaban los comentarios. La inconsolable esposa rodeada por todas sus compañeras de asociación, de catequistas y amistades, no cesaba de externar su dolor y recibía el consuelo y la compañía de todos, en este difícil trance.”

Al día siguiente estando ya al frente de la obra, Juancho me comentó el resto de la historia que desconocía: Acudieron por la noche al hospital de Xoco a reclamar el cadáver de Juancho, pero el cuerpo ya había sido recogido. Que se había presentado un padrecito de una iglesia con un documento donde le autorizaban la dispensa de la autopsia e iba acompañado con muchas mujeres vestidas de negro, todas llorosas y, se lo llevaron. No le dieron más datos, porque su hermana no presentó ningún papel que la acreditara como su esposa. Por lo que al día siguiente –ayer-, muy temprano fueron a la fábrica de libros donde trabajaba y no le dieron razón de él, que allí no laboraba ninguna persona llamada Nachito. Dejé a mi hermana en su casa y me dirigí a donde usted me dijo, a la iglesia y allí si hubo quien me informara:

---Sí, aquí lo conocemos, ayudaba al padre y es miembro de la comunidad católica Lo asesinaron y la misa de difuntos en su recuerdo, se celebrará hoy, aquí, a las doce”

Rápido fui por mi hermana y sus hijos y pidiéndole a su compadre, por si había bronca, que nos acompañara. No se negó, ya que el propiamente era su único amigo con el que departía para beber y jugar dominó, ya fuera en la cantina o los domingos en su casa.

Que cuando se iniciaba el rito de la Paz y el sacerdote expresaba ante todos los fieles puestos de pie: “Señor Jesucristo, que dijiste a los apóstoles, Mi Paz o dejo, Mi Paz os doy…” entró todo el grupo de familiares a la iglesia.

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El párroco invitó al señor obispo de la Diócesis para que oficiara la misa de cuerpo presente, pidiéndole al hermano de Nachito, también sacerdote, que lo acompañara para que se celebrara la eucaristía con una ceremonia de tres ministros, antes de partir al panteón, misa con la que honrarían su memoria y pedirían por su eterno descanso. Presentes estaban los integrantes de la estudiantina y el coro de la Acción Católica; la iglesia llena y todos los asistentes contritos, dando inicio la ceremonia. El santo sacrificio de la misa se celebraba con normalidad y mucha solemnidad, cuando, casi al término del rito, una mujer, dos hombres y cinco muchachos, caminando por el pasillo central cruzaban la nave de la iglesia dirigiéndose hacia el féretro que se encontraba antes de subir al presbiterio. Rodearon el ataúd, la mujer levantó la tapa del visillo y mirando hacia el interior, exclamó: ---¡Es Nachito, mi esposo!

Armándose un gran revuelo entre todos los asistentes. Y mayor fue la conmoción y el alboroto al disputarse dos mujeres, la caja donde yacía el cuerpo del supuesto esposo de ambas. Las discusiones terminaron cuando Visitación, muy atribulada, se desmayó.

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Al retornar del cementerio, los familiares y las amistades más íntimas reunidas en la casa de Visitación, escuchaban a Dionisia, la hermosa y frondosa hermana de Juancho, relatar a su rival en amores, su situación y cómo se originó su relación con el difunto:

---En un restaurante donde trabajaba, lo conocí. Llegaba a almorzar de vez en vez, cuando por esta zona vendía sus libros, especialmente la Biblia. Me gustaba, no me caía mal, me hizo la ronda y acepté ser su novia. Poco tiempo después rentó una vivienda cerca de donde trabajaba y me propuso irme a vivir con él. No nos casamos porque me dijo que era casado, que no habían tenido hijos y que estaba separado y como era muy católico y sin estar divorciado civilmente y estando viva la que era su esposa, no podía casarse. No me importó. Empezaba a quererlo mucho. Me sentía feliz.

---Antes de juntarnos, me llevó a enseñarme donde estaba la fábrica de libros donde trabajaba y me explicó que allí vivía desde que se quedó soltero y que además de vender en el día sus libros, por la noche tenía el compromiso con el dueño de seguir cuidando las oficinas, por tanto no dormiría en la casa. Estuve de acuerdo pues ya lo sentía muy mío. Todos los días al salir de su trabajo, llegaba despuecito de las cinco de la mañana, se recostaba un rato, desayunaba un poco de café y pan y salía con su portafolio, que aquí dejaba, para vender sus libros. Por la noche, lo esperaba entre las siete y las nueve, pasábamos juntos hasta antes de las diez y salía para las oficinas de la fábrica. Algunas veces, cuando estaba, lo acompañaba mi hermano u otras mi compadre. Los domingos estaba o por las mañanas o por las tardes, indistintamente, nos traía mucha ropa y muchas cosas más para mí y para mis hijos. Se tomaba sus copitas solo o con mi compadre y regresaba a la fábrica. Fue muy cumplido, muy responsable y muy buen padre, adoraba a sus hijos y ellos a él también, lo respetaban mucho. No me impidió que continuara trabajando, de esta manera estaría ocupada todo el día; aunque cuando crecieron los muchachos, dejé de hacerlo. El dinero nunca me faltó, siempre me dio lo suficiente para mantenernos y educar bien a sus hijos. No tengo nada que reprocharle.

---Me extrañó que no hubiera llegado anteayer por la noche y ayer por la mañana; porque siempre me avisaba cuando iba a faltar. No le di mucha importancia, de vez en cuando llegaba a faltar y al día siguiente estaba a nuestro lado.

---Mi vecina, después de medio día me trajo el periódico. Leí la noticia y mandé a uno de mis hijos en busca de mi hermano para que me acompañara al hospital. Llegamos por la noche; pero ya habían recogido el cuerpo y no sabíamos quién y porqué. Regresamos a casa y hoy temprano fuimos a la fábrica, preguntamos por él y nos dijeron que sí lo conocían, que hace mucho el compraba sus libros allí; pero nunca trabajó con ellos y que no sabían donde encontrarlo. No sabíamos qué hacer. Mi hermano me dejó en la casa y me dijo que iría a una iglesia, a no se qué. Regresó muy apurado por nosotros y nos presentamos en la iglesia cuando decían misa. Así estuvo todo señora, así es como me relacioné con Nachito.

Visitación no pudo articular palabra, un amargo rencor bloqueaba su garganta, se quedó muda. Dionisia al no recibir ninguna contestación, se puso de pie, cruzó la sala luciendo su muy buen formado cuerpo, admirándolo en secreto los hombres que estaban en la reunión y sin despedirse, seguida de su familia, se retiró. La viuda oficial una vez que la mujer salió, cerró sus ojos, sólo pensando en Nachito, viéndolo caer del pedestal donde lo había entronizado.

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Durante los rezos del novenario, la angustiada y dolida esposa no le lloró más a su difunto esposo. Consideró que la situación por la que pasaba era una prueba más a que Dios la sometía, para fortalecer y engrandecer su espíritu. Toda la congregación, si anteriormente la acompañaron en su dolor por la pérdida del esposo, ahora la compadecían por el engaño sufrido y pretendieron estar siempre a su lado, cosa a lo que Visitación se negó.

Triste, ensimismada en sus pensamientos, se transformó en una dolorida viuda. En una de esas mujeres vestidas de negro del cuello hasta los tobillos, que siempre viven en las iglesias. Ya no participaba en la educación catequista ni en las reuniones para ayudar al prójimo. No, ahora era una sombra oscura que deambulaba por su casa y sólo salía al Templo para ir a misa, confesarse y comulgar todos los días.

Su vida se fue consumiendo por el dolor y la soledad. Con el tiempo llegó a comprender la vida secreta de Nachito. Ella, incapaz de darle el amor carnal que su esposo requería, se culpaba de haberlo orillado a buscar otra mujer y olvidó sus hechos de adulterio y la doble vida que su esposo llevó. Únicamente recordaba lo feliz que había vivido en su compañía.

Una noche, mientras dormía, la recogió la muerte. Por la mañana la encontró su sirvienta, yerta, fría, mostrando en su rostro una gran tranquilidad y vestida con una túnica blanca, hermosa, que ella arregló del vestido de novia con el que se casó y preparó para su mortaja. Todas las noches, vistiendo la prenda escogida, dormitaba; siempre recordándole y dándole indicaciones a su sirvienta que cuando su muerte ocurriera, si el deceso era de día, la amortajaran con ese atuendo. No fue necesario su amortajamiento, ella estaba preparada para morir. Cruzados sus brazos sobre su pecho, empuñando en una mano un rosario con una cruz muy grande y en la otra una pequeña foto de Nachito, recibió a la muerte tanto tiempo esperada como punto final de su vida, en su última etapa de sufrimientos.

Todas sus pertenencias, incluida su casa y un pequeño capital, se los heredó a los hijos de Nachito, principalmente al menor de ellos y como última voluntad, dejó escrito que la inhumaran en la misma sepultura, junto a su compañero con el cual formó una pareja cristiana modelo. Una pareja muy unida durante su tiempo, que entregó lo mejor de su vida por la fe de su religión.

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El oficial albañil, ahora maestro de obras, Juancho, nos sigue frecuentando. Esta vez se presentó entregándonos una participación para el próximo domingo, donde su hermana Dionisia nos hace la invitación para asistir a la iglesia de San José de los Obreros. Ignacio chico, el menor de los hijos de Nachito, en la misa de las doce del día, se ordenará como sacerdote. El rito parroquial lo presidirá su tío, hermano de su padre, también párroco, del cual recibió todo su apoyo en su carrera de seminarista.

La costumbre atávica de la familia de Nachito, no se perdería. Uno de sus hijos seguiría con la tradición, repitiéndose siempre de generación en generación, para formar un hombre dispuesto por vocación y entrega para hacer el bien a sus semejantes, un hombre para ayudar espiritualmente a sus feligreses, un hombre que cumpliera cabalmente con el ejercicio de su sacerdocio, un hombre que reuniera todas las virtudes conocidas y por conocer y que representara la perfecta manifestación de un santo varón, un hombre muy responsable y servicial como lo fue en vida para dos mujeres, un hombre como el que se llamó: Nachito.


Max Villareal.

Diciembre de 1998.

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