Por: Max Villareal.
Para mi hermana Olga, con un amargo recuerdo
La máquina del ferrocarril entrando a los patios de la estación de Jalapa, bufaba arrojando largos chorros de vapor a un ritmo acompasado, casi podríamos decir que los lanzaba con alegría por haber vencido las altas cumbres de la sierra madre serpenteando por su ancha trocha, abierta entre la tupida vegetación del trópico. El vapor también lo expulsaba con alta presión accionando el característico y potente silbido que ensordecía a las personas que se encontraban en la estación.
El maquinista jalaba del cordel que abría la válvula del silbato, tres veces en pausa corta y una vez en larga, mostrando en un su semblante un rictus de felicidad, en parte por haber tenido un viaje sin contratiempos y sin ningún asalto o ataque al ejército que resguardaba al convoy, y en parte por llegar a su casa después de dos largos meses de continuo trabajo transportando al ejército constitucionalista, de las regiones militares ubicadas en las poblaciones del bajío, oriente y poniente del país hacia la ciudad de México, para cumplir con las manifestaciones de adhesión por la toma de posesión del Presidente de
Simultáneo a cada silbatazo del tren, se escuchaba en la casa del maquinista un llanto muy especial, digamos armónico, que brotaba de la garganta de un ser que llegaba a este mundo: era una niña, la primera hija del conductor del tren.
La comadrona, mujer muy avezada en su trabajo, preparó, cortó el cordón, limpió y mostró a la madre su producto, diciéndole: --¡Felicidades Caridad!, es una linda niña, se parece a usted. –Ya bañada y envuelta en una pequeña cobija de lana cruda, la coloca al lado de la madre y continúa hablándole: --¡Es una niña muy especial! , ninguna niña de tantas que he recibido se le parece… no llora, más bien parece que… ¡canta!
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Caridad, mujercita púber bajita de estatura y mirada triste, cabizbaja al hablar aún ante sus padres, de rasgos autóctonos imperantes a pesar de su ascendencia en vía directa de emigrantes italianos provenientes de Nápoles a mediados del siglo diecinueve, huyendo de los estragos que a su patrimonio les causó la guerra en que Garibaldi contendió contra Francisco II, al que venció y tras su emigración se avecindaron en la ciudad de Jalapa. Sus padres aunque vivían con humildad, a ella no le faltaba nada. Se ganaban la vida, el padre repartiendo entre los tendejones mixtos de la ciudad, montado en una carreta tirada por un viejo caballo, el vinagre embotellado que su hermano fabricaba en una pequeña industria de su propiedad. Su madre atendía el hogar y en veces cosía ropa cuya confección aprendió de herencia materna, conformando una familia muy estable y apegada a sus creencias católicas acendradas.
Caridad era hija única y ayudaba a al hogar atendiendo el expendio de vinagre de sus tíos por las mañanas y por las tardes, acudía a recibir la educación secundaria junto con un grupo de niñas del vecindario que en forma particular, les impartía un maestro. El grupo de niñas dejó de asistir a las escuelas oficiales ya que cerraban continuamente por el estado de intranquilidad que imperaba en el país, desde el inicio de la revolución que derrotó a la dictadura de Porfirio Díaz.
La niña fue muy cuidada desde el ingreso a la adolescencia. No permitiría su madre que se casase muy joven como le sucedió a ella. Los únicos momentos de libertad que disfrutaba, consistían en acudir a misa en la iglesia catedral de la ciudad los domingos y los sábados en reuniones familiares vespertinas que organizaban como un ateneo, todos sus familiares para hacer remembranzas de sus orígenes italianos.
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Mario nació en Banderilla, población colindante con la ciudad de Jalapa. Su padre era maestro rural que impartía las clases primarias en un pequeño galpón adaptado como salón de clases de la única escuela del pueblo. Educaba a los niños de primero al tercer grado en el mismo horario y en la misma clase, ya no más grados, porque era muy reducido el número de alumnos que asistían, ya sea por que sus padres después los requerían para ayudarlos en las faenas del campo o ya sea porque no existía la obligatoriedad de la enseñanza primaria. A los pocos alumnos asistentes se conformaban los padres conque aprendieran tan solo a leer y las nociones elementales de la aritmética, con eso era suficiente y después a trabajar para ayuda en los gastos del hogar. Mario y dos compañeros más recibieron el curso total de la primaria en la misma escuelita, acudiendo sólo a examinarse para recibir su certificado oficial en
El maestro tenía una familia numerosa de la cual Mario era el hijo mayor. El sueldo raquítico no el alcanzaba para mantener su hogar, sueldo que además muchas veces no lo recibía al ser asaltados los trenes por los avatares de la revolución, que portaban la paga federal con los haberes de los maestros. Por lo tanto, el maestro consiguió dar clases particulares en la ciudad a un reducido grupo de niños para acrecentar sus ingresos. Al acudir a la ciudad, le permitió a Mario ingresar a la escuela secundaria en el turno matutino y al salir de clases, esperaba su padre que le llevaba su comida, la consumía y esperaba hasta el término de las clases particulares de su padre, para luego regresar juntos a Banderilla. Fue aquí, durante el corto tiempo de recreo, que conoció a Caridad y al platicar con ella, finalmente se hicieron amigos.
Una tarde, mientras esperaba a su padre sentado en la calle, al salir de clase cursando ya el tercero de secundaria, Mario fue levantado e incorporado por leva al ejército, a pesar de sus escasos y recién cumplidos quince años. Después de una breve preparación y capacitación en el cuartel de los diversos oficios castrenses, lo incorporaron al ejército regular destinando su unidad a la vigilancia y protección de los trenes civiles que recorrían los caminos férreos que como venas, cruzaban el cuerpo de nuestra República. Pronto, por sus deseos de progresar, aprendió los trabajos que realizaban los garroteros, luego los fogoneros y cerca de las máquinas, ganándose la amistad de los maquinistas, se instruyó en la conducción de las máquinas. Por su preparación escolar y su destreza en el conocimiento de las máquinas férreas, fue ascendido a cabo auxiliar maquinista. Al término de la lucha armada con el triunfo del ejército constitucionalista, fue ascendido a sargento segundo y maquinista principal de un convoy militar.
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Próximo a terminar el período presidencial del Presidente Carranza, la situación política del país volvió a agitarse, tanto que el propio gobierno no la pudo controlar. En Sonora, su gobernador Adolfo de
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Hasta fines del mes siguiente Mario llegó a Jalapa. De inmediato fue integrado a los pelotones de guardia que recorrían la ciudad, para proteger a la población civil de maleantes y gavilleros que escudándose en los brotes rebeldes, asolaban a la ciudadanía. Participando en una ronda de vigilancia, durante su marcha por las calles de Jalapa, entre los peatones que se dirigían al centro de la ciudad vio a Caridad acompañada de sus padres.
El domingo siguiente, primer día que le tocaba estar de franco, se dirigió a visitar a su familia que no la veía desde su reclutamiento; aunque estuvo en contacto con ellos gracias la correspondencia postal en la que les informaba, dónde se encontraba y los progresos que obtenía en su carrera militar… y después partió raudo hacia la iglesia Catedral.
Mario portaba el uniforme militar con orgullo adornado con los galones de sargento, mostrando su distinguida presencia de acuerdo a su mediana estatura y cuerpo esbelto y aspecto varonil: moreno, pelo lacio corto al rape tipo militar y sin bigote. Se paró frente a la puerta principal de la iglesia y esperó. Al término de la misa, la vio al salir y se dirigió hacia ella:
--¿Caridad, te acuerdas de mí?… Soy Mario. –Ella emocionada alzó la vista y le contestó:
--Sí, no te olvidado, me acuerdo de ti y es más, hace unos días te ví marchando en la calle.
--Te invito una nieve en el parque, ¿aceptas?, así sirve de que platicamos un poco. -Caridad aceptó con un movimiento de su cabeza. Él la tomó del brazo, cruzaron la ancha avenida y penetraron al parque; lugar muy sombreado por los centenarios álamos y fresnos que forman bajo sus frondosas copas un hermoso claroscuro que al medio día, da una sensación de tranquilidad y un clima fresco al menguar las ramas los cálidos y quemantes rayos del sol del verano.
Pidieron dos vasos de nieve en el puesto del kiosco y se sentaron en el murete de piedra que limita el parque por el lado sur, admirando el paisaje que se retrataba por el horizonte destacando la monumental maza cónica del volcán Citlaltépetl o Pico de Orizaba, la cumbre más alta de
--Caridad, me conoces desde hace mucho tiempo y todos estos años que han pasado, nunca te he olvidado… ¿Quieres ser mi novia? –Al verla fijamente a sus ojos Caridad se inclinó y entre dientes le contestó muy quedo:
--No me darían permiso, mi mamá y mi papá no me dejan tener novio.
--Si me lo permites, hablo con ellos.
--No, me castigarían y no me dejarían salir y ya no podré ir al expendio. De seguro me encerrarían… yo los conozco bien y eso es lo que me harían. No quieren que me case muy chica.
Ambos se quedaron callados. Terminaron el helado y se tomaron de las manos. Se rompió el silencio, lleno de miradas de ella con admiración al joven militar y de él con deseos fervientes de tomarla entre sus brazos; con la tenue voz de Caridad:
--Vámonos por favor. Ya me tardé y se vayan a enojar mis padres
Sin ser formalmente novios, se continuaron viendo cada domingo que Mario se encontraba franco, haciendo de su pertenencia el cálido lugar del parque donde entrecruzaban sus manos y fundían sus miradas en una sola, miradas colmadas de un amor en silencio.
El joven sargento Mario después de varios meses, fue reinstalado en su puesto de maquinista por su experiencia, buen comportamiento y fidelidad a la institución castrense. Conduciría un tren la mitad de los vagones para transporte militar y la otra mitad para uso de la población civil. Recibido el parte y la orden de salir, pidió la tarde de franco para despedirse de su familia y buscar muy angustiado a Caridad. Se dejó ver frente al expendio de vinagre y a hurtadillas ella salió a verlo, reuniéndose en la calle posterior de la tienda, revelándole Mario la situación:
--Caridad, me reinstalaron en mi puesto. Mañana salgo para Veracruz, luego iré a México por la vía de Orizaba. Voy a estar ausente mucho tiempo y no podremos vernos… Vente conmigo…
--Pero… ¿y mis padres?
--¿Todavía no saben nada de mí, verdad?
--No me he atrevido, siguen pensando que estoy aún muy chica y no me darán permiso de casarme hasta que encuentren un buen partido para mí. –Mario, insistiendo volvió a pedirle y proponiéndole: --¡Vámonos!, nos casamos en el Puerto y después los venimos a ver y a pedirles perdón. –Caridad con la cabeza inclinada, mirando el jugueteo de sus dedos en las manos, muy nerviosa, le contestó: --No sé, no sé y me voy… se van a dar cuenta de que no estoy… -Al tiempo que daba la vuelta y emprendía la carrera hacia el expendio, Mario le gritó:
--¡Caridad! El tren sale a las siete de la mañana, te espero en la estación…-Mario la vio irse, quedándose de pie en el mismo lugar un buen rato, desconsolado. Luego dio media vuelta y encaminó sus pasos hacia Banderilla, a la casa de sus padres.
Una vez terminada la labor de la máquina de patio de enganchar todos los vagones, carro correo, carro equipaje, carro de carga, tres plataformas y un vagón para el ejército, dos vagones de segunda y uno de primera para los pasajeros civiles, vagón comedor y el cabús a la locomotora principal con su respectiva carbonera cargada de combustible y llenado el depósito de agua, Mario subió a revisar su nueva máquina y a acomodar el convoy en el anden respectivo de la estación. Mientras el ejército abordaba dos plataformas y en la tercera subieron las piezas de artillería y se daba la orden de acceso a los pasajeros, Mario bajó de su cabina recorriendo todo el andén y la sala de pasajeros. ¡Nada! Ni sombra de Caridad.
Triste subió nuevamente a su cabina, jaló del cordel para indicar con unos silbatazos convenidos que todo estaba listo para partir. Los pelotones de escolta abordaron, dividiéndose. Una parte entabló una ametralladora en la parte frontal de la locomotora y el resto se apertrechó en el cabús, listos para repeler cualquier agresión de disidentes y levantados que surgían en diversas regiones del país, en contra del gobierno provisional de Adolfo de
Listo el operativo de la escolta, sacó su cabeza por la ventanilla de la cabina para ver la señal de arranque del garrotero, momento en que la vio; Caridad llegaba corriendo por el andén con un morral en la mano. Descendió de la cabina y también corriendo llegó a su lado, abrazándola y sin decirle palabra alguna, se acercó al auditor del tren y se la encargó diciéndole que la acomodara en el vagón de primera. Corrió nuevamente a su máquina, abordó la cabina, volteó por la ventanilla, vio la señal del garrotero y el grito de inicio de la marcha: ¡Vaaaámonooos!. Checó el regulador de baja presión, abrió los mandos de la toma de vapor, los cilindros atacaron el eje de distribución de las ruedas motrices al ser aplicado el esfuerzo máximo de tracción a la colisa y ésta a las flechas, moviendo al inicio lentamente las ruedas con un rechinido metálico al patinarse por la fricción contra las vías y con el ritmo acompasado, muy peculiar sonido que produce la locomotora, jaló del cordel de la válvula del silbato para anunciar que salía de la estación y su estruendosa resonancia, ahogaba los gritos de alegría que con mucha vehemencia, Mario profería.
Inmediatamente que detuvo la máquina al llegar a la estación de Rinconada para que cargaran el carbón mineral y rellenaran el depósito de agua, corrió hacia el vagón donde viajaba Caridad. Mientras reabastecían al tren, bajaron y en una banca de la estación, platicaron. Entre sollozos Caridad le contó cómo salió de su casa; previamente la víspera preparó un pequeño lío con su ropa, lo más indispensable para que su madre no notara su falta y lo metió en un morral el cual escondió bajo la cama. Al Amanecer se levantó antes de que lo hicieran sus padres, fue a abrir el expendio y escondió el morral tras una caja de botellas bajo el mostrador. Al llegar su padre le preguntó porqué se levantó tan temprano y le contestó que no pudo dormir por un ruido que escuchó en la calle y luego no pudo conciliar el sueño, cuando en realidad no durmió por estar pensando en él y aún no discernir que haría, si se quedaba en casa o huía. Cuando su padre terminó de cargar la carreta y se retiró para iniciar el reparto del vinagre, unos momentos más, cerró la puerta del expendio y salió corriendo hacia la estación creyendo que llegaría tarde y no lo alcanzaría… Ambos callaron, luego se abrazaron y lloraron por la dicha de encontrarse juntos. Abordaron, ella su vagón y el la locomotora. Seis horas después llegaron al puerto de Veracruz, en la estación de San Juan de Ulúa.
En el lapso de tiempo dedicado para el mantenimiento del tren, para la carga y descarga de equipaje, del correo, descenso y ascenso de la tropa y de los pasajeros civiles, Mario y Caridad salieron de la estación para dar un corto paseo por el malecón del puerto, para que Caridad conociera el mar: muy tranquilo en la zona de los muelles donde atracaban enormes barcos de nacionalidades desconocidas para ellos; agitado al estrellarse contra las escolleras que limitan la bocana del puerto y con enormes olas mar adentro, teniendo como fondo los islotes donde se instalaron los faros de protección del puerto: la isla Verde y la isla de Sacrificios.
Comieron en un puesto colocado a orillas del malecón y en una tienda de artesanías le compro un peine, dos peinetas y una crema de concha nácar, regresando luego a la estación. A las seis de la tarde el tren partió con rumbo a la capital, volviendo Caridad a ocupar su asiento en el vagón de primera y él al mando de la locomotora.
Pasando Orizaba, en la estación de Esperanza, fue relevado de la conducción por un maquinista civil que conducía de esta estación a la de Tehuacan, saliéndose de su itinerario regular hacia Tlaxcala, al encontrarse en ciertos tramos las vías destruidas por las tropas al mando de generales que con el pretexto de vengar la muerte de Carranza se levantaron en armas y así, evitar que el ejército regular llegara por tren a combatirlos.
Descansando por el relevo del mando de la locomotora, Mario condujo a su compañera al vagón comedor y cenaron conversando un rato. Al terminar, se dirigieron al carro del equipaje, dentro de el, tendió su cobija y su frazada de campaña, acostándose. Después, el suave vaivén del movimiento del convoy, los acunó en su primera noche de amor.
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Thomas Appletree era uno de los muchos técnicos ingleses que llegaron al país para explotar las minas de la región de Pachuca y de los pocos que no lo abandonaron cuando surgieron brotes de guerra después del triunfo Juarista contra la intervención francesa y el Imperio de Maximiliano. Thomas viajaba continuamente a la ciudad de México para asuntos de la compañía minera y a Guanajuato para asesorar a los técnicos de las minas de ese lugar. Al casarse con una inglesa empleada en las oficinas de la compañía, tuvo su primer hijo, John, el cual al tener edad suficiente, acompañaba a su padre en los viajes que realizaba en el único medio de transporte que existía: el ferrocarril. Cuando creció, en lugar de seguir los pasos de su padre, por los continuos viajes que realizó, se aficionó al conocimiento de los trenes y los muchos deseos que tenía de conducir una máquina. Por las recomendaciones de la compañía y de su padre, lo becaron para el estudio de operación y mantenimiento de las locomotoras en las instalaciones que los ferrocarriles tenían en la ciudad de Irapuato. De esta manera, muy joven, empezó a trabajar como conductor del ferrocarril y en un viaje hacia México, al pasar por la estación de Salamanca y detenerse para mantenimiento, conoció a una joven con la que transcurrido un poco tiempo de noviazgo, contrajo nupcias. En sus incesantes viajes por
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Caridad no se separaba de Mario, era su acompañante en todos los recorridos que hacían por
--Mario… ya no puedo acompañarte más… creo estar embarazada…
--¡Cómo!, ¿qué cosa dices?… --Que voy a tener un hijo tuyo…
En cuanto llegaron a la ciudad de México, Mario pidió licencia para viajar a Jalapa, explicándole a su superior las condiciones de su mujer. Pensó que el mejor lugar donde se encontraría Caridad para tener a su hijo, era en su casa de Banderilla, al cuidado de su madre; pero al recibir una recomendación de John para el jefe de la estación de Jalapa, cambió el destino de su residencia.
La colonia de los trabajadores del riel se encontraba en unos patios colindantes con la estación, cuyas viviendas consistían en viejos vagones de carga ya retirados del servicio, montados sobre escapes de vías férreas fuera de uso; vagones a los cuales con una división de madera de los mismos desechos, colocada en la parte media, formaban dos viviendas cada una de ellas integraba por una habitación y una salita, incluida la cocina. Los servicios sanitarios se localizaban en letrinas colocadas en un extremo de la colonia. Por agua no carecían, al tener varios hidrantes que suministraban el líquido en los depósitos de la estación. Y la recomendación de John surtió efecto al proporcionarle una vivienda a la pareja, aun siendo militar y sin pertenecer a la empresa ferrocarrilera.
Mario, una vez cobrados sus haberes de dos meses, compró los enseres, utensilios, trastes necesarios y tela para unas cortinas, que con mucha habilidad en su confección, Caridad dispuso en las ventanas de su habitación-vagón. Terminada su licencia, el maquinista se reintegró al servicio militar al frente de su máquina; pero por consejos de su compañero John empezó a tramitar su ingreso como personal de planta a la empresa ferrocarrilera, tanto por tener mejor salario como mejores prestaciones y horarios de servicio.
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La llegada a su vivienda no pudo ser celebrada con mayor alboroto. Había nacido su hija, ¡Era papá!… Su júbilo contagió a todos los vecinos que rodearon la escalinata de madera necesaria para alcanzar el piso del vagón, para felicitar al militar. Mario se desvivió en caricias tanto para la niña como para Caridad, durante el tiempo que duró de franco antes de volver a partir. En estos días se notó la increíble afinidad padre hija; no obstante los pocos días de nacida de la bebé, cuando la cargaba la niña reía pero con un sonido parecido a un susurro entonado. Cuando Mario tuvo que volver a su trabajo, una vez cobrada su soldada, dejó suficientes fondos para que no careciera de nada y tuvieran lo suficiente mientras regresaba de su viaje.
Antes de cumplir la cuarentena, Caridad no soportó la nostalgia de ver a sus padres. Armándose de valor, cargó a su niña y se dirigió a la casa de sus padres, optando por ir de mañana para no encontrarse con su padre. Llegó a su casa y no encontró a nadie, la casa estaba sola. Dio la vuelta a la calle hacia el expendio y parándose bajo el dintel de la puerta, vio a su madre, la cual desde su huída, se encontraba al frente del negocio. No entró ni habló, esperó a que su madre la reconociera. Ésta, creyendo que era un cliente, le iba a preguntar que se le ofrecía, cuando la vio y dando la vuelta al mostrador, salió exclamando:
--¡Hija mía! ¡Estás viva!
--¡Mamá… aquí estoy… Perdóname!
--¡Bendito sea Dios, al fin escuchó mis ruegos!…-Ambas abrazadas sollozaban y la madre aún sin reparar en el bulto que cargaba Caridad, hasta que la niña por lo apretado del abrazo, emitió un quejido. Si grande fue la sorpresa y la impresión de ver a Caridad, mayúsculo fue el estupor por la existencia de la niña. A Caridad la creyeron perdida para siempre. Nunca supieron que le había pasado. La buscaron por todos los lugares posibles e imposibles sin encontrar rastro alguno. La poca ropa que se llevó no fue notada por la madre. Las autoridades policíacas dejaron de buscarla, cerrando la investigación con la hipótesis de que había sido raptada por un grupo de facinerosos o de alzados, luego llevada a otra población y finalmente asesinada, dado que nadie la vio después de abrir el expendio y no tenía novio con el cual probablemente hubiera podido huir.
Por todos lo anterior, la madre lloraba de alegría al volver a tener a Caridad a su lado y al sentir entre sus brazos a la pequeña… ¡a su nieta!
Creyendo que Caridad regresaba para quedarse con ellos, cerró el expendio, tornaron a la casa y al entrar, efusivamente le dijo:
--Tu padre estará feliz de verte, no sabes cuan triste ha estado desde tu desaparición, pero ahora que regresaste a casa…
--¡No mamá, no regreso! Solamente he venido a visitarte y a presentarte a mi hija.
--Pero, ¿cómo…? ¿Entonces, qué fue de ti? –Caridad le habló de Mario y de cómo se había ido, de su situación actual, de cual era su vida y lo feliz que vivía. La madre callada la escuchó. La invitó a almorzar y al terminar le pidió la llevara a conocer donde habitaba. Partieron rumbo a la estación y comprobó lo humilde de su vivienda y la pobreza de la colonia de los trabajadores del riel. Sin darse cuenta de la actitud que mostraba su madre, Caridad con mucha felicidad le expresaba lo feliz que vivía allí, en su hogar, con Mario.
Al día siguiente por la tarde llegaron al vagón sus padres. La madre entró y con cariño tomó de los brazos de Caridad a la niña, quedándose el padre afuera. Con el pretexto de enseñársela a su padre, salió del vagón. Antes de salir y enterada de la presencia de su padre, Caridad rápidamente se dio una arregladita a su aspecto y cuando se asomó a verlos, el padre autoritario, sin dar muestras de alegría por verla, le ordenó que bajara a su lado. Estando juntos, la madre con palabras muy convincentes la invitó a irse a vivir con ellos y el padre, con prepotencia le insistió que dejara ese su supuesto hogar y que en casa tendría todo para ella y su hija, ya que esta no era la vida que habían pensado para ella. Caridad se negó. Les indicó que esperaran a que regresara Mario para que hablaran con él. Al ver su oposición, se negaron a entregarle a la niña e iniciaron su salida de la colonia. Caridad, suplicando primero y luego tratando de quitarle a la niña por la fuerza a la madre; tomándola el padre de un brazo, ora a rastras ora casi cargándola, en una u otra forma, se llevaron a Caridad y a la niña.
Cuando regresó Mario de su recorrido, sus vecinos le informaron lo sucedido haciéndole hincapié de que no se atrevieron a impedir el secuestro de la niña, por tratarse de los padres de Caridad. Mario encolerizado partió hacia el cuartel, habló con su Capitán pidiéndole apoyo y lo consiguió. Una hora más tarde un piquete de soldados al mando de un Teniente, tocó con fuerza con la culata de su fusil la puerta de la casa de los padres, casi a punto de tumbarla. Al abrir el padre, sin pedir autorización penetraron violentamente amagando con sus armas a los señores de la casa. Mario gritando su nombre, buscó a su mujer encontrándola encerrada en un cuarto al fondo de la casa. De un puntapié abrió la puerta y sin hablarle, vio a Caridad llorando con la pequeña en su regazo. Cargó a la niña y con suavidad tomó a Caridad del brazo y salieron del cuarto. Al pasar frente al padre, sin voltear a verlo, escuchó la conminación que a gritos le dijo su padre:
--¡Si te vas ahora, no regreses nunca! ¡Al fin te creíamos muerta!
El teniente lo calló, amenazándolo de que en caso que repitiera la acción de secuestro, no importando el parentesco, dada la situación del país en estado de revuelta, la aplicarían un juicio militar y lo sentenciarían a pasarlo por las armas en el paredón del cuartel. Y así como entraron, con rapidez salieron.
Para evitar futuras represalias del padre hacia su hija y las posibles consecuencias que éste recibiera por parte de Mario y que afectarían sentimentalmente a Caridad por ser su padre, Mario tramitó su cambio de la zona militar a la que estaba adscrito, presentando como motivos su situación familiar de la cual fue testigo el Teniente que lo apoyó en el raid militar. Una vez concedido el cambio y con el documento en mano, Mario se despidió del jefe de la estación y de los empleados. Estibó sus muebles y los utensilios más necesarios en el vagón de carga, regalando el resto de sus cosas entre los vecinos como agradecimiento por los cuidados que le brindaron a Caridad, durante los períodos de su ausencia. Todo listo y habiéndose despedido de su familia en Banderilla, estando Caridad como siempre lo hizo en su vida itinerante en el vagón de primera clase, Mario arrancó el convoy que conducía diciéndole adiós a la ciudad de Jalapa.
Un mes después llegó a la zona militar de Monclava, Coahuila, plaza donde fue transferido. Como militar tuvo que recluirse en el cuartel respectivo mientras estuviera sin operar su máquina, cuartel en el que no tenían cabida las mujeres, por lo que como siempre, por la vía telegráfica particular de los ferrocarriles le llegó al jefe de la estación una recomendación de John, para que le consiguiera una vivienda en la colonia de los empleados de la vía, ubicada en la faja lateral exterior de la estación, destinada para ser la morada de Caridad, habitación que ocupaba también Mario cuando estaba de franco. De esta manera la feliz pareja vivió sus mejores años, fructificando su matrimonio con el advenimiento de una segunda niña.
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Anita, nombre con el llamaron a su primer hija, demostró una gran disposición artística. Cantaba y bailaba todo lo que veía y escuchaba en las tardeadas sabatinas y en los conciertos dominicales con base a música folklórica que se celebraban en el kiosco del jardín central de la población. Antes de entrar a la escuela para cursar el primer año, aprendió a leer ayudada por su madre utilizando el silabario de San Miguel, siendo sus primeros textos de lectura, el cancionero Ranchero y el cancionero Picot, que mensualmente llegaban al puesto de periódicos de la estación. Cuando fue aceptaba en la escuela, aún sin tener la edad requerida, que el ferrocarril proporcionaba a los hijos de los empleados, había que verla en los festivales que la escuela organizaba por motivos cívicos o de calendario. Los maestros la solicitaban para los cuadros de canto donde resaltaba su innata vena artística, teniendo a sus primeros años un éxito como artista.
En casa, cuando se encontraba su padre con el cual mantenía la afinidad paternal, le pedía siempre que la llevara a la carpa itinerante, estuviera donde estuviera, carpa que corriendo la legua llegaba periódicamente a la población para presentar su espectáculo, con actores cómicos, malabaristas, enanos bufos; pero principalmente y era lo que le interesaba, las cantantes y las coristas. El mismo día regresando de la carpa a su casa y muchos días después, se enfundaba un vestido de su madre para verse vestida de largo, sobre los hombros se colocaba un chal y una mascada o pañoleta cubriendo su pelo para imitar a la cantante de género español, representando sus movimientos, sus gestos y cantando de inmediato con prodigiosa memoria las letras de las canciones que momentos antes escuchara. Anita acomodaba a sus padres y a su pequeña hermanita en torno suyo como espectadores, como su público ante el cual cantaría ya que les decía que ella cuando fuera grande, sería una cantante de fama internacional.
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John Appletree le comunicó a Mario que su solicitud para el ingreso a la compañía de los ferrocarriles, le había sido aceptada y el puesto de maquinista civil estaba a su disposición. Mario presentó a su superior la petición de una licencia por un año prorrogable, para separarse del ejército, no ocultando el motivo por el cual la solicitaba. El país, durante el último año de gobierno del Presidente Obregón, vivía en relativa calma al tener controlados a todos los posibles generales disconformes con lo que les había tocado del reparto de la revolución, otorgándosele la petición de Mario por no ser prioritario el movimiento por ferrocarril de los contingentes armados y por su excelente hoja de servicios prestados a la institución militar. Mario de inmediato, se presentó ante
Ya para finalizar su período como presidente, al general Obregón le fue interrumpida la aparente tranquilidad del país por el conflicto religioso, mismo que detonó durante el régimen del general Calles, su sucesor en la silla presidencial. El conflicto propiamente se inició desde la promulgación de
El gobierno mantuvo un firme combate a los Cristeros, nombre que se dieron los combatientes rebeldes, y expulsó del país a los sacerdotes extranjeros incluyendo al Nuncio Apostólico, encarceló a los Obispos y sacerdotes reacios, procediendo a la incautación de los templos que fueron cerrados y a los conventos y escuelas donde la educación la impartía el clero.
En plena lucha Cristera, Mario conducía su tren en el tramo de Iturbide a San Luis de
John se encontraba en Salamanca cuando se enteró del accidente. Trasladándose de inmediato al sitio y enterándose de las funestas consecuencias, le giró un telegrama a Manuel Treviño, jefe de la estación en Monclava con indicaciones de poner en conocimiento a la esposa de Mario del trágico suceso; luego se encargó de recoger el cadáver y de los trámites legales. Manuel muy contrito fue a dar la mala nueva…Caridad no soportó de pie la noticia, se desmayó. Anita muy espantada, jalándole el pantalón a Manuel, le preguntaba que qué le había pasado a su papá y le pedía que fuera a buscar a un doctor para su mamá. Antes de salir por el médico, se presentó la curandera de la colonia, atraída por los gritos de los vecinos que ya tenían conocimiento de la desgracia. Le dio a oler unas sales, le quitó los zapatos, le frotó frente y nuca con alcohol alcanforado y poco a poco Caridad fue recobrando su estado normal. Le preparó un té con una mezcla de yerbas para tranquilizarle los nervios y acompañada por muchas vecinas para consolarla en su dolor, no la dejaron sola un solo momento sin atención durante toda la noche.
A la mañana siguiente Caridad encargó a su hija menor con Manuel y recibiendo un préstamo de éste, puso un poco de ropa en su veliz y tomando de la mano a Anita, abordó el tren con rumbo a San Luis de
Ante su féretro, ya no lo vio más. No la dejaron que abriera la caja ya que el cuerpo por causa del accidente, quedó deshecho y era mejor que guardara el recuerdo de él en vida y no la horrible impresión que llevase al ver sus restos. Con los gastos cubiertos por John, lo enterraron en el panteón Municipal de San Luís, al no permitirle las autoridades su traslado a Jalapa o a Monclova, por causas de salubridad, ya que el cuerpo, no obstante de prepararlo con formol, despedía ya un olor a descomposición.
Al salir del cementerio se dirigió a la oficina de telégrafos para informarle a su profesor, el papá de Mario, para ponerle al corriente de lo acontecido. Esperando su respuesta o su presencia, en la iglesia cercana a la casa de huéspedes donde se alojó, ordenó por las tardes unos rosarios diarios a su memoria y al eterno descanso de su cónyuge y por las mañanas efectuó los trámites para la entrega del certificado de defunción y el visto bueno de las autoridades, validando que el difunto era el empleado maquinista del sistema ferrocarrilero. A los ocho días regresó a Monclava, sin esperar más tiempo a su suegro al no tener noticias de él, tanto por tener en su poder la documentación tramitada y tanto por agotarse su dotación económica. Y fue hasta llegar a su domicilio que rompió el silencio que mantuvo durante todo su viaje: todas las noches irrumpía en un doloroso llanto que terminaba hasta llegar el alba. Caridad no dormía. La falta de su esposo y su recuerdo no la calmaba nada ni le llegaba la resignación para continuar viviendo. Solo pensaba, que crecieran sus hijas para morir ella y alcanzar al amor de su vida: a Mario.
El ejército como la empresa ferrocarrilera, le exigían para otorgarle el seguro de vida de Mario, que presentara los documentos que acreditaban su parentesco. Ya fuera por la falta de tiempo de Mario dedicado por completo a su trabajo; ya fuera por la época de revueltas militares que asolaban al país; ya fuera por la falta de información de la obligatoriedad de presentarse ante el registro civil o por incuria o ignorancia, la pareja no se había casado ni a las niñas las habían registrado civilmente ni bautizado religiosamente. Para resolver esta situación, le pidió a Manuel que llevara a bautizar a sus hijas y a registrarlas posteriormente, para presentar sus actas aunque fueran extemporáneas. El Jefe de estación aceptó y en compañía de su esposa y dos empleados más como testigos, apadrinaron la ceremonia que se celebró en la parroquia de Monclova y ya como sus padrinos, se presentaron a falta del padre mostrando su certificado de defunción, ante el registro civil. Ana para la primera hija, confirmando su nombre y Celia para la segunda, fueron los nombres escogidos por Caridad para sus hijas. Teniendo la documentación y adjuntando la recibida en San Luís, las remitió al ejército y a la empresa ferrocarrilera.
Las autoridades militares le comunicaron que Mario falleció estando con goce de licencia, lo que significaba que al momento de su muerte no pertenecía al ejército ni su deceso era a consecuencia de alguna acción militar ordenada, sino por una emboscada de civiles a un tren civil, por lo que no habría retribución alguna.
La empresa al recibir la documentación, contando que John había dejado la conducción de las máquinas ocupándose ahora como jefe de mantenimiento en la casa redonda de Buenavista en la ciudad de México, se encargó de tramitar el pago del seguro de vida en las oficinas centrales y poco tiempo pasó para que Caridad fuera requerida su presencia en la capital del País.
Manuel le comunicó el citatorio de la empresa y aprovechó para ponerla en conocimiento que él sería trasladado a la estación Juárez de Tuxtepec en Oaxaca y que quizá el nuevo jefe de estación no la dejara seguir viviendo en la colonia por no tener ningún familiar trabajando en el ferrocarril. Mientras él estuviera en funciones, no se preocupara por su estancia en la colonia.
Por esta causa y por el recuerdo de Mario vivo en este lugar, prefirió vender todas sus pertenencias de algún valor y regalar lo demás a sus vecinos, tal como lo habían hecho con anterioridad en Jalapa. En dos maletas metió su ropa y la de las niñas y luego cargando a la menor y de la mano a la otra, acompañada por varias vecinas, cruzó la colonia y entró a la estación. Manuel y su esposa ya la esperaban. El matrimonio no tenía hijos y se encariñaron con Celia cuando la tuvieron a su cuidado los pocos días de su viaje a San Luís y le sugirieron que se la dejara nuevamente, que para ella realizar el viaje cargando a la pequeña sería muy pesado y para la niña, además de la incomodidad de su atención le estorbaría mucho en la ciudad cuando realizara los trámites y muchos pretextos más, que lograron convencer a la madre; sobre todo que le prometieron cuando conocieran su nuevo domicilio, en tránsito para Tuxtepec, ellos pasaría a entregarle a la niña. El convoy procedente de Piedras Negras rumbo a la capital, llegó. Caridad recibió de Manuel un pase de cortesía para viajar sin pago y, sólo con Anita, abordó el tren. En cuanto el ferrocarril salió de la estación, Manuel le telegrafió a John el reporte del tren y la hora de su partida.
John las recibió muchas horas después en el andén de llegadas en Buenavista y de inmediato llevó a Caridad a las oficinas respectivas. Por su gestión recibió sin contratiempos ni problema alguno, esa misma mañana, la remuneración económica en compensación por la muerte de Mario.
--¿Qué piensas hacer ahora, Caridad? –Le preguntó John, ella indecisa le contestó:
--No sé… quizá lo mejor sea quedarme aquí… en México.
--¿No piensas regresar a Monclava o a… Jalapa?
--¡No! Ya no me ata a esos lugares ningún recuerdo dichoso…
--Bueno –le contestó John con un ademán-, mientras buscas casa y la encuentres, vamos a mi casa, pasarás unos días con mi familia y sirve que la conocerás. -Al llegar le presentó a su esposa y a sus cuatro hijos: Teresa, Thomas, Manrique y Sagrario. Caridad fue bien recibida y congenió con Juanita, su esposa; pero sobre todo, Anita se ganó el corazón de toda la familia.
Dos días después, encontró una vivienda en una vecindad ubicada por las calles de San Miguel, una habitación y cocina, muy humilde pero de acuerdo a sus necesidades y costumbre de ocupar pequeños espacios. Compró los muebles necesarios en los mercados cercanos y al cuarto día de su arribo a la capital, se mudó para su nueva estancia. Enseguida de estar plenamente ambientada a su hogar, le escribió a Manuel dándole a conocer su domicilio.
Caridad invirtió algo de dinero para montar un pequeño puesto rodante que colocó sobre la banqueta de la calle de 5 de febrero, entre dos cortinas de una conocida farmacia, donde expendería cigarros, cerillos, chucherías, chicles, golosinas y toda clase de dulces que adquirió en los depósitos de Ampudia, con cuyo producto de sus ventas se sustentarían para vivir humildemente y sin carencias, permitiéndole sus ingresos y el fondo de indemnización, poder pagar la educación de Anita. De esta forma, inició una etapa en su nueva vida, sola, sin el amor de su vida, en el centro de la ciudad de México.
Terminado el conflicto religioso años atrás, Anita concluyó sus estudios primarios en una escuela religiosa atendida por las monjas del convento de San Jerónimo, muy cercano a su vivienda, con buenas calificaciones y mejores recuerdos por su participación en el coro eclesiástico, donde ella era la solista y comenzaba a despuntar con una hermosa voz de soprano. Deseosa de continuar estudiando, ingresó a una Academia por las calles de
A los quince años recibió su certificado de secretaria y Anita, en la flor de su juventud, era menudita, baja de estatura, morena clara de rasgos muy mexicanos, ojos vivaces donde se reflejaba su inteligencia; una mujercita que irradiaba simpatía y era la mar de de amable y servicial con todos. Con su certificado en mano, empezó a buscar trabajo, pero por su corta edad no la contrataban. Ella no se arredró y poseyendo una letra manuscrita tipo palmer, comenzó a escribir cartas y oficios a todo el vecindario, lo que le permitió comprar una máquina de escribir en abonos y empezar a trabajar en casa redactando todo tipo de escritos que le solicitaban.
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Isidra era el nombre de una joven de veintidós años que vivía en la misma vecindad. Ella anhelaba ser artista, tenía un cuerpo esbelto y caderona del gusto masculino imperante en aquella época y del medio artístico; cara simpática, pelo lacio pintado de caoba, con muchos deseos de ser cantante no obstante de no tener una gran voz; pero cantaba muy quedamente sin descuadrar. Lo mejor de ella era que bailaba cadenciosamente y con mucho ritmo; lo peor, tenía un gran complejo de timidez que le impedía, que la bloqueaba, ingresar en el medio. Acudía a los teatros, a los grupos de baile, a las estaciones de radio, pero no se atrevía a pedir audición o cuando le daban una cita para verla, los nervios la traicionaban y su complejo le impedía presentarse. Su nombre artístico, de batalla aunque no batallara, nombre con el que sustituía al suyo que no era de su agrado y menos sonaba para el medio; Isidra se auto nombró: Iris.
Anita le hacía compañía por las tardes, pues le atraía conocer lo que Iris le mostraba cuando ensayaba canto y baile, con rutinas aprendidas de los maestros que había tenido, para adquirir gracia y soltura con el baile y vocalización para mejorar su voz. Iris envidiaba la facilidad que tenía Anita, que sin estudios previos como ella para cantar, lo hacía mejor y tratando a la vez de imitar su innato estilo, su dicción y claridad de tono.
Fastidiada Iris de ir y venir buscando colocación y no animándose a presentar audiciones, dispuesta ya a retirarse del medio, le aconsejaron que se inscribiera en el programa de aficionados que una estación de radio trasmitía semanalmente. Por su complejo, no pudo ir sola y le pidió a Anita que la acompañara. Al llegar a la estación, se detuvo en la puerta. Anita la empujó y llegaron al estudio donde le hicieron una ligera prueba de canto: sólo unas frases de una canción cantada a capela, comunicándole que si era aceptada, viniera a la estación un día antes del programa a descubrir su nombre en el tablero que colocaban en el cubo de entrada a la radiodifusora. Su nombre aparecía en el tablero como la concursante número cinco para el cuarto programa de la semana de concursantes de primera actuación, de la octava serie anual que patrocinaba la estación y firmas de anunciantes. Fue aceptada y desde ese momento los nervios no dejaron en paz a la naciente cantante: Iris.
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Caridad se sentía enferma desde muchos años atrás, casi a partir de su llegada a la capital. Empezó con un ligero dolor que le cruzaba el vientre; sentía que le penetraba a la izquierda del ombligo y le salía por detrás, por la cintura, a la altura de los riñones. El dolor se le fue incrementando y permaneciendo durante más tiempo, si al principio fue esporádico, ahora lo tenía en forma constante. Nunca quiso comunicárselo a su hija, no quería alarmarla. La única que lo sabía era doña Matilde, la herbaria del mercado de San Lucas:
--¿Qué tengo Matildita?, no se me quita el dolor con el té de la hierba que me dio hace un mes…
----Lo que tiene usted es un mal adentro, interno, ¿no siente usted como que tiene una bola por aquí? –Señalándole el lugar en su prominente panza.
--No Matildita, no siento ninguna bola, sólo el dolor que me dobla…
--¿Le da el dolor cuando se agacha o cuando carga algo pesado?
--Me da a cualquier hora; sólo acostada cede y yo descanso.
--Mire, le voy a conseguir una yerbita que sólo se da por los rumbos de Mixquilpan, allá por el Mezquital, es lo mejor para lo que usted tiene. Mientras se va a tomar esta hierba en un té, en ayunas. De esta otra coge lo que pizque con los dedos y en un litro de agua lo hierve y ya frío lo toma como agua de día…
--¿Pero se me va a quitar el dolor?
--Para el dolor macera con agua caliente esta corteza y se la aplica como cataplasma en el sitio del dolor, después que se enfríe la cataplasma se seca bien, se aplica esta pomada y se tapa con un lienzo de lana, que le guarde el calor. –Caridad se quedó callada y la herbaria, animándola, y tratando de serenarla, le continuó diciendo: --¡Va a ver como mejora! La próxima visita que me haga, cuando se le acabe el medicamento, ya le tengo la yerbita que le prometo traer de ese pueblo. ¡Ándele, vaya con Dios!, y tómese con mucha fe lo que le receto y descanse, no haga muchos esfuerzos. –Caridad pagó el importe de las hierbas y apesadumbrada, dolorida, se retiró.
Ya no hubo una próxima vez… Caridad ya no tenía remedio. Estaba destrozada por dentro. Mal atendida por la comadrona en su segundo parto, motivó que el mal cundiera en sus órganos reproductores y luego se extendiera al vientre.
Pretextando hacer la comida o cualquier otro quehacer doméstico, dejaba a su hija atendiendo el puesto. Caridad llegaba a su vivienda a descansar, tirándose a la cama se aplicaba los remedios de la herbaria para que Anita no se diera cuenta de su dolor. Una tarde ya no regresó. Anita levantó el puesto y al entrar a su cuarto la encontró dormida. El dolor le había desmayado y ella alarmada gritó, despertando a Caridad:
--¿Qué tienes mamá? ¡Qué te pasa! –Con los ojos entreabiertos, Caridad le dijo balbuceando:
--Nada hija… sólo un dolor… pero ya me pasó. -Se trató de incorporar y ya no pudo, diciéndole:
--Dame mi té, con eso se me calma. –Lo bebió y volvió a dormirse.
Mientras Caridad permanecía dormida, Anita salió a conseguir quien le prestara una silla de ruedas. El encargado de la farmacia de la esquina, le prestó una que habían llevado a reparar y no habían pasado a recogerla. Al día siguiente muy temprano, la llevó al Hospital Juárez a consulta por la puerta de emergencias. Allí la examinaron y la declararon desahuciada. Llamaron a la persona que la condujo al nosocomio para notificárselo, pero al ver a Anita como su único familiar no le dijeron la gravedad de su madre, lo callaron para evitarle una gran aflicción en ese momento. Le suministraron y recetaron sedantes y le recomendaron que la tuviera acostada y que la cuidara mucho, que no dejara de darle la medicina y que cuando se le terminara, podía ir con la receta dada a que le entregaran más medicamentos. De regreso, Caridad le pidió que le escribiera a Manuel para que trajera a Celia, su hermana, que la quería ver… Sabía y sentía que le había llegado la hora de reunirse con Mario.
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Manuel Treviño no entregó a Celia como habían convenido. Siendo su padrino se la apropió como la hija que nunca tuvo. No se lo ocultó, primero por medio de una carta y luego personalmente en una visita que hizo a las oficinas del ferrocarril en la capital, se la pidió en adopción. Le hizo ver la conveniencia tanto para ella ya que no afectarías más gastos en su manutención como para la niña. Con él no tendría carencias y le proporcionaría mejor nivel de vida y educación. Caridad no le dijo ni sí ni no. Sólo convino que la tuviera un poco más de tiempo a su lado mientras estabilizara su vida en la ciudad.
En cuanto recibió la carta de Anita, Manuel se trasladó de inmediato a la capital acompañado de Celia. Para ella, era la primera vez que salía de Tuxtepec y no conocía a su madre ni a su hermana. Manuel en cuanto estuvo frente a ellas, las saludó y presento a Celia que con la risa a flor de labios saludó a Anita que le dijo que la veía muy bonita ya que se la imaginaba fea, pues guardaba el recuerdo de cuando era parte de su único público en sus actuaciones de teatro que realizaba en Monclova; risa que tuvo que reprimir al ver el cuadro de gravedad de su madre.
Manuel se retiró del cuarto dejando solas a las tres mujeres. Celia se acercó a su madre y Caridad, sacando fuerzas de quién sabe dónde, se incorporó. De sus ojos ya secos da lágrimas vertidas por el sufrimiento, surgieron las últimas gotas que impregnaron las mejillas de ambas que se habían fundido en un abrazo tan largo como los años que dejaron de verse y tan corto como sentía eran los días de vida que le quedaban y no se cumplirían sus deseos de tenerla siempre a su lado, que su hija Celia ya no se fuera; pero nuevamente por el dolor, tuvo que acostarse.
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Llegado el día, Iris nuevamente recurrió a Anita para que le sirviera de compañía, necesitaba como siempre quien le diera ánimo para poder presentarse, ya que ella sola no era capaz de atreverse a concursar, es más, si Anita no iba, ella tampoco asistiría. Celia le dijo a su hermana que quería acompañarlas; pero, ¿quién se quedaría cuidando a su madre? En compensación Iris le prestó su aparato de radio para que escuchara desde la casa, el programa. Dándole muchos consejos a Celia de cómo atender a su madre y pidiéndole permiso a Caridad para acompañar a Iris, salieron ambas mujeres con rumbo a la estación de radio en busca de su destino.
Llegaron a la emisora antes del tiempo citado. Iris no se podía mantener de pie, estaba sumamente nerviosa y casi a rastras la llevó al estudio, además, no podía hablar…El programa inició. La fanfarria de la orquesta, los gritos de los arranca aplausos, el público que gritaba ante la presentación de cada concursante, la presencia de los locutores comerciales y la voz de Don Lencho, el conductor del programa, anunciando que pasara la quinta concursante… acabaron con el poco valor de Iris. No pudo levantarse de la butaca. Anita tomándola de un brazo trató de levantarla y no lo logró. Hecha un manojo de nervios y temblando ligeramente, difícilmente, como un susurro, le dijo:
--No puedo…No puedo cantar… mejor pasa tú, toma mi lugar…
Anita, ante la exigencia del conductor de presentarse, rápidamente subió al foro.
--¡Aquí tenemos a una bella jovencita, un aplauso para recibirla… ¿Cuál es su nombre y edad señorita? Dígalo frente al micrófono…
--Ana…
--¿Ana?, yo la tengo registrada como Iris…
--Me llamo Anairis… y usted no me dejó terminar de decirle mi nombre completo y tengo dieciséis años. –La respuesta provocó la risa del público que llenaba el estudio Verde y Oro de la estación, por la rapidez de la muchacha al quitarle al conductor la palabra de la boca.
--Muy bien Anairis, tienes un bonito nombre y espero que cantes igual… Bueno, ¿cual es la canción que escogiste para esta noche? –Con soltura y dominio de sí misma, anunció ante el micrófono lo que cantaría: --Del maestro Lara, cantaré para todos ustedes "Por que ya no me besas" -Y la orquesta inició sus compases de la melodía.
Realmente embelezó a todo el auditorio con su voz. Al terminar su actuación, el público de pie festejó con un estruendoso aplauso a la cantante, siendo de rutina la intervención de los demás participantes, ya que para finalizar el programa fue declarada la ganadora. Hasta ese momento Iris se pudo levantar de su butaca, dando ahora sí un grito de alegría. Se subió al foro y abrazó a la triunfadora, sintiendo también como suya la victoria de Anita.
La semana siguiente se realizaría el programa especial donde cantarían sólo los triunfadores de los programas anteriores, para lo cual, Anita antes de retirarse del estudio fue llamada por el productor del programa, para notificarle que su siguiente actuación para realizarla, tendría que presentarse a un ensayo previo. Anita tomó nota de la fecha, hora y lugar, recibiendo las felicitaciones de los técnicos del estudio y luego, con rumbo a la vecindad, salió la pareja triunfadora.
Cuando llegó a su casa, Caridad y Celia, que la escucharon por la radio, estaban felices. Anita les explicó el porqué de su sustitución por Iris y enseguida, en un triple abrazo, que mantenía ahora bien unida a la pequeña familia, dieron cabida en medio de su aflicción a la alegría por el triunfo.
De sus ahorros conseguidos por su trabajo domiciliario de mecanógrafa, se compró dos retazos de tela en el baratillo de las calles de Capuchinas para confeccionarse algo de ropa. De un retazo que cortó y cosió demostrando una buena habilidad para la confección, le habilitó un vestido su hermana Celia. En las calles de Pino Suárez se compró sus primeros zapatos de tacón alto y en la mercería Pimentel, por el mismo rumbo, las primeras medias. Iris le prestó un saco, que realizándole unos ajustes por Celia, le quedó pintado.
Mientras Celia le adaptaba el saco a las medidas de Anita, le comentó a su madre que ya no quería regresar con su padrino. Se quedaba con ellas. Atendería el puesto o tal vez sería la encargada del vestuario de su hermana si triunfaba o trabajaría en lo que fuese; pero ya no se regresaba a Tuxtepec. Caridad le recomendó que cuando viniera Manuel por ella, se lo comunicara. Celia calló y continuó cosiendo. Del otro retazo de tela le confeccionó una falda de modelo muy en boga que copió de una revista de modas que se agenció en el puesto de periódicos de la esquina, deseando que su hermana se viera bien vestida en su previa actuación que como ensayo al programa, se tendría que presentar.
Anita se presentó al ensayo donde acaparó la atención del director artístico de la estación. Presentes estaban empresarios y representantes de artistas, entre ellos el dueño de la carpa Ofelia ubicada por el rumbo del Salto del Agua, siendo la carpa un teatro móvil, semifijo, ubicado sobre la calle, el cual era el lugar preferido al que asistía el pueblo de aquellos tiempos. El programa de los aficionados tenía el más alto promedio de audiencia de la radio. Por eso la presencia de estos hombres del medio que buscaban caras nuevas para sus espectáculos. El artista que triunfaba en el programa, era seguro el triunfo en su carrera artística. Iris, que resultó más ducha para los negocios que para el canto y más hábil para representar a Anita en sus asuntos, que para los suyos propios, se presentó ante ellos para darse a conocer.
Dos horas antes del programa, Anita estaba lista. Celia le ajustó el vestido ya puesto. Iris la maquilló y arregló el cabello colocándole un postizo para que se viera más alta. Anita se colocó sobre los hombros el saco, besó a su mamá pidiéndole que rezara por ella; abrazó a su hermana y persignándose ante la imagen de
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Previo al inicio del programa, se sortearon entre los participantes los turnos de actuación. A Anita le correspondió el quinto lugar. Entró el programa al aire con toda la parafernalia acostumbrada e Iris nuevamente, sin ser la concursante, hecha un manojo de nervios no se podía mover de su butaca. Y llegó el turno de actuación de Anita que con euforia Don Lencho hizo su presentación pidiendo aplausos al público y preguntándole a la concursante:
--Muy bien señores y señoras, ahora le toca el turno a la ganadora del octavo serial, la señorita:
"¡Anaiiiiris!… ¿Qué nos va a cantar ahora? –Acercándose al micrófono y haciendo una pausa para que terminaran los aplausos y el público guardara silencio, Anita dijo:
Esta canción se la dedico a mi madre que me está escuchando, es su canción preferida y pido a Dios que la sane de su enfermedad… Del Maestro Lara: "Solamente una vez…"
Al terminar su actuación su canción provocó gran júbilo entre los asistentes: público, conductor, locutores comerciales, los técnicos y los músicos; recibiendo grandes muestras de elogios manifestados con aplausos y vítores. Anita ganó el concurso, siendo acreedora de los premios ofrecidos: Un diploma y una buena cantidad de dinero por parte de la compañía patrocinadora y lo mejor: un programa diario de quince minutos en la estación organizadora. Saliendo del estudio, Iris recibió una tarjeta de un empresario con un recado en la parte posterior, ofreciéndole a Anita una audición y un posible contrato para presentarse en la carpa de su propiedad.
Felices, Anita e Iris, regresaban caminando hacia la vecindad haciendo planes de cómo trabajarían: Anita la cantante; Iris la representante, maquillista y secretaria; Celia la modista. Juntas formarían un trío que escalarían los arduos peldaños de una carrera artística, hasta que culminara en el éxito total de Anita.
Celia las esperaba en la puerta de su vivienda, en vez de alegría recibió a Anita con lágrimas. Entró a su cuarto con un presentimiento que oscureció su radiante llegada tras su triunfo, que pensó compartir con su madre. Parecería que Caridad sólo esperaba el éxito de su hija y al verla, trató de incorporarse en su lecho. Anita la abrazó y alcanzó a escuchar las palabras que Caridad pronunciaba entre los cortos quejidos reprimidos para poder articular su voz:
--Anita, gracias por toda la felicidad que me diste como hija… Vas a triunfar mucho, te lo mereces… Cuídate y cuida mucho a tu hermana…Es la hora de reunirme con tu padre; Mario me está esperando… No dejes de visitar su tumba y llévale mis peinetas, las dejas sobre su sepulcro, es un recuerdo de nuestra unión… Cuando puedas, ve a conocer a mis padres y consigue su perdón por mi abandono…
De rodillas ambas hermanas, recibieron su bendición… y Caridad expiró su último aliento.
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De su primera plata ganada como artista, Anita pagó los gastos del sepelio. John Appletree, su familia y Manuel Treviño, le hicieron compañía durante todo el velorio y como siempre en vida, cuando estuvieron juntos con la feliz pareja de Caridad y Mario, en los días de carencias, de alegrías, de tristeza, de dolor y ahora con Anita y Celia, estaban con ellas en días de aflicción.
El cortejo fúnebre partió para el panteón de Dolores. Ante la fosa, postrada con un semblante que mostraba la entereza de su carácter, Anita recordó los momentos de gloria vividos horas antes y que no pudo compartir con su madre; al mismo tiempo que deshojaba una flor cuyos pétalos humedecidos por sus lágrimas caían sobre el ataúd, cantó para Caridad, sólo para ella, su canción favorita, la canción de su triunfo:
--"Solamente una vez
Amé en la vida,
Una vez nada más en mi huerto
Brilló la esperanza,
La esperanza que alumbra
El camino de mi soledad…"
M a x V i l l a r e a l.
Diciembre de 1977.
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