Por: Max Villareal
A Raúl: un pequeño voceador que conocí ofreciéndome el diario en la esquina de mi colonia, y que continúa en el mismo sitio veintiocho años después.
Este gusto de acudir al cine, continuaba no sólo durante el periodo de clases sino continuaba durante las vacaciones escolares, ya fuera que yo lo visitara o él pasara por mí, a nuestros respectivos domicilios. Si las programaciones eran muy buenas, asistíamos a dos salas el mismo día, de una función a otra, caminando las varias calles que separaban a las salas cinematográficas. Tan diferente como lo es ahora, que se ubican en el mismo sitio hasta veinte salas con diferente programación cada una. Para nosotros, en aquella etapa de la vida donde brincamos de la adolescencia a la juventud cursando nuestros estudios preparatorianos, hubiera sido una maravilla disfrutar tantas alternativas cinematográficas juntas… eran otros tiempos.
Un día, no obstante de ser veinticuatro de diciembre, fuimos al cine Palacio que se ubicaba en la avenida cinco de mayo –sala ya desaparecida actualmente en cuyo predio se construyó un estacionamiento-, fuimos decía, porque exhibían un programa doble con dos excelentes argumentos policíacos. Al finalizar salimos de la sala y caminando por la avenida con rumbo al zócalo capitalino para tomar nuestro respectivo camión, comentábamos como siempre las películas; porque he de decirlo, con la experiencia de ver tantas cintas ambos éramos magníficos críticos: él sobre el trabajo de los actores, yo sobre la dirección, la fotografía, la escenografía, las locaciones; es decir, él criticaba el trabajo artístico y yo lo técnico. Así, discurriendo, llegamos al zócalo.
Era el primer año en que nuestra Plaza Principal lucía una hermosa iluminación en las fachadas de todos los edificios públicos, luego de un incipiente alumbrado del año anterior. Además se mostraba muy limpia al haber sido desalojados los vendedores semifijos colocados en el lado poniente de la Plaza, en el llamado Portal de Mercaderes. Anteriormente este lugar hervía de vendedores de todos tipos, principalmente fritangueras, que le daban un aspecto horroroso apestando a olores grasientos, colocados en torno a las grandes columnas y convirtiendo el hermoso sitio en un zoco marroquí por el día y en un mugroso basurero, hediondo y nido de gigantescas ratas, por las noches; tantos roedores que impedían el paso para caminar bajo el techo del portal.
También, el centro de la gran plaza que mantenía lo pintoresco de un gran pueblo, con su jardín y palmeras dividiendo las áreas verdes por pasillos diagonales y ortogonales, con bancas y farolas porfirianas, donde aún por las noches deambulaban algunas despistadas prostitutas, fueron retirados quitándole a la ciudad el viejo sabor provinciano y dándole el carácter con la gran plancha de baldosas imitación cantera negra, piso que aún perdura, de una gran metrópoli adecuada a los
tiempos que se vivían. Cambios hechos desde el principio de su mandato por el que posteriormente llamaron “El Regente de hierro”.
Cruzando la ancha avenida frente a los portales para llegar a la plancha del centro de la plaza y yo, admirando la Catedral que con el juego de luces estratégicamente colocadas que la convertían en un impresionante edificio y fijando mi vista hacia el reloj cuyas campanas en su tañer indicaban las nueve de la noche y nos avisaba que deberíamos apurarnos para llegar a casa y disfrutar la cena de esta noche reunidos con nuestra familia, volteé rápidamente mi cabeza cuando oí gritar a mi compañero emitiendo como si fuera un ronco bramido la palabra: ¡CUIDADO!, que me hizo pegar un brinco y lanzarme de cabeza hacia la plancha creyendo que el aviso iba dirigido a mí.
Un hombre joven, posteriormente consideré no mayor de veinticinco años, cruzando descuidadamente el ancho arroyo que unos instantes antes nosotros habíamos pasando, era atropellado por un auto de color negro con las luces apagadas y que sin detenerse, a toda velocidad se dio a la fuga. Sentado en el piso, lo vi volar por los aires por el impacto del vehículo y caer de cabeza escuchándose un fuerte golpe seco al contacto de su cuerpo totalmente desmadejado con el pavimento. El contenido de una bolsa que cargaba, fue esparcido por todo el arroyo y en forma increíble, una botella de ron al caer y no quebrarse, se fue rodando cerca de treinta metros del lugar del accidente. Mi condiscípulo y yo, nos acercamos lentamente al cuerpo cuya sangre manchaba el suelo, comprobando al verlo ya no respirar, que había muerto…
Mientras mi amigo recogía los paquetes propios para la cena de esta noche, yo me dirigí hacia donde quedó la botella y regresando la coloqué a un lado de su cuerpo, notando que su brazo doblado bajo su cuerpo mostraba la mano empuñando algo que quizá por la mancha de la sangre no se definía, quizá era un paquetito de aretes o un anillo, no lo supe, ya que consternado, me retiré del sitio. Con profunda pena, continuamos nuestro camino, pensando que su familia al conocer el accidente de este pobre hombre no tendría una noche buena, sino al contrario, pasarían una noche trágica.
Al llegar al inicio de la avenida veinte de noviembre, no con la alegría que hubiésemos deseado tener al estar impresionados por la forma del deceso de este joven, cuya vestimenta
daba la apariencia de ser de condición humilde, nos dimos el abrazo por la Navidad haciendo votos por nuestra felicidad y fijando fecha para reunirnos antes del fin de año, nos despedimos y alejamos cada uno por su lado para abordar el respectivo autobús que nos conduciría hacia nuestros hogares.
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La numerosa familia vivía hacinada en un pequeño cuartucho construido con láminas metálicas producto de latas alcoholeras abiertas y fijadas a tablas y polines apolillados para formar las paredes, con unas placas acanaladas de asbesto quebradas y restauradas de cualquier manera para evitar que el agua de lluvia penetrara, para la techumbre. El cuarto estaba ubicado dentro de un gran predio formando la vecindad una enorme ciudad perdida; porque los cuchitriles levantados para habitación sin ton ni son, comunicados por estrechos pasillos, configuraban un verdadero laberinto, impenetrable para cualquier persona ajena al vecindario. Todos los cuartuchos juntos, integraban una manzana completa bardada al final de las calles de Zapata, por el rumbo de Portales, cuyo acceso se lograba al cruzar previamente por un peligroso y tembleque puente colgante, el tétrico Canal de Miramontes, hoy ya entubado.
El padre, un invidente a causa de la enfermedad de cataratas; la madre, una indígena de la sierra mixteca; más cinco o seis hijos nacidos sin ningún control y sin ninguna responsabilidad para la vida que les daban, formaban la menesterosa familia. El mayor de los hijos, Benito, desde la temprana edad de los seis años como lazarillo, conducía al padre de su domicilio hasta la calle de Palma, en el centro de la ciudad, lugar donde una distribuidora de perfumes entregaba a consignación un cartón que contenía adosados muchos paquetitos con cinco hojas de rasurar de la marca Gillette roja, producto que en cada esquina del primer cuadro, ciegos, como el padre, vendían a los transeúntes. Benito no se quedaba a un lado del padre, no, con una caja de chicles Adams, también suministrada por la distribuidora, recorría las aceras anexas al lugar donde se paraba su padre, vendiendo las cajitas con la goma de mascar.
El niño, caminando con su mercancía, pegaba su nariz en las vidrieras de los grandes almacenes, de las panaderías, de las tiendas de ultra marinos, donde según la temporada, anunciaban profusamente los artículos de consumo y específicamente en los días festivos de fin de año, la compra de los alimentos para la cena de Navidad y la inevitable y comercial llegada de Santa Claus con los regalos y juguetes para obsequio para los familiares. Benito, preguntándole a su padre, quería que le despejaran las incógnitas que bailaban en su infantil mente de él porqué de la gran división que observaba entre su familia, y las demás que celebraban dichas fiestas:
---Papá, cuando llegue ese día que anuncian como la Nochebuena, ¿nosotros vamos a cenar esas canastotas con muchos alimentos que anuncian en las tiendas?
---Papá, ¿en los aparadores anuncian la Navidad, porqué nosotros no la festejamos?
---Papá, ¿porqué no llega a la casa ese señor gordo de rojo que le llaman Santaclós y dicen que les trae juguetes a los niños? –Y la respuesta a éstas y más preguntas que cada año por su curiosidad y observación le hacía su hijo, eran siempre del mismo tenor:
---Por que nosotros somos pobres, hijo. Nosotros no cenaremos ni festejaremos la Navidad ni esperaremos a ese señor, el gordo de rojo; esas cosas son para los ricos, son invenciones de los ricos comerciantes para los propios ricos. Todo, debes saberlo, es creado por la iglesia rica para los cristianos ricos. Las limosnas con que los pobres llenan los cepos de las iglesias, no llegan a nosotros los olvidados de todos; esas limosnas van directamente a los pudientes, a los mandatarios del clero y al Vaticano, el país a quien le obedecen todos esos curas. Nosotros hijo, no tendremos nada ni recibiremos nada ni podremos cenar porque no hay noches buenas para los jodidos. El Santaclós que dices, sólo les trae juguetes a los niños ricos y los niños pobres que reciben algo, son esencialmente ropa y dulces, artículos que sus padres podrían comprárselos en cualquier temporada, pero esperan este día para que se justifiquen; así que nunca esperes que te traiga algo a ti o a tus hermanos. Para nosotros sólo existe el trabajo y la miseria que ganamos nos mantiene en pie y el único consejo que te doy es que debes trabajar siempre. El trabajo es el medio por el cual podrás comprar y conseguir lo que tanto me preguntas y con lo que deseas y sueñas, hijo.
Muy grabadas quedaban en la infantil mente las palabras e ideas del padre. Por lo que él trabajaría mucho para ser rico y poder llegar a cenar en su casa, en la noche buena, con los abundantes alimentos que veía que lo acostumbraba la gente que vivía al otro lado del canal y por la zona del centro de la ciudad, que tan bien conocía.
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Benito aprendió a leer y a escribir y a realizar las operaciones fundamentales con sus propios compañeritos de trabajo, instruyéndose al lado de algunos niños que sí acudían a las escuelas públicas nocturnas establecidas en algunos barrios de la ciudad, en aquellos tiempos. Con niños como él que pululaban recorriendo las calles vendiendo diversos artículos, aprendiendo por la necesidad del propio trabajo, en el arroyo, que fue en realidad, la escuela de su vida.
Al crecer dejó la venta de los chicles y se inició por consejo del padre en la actividad de vendedor de diarios matutinos, como voceador y por las características del trabajo, lo impulsó a ampliar el radio de acción de sus ventas y por tanto, alejarse del sitio que ocupaba su padre, motivándole que heredara el puesto de lazarillo y vendedor de chicles a su hermano que le seguía en orden de descendencia, después de una mujer. Su vida cambió, ya que de los doce años hasta los dieciocho, se levantaba en la madrugada para trasladarse a las calles de Bucareli, comprar sus fardos de periódico y venderlo de siete a las diez de la mañana; luego regresaba a la misma calle y recogía los diarios del mediodía para vocearlos de las doce a las catorce horas; en seguida, compraba varias tablas de paletas de hielo de los ya muy conocidos sabores, para ofrecerlas de las catorce a las dieciséis horas, lapso de tiempo de mayor calor del día a todos los peatones de la zona; para finalmente, de las diecisiete a las veinte horas, expender el periódico vespertino. Así, trabajaba todos los días sin descanso, en la esquina de su venta que había adquirido el derecho de piso en la Unión de Voceadores, esquina ubicada en la confluencia de la calle de Balbuena, después llamada Francisco Morazán y hoy Congreso de la Unión, con la calle de Cuauhtemoctzín, hoy llamada Fray Servando Teresa de Mier. En este lugar voceaba sus diarios y sus paletas, abordando los autobuses urbanos y ofreciéndoselos a los automovilistas que se detenían ante la señal de alto que les imponía el agente de tránsito, el cual subido en un mueble metálico circular que contenía una sombrilla para protección solar o de de las lluvia, el policía controlaba la circulación de los vehículos. Al filo de las nueve de la noche llegaba a su cuarto para recibir los alimentos preparados por la madre y a ocupar su respectivo lugar para descansar y dormir sobre un petate, en el limitado espacio del cuartucho que ocupaba la familia.
Ahorrando un poco de dinero de los vueltos que los clientes le dejaban como propina, sin informárselo a su madre, ya que todo lo ganado tenía como obligación impuesta por el padre desde que ganó sus primeras monedas, el deber de entregárselo a su madre, encargándose ella de comprar todo lo que necesitaba conforme lo fuera requiriendo. Con este dinero guardado se compró un colchón para sustituir el raído petate donde dormía y, ¡OH! Sorpresa… cuando llegó con el colchón acarreándolo desde la tienda con un diablo, se dio cuenta que no cabía en el pequeño cuarto. Por tanto, el colchón nuevo sustituyó al de los padres y durante el día, el colchón viejo se colocaba encima del nuevo y por la noche se tendía en el suelo sobre los petates para que los hermanos pequeños durmieran en él. Benito, por ello, continuó durmiendo en su respectivo petate.
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Un día festivo en que además era día de descanso obligatorio y no se publicaban los diarios, Benito por la mañana, descansando todavía en su petate, fue llamado por su madre. Platicando a solas dentro del jonuco que ocupaba la cocina, le dijo:
---Hijo, ya te has convertido en un hombre. Ya no puedes continuar durmiendo en este cuarto. Por las noches me he levantado a taparte por estar descobijado y las más de las veces tu virilidad está presente mientras duermes, y tu hermana, que ya es una señorita, no es conveniente que te llegue a ver. Es la hora de que hagas tu vida, tú solo, y llévate a tu hermano; él tiene dieciséis años y también ya no cabe aquí porque anda espiando mucho a tu hermana sobre todo cuando se está cambiando de ropa y no quiero que suceda algo malo. Este muchacho no es como tú y es preferible que se vaya contigo a que lo corra tu padre si llega a enterarse de lo que hace. Busca donde quedarte y si quieres venir a comer como siempre, aquí te espero. Y si no lo crees conveniente o no te da tiempo de venir, lo que no debes faltar es el domingo con un apoyo económico para la familia. Lo demás de tus ganancias, lo deberás emplear para realizar tu propia vida.
El joven voceador empezó a buscar donde vivir. En la vecindad no cabía una sola alma más y no existía espacio para levantar otro cuartucho. Inicialmente comenzó a dormir en los depósitos de revistas que los distribuidores tienen alrededor de las calles de Bucareli, durmiendo junto con otros compañeros de trabajo. Luego rentó un cuarto en el barrio de San Nicolás, atrás del mercado Sonora; pero al robarle sus pocas pertenencias, unos días después salió de este lugar al conseguir dos cuartos con cocina y un baño general para cuatro viviendas, en un viejo edificio cercano a la calzada de La Viga, dentro del antiguo barrio de San Antonio Abad. Benito había comprado con anterioridad su cama y su estufa de petróleo Beroa, al contado; pero los demás muebles, poco a poco, los fue comprando en abonos, uno a uno, conforme podía pagarlos. Así amuebló su vivienda.
Al hermano menor que acompañó a Benito, no le gustó el trabajo de ser su ayudante ni le agradó el negocio de los periódicos y, en cuanto tuvo unos pesos en el bolsillo y una petaca llena con su ropa colgada de su hombro, a invitación de otros jóvenes sonsacadores, partió a buscar fortuna y mejor empleo a los Estados Unidos como bracero y desde su partida, quedando de avisarle por correo el lugar de su residencia, no había vuelto a tener noticias de él.
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El negocio de la venta de diarios, bien atendido por Benito, prosperó. El joven voceador adquirió una bicicleta con la que no solo transportaba el periódico para su propia venta, sino también comenzó a repartirlo a varios puestos del barrio y a los vendedores ubicados alrededor de su esquina de trabajo. Con mejores ingresos que le permitieron vivir con cierta holgura económica, de inmediato pensó que tal vez este fin de año pudiera celebrar la tan anhelada cena de nochebuena con su familia, cena que no podía desterrar de su pensamiento desde los años de su infancia; cena que no pudo realizarla, ya que lo único que le faltaba, llegó sin imaginárselo siquiera, ocasionándole muchos gastos que no tenía previstos hacerlos.
Una nueva mesera, muy jovencita de escasos diecisiete años, llegó a trabajar a la fonda donde comía diariamente. Muy sencilla, humilde, bonita, recién llegada de un pueblo ubicado delante de Toluca y sobrina de la dueña de la fonda, cautivó a Benito. De inmediato éste la cortejó y como un amor a primera vista se hicieron novios y en menos de un mes de noviazgo, la convenció y se la llevó vivir a su habitación, sin promesa de boda ni civil ni religiosa: se juntaron y ya, iniciando de esta manera su vida de casado en completa armonía con su joven esposa.
Expandiendo su trabajo, Benito mandó fabricar un puesto metálico grande, que ubicó en su esquina de trabajo y Rufina, su esposa, fue también su compañera de ventas atendiendo el puesto, mientras él iba por los diarios de mediodía y los vespertinos a la calle de Bucareli o cuando los expendía voceándolos en la calle o a bordo de los autobuses u ofreciéndolos a los autos que circulaban por la avenida. Ella, además, se encargaba de preparar en el interior del puesto, los alimentos que ambos ingerían diariamente.
Casi dos años después, regresando del puesto al término del día de trabajo, él sin subirse a la bicicleta llevándola tomada del manubrio y su esposa al lado contrario, caminando, llegaron a su domicilio y en cuanto cruzaron la puerta, la cigüeña se les adelantó y en manos de una enfermera, vecina del mismo edificio, nació una niña con los mismos rasgos físicos de la madre.
La bebita les trajo una gran torta bajo sus bracitos. El trabajo y las ventas aumentaron. Benito tuvo que montar dos puestos más: uno para el esposo de su hermana que recién se había casado y el otro, para el cuarto hermano de la progenie. Bien administrado su negocio, contando con una buena cantidad de dinero ahorrado, suficiente para dar el enganche y adquirir una camioneta que le permitiría repartir más periódicos a otras colonias; pero estando cercanas las fiestas de fin de año, decidió dejar la compra para el mes siguiente ya que esperaba muy buenas ventas en este período navideño y centró toda su atención en la cercana nochebuena y la llegada del Santaclós; ahora si era tiempo de cenar con toda su familia por primera vez y el esperado gordo de rojo les traería regalos a su hija y a su esposa. Por fin se le cumplirían sus deseos. Llegado el domingo anterior al día señalado para la cena, cuando Benito le llevó su obligada participación económica a su madre, aprovechó el momento para invitar a todos a cenar a la que sería la primera cena de nochebuena que celebrarían en su casa, y sería allí porque cabrían todos, ya que en el reducido cuartucho de su padre no había espacio suficiente para albergar a toda la familia.
El día esperado llegó y él al mediodía, saliendo del depósito distribuidor de periódicos de Bucareli, cargada con el gran bulto de los diarios sobre la parrilla colocada encima de la rueda posterior, se subió a la bicicleta que en forma increíble al montarse en ella, mantenía el equilibrio y así, serpenteando entre los vehículos que circulaban, llegó a la esquina de las calles de Madero y La Palma, a una cuadra del zócalo, esquina en la que se encontraba un establecimiento muy famoso que expendía medias noches y un refresco de manzana de marca Sidralí, local en cuyos muros exteriores se recargaba su padre para vender diariamente las conocida hojas de rasurar… y no lo vio. En su lugar estaba el menor de todos sus hermanos con unos lentes negros puestos simulando ser invidente, sustituyendo a su padre en la venta callejera. Bajándose de la bicicleta y una vez recargada en la pared, le preguntó por su padre, contestándole el pequeño e informándole que desde el día anterior su papá no se había levantado de la cama. Estaba enfermo.
En cuanto terminó la venta del periódico de la tarde, cerró el puesto y le dijo a su esposa: ---Fina, vete para la casa, allá espérame, voy a la casa de mis padres, mi hermano me dijo que está enfermo y no vaya de ser de gravedad y tenga que suspender la cena… No me tardo. –Pedaleándole duro a su bicicleta, pronto llegó al barrio y a la ciudad perdida donde vivía anteriormente, encontrando a su padre de pie, en la puerta de su cuarto.
---Papá, me dijo mi hermano que estabas en cama…
---Dos días hijo, el frío que se siente en la calle me tumbó a la cama con una fuerte gripe; pero ya estoy bien gracias a los remedios que con diversas hierbas me preparó tu mamá.
---¿Entonces los espero por la noche, no van a faltar, verdad? Ya le recordé a mi hermana y a mi cuñado y mi otro hermano también ya lo sabe.
---Si hijo, allá estaremos todos contigo y toma… a ver si puedes, si es que tienes tiempo de ir… Mariano, el mesero de la Blanca, el restaurante que está en cinco de mayo, tu ya lo conoces, es mi cliente y me regaló este boleto para recoger una despensa o canasta o no sé qué, de Navidad, que su patrón Venancio, el gachupín, les regala a sus clientes. Si no se recoge hoy, se pierde… Yo lo hubiera recogido, pero por este catarrazo no pude ir a trabajar. Ahí tú sabes si vas por el regalo. –Tomando el boleto y a punto de despedirse, su madre le preguntó, deteniendo su partida:
---¿Oye hijo, porqué no aprovechaste este día para hacer doble festejo; hubieras bautizado también a la niña y lo celebraríamos juntos en la cena de la noche? Además, aún no sé que nombre le pondrán.
---¿Bautizarla mamá? ¿A poco a nosotros nos bautizaste? Ni siquiera estamos registrados, no tenemos acta de nacimiento, ya ves que ni a la escuela fuimos… ¡Ah! Y la niña llevará dos nombres: el tuyo mamá y el de mi mujer.
---Piénsalo bien hijo, ahora que ya estoy vieja considero que debemos estar bien con la iglesia… por eso te digo que debes bautizarla.
---¡Ay mamá! ¿Estar bien con la iglesia? Pregúntale a mi papá, él dice que es ateo y que esos lugares están llenos de idolatría, que hay muchos santos y ni sabemos de dónde son y que hicieron para serlo y para que sirve que se les rece tanto… Tan solo con Cristo Dios y su madre la virgen de Guadalupe son suficientes. Tú, en eso nos enseñaste a creer y no necesitamos más… En fin, ya veremos después, mientras, aquí les dejo para el taxi, me voy, tengo más cosas que hacer y allá los espero.
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---¿Está todo listo Fina? ¿O qué hace falta?
---El arroz está listo, los romeritos están en su punto, ya recogí el bacalao que mandé a preparar con mi tía, le salió riquísimo; ya compré los pollos rostizados, los platos y vasos desechables y las servilletas; la olla de los frijoles está hirviendo y ya me mandaron las tortillas hechas a mano. Sólo falta el pan y horita voy por el y que tu vayas por los refrescos, eso te toca… Y ven, mira, en mi pueblo se festeja hoy el nacimiento del niño Dios, es Jesucristo, y se representa a la Virgen con San José y al niño en un pesebre, lugar donde nació y son lo que forman la Sagrada Familia, creo que ya los has visto, y por la media noche cuando nace el niño, se le arrulla… Ya los compré e hice el nacimiento, ven… míralo, ¿qué te parece, estuvo bien?
---¡Claro que sí! Esto no lo había pensado y faltaba para estar completa la navidad tal como lo había soñado… Bueno, voy a la tienda por los refrescos, los dejaré pagados y pediré que los traigan a la casa; luego, mientras llega la familia, voy al centro a traer esa despensa que le regalaron a mi padre. ---¿Para que vas? Hay comida suficiente para todos, hoy y mañana por que, de seguro se quedarán a dormir aquí y ya tengo listo donde se queden…
---Es que si no se recoge hoy, se pierde y además quiero ir a Corregidora a comprarle una muñeca a mi hija, eso le traerá hoy el señor gordo de rojo.
---Para que vas, la niña está muy chiquita y no sabe de eso… ¡Quédate!
---Son las seis y media, a más tardar estaré de regreso antes de las nueve. Si llegan los invitados diles a donde fui y no se te olvide mandarle un recado a tu tía, que la esperamos y no vaya a faltar. –Y sin escuchar consejos, el voceador fue.
Recogió la caja que contenía bolsas de pastas diversas, frutas secas, colación, confites, una lata de sardinas y otra de atún y una botella de ron. Pensó, que como su padre los había educado al margen de consumir cualquier droga y él se mantuvo en su vida de casado bajo los mismos principios y conociendo a su padre que de vez en cuando se tomaba una copa de tequila, esta noche, para brindar con su padre y su cuñado, era probable que por primera ocasión se tomaran una cubita de ron, de la botella obsequiada.
Llegó a la esquina de cinco de mayo con la plaza del zócalo, caminó por los portales y entró a una de las muchas joyerías, la Gallegos, que se encuentran de la calle, la cual estaba a punto de cerrar. Éste era el verdadero motivo de su viaje al centro de la ciudad, comprarle los regalos que Santaclós llevaría a su hija y para su esposa. Unos brocales de oro para su bebé porque le iban a perforar los lóbulos de sus orejitas y un anillo con un pequeño brillante para Rufina, su mujer, anillo que le entregaría como regalo sorpresa y le pediría esta noche que se casaran el próximo domingo en la villa de Guadalupe. Sabía que allí casaban a las parejas que vivían en unión libre, en pecado decían, sin muchos requisitos y tal vez para darle gusto a su madre, si era posible, bautizaría a su hija y les pediría a su cuñado y a su hermana que fueran los padrinos.
Salió de la joyería y antes de cruzar la ancha calle, observó el reloj de la Catedral que pronto darían las nueve campanadas de la noche y por tanto, debería apurarse para llegar donde estaban los vendedores de juguetes en la calle de Corregidora; aunque lo pensó mejor. Tenía razón su esposa, el juguete podía esperar para el siguiente año y era preferible dirigirse a su casa para no hacerse esperar por sus familiares, que de seguro, ya habrían llegado.
Empezó a caminar por el asfalto de la calle y antes de seguir, se detuvo para darle una mirada a los regalos comprados, mirada previa a guardarlos en la bolsa de su chamarra. Midió el paso de los automóviles y dio una carrerita para librar el tránsito de uno de ellos. Se detuvo. Esperó el paso del siguiente y corrió para llegar a la plancha de la gran plaza y alcanzar la orilla de la banqueta, sin observar a un vehículo que circulaba con las luces apagadas a mucha velocidad por el último carril de la calle. Sólo sintió un golpe en las piernas que lo hizo volar y notar que la plaza daba una vuelta entera en torno a su cabeza y un zumbido que retumbó en sus oídos al caer golpeándose fuertemente contra el pavimento. Él, no supo que pasó.
La caída le fracturó la base del cráneo muriendo instantáneamente y su mano, apretando aún las modestas joyas adquiridas, con el brazo desconchabado y torcido bajo su torso, se tiñó de sangre, sangre brotada de la herida de la cabeza que manchó también de rojo el negro pavimento.
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Esa noche no hubo reunión familiar en torno a una rústica mesa de madera cubierta con un mantel bordado a mano, para paladear los sabrosos alimentos que a pedimento del esposo, una mujer había preparado y organizado y celebrar la cena de nochebuena. La reunión familiar sí se celebró; pero no alrededor de la mesa dispuesta, sino al contorno de una mesa fría, de granito, en la delegación policíaca, donde yacía el cuerpo yerto del cumplido, buen hijo y mejor esposo, del muy trabajador voceador que no pudo consumar lo que desde su niñez fue su anhelo más ferviente: El día que se conmemoraba la nochebuena, reunido con toda su humilde familia, disfrutar la primera cena de Navidad.
Max Villareal.
Diciembre del año 2000.
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