martes, 5 de enero de 2010

CUENTO: "Dos hermanas"

Por: Max Villareal


Al doctor J. G. Guerrero, un médico que entregó sesenta años de su vida al servicio de la población de la colonia que lo vio iniciar y terminar, su encomiable carrera.


Cuando toda mi familia se mudó a la colonia aún siendo yo un niño, dejando la casa que mis abuelos habían construido a principios del siglo; mudanza que fue motivada por la amenaza gubernamental de que serían expropiados todas las edificaciones de muchas manzanas de la colonia Balbuena, cuyas construcciones serían demolidas para que en los terrenos rescatados se levantara la gran obra que albergaría al nuevo mercado de la Merced.

Esta amenaza del gobierno capitalino sí se llevo a efecto, pero trece años después de nuestra digamos, emigración, y como detalle notable, la manzana donde se ubicaba nuestra casa no fue expropiada, existiendo aún con una ampliación en el segundo nivel, la vivienda donde nací y en la que di los iniciales pasos de mi infancia.

Las primeras noticias que escuché al llegar a la colonia para ocupar la nueva casa que construyó mi padre con el producto de la venta de la casa antigua, fue que la colonia se fundó para ser habitada por puros elementos de la policía preventiva de la ciudad, cuyos lotes les fueron vendidos en muy bajo precio y descontados directamente de sus quincenas. La fundación se realizó a instancias del célebre y nefasto subjefe de la policía de aquellos tiempos: el comandante Palomera López. Tan solo en la calle donde estaba ubicada la casa, tenían su lote el policía raso Chivato, los cabos Flores y Calderón, los sargentos Escalera, López y Flores y el subteniente Sahagún. También, muy reconocidos y respetados en el medio policiaco, el primero por su arbitrariedad y el segundo por benevolencia y generosidad, vivían en la colonia cuyos habitantes, policías y civiles, se cuadraban ante los mayores Frías y Martínez.

El mayor Martínez, en una acción policíaca acertada en la que detuvo a una banda de asaltantes, recibió de los facinerosos dos balazos en una pierna que lo obligó al restablecerse, usar un bastón para apoyarse al caminar con visibles muestras de cojera. Este mayor, muy bondadoso y devoto, cedió una parte del gran predio que poseía para que allí se levantara en forma provisional, la primera capilla de la colonia y, a su muerte, donó todo el predio a la orden de los mercedarios, para que en este lote, muchos años después, se construyera una sobria iglesia cuya advocación le pertenece a la Virgen de Fátima.

La colonia se ubicó en el último terreno plano existente, antes de llegar a las chinampas de la Magdalena Mixhiuca, chinampas desaparecidas hoy día por una nueva colonización, teniendo a estos sembradíos como colindancia sur. Al norte, los terrenos adjudicados a los trabajadores de Limpia y Transportes de la capital y el área donde se construyeron los talleres de maestranza del gobierno capitalino, para sustituir al viejo corralón donde encerraban a los carretones tirados por mulas que recolectaban la basura de la incipiente ciudad, desde los tiempos Porfiristas hasta la década de los años treintas, corralón que se encontraba ubicado entre las calles de Pino Suárez y 20 de noviembre sobre la calle de Cuauhtemoctzín, hoy llamada Fray Servando. Estos talleres nuevamente fueron desplazados para ubicar en el mismo sitio, a un gran centro comercial.

Por el poniente, la colonia colindaba con unos terrenos baldíos utilizados como los primeros tiraderos de basura de la capital, lugar en que vio y me platicó mi abuelo, incineraron formando grandes pilas los cadáveres de los combatientes y sus cabalgaduras muertos durante la llamada decena trágica, combate sucedido a principios del siglo y marcó la guerra del inicio de la revolución Mexicana en el año de 1910. Todos estos terrenos ya fueron urbanizados, lotificados y habitados. Y finalmente por la colindancia oriente, se localizaban los terrenos pertenecientes al aeropuerto militar y desde hace cuarenta y ocho años, se ubica la colonia Jardín Balbuena.

El nombre que se le adjudicó a este nuevo asentamiento popular, inició el largo culto a la personalidad de cada primer mandatario de la República; que como un resabio continuó para todos los demás presidentes dizque emanados o continuadores de la revolución, exceptuando creo; porque nadie osará nombrar a su colonia con el cacofónico nombre de los dos últimos presidentes que nos han desgobernado y descapitalizado desapareciendo la clase media, convirtiéndola en clase un cuarto, o sea a un paso de la miseria. A la colonia que llegamos se le nombró: Álvaro Obregón y cuyas calles para perpetuar la lambisconería, les dieron el nombre de muchas poblaciones del estado natal del gobernante.

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Brincando por entre los grandes charcos formados por la lluvia, esquivando los lodazales que entre las calles abundaban, dado que la colonia no estaba pavimentada ni las aceras se habían construido, ya que todas las vialidades eran de tierra, recuerdo que a los pocos días de estar viviendo en la colonia, vi llegar y entrar en un local muy rudimentario que el subteniente Sahagún le rentaba, con los pantalones arremangados, calzando botas de hule, en una mano su maletín y en la otra sus zapatos, que como consultorio había equipado, al doctor Guerrero. Fue el primer médico que llegó a la colonia, unos años antes que nosotros, siendo un profesional muy respetado y conocido por los incipientes y luego multitudinarios, vecinos de la colonia.

Una de sus primeras recepcionistas, según supimos, la que trabajaba con el doctor cuando llegamos, era una mujer joven, de carácter serio y muy diligente en su puesto. Nunca, recuerdo, tuvo pretendientes o algún novio formal; siempre la vi sola sin la compañía de algún varón. Por esta causa tiempo después, recibimos con sorpresa la noticia: El doctor Guerrero le solicitó a mi tía si por casualidad conocía a alguna muchacha joven que le recomendara para sustituir a Lucha, su recepcionista, porque ésta le había avisado que dejaba el trabajo, pues se iba a casar.

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El sargento Pedro López Aréchiga, oriundo de una población del estado de Querétaro, desde muy joven en busca de una mejor vida dejó sus labores del campo para trasladarse a la capital. En busca de trabajo, indagando primero donde pasar las noches, llegó a habitar en un misérrimo cuarto en la colonia. Ya ubicado, no faltó quien lo recomendara que viera al mayor Martínez para que lo diera de alta en la corporación policíaca y por su estatura, prestancia, dedicación al trabajo y su vocación al servicio, muy pronto de haber ingresado al cuerpo de vigilancia, se ganó los galones, primero de cabo y luego los de sargento. Posteriormente, fue uno de los beneficiarios con un lote en la misma colonia y poco a poco, trabajando con sus propias manos, construyó un cuarto cuyo acceso daba directamente a la calle; mismo que al construir otras tres habitaciones hacia el fondo del terreno, rentaba el primero como cuarto redondo a las muchas familias que llegaban a colonizar al nuevo asentamiento.

El sargento cuando hablaba, siempre lo hacía con un dejo netamente campirano acompañado con un tic nasal expeliendo un sonido característico al terminar cada oración que pronunciaba. Vivía solo; de vez en cuando, recibía la visita de alguno de sus hermanos, pero su vida la realizaba alrededor de la delegación policíaca a la cual estaba adscrito, sirviéndole de vigilancia a su propiedad, los diversos inquilinos a quienes les rentaba el cuarto exterior.

Recuerdo que tenía el rostro totalmente picado por la viruela y siendo niños, lo tratábamos con mucho respeto llamándole “Don Pedro”; pero cuando crecimos, ya adolescentes, y al estar de moda una joven actriz que lucía desnuda su belleza en las películas mexicanas, irreverentes le llamábamos por el nombre de la artista: “Don Kitty de Hoyos” por las múltiples picaduras en sus facciones. No obstante, el nos llamaba con apodos cariñosos. A mi me decía “el maestrito”.

Yo consideré que tendría alrededor de unos cuarenta años, poco más o menos, cuando una noche, muy enfermo, llegó a tocar a la puerta de la casa. Vivíamos exactamente frente a la casa de él, calle de por medio. Mi abuelo respondió a su llamado y al abrir la puerta lo encontró hecho una bola, tirado en el suelo. Mi tía, que en su soltería había sido enfermera, revisándolo determinó que padecía una grave pulmonía y mujer previsora, porque en aquel tiempo no había farmacias en la colonia, en el cubo del zaguán le inyecto un medicamento que tenía en su botiquín particular y luego, entre mi tío y mi abuelo, cargándolo, lo llevaron a su casa, mientras que mi tía le preparaba un the y con unas aspirinas, se lo dio a tomar. Lo acostaron y arroparon y hasta que la fiebre descendió, mi tía regresó a la casa.

Por la mañana, estando muy pendiente de la llegada del doctor Guerrero, mi tía lo llevó a la casa de Don Pedro para que lo auscultara y diagnosticara. Le recetó una serie de inyecciones que nuevamente mi tía se las aplicó según las indicaciones médicas y ya convaleciente, el policía asistió al consultorio para continuar su tratamiento. Esa fue la circunstancia por la cual conoció a Lucha y a su manera provinciana, después de tratarse algún tiempo, manteniendo en secreto su relación y viendo en ella a la compañera de su vida, a la mujer que le evitaría continuar viviendo en soledad, le propuso matrimonio. No obstante la diferencia de edades, casi veinte años mayor Don Pedro, al poco tiempo que Lucha dejó de trabajar en el consultorio, se casaron, extrañándoles a todos los vecinos de la calle que no los hubieran invitado al festejo. Pero la realidad fue que no hubo fiesta, ni foto del recuerdo, ni viaje de bodas. La boda civil se realizó en el registro civil de la segunda delegación, con algunos policías compañeros suyos, como testigos y al día siguiente, domingo, la boda religiosa en la capilla de la colonia. Al regreso de la ceremonia, únicamente reunidos los novios, mis tíos y el doctor Guerrero y su esposa que fungieron como testigos y padrinos respectivamente, se brindó con una botella de sidra y taquearon la carne de un guajolote que preparó la madre de la novia. La reunión no duró más de dos horas, terminándose cuando se acabó la comida y la escasa bebida, luego, por órdenes del policía, cada quien para su casa y al quedarse solos los novios, Don Pedro cerró el zaguán de su hogar… y nos vieron salir a la calle, en una semana.

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Quizá por la soledad característica de su vida, quizá por las experiencias de los adulterios terminados en crímenes que tomó nota en su vida policial, o tal vez por los celos que podría motivar la juventud de Lucha o por algo que se le desconocía y que él muy bien ocultaba; la realidad fue que inicialmente la esposa y luego las dos hijas producto de su unión, la primera bautizada por mis tíos y la segunda un año menor, las tres mujeres vivieron enclaustradas en su casa.

Lucha tenía autorización para salir una sola vez al día, el tiempo indispensable para comprar los alimentos diarios y con las hijas, siempre pegadas a la madre, por la mañana a la hora de ir a la escuela y por la tarde a su regreso, era la única hora en que se les veía en la calle, además que Don Pedro ejercía sobre ellas un estricto control, al imponerles una disciplina cuasi policial.

Mucho tiempo después mi tía supo la verdad de su encierro platicado por la propia Lucha, al pedirle un favor con respecto a los quince años que cumpliría su ahijada. En esa plática la sufrida mujer le platicó sus cuitas: Don Pedro era un hombre extremadamente tacaño, a tal grado que no salían más a la calle, por que no tenían nada de ropa que ponerse. Las niñas sólo sus uniformes escolares y Lucha un solo vestido que lo modificaba con el uso de sus delantales de diferente color.

Muchos circos tuvo que hacer mi tía para poderle festejar el cumpleaños a su ahijada. De por aquí y por acá, de puros retazos le hicieron su vestido rápidamente y a escondidas sin que se enterara el padre, Lucha la llevó a la iglesia para que en una misa normal de ese día, le diera gracias a Dios por el cumpleaños tan esperado por todas las jovencitas. Por la tarde, cuando regresó al policía a casa, la mujer le pidió permiso para festejarle su día y que pudiera bailar el clásico vals, a lo cual se negó rotundamente. No quiso gastar en la fiesta argumentando que esos festejos sólo eran para la gente rica y no para los pobres como ellos y menos para la hija de un simple policía. Es evidente el comentario, que el vestido con los ajustes y modificaciones necesarias, lo utilizó la otra hija al año siguiente y que también no hubo ni fiesta ni el consabido vals para su festejo.

A tal grado las tenía enclaustradas, que antes de volverla a ver por una situación penosa, solamente la había saludado dos veces. Verla, varias veces, y sólo desde lejos. Don Pedro había adquirido una vieja carcacha Ford modelo 1928 o anterior en algún deshuesadero, la reparó y arregló dentro de su casa y cuando salía la familia a supuestos paseos que no pasaban de dar vueltas por los alrededores de la colonia, los saludaba desde lejos. ¿Y porqué dos veces la saludé físicamente? Porque mi tío organizaba grandes fiestas el día de su cumpleaños y siendo vecinos, lo invitaba. Las dos veces Don Pedro acudió primero, con una vieja mandolina y la segunda, con un arco de violín tocando un serrucho que se colocaba entre las piernas, atosigándonos con sus desafinadas melodías y suspendiendo su tocar con muchos problemas. No quería dejar de tocar. Pensaba que agradaba y trataba de ser el centro de la fiesta y no lo podían callar. Nunca más lo volvieron a invitar y en esas dos únicas visitas, pude estrechar la mano y platicar algunos monosílabos, pues no pronunciaba algo más, con la mayor de las hijas que ya apuntaba como una hermosa jovencita.

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Pasó mucho tiempo; yo dejé la casa al fallecimiento de mis abuelos y decidí continuar mis estudios universitarios por mi cuenta. En una ocasión que llegué a saludar a mis tíos, me dieron la infausta noticia: Días antes había fallecido Don Pedro. Me impactó la noticia. Me quedé pensando cual había sido la causa; aunque supuse que tal vez de viejo, no dándome tiempo de preguntarles, ya que mi tía me dijo que la acompañara al rosario que según las costumbres cristianas, se rezaba nueve días para el descanso del alma del difunto. Yo acepté por lo mucho que recordaba al policía y también por la curiosidad de ver a las hijas, sobre todo a la mayor, Maritere, bautizada con ese nombre en razón de llevar el mismo nombre de mi tía, su madrina. Mi curiosidad había sido aumentada, al conversar con mi tía, en lo hermosa que se veía su ahijada con el vaporoso vestido de quinceañera, que le confeccionaron a toda velocidad, y no estaba equivocada cuando la observé antes de saludarla: Alta, no tanto como su padre, casi de mi estatura sin tacones, esbelta, con un cuerpo muy bien proporcionado y un rostro muy sensual. Me atrajo mucho. Al abrazarla para darle el pésame, sin desearlo, mi mejilla rozó la suya y sentí un ligero temblor en su espalda que me impulsó a buscar su amistad, a tratar de verla con mayor asiduidad, a platicar más tiempo con ella; pero me fue imposible al reflejar un carácter retraído, introvertido, notándose a leguas que era motivado por la reclusión a la que la tuvo sujeta el padre. Desgraciadamente, después de estos encuentros durante los velorios, no como hubieran sido mis deseos, no la volví a ver ni supe de ella, durante varios años.

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Si de por sí el salario de un policía es muy bajo, la pensión que recibiría Lucha, sería raquítica. Al firmar los documentos necesarios para recibir los beneficios que por ley le correspondían, conoció el monto que cobraba quincenalmente Don Pedro, al integrar los recibos de sus pagos. Y se hizo la siguiente pregunta: ¿En que gastaría su esposo el dinero cobrado? Si sumando el dinero que recibía como gasto, los pagos de predial, agua, los descuentos por los consumos de alimentos enlatados comprados en la tienda del gobierno, algunos gastos extras, la televisión ya la habían pagado desde muchos años atrás, no ajustaban las cuentas. Si ropa no tenían; Don Pedro nunca se compró para él ya que siempre usó aunque no estuviera en servicio, la ropa y los uniformes que la dependencia le entregaba. Reconocía que nunca gastó en bebidas y sí en cigarros, al tener este vicio desde joven; pero compraba cigarros de hoja, muy baratos, vicio que finalmente fue la causa de su muerte. Por su mente pasó la posibilidad de que hubiera tenido otra mujer; sospecha que desechó al recordar que durante sus veinte años de casada, nunca faltó al hogar y no había dado pie para que se le considerara un bígamo. No, eso no. En algo debió haber gastado o ahorrado el dinero que según sus cuentas, faltaba.

Buscó en un viejo arcón de madera escondido entre las cosas de Don Pedro, que además de una aldabilla con un candado, para abrirlo requería de una combinación integrada en una pieza clave del mismo cofrecillo. Al no encontrar la llave ni saber cómo hacerle para abrirlo, lo forzó con una espátula, única pieza que quedaba del viejo auto que al no tener la documentación que acreditaba su estancia en el país, el registro federal se lo había recogido. Una vez abierto, en su interior se encontraba la escritura de la casa, un papel rayado tamaño carta garabateado por Don Pedro, indicando su decisión testamentaria, dos fotografías en sepia en las que el difunto era aún un bebé, retratado al lado de sus padres, dos cartas cuyo remitente era el padre del policía con fecha de treinta años atrás, un medallón que perteneció a su madre y un viejo revólver calibre 38, cargado. Nada más. Ni dinero ni algún dato que le indicara donde podría haberlo escondido, si es que éste existía ni documento bancario que demostrara tener una cuenta de ahorros. Nada. Don Pedro no dejó dinero como una probable herencia.

El importe recibido por Lucha de la institución por ley, como compensación por la defunción sumada a lo ahorrado en la caja de la policía, una parte lo aplicó ésta para arreglar algo la casa y darle el mantenimiento que tanto necesitaba, otra para comprar camas y colchones para sus hijas y la parte principal, para comprarse la ropa que tanto les hacía falta a las tres; porque según le comentó Lucha a mi tía, todas andaban encueradas, vestidas únicamente con retazos de tela que compraba en el mercado con lo poco que ahorraba del gasto diario y en la vieja máquina Singer que compró cuando era soltera, se confeccionaban sus vestidos y su ropa interior.

Casi al terminarse los recursos económicos recibidos y siendo insuficiente la escasa pensión que recibía para alimentar tres bocas, las dos hijas empezaron a trabajar. La menor, Mariluz, bautizada con el mismo nombre de la madre y muy parecida a ella, bonita, de mediana estatura, de inmediato tomó el puesto que Lucha había ocupado muchos años atrás; el doctor Guerrero le dio trabajo en su consultorio y no obstante que la paga se limitaba al mínimo, al trabajar a la vuelta de su casa sin gasto de comidas ni pasajes, el sueldo se convertía en bueno y además, estaría cerca de su madre haciéndole la compañía que tanto le hacía falta a Lucha. Acostumbrada al encierro, Mariluz circunscribió el panorama de su vida en dos lugares: su casa y el consultorio, de allí no salía para nada a ningún lado.

Todo lo contrario a esta vida sedentaria de Mariluz, llevó la hermana mayor. Su primer trabajo fue como empleada en una zapatería y por considerarlo muy aburrido y sin futuro, apenas cobro su primer pago, lo dejó para entrar en una florería. Aquí, la poca paga y al comenzar a abrir los ojos a la vida, a conocer el mundo y sus satisfactores que siempre le estuvieron negados por el enclaustramiento familiar, ambicionó poseer todas las cosas que jamás pensó, existieran. Se despidió de las flores para ingresar en un centro comercial ubicado por la colonia Asturias, como cajera; de este puesto brincó al departamento administrativo y luego de asistir a un curso de capacitación que la empresa costeaba para sus empleados, además de su esfuerzo personal al estudiar y practicar en casa en una máquina de escribir adquirida en abonos en la misma tienda, todo el curso de mecanografía y taquigrafía, pasó a la gerencia como secretaria. Por sus méritos ascendió a ser la secretaria principal y posteriormente la particular del gerente general.

Maritere no era tonta. Entendió que había adquirido muchas habilidades con el aprendizaje y la experiencia en el desempeño de su trabajo, que le redituaba una excelente capacidad para cumplir satisfactoriamente los puestos que había y que ahora, ocupaba. Además, sabedora de poseer un magnífico físico, combinó sus habilidades con sus atributos para hacerse notar como una mujer preparada para alcanzar metas más altas, no importándole cuales fueran los medios para lograrlo.

En el siguiente período navideño, todo el personal gerencial de las diversas tiendas fue invitado a las oficinas de la Dirección General y Maritere, luciendo sus mejores galas asistió, llamando mucho la atención entre los gerentes e impresionando al jefe divisional de compras, hijo de uno de los principales accionistas de la empresa. Éste, de inmediato se le acercó para tratar de conquistarla y ella, al conocer quien era el galán que la cortejaba, aceptó sus pretensiones y al término del convite, consintió a la invitación del gerente para llevarla a su casa. Durante el viaje, el galán la invitó a pasar los últimos días del año en su casa de Acapulco, a lo que ella se opuso rotundamente, argumentando que no disponía de vacaciones y que por obligación y por necesidad, no podía dejar de trabajar. El director le dijo que esto no era problema para él, ya que podía conseguir la anuencia respectiva ante su jefe y que por su posición gerencial podía ordenar que se le concediera el permiso con goce de sueldo y aún, el poder ausentarse toda la semana siguiente. Maritere no le contestó y sonriente, sin despedirse, se bajó del auto y entró a su casa.

Al día siguiente, a la hora de la salida, el galán la estaba esperando para notificarla que el permiso estaba listo y si aceptaba, el día de mañana, muy temprano, pasaría por ella a su casa. Maritere únicamente le sonrió y no aceptó que la llevaran a su casa, no obstante de ir cargando una voluminosa bolsa con alimentos y bebidas, incluyendo la infaltable sidra para brindar durante la celebración de la cena de nochebuena.

Una vez que las tres mujeres disfrutaron los clásicos alimentos que las hijas suministraron y la madre preparó y condimentó, después del último brindis con el que dieron fin a la botella de sidra, Maritere le avisó a su madre que saldría de vacaciones con un grupo de compañeros del trabajo y que regresaría hasta el día dos de enero. Lucha le preguntó que con cual permiso se iría y la muchacha le contestó que con o sin su permiso, ella partiría por la mañana; había trabajado mucho y necesitaba descansar y además, era ya mayor de edad y podía decidir por ella misma. En silencio, la familia se retiró a descansar, escuchándose por la noche los sollozos de Lucha motivados por lo que consideraba un arranque de rebeldía y desobediencia de su hija.

Temprano, su pretendiente llegó a las puertas de su casa, tocando con insistencia el claxon de su auto para avisar su presencia. Maritere, si por la noche había decidido ir, al amanecer su idea había cambiado. Salió a decirle que no iría, que no aceptaba la invitación; pero al ver que le entregaban una maleta repleta de ropa adecuada para la playa y mostrarle los boletos del avión que los trasladaría al puerto, lo pensó mejor: iría. La invitación era muy tentadora de despreciarla y podría conocer el sitio que quizá, para ella era inaccesible por su posición económica. Entró a su casa buscando a su madre para despedirse. La encontró en la cocina preparando el desayuno y le entregó el sobre que contenía lo que la empresa le otorgó como aguinaldo y cargando una maleta deportiva con su ropa más usual, Maritere se despidió saliendo de la casa para no regresar en la fecha indicada, sino mucho tiempo después… y en otras condiciones.

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La ruta de autobuses que cruzaba longitudinalmente a la colonia por la calle central y cuya oficina y terminal se encontraba en la penúltima calle; uno de estos vehículos conducido por un chofer joven de buena presencia, todos los días al efectuar la limpieza del consultorio y luego barrer y regar la acera que le correspondía frente al local, observaba a Mariluz efectuando su trabajo, desde el camión que manejaba mandándole saludos y piropos, acciones aunque permanecía indiferente, a la joven no le disgustaban. Pronto, en sus días de asueto llegaba personalmente a tratar de entablar plática con ella. Con el tiempo aceptó ser su novia y no tardó mucho en proponerle matrimonio.

Mariluz antes de corresponderle, lo llevó para presentárselo a su madre y luego le pidió que deseaba conocer donde vivía y al mismo tiempo que le presentara a sus padres

para relacionarse con ellos. El chofer le satisfizo su deseos y hecho esto, Mariluz le impuso dos condiciones para aceptarlo: la primera, ella seguiría trabajando porque el sueldo que cobrara lo destinaría para dárselo a su madre; de esta manera, al encontrarse su madre sola y con algo de dinero, no sería una carga para él; y segunda: debería buscar una vivienda para los dos, ya que no aceptaba irse a vivir con sus padres a la paupérrima vivienda y en los promiscuos cuartos que ocupaba su familia. Allí no podría vivir.

Luego de mucho buscar en las colonias aledañas a la Álvaro Obregón, encontrando viviendas muy pequeñas en vecindades muy pobres y muy hacinadas o en departamentos bien construidos pero cuya renta estaba fuera del alcance de su economía y, al no encontrar habitación en la misma colonia, sitio que le convenía al chofer para ubicarse cerca del lugar de su trabajo, Lucha les propuso que construyeran unos cuartos en la casa sobre los cimientos que había construido Don Pedro. El chofer de inmediato aceptó, contratando a un albañil y él de peón los días en que descansaba del volante del camión, empezando de esta manera la construcción de su habitación.

Tres meses después, no estando aún terminados los acabados de la obra, con dos cuartos techados con lámina de asbesto, un cuartito para cocina y otro para baño, consiguiendo un crédito en una de las afamadas mueblerías de la zona de Jamaica, amueblando con lo más indispensable, Mariluz consideró que era suficiente para empezar su vida de casada. La boda se efectuó en la iglesia de la colonia y el matrimonio civil en la segunda delegación, siendo el doctor Guerrero y su esposa, sus padrinos y mis tíos, los testigos, faltando la presencia de la hermana mayor, Maritere.

En tranquilidad y respetando la vida privada de la pareja, Lucha vivió con ellos en armonía. Mariluz continuó trabajando, excepto durante dos meses, uno de gestación y otro de crianza, cuando engendró a cada una de sus dos hijas, período durante el cual Lucha la sustituyó en el trabajo, volviendo a ocupar el puesto de recepcionista del doctor Guerrero, tal como lo había desempeñado en tiempos de su soltería. De esta manera, con los sueldos del chofer, de Mariluz y la raquítica pensión de Lucha, la familia, sin carencias económicas, vivía tranquila y Lucha, ahora una feliz abuela, se hizo cargo del cuidado y educación de sus dos nietas, olvidando a la hija ingrata que la había abandonado y de la que no tenía conocimiento de su vida y de su destino.

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El afortunado directivo de la empresa no dejó que Maritere regresara a su casa; no podía dejar a tan suculenta mujer disponible para que fuera disfrutada por otro hombre. Si bien ella entregó su amor por primera vez, él no la engañó, ya que por compromisos de su religión y el grupo étnico al que pertenecía –la judía-, no podría casarse con ella. Mientras le compraba un departamento en condominio para disfrutar de su amor, Maritere ocupó un cuarto de un hotel cercano al centro comercial donde trabajaba y sin dejar de hacerlo, se convirtió en su amante y compañera de viaje como su secretaria particular, a todas las ciudades donde existían sucursales de la empresa a las cuales, por su trabajo gerencial el directivo tenía que supervisar.

El consejo de administración de la empresa lo ascendió a director general de mercadotecnia y por el puesto, por su edad, por su religión y por alianzas económicas entre los accionistas, debería casarse, proponiéndole su padre, el presidente del consejo de la compañía, como la principal pretendiente, a la hija de otro socio. Él protestó aunque sin mucha insistencia para que le permitieran casarse con Maritere; pero ni sus padres ni la congregación judía le permitirían por su alto nivel ejecutivo y posición social, casarse con una mujer conversa, en el caso que Maritere aceptara convertirse a la religión judía.

Muy a su pesar y obligado por las circunstancias, se separó de Maritere entregándole una considerable cantidad de dinero para obtener su silencio y evitar un posible y futuro chantaje. Aunado a esta ministración económica, recibió la liquidación que por ley le correspondía al ser despedida de su trabajo. Con todo este capital, le permitió a la mujer vivir muy desahogadamente un largo tiempo, aunque en realidad, la separación no le afectó en lo más mínimo, ya que lo único que le preocupaba era tener los recursos necesarios para seguir pagando su condominio, ya que su amante sólo pagó el enganche y las mensualidades mientras fue suya, y que para vivir y vestirse, ella sabía cómo conseguirlo fácilmente.

Con las recomendaciones que le entregaron en la empresa, después de las vacaciones que se tomó, consiguió un mejor empleo utilizando todas las artimañas y experiencias que por su presencia, impactaba. Así mismo consiguió otro hombre que le pagaba todas sus necesidades con tal de poseerla y… de este empleo y este hombre, obtuvo otro empleo y otro hombre y luego otro más. Así, con diversas compañías masculinas, aunque en soledad en su departamento, vivía a su pleno gusto y con la libertad que nunca había disfrutado, teniendo aún resquemores del pasado de cuando estaba presa en su casa por designio de su padre.

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A Sammy, un gran amigo mío, su concuño lo invitó a una fiesta que celebraría en su casa por un aniversario de su matrimonio. Sammy me pidió que lo acompañara al festejo citándome en su casa para de allí partir juntos y en un solo auto. Yo no conocía al matrimonio anfitrión y no obstante de no codearme con ningún invitado, departía con alegría el momento. Después de una suculenta comida, me dirigí hacia la barra de la cantina que habían instalado en un extremo del patio. Pedí mi bebida favorita y me puse a observar a todos los invitados como departían entre sí. Momentos después vi entrar a una pareja, a él lo conocía muy bien, era el doctor Adame, un condiscípulo de la secundaria y que aún seguíamos frecuentándonos como grandes amigos, causándome extrañeza su presencia al desconocer quien lo pudo haber invitado; a ella, sin duda la conocía, de seguro la había visto en otro lado aunque tenía mis dudas por la gran personalidad que irradiaba. Al saludarla y verla directamente a los ojos, supe que con anterioridad ya había estrechado esa mano y alejé toda indecisión: sí la conocía; pero no sabía de donde.

Entrada la noche, por fin pude sentarme a platicar con el doctor, iniciando la charla con mis preguntas para que se dilucidaran mis dudas:

--Oye doctor, yo estoy aquí por invitación de Sammy, a él ya lo conoces… pero a ti, ¿quién te invitó o cómo o por quien llegaste?

--Por Antonio, el novio, somos amigos desde la infancia, vivíamos en el mismo barrio y fuimos a la misma escuela primaria.

--¿Y quién es la dama que te acompaña? ¿Acaso es tu última conquista?

--La conocí en la casa de Sr. Valdez, ¿te acuerdas de él? En alguna ocasión me acompañó a uno de los cumpleaños de tu tío.

--Sí, como no, me acuerdo, es el que vive en Tlatelolco.

--Vivía, por que ya se cambió. Ella es vecina de él. En una fiesterita que organizó Valdez, me la presentaron, la invité a salir, aceptó y luego de varias citas le propuse tener relaciones y hace aproximadamente un mes, más o menos, es mi amante.

--Fíjate, no te vayas a molestar por lo que diré; pero creo que la conozco, seguro la he visto antes… ¿Cómo se llama?

--Maritere.

--¡Ah, ya sé quien es…! –Y le di los datos de dónde la conocía. Mi amigo se levantó y sin decirme nada, fue por ella y la presentó ante mí:

--Mira Maritere, esta persona a quien estimo mucho y creo en él, dice conocerte… ¿lo recuerdas tu?

--No, no lo conozco… o tal vez… no lo recuerdo.

--Es normal –le dije-, sólo nos hemos saludado tres veces, las dos primeras aún eras muy joven y la última fue cuando falleció tu padre; aunque realmente nos hemos visto muchas veces porque vivía frente a tu casa. Yo soy sobrino de tu madrina Teresa, la güera… ¿ahora si me recuerdas?

--Si, ya se quien es usted. Estudiaba para ser ingeniero, ¿no es así?

--Exactamente, pero háblame de tú –le pedí-, y háblame de ti: ¿Cómo está tu madre y tu hermana? – Me contestó con dos monosílabas, muy sonriente, luego volteó hacia el doctor y le pidió tomándolo por la cintura y llevándolo hasta la pista que habían acondicionado para el baile, no dando importancia a mis preguntas:

--Están… bien; pero ándale mi amor, vamos a bailar… -Los vi irse caminando hacia la pista, más bien, la vi irse sólo a ella, admirando sus soberbias piernas y al empezar a bailar, sacudí mi cabeza para retirar los malos pensamientos que acudían a mi mente y lentamente me dirigí hacia la barra para pedir otro trago. Desde mi banco llamé a Sammy para brindar con él y preguntarle a que hora nos retiraríamos, contestándome con la oración contundente y clara muy propia de él, que me indicaba que no tenía ganas de irse:

--Nada más nos tomamos ésta y dos más… y nos vamos.

Tiempo después, sintiéndome cansado y al observar a los pocos invitados que permanecían en la reunión; organizándose los varones para una partida de póquer, juego que no es de mi agrado, entre ellos el doctor, y las esposas de éstos talladores que en gran chorcha departían con la anfitriona, decidí retirarme. Empecé a despedirme de todos sin contar con la anuencia de Sammy que insistía en que sólo nos tomáramos otras dos copas y nos íbamos, me llamó mucho la atención, antes de retirarme, observar a la única pareja que bailaba a media pista notando que estaban enfrascados en una gran charla y muchas risas, al anfitrión con Maritere. En la calle, detuve a un taxi que me condujo a la casa de Sammy, donde había estacionado mi auto y me dirigí de inmediato a casa.

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--No hermano, a mi me cortó muy pronto. No le daba lo que económicamente ella necesitaba. Es una vieja muy cara y no pude pagarle lo que me pedía.

--No, lo que pasa es que a ti no te gusta pagar o gastar, sea mucho o sea poco, con las mujeres. Te conozco bien; pero mejor dime: ¿qué sabes de ella?

--¿A poco tu le vas a entrar?

--No y no voy a negar que me gusta mucho; quizá años atrás lo hubiera intentado, aunque con lo que me has platicado no dudo mucho que ya tiene bastante kilometraje recorrido y así no le entro ni de broma… Te lo pregunto por pura curiosidad.

--Si sé de ella. ¿Con quien crees que anda?

--No tengo la menor idea…

--Con Antonio, mi amigo, el anfitrión de la fiesta donde nos vimos.

--¿A poco? –Asombrado primero, emoción que fue perdiéndose al recordar la última vez que los vi a ambos en animado baile; pero que regresó de inmediato cuando regresó a mi memoria lo que de Antonio me había platicado Sammy-: ¿Pero cómo? Si su concuño Sammy me comentó que él no tiene nada, toda la lana que tienen es de la esposa, ¿es cierto?

--Efectivamente. Su esposa es hija de un famoso industrial y el es sólo un empleado. A ella le gustó Antonio y papi se lo compró. Le pagó boda, viaje a Europa, la casa totalmente amueblada que conoces, ropa, auto y todo lo que pienses. Claro, se casaron por separación de bienes, por lo que él disfruta de todo; pero no tiene nada, bueno, ni su sueldo, ya que ella lo cobra para el gasto de la casa. Sólo le da para pasajes, gasolina y los gastos personales que necesita, se los tiene que pedir.

--Entonces este cuate está jodido; pero entonces, ¿con que le paga?

--Quien sabe…- Y seguí comentando con mi amigo el doctor todos estos incidentes de la vida de Maritere, mientras nos encontrábamos en su casa degustando unas copas antes de pasar al comedor a saborear el rico pozole que su esposa preparaba como cena, a la cual había sido invitado.

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Antonio vio en Maritere a la mujer que había soñado, la mujer que lo haría sentirse hombre y no el pelele que ante su esposa, los suegros, las amistades y el personal de la fábrica, conocían su situación. Fijándose una meta: A esta mujer la conquistaría, costara lo que costara, no importándole lo que tuviera que hacer.

Sin conocer la verdadera posición del pretendiente y estando libre de compromisos al dar fin a las relaciones con el doctor, Maritere vio en Antonio una mina de oro: gran casa, auto deportivo del año, buena ropa, joyas caras y sobre todo, dinero. Fácilmente lo hizo caer a sus pies al aceptar sus proposiciones amorosas y volverlo loco al entregarle con profusión, sus caricias.

Poco a poco, Antonio sustraía dinero de las ventas en pequeñas cantidades, después una cantidad mayor y cuando escamoteó una partida fuerte, el contador de la empresa se dio cuenta y efectuó una breve auditoria, localizó los hurtos y se lo notificó al patrón, el cual de inmediato llamó a la hija y en plática privada le comunicó las sustracciones de dinero y le advirtió:

--¿Le has pedido algo a tu esposo, algún gasto para que haya hecho una erogación especial?

--No papá.

--Vigílalo. Ha estado robando dinero de las ventas, mira el reporte del contador… Mientras, lo voy a cambiar de departamento a donde no maneje dinero. ¿Sabes si tiene deudas de juego? ¿Le gusta el póquer u otra forma de apostar?

--No creo que sea deuda de juego. Ha estado llegando tarde desde un tiempo atrás. Dice que se la pasa jugando dominó en el expendio de Sammy y no creo que allí jueguen grandes cantidades de dinero. Sé que sólo juegan por la bebida, no apuestan dinero. Ha de ser por otro asunto.

--Pues ten cuidado con él, vigílalo, no vaya a ser por una vieja, mantente alerta.

La desesperación hizo presa de Antonio. Sin dinero no podía seguir recibiendo el amor de Maritere. Ella sólo le exigía el pago mensual de su departamento, lo demás, se lo dejaba a su albedrío poniéndole como premisa si le gustaban sus caricias, las recompensara de acuerdo a la satisfacción de sus deseos cumplidos. No le quedó más recurso a Antonio que empezar a sustraerle las joyas a su esposa, subrepticiamente.

Ella empezó dar los primeros pasos para vigilarlo. Un viernes que rutinariamente Antonio llegaba a casa más tarde que de costumbre, por la noche se trasladó al negocio de Sammy y era verdad: comprobó que un grupo de sus amistades se encontraban departiendo jugando dominó, pero entre ellos no estaba su esposo. Aparentando mucha tranquilidad, ocultando su enojo interno y como si todo estuviera normal, le preguntó a Sammy después de los saludos correspondientes:

--¿Y Antonio no ha llegado? Me avisó que aquí iba a estar…

--No ha de tardar en llegar, algo se le debe haber atorado en el trabajo. Siempre es de los primeros en llegar. –Notando en las palabras de Sammy cierto nerviosismo como si tratara de encubrir la ausencia de su esposo, le explicó el motivo de su presencia:

--Bueno cuñado, me voy a mi casa. No le digas que vine a buscarlo. Tenía muchas ganas de ir al cine y pensé que podría llevarme. Te suplico que guardes silencio, no quiero que se enoje al saber que vine a buscarlo. Te lo agradezco… nos vemos… salúdame a mi hermana. –Salió del negocio de Sammy, subió a su auto y arrancó, no dejando de observar por el espejo retrovisor hasta que su cuñado entró y cerró la puerta del expendio. Entonces, dio la vuelta en la siguiente calle y regresó para estacionarse en un lugar desde el cual podía mantener la vigilancia a la entrada del lugar de reunión de los amigos de su esposo. Al dar las once de la noche, observó que salían todos los allí reunidos despidiéndose de su cuñado; en seguida puso en marcha para de inmediato trasladarse a su casa. Sentada en la sala mirando el televisor, esperó a su esposo y éste, cerca de la una de la mañana llegó asombrándose de encontrarla todavía despierta, diciéndole: --¿Qué pasó mi amor, no tienes todavía sueño? ¿Por qué te desvelas?

--Estuvo muy buena la película… Ya me iba a acostar cuando oí que llegabas, dime: ¿Cómo te fue, siquiera hoy ganaste o como siempre perdiste?

--Salí a mano, iba perdiendo, me habían puesto dos zapatos y hasta que me recuperé nos levantamos de la mesa; por eso, llego tan tarde… ¡Ah! Y te manda saludos Sammy. – La esposa no le contestó ni le reclamó, retirándose a su recámara, mientras Antonio se aseaba en el baño para quitarse el humor de la reunión que tuvo con su amante y el tufo del alcohol ingerido, olor que mucho le molestaba a su esposa.

Al día siguiente, la esposa contrató los servicios de un detective particular y pasadas dos semanas tenía en sus manos un informe completo apoyado con fotografías de las actividades secretas de su esposo, mostrando a Antonio acompañado de una mujer la cual reconoció de inmediato, como la invitada con la cual él estuvo bailando en la fiesta cuando celebraron sus años de casada. Meditando lo que tendría que hacer, se mantuvo en silencio durante unos minutos. Terminada la pausa, le indicó al investigador que siguiera a su esposo y cuando lo viera reunirse con esa mujer en el lugar que acostumbraban hacerlo, le hablara por teléfono.

El detective acató las órdenes y unos días después, cerca de las ocho de la noche, recibió la llamada. Rápidamente se trasladó al domicilio indicado y al llegar, el detective le señaló el lugar: edificio y departamento. Le pidió que no la acompañara, que ella subiera sola, que se mantuviera al margen y que si veía alguna agresión o si algo malo pasaba, ella lo llamara. Frente a la puerta accionó el timbre y a su llamado apareció Maritere quedándose sin habla al reconocer a la mujer que estaba a la puerta. La esposa observó que Maritere llevaba puestos unos aretes y una pulsera de su propiedad. Y sin decirle nada sobre la posesión de las joyas, le ordenó que le hablara a Antonio. Éste, pálido y sobrecogido, no esperó que lo llamaran, salió y en silencio obedeció la orden de la esposa, que firme en el pasillo con el brazo le indicaba la salida, luego subiera a su auto y la siguiera a casa. Ella abordó el suyo y le indicó al detective que pasara a verla el día siguiente.

En cuanto llegaron a su residencia, la esposa entró a su recámara y revisó sus alhajeros percatándose de todo lo hurtado. Lo llamó y cerrando la puerta para que no escucharan el diálogo sus hijos, le habló claro y preciso:

--¿Quieres seguir disfrutando de todo lo que te he dado o quieres ir a la cárcel por ratero? Has robado a mi padre y a mi me has robado muchas joyas para dárselas a esa ramera. No lo vayas a negar, Traía puestos mis aretes y la pulsera que me regaló mi madre. Además, tengo pruebas suficientes para pedir el divorcio por adulterio. –Le extendió el expediente del detective y Antonio, después de repasarlo, en voz baja y muy abatido, le respondió:

--Perdóname, aunque creo que no merezco tu perdón… soy culpable y si quieres el divorcio, te firmo cuando me presentes los documentos, no objetaré nada, se hará como tú lo desees. –Sentado el la orilla del sofá, con los codos sobre las rodillas y tapándose la cara con sus manos, con el rostro contrito y a punto de llorar, unos instantes después, le preguntó:

--¿Qué quieres que haga para merecer tu perdón? Pídeme lo que quieras y lo haré.

--Vas a declarar en contra de esa mujer. Ya te daré instrucciones y a partir de este momento, dormirás en la sala mientras adapto el cuarto del garaje para ti. Conmigo ya no compartirás mi recámara y únicamente hablaremos lo indispensable y sólo por los niños, date de santos que no te corro. Y desde mañana mismo, sal a buscar trabajo, lo que ganes será para tus gastos, en la empresa no tienes cabida por ratero.

La esposa presentó una demanda muy amañada contra Maritere, por robo, abuso de confianza y los que surgieran, agilizando los trámites mediante la experiencia de su abogado y muy breves días después, Maritere fue detenida. Con una orden judicial de cateo a su departamento, encontraron las alhajas, las que llevaba puestas al momento de su detención y dos boletas de empeño amparando otras dos piezas sustraídas. Durante el juicio la esposa presento las facturas de compra y con la declaración de Antonio apuntando que el día que la invitaron a su fiesta de aniversario de bodas, seguramente tuvo la libertad de entrar a la recámara y tomó las alhajas. No valió la débil defensa presentada por el abogado de oficio con base en los testimonios de Maritere, siendo declarada culpable por el juez y no alcanzando fianza por el monto de lo hurtado y ciertos cargos colaterales, fue sentenciada y trasladada al penal de Santa Martha.

Nunca imaginó Maritere que enredarse con este hombre, fuera el último y la causa del final de su disipada vida de amor y libertinaje. Sola, sin familia, sin amistades, sin nadie que la ayudara, entró al penal para cumplir la pena que consideraba ella, no era por el robo del cual era inocente, sino que por su deshonesta vida, recibía un merecido castigo.

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Desde aquella ocasión donde me platicó que Maritere lo había cortado, no tuvimos oportunidad de volvernos a reunir el doctor Adame y yo. Únicamente tanto en los onomásticos como en nuestros cumpleaños y el período festivo de fin de año, nos habíamos saludado telefónicamente. Ahora coincidíamos en una fiesta a la que nos había invitado un amigo mutuo. Después de los consabidos saludos y comentar nuestras vidas durante el tiempo en que no nos habíamos visto, sentados en torno a la mesa que nos habían designado y en la cual nos hacía compañía un amigo mutuo de la infancia, surgió de mi la pregunta obligada:

--¿Y qué has sabido de tu ex amante?

--¿Cuál de ellas?

--No sabía que habías tenido otra después de Maritere…

--Yo pensé que te referías a aquellos locos tiempos de la juventud…No, ella es la última que ha pasado por mis huesos… ¿Y qué crees? Hay malas noticias… Maritere está en la cárcel.

--¿Cómo? ¿Pues que fue lo que hizo?

--Robó a la esposa de Antonio. Él me lo platicó cuando nos vimos de casualidad en el banco. Esta en la cárcel de mujeres de Iztapalapa. –Me impactó la noticia quedándome sin habla por unos segundos, tiempo que fue violentado por las palabras del compañero de mesa expresando sus pensamientos sobre ella. Sabía que la conocía y que había soñado con ser su novio y redimirla del camino en que transitaba de amante a amante, antes de que tomara su vida altos vuelos, pronunciando:

--No podría haber sido de otra manera. Yo le advertí que tarde o temprano caería y no me hizo caso. Esto confirma que si ella nació en el barrio, en el arroyo que es nuestra colonia, siempre será que lo…del arroyo, al arroyo.

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El siguiente fin de semana fui a casa de mis tíos para saludarlos. Más con el ánimo de ver a mi tía y en caso de no saber, chismearle lo sucedido a su ahijada; que con ganas de verlos pues tenía un compromiso por la noche y de seguro mi tío, estando con él, no me dejaría salir de casa. En cuanto salió mi tía a la puerta, luego de mi llamado por el timbre, después de saludarnos, me dijo:

--¿Ya comiste hijo?

--No tía. Aún no…

--Entonces ve a comer y regresas, cuando ya haya llegado tu tío. –El cortón no me molestó, la conocía muy bien y de inmediato me tocó el desquite al contestarle:

--No venía a comer, sólo platicarte algo sobre tu ahijada, sé donde está; pero como me dices que después regrese, mejor lo dejo para otra ocasión… me saludas a mi tío y… ahí nos vemos. –Sonriendo en mi interior al notar como cambiada de inmediato de actitud, abriendo la puerta para que pasara, me contestó muy amable:

--No hijo, no te vayas… a ver pásale y dime, ¿dónde la viste o qué sabes de ella? Desde que huyó de su casa no he vuelto a saber de ella ni su madre sabe su destino… entra y mientras te invito una cuba, me platicas lo que conoces. –Durante mi narrativa, sentados en torno a la mesa que se encuentra en la cocina, muy solícita me puso botella, hielo, refresco de cola y un vaso, para que me sirviera un trago a mi gusto. Al término del historial, colocó el mantel individual, los cubiertos, sirvió la comida y me obligó a repetir el guisado al mismo tiempo que me preparaba otra cuba y hablándome con voz de no negarme, me pidió:

--¿Me puedes llevar a verla? Tu tío jamás me llevaría y además, yo no se ir al reclusorio, ¿llévame, sí? –Yo me negué rotundamente, diciéndole que tomara un taxi, que Lalo el taxista, vecino de junto la llevaría de puerta a puerta, a lo que me refutó de la siguiente manera:

--No, toda esa gente es muy chismosa y para que quieres que lo sepa toda la colonia. Pobre de mi comadre, ella no sabe nada de su hija.

Después de muchos ruegos, aparentando que le hacía un favor muy especial porque a mí no me gustaban esos rollos, cuando sólo la hacía rabiar para desquitarme de su cortón, quedé de pasar por ella al día siguiente, domingo, que de seguro era día de visita en el reclusorio.

A fuer de ser sinceros, la reunión entre madrina y ahijada, fue conmovedora. Abrazadas, muchas lágrimas, muchas sonadas de nariz, mucho arrepentimiento de una y más comprensión de la otra. Yo me retiré a una distancia prudente para dejarlas a solas y se dijeran todo lo que tuvieran que decirse. Y de la misma manera que entre ellas se desarrollaba un drama, en cada uno de los muchos grupitos de familiares en torno a una reclusa, reunidos todos en la sala de visitas, se vivía otra tragedia igual o peor a la que pasaba Maritere. Cuando voltearon hacia mí, fijé la atención en nuestra visitada: Estaba vestida con una bata beige obligatoria, calzaba sandalias de plástico y unas calcetas grises enrolladas al tobillo, seguramente sin brasier y sin pizca de maquillaje, el pelo lacio y seco; era todo lo contrario de la mujer que tanto atractivo me causaba, de la mujer fascinadora que con sus encantos atrajo a tantos hombres; ahora, era la representación de una mujer en plena derrota. Pensé que al mirarme era tiempo de la despedida, discretamente saqué un billete y se lo di a mi tía, entendiendo que se lo debía entregar a Maritere, para que sin ánimo de ofenderla, si le podía servir para sus gastos personales, lo recibiera. Esperé la despedida de ambas, sorprendiéndome Maritere al dirigirse hacía mi, antes de despedirse.

--Ingeniero, gracias por su visita…-Interrumpiéndola, expresándole que me hablara de tú. Sin hacerme caso, continúo hablándome con la mirada fija al piso; tomé su barbilla levantándole la cara y explicándole que no debería apenarse ante mí, que yo era igual que ella, que éramos amigos desde la infancia y así de esta manera se conocía quien era amigo y que estaba su disposición para lo que necesitara, fuera de cualquier especie lo que requiriera. Con la mirada fija en mis ojos, me dijo:

--Quiero que me ayuda viendo este asunto. De aquí he escrito a la inmobiliaria y no me hacen caso, no me contestan. Afortunadamente iba adelantada en los pagos mensuales de mi departamento; pero a la fecha debo ya algunos meses y tengo el temor que lo vayan a embargar o a rematar o no sé qué y no lo quiero perder. Es preferible venderlo, rentarlo, traspasarlo o algo y recupere mi inversión y quiero que se encargue de ello, ¡ayúdeme! Estoy sola y no tengo a quien recurrir, ¡por favor!

--No Maritere, yo no tengo tiempo; pero te prometo que mañana mismo estará aquí, contigo, el licenciado Espinosa. Él te ayudará y le voy a recomendar que revise tu caso, que apele a la sentencia si lo ve probable, por que a mi me parece excesiva dado que fue recuperado el cien por ciento de las joyas reportadas; de seguro aquí hubo algo chueco y, por los gastos que se requieran, no te preocupes, yo cubriré lo necesario.

Se acercó a mí y le extendí la mano creyendo que se despediría y en lugar de tomarla, me abrazó y me besó en la mejilla, con un beso que sentí caliente por su cuerpo y frío por las lágrimas al bajar por su cara y humedecer sus labios… Un beso totalmente diferente al que ambicionaba recibir cuando deseaba tener sus labios entre los míos, aquellos antiguos labios limpios de hombre y sentirla entre mis brazos…Caricias que me imaginaba podría aspirar a tener, desde aquella noche en que la admiré durante el rosario que se celebró por la muerte de su padre. Cómo cambiaba la vida. Ahora estábamos en una situación diferente. Tras unos minutos más de lagrimas entre las dos mujeres vertidas durante la despedida, salimos del reclusorio con el ánimo entre los suelos.

Después, por su propia iniciativa, tomando un taxi que la conducía al reclusorio, mi tía continuó visitándola con cierta periodicidad, siendo la única persona que la saludó durante su encarcelamiento. No supo así mismo, recriminándola yo por el hecho, de guardar el secreto de donde se encontraba comunicándoselo a su comadre la situación de Maritere, recibiendo como respuesta que ella ya no tenía hija, si se había ido sin su consentimiento y por tanto ahora estaba en problemas, se rascara con sus propias uñas. Al conocer Maritere el pensamiento de su madre, hecho por el cual volví a reprochar a mi tía, aumentó su tristeza y dentro de su celda se sintió la mujer más sola del mundo.

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La vida apacible de Mariluz y su esposo, con el paso del tiempo se fue transformando. Después de nacer sus dos hijas, el cumplido padre de familia se fue alejando del hogar. Sus amistades, todos chóferes como él muy dados al vicio del alcohol, primero su día de descanso, en seguida al terminar su turno de trabajo matutino, para finalizar bebiendo diariamente con sus compañeros, el chofer terminó convirtiéndose en un alcohólico y de comportamiento irresponsable. Sabedor que su esposa trabajaba y no faltaba el dinero en casa, no le importó que al no presentarse tres días consecutivos a sacar el autobús en la madrugada para efectuar la primera corrida, lo despidieran del trabajo. En lugar de corregirse, se unió a un grupo de teporochos que vivían de las dádivas de los demás trabajadores, bebiendo hasta ahogarse y terminar tirado afuera de las piqueras clandestinas que les vendían bebistrajos de pésima calidad a estos pobres enfermos.

Al principio Mariluz iba por él y lo levantaba de las aceras, para que después, cansada y desilusionada del hombre escogido para ser el compañero de su vida, lo dejaba tirado donde cayera hasta que al despertarse, se incorporara y llegara a su casa. Ya no le permitió acostarse en su recámara donde dormía ahora con sus hijas, tendiéndole un petate con un raído sarape en el piso de la cocina para que sobre esto, durmiera sus borracheras.

El vicio fue haciendo presa del chofer trastornándole el cerebro, empezando a sufrir delirios mentales. El doctor Guerrero le recomendó que siendo su esposo un enfermo, debería tener cuidados especiales que sólo en un hospital se los podrían dar o internarlo en un centro de readaptación particular; aunque estos centros son muy costosos, por lo que tendría que recurrir forzosamente a un nosocomio de carácter social. Además, que cuando se encontrara en casa, debería tener mucho cuidado con él, ya que por sus incontrolables reacciones lo podrían convertir un hombre muy peligroso para toda la familia.

Mariluz inició los trámites de internación con una recomendación del doctor Guerrero para el director de hospital Juárez; pero para su revisión clínica debería estar presente el enfermo, cosa que por demás fue imposible presentarlo. El chofer se negó aduciendo que el no tenía por que ir si no estaba enfermo. Lo único que necesitaba era tomarse unos tragos para sentirse bien y estar presente en la Terminal de los autobuses para que le dieran trabajo y reiniciar sus actividades de chofer.

Por precaución, Mariluz escondió todos los cuchillos de la cocina y todo objeto que sirviera como arma. También escondió los pocos artículos de valor que poseía, ya que su esposo comenzó a robarle para venderlos y costear su vicio, así como el dinero en efectivo. Mandó a dormir a sus hijas a la pieza de Lucha para evitar que vieran los desfiguros y la mala imagen que les daba su padre. No obstante, una madrugada le hizo crisis su alcoholismo y se levantó totalmente fuera de sí y desesperado por no encontrar algo que vender, le tocó a la puerta pidiéndole que le prestara algo de dinero y al no encontrar respuesta empezó a gritarle y a patear la puerta. En bata Mariluz abrió la puerta y le suplicó que se callara y que no tenía dinero porque aún no cobraba. De un empujón la hizo a un lado y buscó su bolsa vaciando su contenido en la cama escogiendo los aretes de su esposa. Mariluz tomó de la cocina la escoba y con el palo comenzó a golpearle la cabeza. El hombre de un manotazo le arrebató la escoba y como loco empezó a golpearla y los gritos emitidos, despertó a Lucha que escuchando el pleito, salió de su cuarto y se puso a defender a Mariluz. Entonces, al sentir los empujones que le propinaba Lucha, dejó a Mariluz y comenzó a golpearle con verdadera saña cayendo al suelo y allí tirada empezó a patearla. La mujer salió de su habitación, entró al cuarto de su madre y del viejo arcón sacó la pistola de Don Pedro, regresó y apuntándole al esposo que arrodillado ahorcaba a Lucha, le gritó:

--¡Suéltala maldito! ¡Suéltala o te mato desgraciado borracho! –El chofer se levantó, soltando a Lucha, y con los ojos desorbitados, enrojecidos y bailándole en las cuencas, se abalanzó sobre Mariluz y ésta, sin titubear y cerrando los ojos, accionó alarma y de dos balazos en el tórax, su esposo se desplomó a sus pies… En la misma posición, todavía con los brazos extendidos empuñando el arma, se quedó sin poder moverse viendo incrédula y pasmada como se estaba desangrando el cuerpo su esposo; mientras que Lucha, sin poderse levantar estando muy dañado su organismo por los golpes recibidos, arrastrándose se acercó al cuerpo inerte del chofer, revisándolo y levantando la cara para decirle a Mariluz con un grito desgarrador: ¡Está muerto!

El caso representaba un homicidio en legítima defensa, pero para el Ministerio Público basado en las investigaciones de la policía, Mariluz era presunta homicida en primer grado, supuestamente para eliminar de su lado al alcohólico esposo. La información recabada entre los vecinos, les había dado pie para creer que el esposo ya le estorbaba y su comportamiento de clara repulsión hacia él, así lo demostraba. El hecho de ir a buscar el arma, regresar con ella y accionarla, en el homicidio entraba el agravante de la premeditación: Mariluz era culpable de asesinato.

El defensor de oficio no realizó una defensa con base a las pruebas que se tenían: La autopsia revelaba la gran cantidad de alcohol e inhalantes en el torrente sanguíneo y en vías respiratorias; la declaración del doctor Guerrero manifestando la condición del enfermo y su alto grado de peligrosidad. El despido de su trabajo por irresponsabilidad y la adicción al vicio. Los golpes recibidos fueron rechazados como prueba por que pudieron ser autoprovocados y sólo se circunscribió su defensa en pedir clemencia para la homicida por la desgraciada vida que llevó con el alcohólico esposo. Resultado: Mariluz fue sentenciada a pagar su culpa en la prisión.

Dentro del penal de Santa Martha, se suscitaba un hecho inusitado: En el momento que Mariluz, luego de ser trasladada del reclusorio preventivo y cruzaba la puerta para ingresar como sentenciada a la cárcel de mujeres, Maritere firmaba la boleta de libertad y en una bolsa recibía sus pertenencias personales, cruzó la puerta de salida y ¡estaba libre!

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--¡Ahijada, qué haces aquí!

--Ahorita le platico madrina… présteme para pagarle al taxi, por favor.

--Toma…-esperó unos instantes y al verla regresar frente a la puerta, le dijo: --¡Pásale hija, pásale, qué gusto me da verte! ¿Cómo es que te encuentras aquí?

--El abogado que me recomendó su sobrino, tomó mi asunto, apeló a la sentencia y ganó. Me redujeron la condena y sumando los días que trabajé durante el encierro y tiempo de reclusión, he cumplido la sentencia.

--¡Ay hija, yo creí que te habías fugado!

--No madrina, estoy libre.

--¿Y ahora, ¿qué piensas hacer?

--Primero que me contacte con su sobrino, quiero agradecerle su ayuda y pagarle lo que haya gastado en mi. Tengo recursos, El abogado también resolvió mi problema, vendió mi departamento, pagó a la inmobiliaria, cobró sus honorarios y el saldo lo depositó en una cuenta bancaria a mi nombre. También le estoy muy agradecida, gracias a él estoy libre, luego… quiero que me diga cómo está mi mamá y si cree que me pueda recibir, ya ve que dijo que ya no tenía hija…

--¿No lo sabes, verdad?

--¿Qué madrina, no sé qué?

--Tienes razón en desconocerlo, sucedió después de la última vez que fui a visitarte…

--¿Qué le pasó a mi madre, acaso… murió?

--No hija, es sobre tu hermana. –Y mi tía con lujo de detalles, como ella acostumbraba platicar, le narró la tragedia ocurrida en su casa tiempo atrás y la situación actual de Lucha para subsistir. Que para ayudarse a vivir y mantener a sus nietas, no alcanzándole la pensión de Don Pedro, lavaba y planchaba ajeno, recibiendo de las casas donde trabajaba, aparte de su paga, los sobrantes de la comida principal, la cual llevaba a casa para compartirla con las niñas. De mí no quiere recibir ayuda, dice que ya es mucho lo que he hecho por ella y por sus nietas. –Levantándose, muy decidida, Maritere le dijo a mi tía: --Vamos madrina, acompáñeme a ver a mi madre.

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--Sí licenciado, desde ayer estoy libre, no me pude comunicar con usted.

--Lo supe Maritere. No pude estar contigo porque tenía una diligencia que se prolongó todo el día; pero recibí tu recado y dime, ¿cómo te sientes?

--Muy feliz, gracias a usted y a toda su ayuda. Ahora necesito nuevamente de sus servicios. Se trata de mi hermana, está detenida en el mismo lugar en que estuve yo y quiero que vea su caso, ¿dónde podemos vernos para darle todos los datos del asunto?

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Maritere, quizá por la costumbre de vivir dentro del espacio de una celda, permaneció encerrada en su casa dedicando la mayor parte de su tiempo en su preparación personal estudiando idiomas. Con los recursos obtenidos por la venta de su departamento y los intereses que le devengaban, tenía suficiente dinero para mantener a su madre y sobrinas, impidiendo que Lucha continuara trabajando en su pesado trabajo de lavandera. Una vez a la semana, mientras las niñas asistían a la escuela, Maritere llevaba a su madre al penal en una visita rápida para que viera a su hermana y, los domingos, toda la familia, Lucha, Maritere y las dos niñas, pasaban el día en la sala de visitas del penal, reunidas con Mariluz.

Así, muy rápidamente pasó el tiempo y llegó el mes de diciembre del año siguiente. Una mañana muy fría tocaron a la puerta de su casa. Lucha salió al llamado y frente a ella se encontraba un hombre bien vestido y de agradable aspecto, preguntándole el motivo de su presencia:

--¿Dígame, qué se le ofrece?

--¿Es usted la madre de Maritere? ¿Sí? Entonces por favor llámela. Soy el licenciado Espinosa.

--Pase usted licenciado, ahorita la llamo. –Maritere, que aun no se levantaba, recibió el aviso y rápido se puso de pie, se quitó la bata de dormir, se enfundó un pantalón y un sueter, se dio una manita de gato y ante su presencia, apresurando los saludos, muy intrigada le preguntó:

--¿Y a qué debo su visita licenciado?

--Le traigo dos noticias: una buena y una mala… La buena es que ganamos la apelación y aceptaron la fianza para su hermana, ¿cómo la ve?

--¿Y la mala?

--Que como me voy de vacaciones la semana entrante, vengo a que me liquide los gastos efectuados y mis honorarios, porque no voy a estar presente y les ruego me disculpen…

--¿Por qué?

--Por que van a ir ustedes sola por Mariluz, el día veintidós sale libre.

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La familia completa celebraba la cena de nochebuena después de tantos años de haberse festejado la última, aquella que marcó la partida de Maritere. Alegres, tomando un vaso en el cual habían servido un poco de sidra, brindarían para formularse los deseos para una vida mejor para el año siguiente. Maritere levantó su vaso y les dijo:

--Mamá, estamos juntas y felices otra vez y ahora con la compañía de las niñas. A partir del próximo día dos buscaré trabajo ya que no contamos con fondos suficientes para mantenernos. Durante todo este tiempo me has visto estudiar inglés y creo dominarlo con un poco de práctica. No estarás sola. Mi hermana te hará compañía y si desea trabajar, te acompañaran las niñas. ¡Muchas felicidades!

Bebiendo un sorbo de sus vasos, Mariluz habló, también levantando su vaso:

--Hermana, primero debo darte una disculpa por lo mal que me porté contigo. No obstante de saberlo, nunca fui a ese lugar tan espantoso y tú lo has hecho todo por mí. Te agradezco que me hayas sacado de la cárcel y jamás tendré con que pagarte la dicha de volver a estar reunida con mi madre y mis hijas… Y para ti hermana y para ti mamá y chiquitas –abrazando a sus hijas-, les deseo lo mejor para el próximo año.

La madre se levantó y se dirigió hacia el arcón que todas conocían. Sacó todo lo que contenía y regresó a la mesa, diciéndoles:

--Hijas, estos documentos son las escrituras de la casa y el testamento manuscrito de su padre. Sería conveniente Maritere que se los entregaras al licenciado Espinosa para que tramite la sucesión. Será para ustedes según la voluntad de su padre.

--No mamá –la interrumpió Mariluz-, no será para mí, yo le cedo mi parte a mi hermana por todo lo que hizo por mí.

--No hermana, yo no lo acepto, será…

--Bueno, no es la hora de discutir –las exhortó Lucha-, será como se pongan de acuerdo; pero no será en este momento y déjenme continuar. Su padre cuando murió en mis brazos, saliendo por unos momentos del estado de coma en que se encontraba, recuerdo que entre sus ya inaudibles palabras causadas por el enfisema y el tumor maligno en su garganta, me dijo o creí entender que dijo: “Lucha…medallón…tesoro…mío…la pata… para ti…” Puras palabras entrecortadas. Hasta allí nomás. Todas sus voces eran sonidos guturales. No creo que al decir “tesoro” me haya dicho una palabra de cariño si nunca me las dijo y menos en ese momento tan difícil. En lo referente a “la pata” no tiene sentido y no entiendo más… Quien sabe que trató de decirme su padre. En fin, la casa y este medallón en cuyo interior está esta llavecita que no sé de donde es, ya que no hay un solo candado o cerradura en la casa que le sirva, es todo lo que será su herencia. Ahora deben de saber esto, es la hora en que se los comunique: Estoy enferma. El doctor Guerrero ha guardado el secreto porque así se lo pedí para no alarmarte Maritere. Tengo un cáncer terminal y el dolor lo he soportado gracias a estas pastillas que me recetó y me proporcionó. Me quedan muy pocos meses de vida y mi Virgen que me ha acompañado toda la vida, me ha hecho el milagro de verlas otra vez juntas, aquí conmigo, además le he suplicado que continúen juntas, que no se lleguen a separar, que vean cada una por la otra, como lo hiciste Maritere… Y –levantando su vaso, luego de unos instantes de silencio, pronunció-: mi deseo es que sean muy felices el año entrante y muchos más. Que rehagan ambas sus vidas y cuides Mariluz, mucho a mis nietas, y ¡Feliz Navidad!

Con lágrimas muy profusas en sus rostros, levantaron sus vasos, probaron un poco de la sidra y al dejar sus bebidas, se juntaron en un triple abrazo donde se escuchaban únicamente los sollozos de las tres como si fueran de una sola persona. La alegría se terminó y casi en silencio empezaron a cenar. De pronto, Maritere se puso de pie y les dijo:

--No, no vamos a pasarnos la vida en tristeza, no vamos a hacer la vida de mamá más dolorosa, no mamá; si en verdad vas a morir pronto, vivamos cada día de lo que te resta de vida en completa felicidad, sin llantos ni compadeciéndote. Así que… ¡Fuera esas caras! ¡Vengan las risas! Voy a poner música en el radio y cenar y luego a bailar todas… Aquí ninguna persona está enferma, aquí, todo es alegría… A ver, arriba los vasos y digamos todas a un mismo tiempo y muy fuerte: ¡Feliz Navidad!

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En una agencia de turismo brindando el servicio de edecán y guía bilingüe, Maritere desempeñaba su trabajo con doble gusto: primero porque estaba bien remunerado y segundo, porque le permitía lucir su belleza ante los muchos turistas que la admiraban, al vestir como uniforme de trabajo un traje sastre con una breve falda mostrando sus bien formadas extremidades. Maritere trabajaba en la florería ubicada en el mercado de Jamaica, en el mismo lugar en que su hermana había trabajado años atrás y Lucha, en casa, al cuidado de las nietas y preparando la comida para la familia. Así, hasta que su cuerpo muy minado por la enfermedad, ya no pudo más. Rodeada de sus hijas, de sus nietas, del doctor Guerrero y de mi tía, Lucha les dio la bendición a las pequeñas y a pedimento de Maritere al retirarse el doctor, mi tía se llevó a las niñas a su casa. Las dos mujeres a solas con su madre, la acompañarían hasta el final. Y tras una oración y súplica a su milagrosa imagen, pidiéndole que las protegiera para que no volvieran a sufrir, al terminar de darles su bendición, Lucha expiró su último aliento.

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Al finalizar el novenario celebrado en la iglesia de la colonia y regresar de la misa nocturna que marcaba el fin de las exequias por el descanso eterno de Lucha, ambas hijas sentadas en la salita de Mariluz, comentaban los sucesos y antes de retirarse a dormir, Maritere le pidió a su hermana:

--Oye Mariluz, el próximo miércoles no voy a trabajar. Compré una recámara y otros muebles y pienso ocupar la pieza de mamá. Quiero tirar su cama y todos los muebles viejos que hay… ¿Estás de acuerdo? O quieres ocuparla tú y yo me meto en tu recámara, acá es más grande y cabes mejor con tus hijas.

--No, así como estoy es mejor. Vivo en lo que es mío y sin problema puedes ocuparla.

--Entonces voy a pedir que me manden los muebles ese día y ¿puedo contar con tu ayuda?, claro si te dan el permiso para faltar a tu trabajo.

El miércoles llegó y desde temprano las dos hermanas empezaron a sacar el viejo mobiliario amontonándolo tras el zaguán de la entrada. Mariluz le había solicitado a un comprador de viejo que ocupaba un local frente al mismo mercado y que recorría las calles de las colonias aledañas empujando un carretón, que pasara a su casa para que recogiera los muebles y de paso haber si les daba algo de dinero por ellos, si no, con tal de que se los llevara se consideraban pagadas.

Quedando únicamente por sacar la cama y luego de retirar el colchón, tropezaron con un problema: Don Pedro había comprado tanto la cabecera como los pies de la cama de diferente modelo y las había unido con unas tablas muy bien atornilladas, lo que volvía para ellas imposible quitarlas, surgiendo además otra contrariedad: las patas de la cama estaban ancladas con el concreto del piso. No podían ni mover ni sacar por ellas mismas ¿Qué podían hacer? No se les ocurría alguna forma de cómo resolver el problema. En ese momento tocaron a la puerta; llegó el señor del carretón.

--¡Huy Doña! Si estos no son muebles, son puros cachivaches buenos para leña, no tienen ningún valor…- Mariluz no comentó nada, lo llevó a la pieza de su madre y le dijo:

--¿Y esta cama, que le parece?

--Bueno, la cabecera y los pies aunque son distintas, son de latón y por su antigüedad tienen cierto valor… ¿Qué le parece Doña? Me llevo todo a cambio de la cama, ¿de acuerdo?

--De acuerdo Don Simón; nada más hay un detalle, la cama está anclada al piso. –El comprador se agachó y observó las patas del pie de la cama y le dijo:

--No hay tos Doña, voy por un cincel, un marro y un desarmador que tengo en la carreta. –De inmediato a su regreso, aflojó los tornillos y retiró las tablas; luego, comenzó a demoler el concreto alrededor de las patas, comentándoles: ¡Qué bueno que hicieron la mezcla con poco cemento! Esta muy suavecito el concreto. –Muy rápido terminó, levantó el pie de cama y lo llevó al carretón. Regresó y observó la cabecera diciendo: --¡Ah qué bueno! Ésta no está anclada, está con un perno prisionero a un tubo como camisa y este tubo si está empotrado al piso. Va a ser rápido. –Volteó y le dijo a Maritere-: Venga señorita, ayúdeme. –Acomedida se acercó-, hínquese usted y le va a golpear fuerte con el marro aquí, en la cabeza de este tornillo, mientras yo sostengo la cabecera… ¡Muy bien! Ahora del otro lado…¡Listo! Está afuera. –Don Simón salió con la cabecera, mientras Maritere con curiosidad ve uno de los tubos y luego fue al otro… ¡estaban diferentes! Un tubo estaba taponado con cemento a unos centímetros de su boca; el otro se veía hueco. Así como estaba, en cuclillas, dio unos pasitos para alcanzar una piedra pequeña producto de lo que había demolido para liberar las patas del pie de la cama. Regresó al tubo hueco, la dejó caer al interior del tubo y escuchó un sonido metálico. Acercó la mirada a la boca del tubo y por lo oscuro del fondo no percibió nada que produjera el ruido metálico. Se levantó y salió al zaguán mirando a Don Simón que aún no terminaba de cargar y en el momento que éste se despedía, Maritere le pidió sin mostrar la ansiedad que en su interior la embargaba, deteniéndose el viejo al escuchar su voz:

--Oiga Don Simón… ¿Me puede hacer un favorcito? Présteme su cincel y su marro. Mañana se los lleva mi hermana al mercado. ¿Sí? ¡Ándele, no sea malito. –El comprador no pudo negarse y hasta que lo vio desaparecer en la esquina de la calle, entró a la casa y en la puerta Mariluz le preguntó:

--¿Y para qué quieres esa herramienta?

--Espera, enseguida te digo, ¿pueden ir las niñas con mi madrina, un rato?

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Solas, las dos hermanas se turnaban en la demolición del concreto alrededor del tubo hueco y a unos cuarenta centímetros de profundidad, pudieron sacar el tubo notando que en su parte inferior lo habían golpeado hasta chuparlo, dejándolo el extremo como una rendija, la cual penetraba en otra hendidura que no precisaban que fuera. Al terminar con el concreto, demolieron una hilada de tabique existente que les permitió ampliar el agujero excavado y acercando un foco con una extensión que proporcionó Mariluz, pudieron ver lo que había dentro una caja formada con tabique: Un cofre metálico. Escarbaron más retirando el tabique para ampliar el hoyo hasta que quedara libre el cofre y poder sacarlo. Entre las dos, con dificultad por lo estrecho del hoyo y lo pesado del cofre, lo cargaron, sacaron y depositaron sobre la mesa de la cocina. Lo revisaron y notaron que estaba cerrado con una aldabilla y un pequeño candado y la tapa tenía una ranura como si fuera una alcancía y era por donde penetraba el tubo chupado. Sin decir palabra, Maritere, fue al otro arcón tomando el medallón, lo abrió y cogió la llavecita que se encontraba en su interior; regresó y la introdujo en la ranura dentada y el candado se abrió. Levantó la tapa y ambas al ver el interior del cofre, no pudieron impedir que saliera un grito de asombro: ¡Estaba lleno con puras monedas de oro!

Las dos hermanas se abrazaron de felicidad, hincándose ante la imagen de la Virgen que veneraba su madre, dándole gracias por su descubrimiento y considerar que el dinero era la herencia recibida después de tantos años de miseria que vivieron en sus primeros años. Cerraron el cofre, lo metieron en un costal y lo colocaron en el lugar original, rellenaron el agujero con el mismo material demolido, ya sin el tubo; tapando el área con una tabla y encima de ésta, la pata de la cabecera de la cama nueva.

Don Pedro, en sus cuarenta años de servicio en la policía, mes a mes, con lo que consideraba era su ahorro, absteniéndose de muchas cosas que lo volvieron un hombre tacaño, compraba una moneda de oro, un Hidalgo con valor de veinte pesos oro, desde que era soltero y luego ya casado, teniendo el cuidado que nadie lo viera, dejaba caer su ahorro mensual en el cofre mediante el tubo de conexión. La caja de tabique que protegía al cofre y su tubo que formaban una alcancía muy bien oculta, la cual construyó desde que empezó a levantar sus cuartos, recién se había beneficiado con el lote en su calidad de policía capitalino.

Este fue el tesoro de Don Pedro, dinero ahorrado por él en forma mezquina, con lo que limitó darle a su familia una vida si no con lujos, al menos sin que sufrieran tantas carencias; dinero que finalmente por su tacañería nunca pudo disfrutar ni lo quiso gastar para pagar una operación que hubiera podido prolongar unos años más, su vida. Una riqueza que llegaba afortunadamente y de manera inesperada, a las manos de sus hijas y de sus nietas. Un tesoro con cerca de quinientas monedas de oro.

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--¿Oye tía, qué se hicieron tus vecinas? Sobre todo tú ahijada… Mientras abrías vi que salió otra señora que no conozco, ¿a poco ya se fueron de la colonia?

--¡Ay hijo! Hace mucho que se fueron, si tú, ¿cuánto tiempo tienes de no venir? Sólo hablas por teléfono, te has alejado mucho de nosotros.

--El trabajo tía, el trabajo, hay que darle duro. –Y como siempre, sin preguntarle más, bien enterada de todo lo que pasaba entre los vecinos, me comentó su salida:

--Supe que vendieron la casa y que probablemente se irían al pueblo de donde era originario el difunto Don Pedro. Que allá tenían familiares y unos terrenos que habían heredado de sus tíos, los hermanos de Don Pedro. Mi ahijada me dijo el último día que la vi, que después vendría a despedirse y a darme su nuevo domicilio; además, que ya tenía novio y pensaban casarse y cuando esto estuviera próximo, vendría con el pretendiente para que ante mí, él pidiera su mano.

--A falta de padres, padrinos… Me parece muy acertada su decisión. –Le dije.

--Pero de esto ya llovió. Jamás regresó. No se si haya venido cuando no estuve en casa, durante el tiempo que pasé en el hospital cuidando a tu tío.

--¿Y sabes cual es el pueblo de dónde era originario el buen policía, Don Kitty de Hoyos?

--Que cerca de San Juan del Río, no sé más. No me lo informó Maritere.

--¿Y el doctor Guerrero, no sabe de ellas?

--Tampoco. Desde que murió Lucha no volvió a tener trato con ellas.

--Pues allá ellas con sus vidas… Bueno a lo que vine: ¿No está mi tío, aún no llega, verdad? Vengo a despedirme porque voy a trabajar un tiempo a la ciudad de Querétaro y allá voy a radicar. No me alejo de la ciudad porque continuamente voy a estar yendo y viniendo y estando aquí, vendré a saludarlos… Ustedes son mi única familia y como despedida pensé que podría tomarme un pomo con mi tío. Hace mucho que no brindamos.

--Pues espéralo, no ha de tardar.

--Bueno, mientras viene, voy a comer y luego regreso… Nos vemos al rato.

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Contento regresaba. La Compañía me trasladaba nuevamente a la capital una vez que concluí las obras que había contratado y yo construido. ¿Cuánto tiempo estuve fuera? Mucho. Pero el tiempo había pasado muy rápido y sucedido muchas desgracias familiares. Mi única familia había fallecido, ahora yo era el mayor de mis hermanos y mis primos.

Manejando mi auto me acercaba a la población de Pedro Escobedo y siempre quise detenerme a comprar unos quesos que tenían la fama de ser muy exquisitos, impidiéndomelo la velocidad con que transita uno por la autopista; nunca pude o más bien, nunca quise detenerme. Esta vez, la carretera estaba en modernización cambiando la carpeta con concreto armado y ampliándola a tres carriles y zona de acotamiento. Por la colocación de las grandes trabes precoladas del paso a desnivel para el acceso a esta población, desviaron la circulación por una calle de terracería del poblado, que limitaba la zona habitada. Muy despacio y con mucho polvo, nuevamente nos enviaron por otra calle que entroncó a una carretera asfaltada muy recta, señalada con un letrero que indicaba que esta vía se conectaba a la autopista a la altura del hotel La Mansión. Al cruzar una calle del poblado muy ancha, bien empedrada, con un camellón sembrado con palmeras, en la esquina vi un comercio en cuya marquesina anunciaba los quesos de la localidad. Me detuve y estacioné frente al local. Bajé y compré varios quesos de muchos tipos, según los gustos de mi esposa e hijas. Al terminar de pagar en la caja, sentí unos golpecitos en mi hombro, volteo intrigado y escuché una voz que me pareció conocida. Una señora alta, bella, bien vestida, quizá recordaba su figura con algunos kilitos de menos, pero conservando sus proporciones armoniosas y que con una sonrisa me saludaba:

--¡Hola! ¿No se acuerda de mí, ingeniero?

--¿A poco eres Maritere?

--La misma, ingeniero.

--¿Y qué andas haciendo por aquí?

--Al contrario, que anda usted haciendo, yo, aquí vivo… Venga, le voy a presentar a mi esposo y a mis hijos. –Una persona de mi edad o unos años mayor que yo, moreno, de origen latino y por su acento al hablar, me pareció vecino del país del norte y tres hijos en escalerita, formaban su familia. Nos pusimos ambos a las órdenes y contesté sus preguntas sobre donde trabajaba y vivía y ella respondió a algunas mías, contestándome al preguntarle por Mariluz:

--Aquí también vive. Se casó con el profesor de la escuela. Ya tuvo otros dos hijos y fíjese que pronto será abuela de su primera hija. Ahora dígame, ¿cómo esta mi madrina, la ha visto últimamente? Tengo muchas ganas de ir a visitarla.

--Ya falleció, al igual que mi tío. Antes de venir a trabajar por acá, me comentó que nunca regresaste a verla…

--Sí, efectivamente, nunca regresé. No quisimos mi hermana y yo, volver a la colonia donde los muchos negros recuerdos estaban latentes… Y aquí, mírenos, vivimos muy felices. Pudimos rehacer nuestras vidas gracias a su ayuda que nunca pude pagarle y agradecerle; ha de haber pensado que yo era muy desagradecida, pero aún es tiempo de hacerlo…

--No Maritere, no te preocupes por eso. En lo económico el licenciado Espinosa me cubrió los gastos que hice y por lo otro, eso ya se olvidó. Lo que si no olvido es porqué nunca pudiste hablarme de tú, como siempre te lo pedí.

--No sé el porqué; pero su presencia siempre me impuso mucho respeto, aunque lo deseé, alguna traba mental me lo impedía. –Tras una breve pausa después de contestarme, en que se mantuvo en silencio, quizá meditando sobre su vida anterior porque sus facciones reflejaban cierta amargura, recuperó su semblante y sonriendo se despidió con unas palabras que escuché me las dirigía desde muy lejos, pues mi atención estaba centrada en admirarla y solamente por instinto, le alargué la mano y sentí el calor que emanaba su cuerpo:

--Hasta luego ingeniero, cuando guste visitarnos por aquí tiene su casa; nunca lo olvidaré y le estaré eternamente agradecida.

Sin darme su domicilio, rodeada de sus hijos, la vi retirarse y abordar el automóvil último modelo que conducía su esposo. Antes de desaparecer al dar la vuelta en la siguiente esquina, distinguí a través de la ventanilla del auto, su rostro inolvidable y sus dedos agitarse diciéndome adiós, cerrándose con este hecho un capítulo de mi vida, el capítulo en donde una mujer que había pagado duramente sus errores de juventud y que supo levantarse y rehacer su vida gracias a su decisión y buena fortuna y de aquella joven de cascos ligeros que se transformó por los golpes de la vida, en una buena hija, buena hermana y ahora lo veía, en una buena madre. Todo había quedado atrás…

Cargando la bolsa con los quesos que compré, regresé a mi auto y arranqué con rumbo a la capital, sin dejar de pensar en la pequeña niña que conocí y luego al crecer se convirtió en la hermosa joven que en algún momento de mi vida, pasó por mi mente, el deseo de conquistarla…

M a x V i l l a r e a l.

Noviembre del año 2000

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