martes, 5 de enero de 2010

CUENTO: "La ley asesina"

Por: Max Villareal


A UN PUEBLO OLVIDADO DEL VALLE DEL MEZQUITAL


Nació en un pueblo de un miserable municipio de los cientos de miserables municipios que hay en la República, en un valle árido de los también cientos de valles áridos que conforman el país, en el seno de un hogar muy humilde formado por un matrimonio bien avenido, con una descendencia muy numerosa. Blandina de nombre, fue la quinta de un total de siete hijos, dos varones los mayores y cinco mujeres. Su hermana mayor en posición le llevaba una diferencia de ocho años, período en que la madre sufrió varios abortos naturales y un nacimiento que murió a los pocos días de su nacimiento.

Por esta causa, el tener cuatro hermanos mayores Blandina creció sin carencias ya que los hombres le ayudaban al padre en las labores del campo, además de contar cada uno con su parcela que el ejido les había repartido y las dos hermanas mayores se colocaron de sirvientas en la cabecera de distrito, cuyos ingresos acumulados, aunque mínimos, les permitió a ella y sus hermanas menores crecer sanas y bien alimentadas.

A sus catorce años de edad, Blandina era una india otomí muy bonita, de cara risueña, cuerpo espigado muy bien formado y proporcionado, cuyo físico, desde los doce años, atrajo la atención de los muchachos del pueblo, sobre todo cuando se vestía con un pantalón corto, entallado a sus caderas, que le hacía resaltar un hermosos par de piernas morenas, típico color de la raza que habitaba la región.

Fue la primera de la familia en terminar la primaria y luego, la madre, no le permitió seguir estudiando ni trabajar; ella a casa, a ayudar en las tareas del hogar tan necesarias para el mantenimiento del hogar: preparar diariamente el nejayote, sacar el nixtamal, molerlo en el metate para preparar la masa que enseguida la convertían en las sabrosas tortillas en el comal colocado sobre el fogón de la cocina. Al padre, ayudándolo en la cosecha de lo poco que producían la pobres tierras y luego desgranando las mazorcas del maíz, limpiando el frijol y las habas y cuidando las aves de corral que tanto como uno que otro cerdo, mantenían en la parte trasera de la casa.

No es de asombro que en esta región las mujeres se casen muy jóvenes, antes de cumplir los quince años; primero porque salen de casa y es una boca menos que alimentar y un cuerpo menos que vestir, muy benéfico para las economías de estas familias paupérrimas y, segundo por la precoz pubertad de las niñas, siendo muy frecuente que jóvenes de menos de trece años sean madres ya. Por esto, los cuidados y atenciones que para Blandina, tenían sus padres y hermanos varones.

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Justino, un muchacho muy trabajador e hijo único, se quedó huérfano muy jovencito, quedando al cuidado de su abuela paterna, una mujer vieja ya pero con la fuerza de los viejos de antes, de los que ya no se dan por estos tiempos; una india otomí de pura cepa con vitalidad suficiente para prepararle los alimentos y lavarle su ropa, cuidados que Justino correspondía con mucho cariño dándole el amor que ya no le podía dispensar a la madre ausente. Sus padres murieron uno tras otro en un corto período de tiempo, a causa de males estomacales que redundaron en lo que llamaron entre el pueblo, de tifo; pero realmente la mala alimentación y el exceso de trabajo en el campo, minaron sus débiles organismos que fueron caldo de cultivo para cualquier enfermedad causal de su muerte.

Empezó a trabajar desde niño ayudándole a un comerciante en la venta de alfalfa en forma domiciliaria, ranchando de pueblo en pueblo, pidiéndole trabajo cuando pasó por su domicilio. El comerciante viendo las ganas de trabajar del muchacho y su responsabilidad al no faltar un solo día a su labor y los muchos deseos de progresar, cuando creció le permitió manejar una camioneta y él efectuar la venta del producto. Lo apoyó y brindó su protección, aceptando los ahorros de Justino como enganche para comprarle una camioneta de las varias que tenía para su negocio y efectuar él por su cuenta la venta de la alfalfa. Don Tacho, su protector, sembraba la herbácea en varias hectáreas de su propiedad en el valle de Tula, por el municipio de Tlaxcoapan y se convirtió en el proveedor del forraje que vendía y vendía muy bien y con mucho éxito, Justino.

Conoció a Blandina cuando ofreciendo su forraje en el pueblo donde vivía la muchacha, pasó frente a su casa y ella salió a comprarle, prendiéndose de inmediato de su apariencia. Justino pasaba rutinariamente una vez a la semana por el pueblo, como ruta habitual, pero desde que conoció a Blandina, el recorrido lo efectuaba dos veces, sólo con el propósito de hablar con ella o conformándose con verla desde lejos, en el interior de su casa. Con el tiempo logró su cometido, ya que a ella no le desagradaba la presencia de Justino: alto, moreno, de rostro perfilado, peinado a lo militar, cuerpo recio y siempre muy limpio tanto personalmente como de ropa, aceptándolo inicialmente como amigo y posteriormente, ante los requerimientos de él, consintió ser su novia y con este asentimiento, Justino que pensaba bien con ella, primero se presentó ante los hermanos mayores externándoles su deseo para pretenderla y posteriormente ante los padres, para formalizar su relación, siendo aceptado por la familia como novio oficial de Blandina.

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El Presidente Municipal de la región otomí, como todos los elegidos por el dedo del sistema en ejercicio del poder y protegido por el cacique estatal, se consideraba dueño de vidas y haciendas de todos los pueblos que conformaban el municipio. Provenía de una familia desarraigada sin mando que lo frenara durante su infancia y su juventud, motivando que ahora al frente de un puesto de poder político, manejara el municipio a su propio entender, pasándose por el arco del triunfo toda acción legal, imponiendo su justicia personal como si fuera la justicia estatutaria, siendo incapaz de respetar la ley en razón de ser el lambiscón de la familia caciquil que siempre ha mangoneado a su arbitrio, con base en la ley fundamentada por ellos o sin ella primordialmente, los destinos del Estado.

Don Ranulfo, era de talla mediana, robusto, piel morena tostada por el sol, con rasgos propios de la raza, con bigote ralo sobre el labio y largo y lacio como cerdas a partir de la comisura de la boca, figura que su presencia no imponía respeto, sino miedo, además de poseer una voz potente tenía un fétido aliento entremezclado por la ingerencia de su infaltable dosis diaria de pulque y ron corriente, caracterizándolo como un tipo abyecto, valentón estando apoyado por sus guaruras, inculto, cuya educación sólo le permitía leer silabeando y escribir con trazos primarios, falta de habilidad de la cual se jactaba diciendo que no necesitaba saber escribir, por que para eso estaban las máquinas de escribir y las secretarias que las operaban y escribían lo que él necesitase.

Este Munícipe representaba al mejor prototipo de mandatario que los pueblos sumisos como el nuestro, tenemos en las regiones donde las etnias nacionales y en aquellas cuya fuente principal de cultura y trabajo es el cultivo de la tierra; es decir, de los campesinos inmersos en la miseria e insalubridad. Prototipo preponderante en una vasta región de la República sostenido por el apoyo del régimen dictatorial que gobierna al país y por la población que no protesta por el miedo y la ignorancia y por no levantar la voz de la oposición a esta cáfila de mandatarios.

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--Mira Blandina, ya tengo ahorrado algo de dinero, creo que sea suficiente para adquirir lo necesario para montar una vivienda para los dos… ¿Te quieres casar conmigo? –Al recibir la respuesta afirmativa, Justino programó de acuerdo con ella, la visita a sus padres y hermanos para pedir su mano, para lo cual siendo él huérfano, recurriría a Don Tacho para que en su compañía como el protector y única persona de edad que podía presentar como su familiar, lo acompañara a la petición de mano.

En el día fijado no hubo problema alguno. Los padres y hermanos conociendo la calidad moral del muchacho y su situación económica, aunado a su trabajo estable apoyado por su protector que le permitiría mantener a Blandina en un buen hogar sin carencias, le otorgaron el permiso para que se casaran; con una sola condición presentada por la madre: que se casaran una vez que Blandina cumpliera sus quince años, ya que según ella todavía estaba muy tierna y aparte, debería aprender todavía muchas cosas para ser jefa de familia lo cual se lo enseñaría en el período que faltaba para su cumpleaños. Justino no objetó nada, estuvo de acuerdo, más no así Blandina que propuso que la boda fuera el mismo día de sus quince años, así festejaría doblemente boda y onomástico. Todos estuvieron de acuerdo.

Y empezaron los preparativos, como es costumbre en el municipio, la boda la patrocinan los parientes, los amigos y las personas prominentes de la región. Contra toda la oposición de Justino que le pedía a Blandina que él quería una boda sencilla, de acuerdo a su presupuesto, sin tanta batahola, sólo entre los familiares y los pocos amigos; pero sus ruegos no tuvieron oídos, ya todo estaba muy adelantado: Don Tacho y señora, los padrinos principales cargando el costo de la misa y la velación; el vestido y el ramo, las hermanas mayores; así, se designaron padrinos para todo: arras, anillo, lazo, cojínetc., que solventaban las amigas y faltando únicamente el padrino de la música y como era la más costosa, aconsejaron sus amigas a Blandina que acudiera a solicitársela al Presidente Municipal, ya que comúnmente él aceptaba el pedimento, pagando la música de los festejos solicitados en todas las comunidades del municipio.

Acompañada de sus hermanas acudieron a la Presidencia, encontrando al mandatario cuando salía de sus oficinas y de inmediato le plantearon su petición a lo que el presidente, regodeándose con la figura de Blandina, le dijo:

--Mire señorita, voy de salida, no hay problema con su petición, estoy encantado de ser su padrino; pero venga otro día y me trae el costo de su conjunto o si desea, le mando a los músicos que acostumbran tocar en los festejos del municipio, ¿está usted de acuerdo? –Los ojos de las muchachas brillaron de gusto por la aceptación. Todo estaba arreglado, no faltaba ningún detalle.

Los días pasaron rápidamente y próxima la fecha, Blandina fue a probarse el vestido de novia a la casa de la costurera del pueblo; al salir una camioneta la estaba esperando y se abrió la portezuela al verla pasar. El conductor bajó del vehículo y acercándose a la muchacha, la saludó e invitó a subir a bordo: era el presidente Municipal.

--Súbase futura ahijadita, vamos a mi oficina para entregarle lo que necesita para pagarle a los músicos. –Confiadamente, Blandina abordó la camioneta, el munícipe puso en marcha el vehículo y arrancó; pero con otra dirección, no se dirigió hacia la Presidencia, enfiló hacia las afueras del pueblo rumbo al rancho de su propiedad. Ante la reclamación de Blandina al notar que se dirigía a otro lado y no a la presidencia, amenazándolo con bajarse aún estando el vehículo en movimiento, con mucha labia le mentía sobre su recorrido alargando su plática para lograr llegar a su rancho sin que Blandina cumpliera su amenaza y se bajara. Al lograrlo, se detuvo frente a la construcción y la invitó a bajar:

--Bájese ahijadita, aquí en mi oficina tengo el dinero…

--¡No! –Asustada respondió-, por favor… regrese al pueblo…

--No se asuste ahijada, no le va a pasar nada. Ándele, acompáñeme… -Ante las reiteradas negativas de Blandina, se bajó de la camioneta, le dio la vuelta y abrió la portezuela del lado de la muchacha y la tomó del brazo invitándola nuevamente a bajar. Ella no quiso. Entonces, con lujo de fuerza, de un jalón la bajó y a puros empujones la metió a su oficina y allá adentro, diciéndole que como iba a ser su padrino, tenía que ejercer el derecho de pernada que le correspondía y en el sofá de la habitación, aplicando toda la violencia ante la resistencia de Blandina, la violó.

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Al enterarse primeramente los hermanos, inflamados de odio y llenos de rabia, fueron a reclamarle al munícipe lo execrable de su acción; pero éste no los recibió impidiéndoles la entrada al palacio Municipal. Entonces, desde afuera, frente al edificio, le gritaron todos los improperios conocidos y el presidente, sin inmutarse, les mandó a los policías que acudiendo al mandato en montón, les propinaron una senda golpiza, que si su alma estaba golpeada por la deshonra de su hermana, ahora también su cuerpo sufría por los toletazos recibidos de los uniformados.

Justino al llegar a la casa de Blandina, ésta no salió de su pieza, encerrada rumiaba su dolor, siendo los hermanos los que lo pusieron en conocimiento del hecho. Su primera reacción fue de ir a matar a como diera lugar al presidente; pero los hermanos lo detuvieron, explicándole y enseñándole los daños recibidos por acudir sin idea alguna del poder del presidente. Entonces tramó un plan: Por la noche, cuando salieras de la cantina a la cual acostumbraba acudir y estando ebrio, como todos los días, lo increparía y si respondía, a la menor oportunidad que tuviera se la jugaba acuchillándolo. No tardó mucho la realización del plan. Estando todas las noches acechándolo, al cuarto día se le presentó la ocasión; pero no tuvo los resultados buscados: al salir el presidente se le acercó reprendiéndolo por su acción, no dándose cuenta que atrás de él, salían los guaruras que lo protegían y éstos, de inmediato lo inmovilizaron quitándole el cuchillo y golpeándolo, luego doblándole los brazos por la espalda se lo presentaron a su jefe que, con leperadas y vociferando amenazas, se dirigió al aturdido muchacho:

--¡Imbécil! , ¡si quieres vivir, lárgate del pueblo, ya que si te veo mañana te mato! –Y sacando su pistola le disparó a los pies, tomando luego el arma por el cañón tirándole un cachazo que Justino esquivó, recibiendo el golpe en el cuello que lo hizo safarse de los brazos que lo aprisionaban y caer a los pies de los guaruras. Aprovechando esta posición, el presidente lo pateó sin misericordia y ordenando a los policías que se acercaron al escuchar el balazo, las disposiciones siguientes:

--¡Que se largue del Municipio y del Estado! ¡Ustedes lo escoltaran hasta que vean que cumple con mis órdenes…HOY MISMO! –Dando media vuelta le dijo a sus acompañantes: --Regresemos a echarnos otra para quitarme el mal sabor que me dejó este indio y otra más para que se me baje el coraje. – En grupo, los acompañantes y los guaruras con el presidente, entraron nuevamente a la piquera.

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Llegando a su casa, Justino juntó sus pertenencias y las subió a su camioneta, luego le explicó a su abuela lo sucedido y procedió a despedirse de ella, la cual entre lágrimas y abrazándolo, casi colgándose de su ropa, le dijo:

--¡Di’una vez despídete pa’ siempre…! Ya no me va a alcanzar el aliento para esperarte… dentro de muy poco me voy a morir y sin verte será más de prisa…

Las lágrimas corrían por las arrugadas mejillas de la anciana, secándose rápidamente al caer sobre la camisa de Justino, tan rápido como las escasas lágrimas que como lluvia, tardan en secarse en los polvorientos campos de labranza del estéril valle.

Salió de su casa dejándole previamente dinero a la anciana abuela. En camino le encargó a una vecina que de vez en cuando le echara un ojo a las necesidades de la abuela y, en cuanto tuviera un domicilio fijo, le escribiría para remitirle su dirección y el dinero que necesitara para la anciana y para pagarle los gastos que hubiera efectuado. Seguidamente partió para la casa de su novia aún siendo escoltado por los policías. Al llegar, no obstante las horas de la noche, la llamó:

--Andy, soy yo, sal por favor… vengo a despedirme… -La muchacha salió cabizbaja, se sentía sucia, manchada, sin ánimo y avergonzada, sin levantar la vista se disculpó:

--Perdóname Justino, no supe defenderme…

--No te preocupes, yo te quiero y no me importa lo que te pasó. Ya me voy y en cuanto me ubique mando por ti…

--¿Te vas? ¿Y por que lo haces? –Con ansiedad Blandina le preguntó.

--Este desgraciado me corre, mira, allí traigo a sus vigilantes, me están escoltando y obligando a que deje el municipio, sino lo hago, traen órdenes de matarme. – Blandina no le contestó, se quedó pensativa un momento y de pronto le dice:

--¡Espérame! –Gira sobre sí misma, entra a su casa y rauda regresa con una pequeña maleta-. --¡Me voy contigo! …-Sube a la cabina de la camioneta y aún sin reponerse de la sorpresa, Justino arranca el motor y parten juntos hacia un nuevo destino.

No hubo por ende ni festejo ni mucho menos boda.

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La escolta lo siguió hasta que abandonó el municipio, deteniéndose en los límites al no tener ya jurisdicción en el municipio colindante. Justino siguió su camino sin salir del estado, deteniéndose en la población de Tula, lugar donde vivía Don Tacho. En la camioneta esperó hasta que amaneciera y se levantara el productor; éste, al salir a abrir el negocio lo vio y le extrañó la presencia de Blandina preguntándole que pasaba. Justino le narró los hechos y de inmediato Don Tacho los llevó a San Marcos, población anexa a Tula, les consiguió alojamiento y en una mueblería local los recomienda para que con un crédito avalado por él, adquieran los enseres indispensables para amueblar su nuevo hogar.

La noche de ese día y varias más, Justino no tocó a la joven, respetándola por su posible trauma a causa de la violación. El fin de semana, Blandina cumplió sus quince años. Al regresar de trabajar, Justino le llevó un pastel adornado con sus respectivas velas y muñeca de vestido largo y brindando con una sidra, festejaron sus quince años. Al acostarse la muchacha lo abrazó y le agradeció que la hubiera aceptado como llegó… y lloró en su hombro. Esa noche estarían festejando su noche de bodas. Blandina lo acarició y lo besó, Justino respondió a sus caricias y entre sollozos iniciales del recuerdo ominoso y después de placer por parte de ella, y de besos y palabras de consolación y amor por parte de él, se consumó el matrimonio de la joven pareja. Así empezó su feliz, pero corta vida de casados, dejando en el olvido los momentos oprobiosos que causó el munícipe de su pueblo natal.

Quince días después de cumplir nueve meses de la salida forzada del pueblo, Blandina dio a luz a una niña con gran parecido a ella. En cuanto se levantó del parto, le pidió a Justino le llevara a la iglesia de la población. Quería darle gracias a Dios por el natalicio de la niña, ya que en su interior, sin decirle nada a Justino de sus temores, tenía tanto miedo que su hijo fuera varón y su fisonomía tuviera parecido con el violador, parecido que quizá causara disgusto a Justino y su unión se trastocara. Por el contrario, con el advenimiento de esta niña, su matrimonio se consolidó.

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Se conmemoraban las fiestas del pueblo en honor al Santo Patrono del lugar. En un costado del jardín principal se colocaron los juegos mecánicos, los stands de tiro, las mesas de canicas, de futbolitos, de globos con dardos, de bolos, de juegos de azar como la lotería y el siete y medio, de hot-cakes y de chinguiritos, que como concesión se otorgaban al dueño de las atracciones. Los puestos de comidas y fritangas, de pan de anís y de ajonjolí, de chucherías, juguetes, artesanías y del ensordecedor merolico vociferando por el micrófono las gangas en artículos de plástico, losa y cobijas, terminaban de rodear el rectángulo del jardín. Sólo quedaba libre el espacio frente a la iglesia, lugar donde se montaba el tradicional castillo de fuegos de artificio.

En una calle lateral, se permitía la colocación de carpas de lona donde se expendían bebidas embriagantes siempre y cuando fueran acompañadas con comida, las más de las veces a base de enchiladas, longaniza con papas, sopes y quesadillas. Ya entrada la media noche, en la carpa principal que contaba con variedad siendo la estrella una cantante folclórica acompañada de un grupo de mariachi. Ebrio, el presidente municipal presente en el show, se sobrepasó con la artista jalonándola hacia sí, tratando de sentarla en sus piernas y acariciarla soezmente; pero uno de los integrantes del mariachi salió en defensa de la mujer y sin medir consecuencias, el arbitrario alcalde sacó de la cintura su pistola y le disparó, matándolo. Los demás músicos se abalanzaron contra él, siendo heridos tres de ellos al seguir accionando su pistola, luego cañoneó a la cantante que trataba de defenderse, siendo finalmente desarmado y cuando empezaban a lincharlo entre todos, llegaron los policías, lo defendieron, lo custodiaron y permitieron su fuga.

Muy de mañana, el beodo mandatario fue a presentarse ante su padrino político para narrarle el incidente de la noche anterior, manifestándole, cuando fue recibido, que todo lo ocurrido había sido en defensa propia. El cacique estatal, previamente notificado de los sucesos por los agentes de la judicial a su disposición, se la sentenció:

--Mire mi presidente, ya estoy hasta el gorro de sus estupideces…más le vale que se pinte… ya no cuenta con mi apoyo, yo no soy su tapadera…¡Lárguese del Estado! Si vuelve es por su propia responsabilidad ya que se le harán cargos por el homicidio.

--Pero mi jefe, le juro que pasó como le digo…

--¡Cállese y lárguese! Ocúltese un tiempo y ya cuando se haya calmado el asunto, vaya a ver a este licenciado, es mi compadre y muéstrele mi tarjeta…Tiene dos horas de plazo antes de vayan a detenerlo por asesino.

--Gracias… Muchas gracias patrón.

--¡Que patrón ni que la tiznada! ¡Lárguese de mi vista!. –Lambiscón y casi besándole la mano, con la cola entre las piernas, el briago y asesino presidente, salió de la oficina.

Llegó a media mañana a la presidencia, se encerró en su despacho y metió muchos documentos en su portafolio, luego vació las arcas de la tesorería municipal y con ínfulas prepotentes se dirigió a los regidores que lo esperaban a la puerta de su oficina;

--Mientras se aclara la muerte del mariachi, pido licencia para dar libertad de acción a las investigaciones y nombro a mi compadre Espiridión como presidente interino. –Este nombramiento era para tapar su crapuloso mandato, que como asunto de carácter habitual para protección de los malos mandatarios, el sistema político regente, aprueba.- Y continuó con sus amenazas:

--Tengo muchas influencias, durante este periodo de investigaciones, me voy a la policía federal, cuidado con aquellos que intenten declarar en contra mía. –Señalando como intimidación, con el dedo índice a cada de los regidores y funcionarios que lo habían rodeado para escucharlo-, y ¡aguas! del que trate de seguirme…

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Habiendo modificado su rol de ventas, Justino ahora tenía clientes nuevos por los municipios colindantes al de Tula, para sus ventas al menudeo y por los rumbos conurbanos con la gran ciudad de México, las ventas al mayoreo.

Don Tacho, cuando acompañó a la pareja como testigo para el registro civil de la niña, le comunicó a Justino de los sucesos de su municipio:

--Tino, ya no tienes problemas para regresar a tu región. El desgraciado presidente, mató a una persona e hirió a muchos más y huyó. Puedes volver a comerciar por allá…

--No Don Tacho, me está yendo bien por acá, usted bien lo sabe. Quizá para visitar a mi abuela o para que Blandina visite a sus padres y conozcan a la niña, iríamos. Pero lo voy a pensar bien… mientras, acá le seguimos.

Transcurridos unos meses, Justino transportaba su mercancía para efectuar su venta a unos comerciantes detallistas de Tenayuca. Descargaba las pacas en un comercio ubicado frente al mercado local. Las aceras y un carril de la calle estaban ocupadas por comerciantes ambulantes tan hacinados que dejaban escaso espacio entre dos puestos, para poder pasar cargando sus pacas. Cuando se encontraba flejando con sus tenazas especiales la alfalfa suelta, de repente, en la esquina del mercado se detuvieron dos camiones, uno de trasporte del cual descendieron muchos policías y el otro, un camión, de redilas. El operativo policiaco consistía en desalojar a los ambulantes, recogiendo los productos que expendían y subiéndolos al camión de redilas. Los puesteros se defendieron y empezó la trifulca. Los policías con toletes y gases lacrimógenos para repelar el ataque; los perjudicados con palos, varillas y lanzando pedradas para impedir el desalojo. La gente corría a guarecerse fuera del alcance de los proyectiles y del gas. El local de venta cerró su cortina metálica y Justino se quedó a fuera, acuclillándose al lado de unas pacas y unas tablas de un puesto y fue justo cuando lo vio: el teniente que comandaba a los policías, era el abominado expresidente, el violador y asesino, que con lujo de fuerza atacaba y arengaba a los policías contra los ambulantes.

Una pedrada dio de lleno en la cabeza, entre la oreja y la sien, bajo el casco, del teniente, el cual trastabillando buscó refugio entre los puestos y justo, al lado de Justino, cayó desmayado. Justino, con las tenazas en las manos, oculto por las tablas, las pacas, su camioneta, el humo del gas y sin que nadie lo viera, le quitó el casco, descargando toda su furia sobre él, le dio: ¡uno, dos, tres… seis golpes más! En el cráneo del teniente. A gatas salió del lugar quitándose la chamarra y ocultando con ella las tenazas, y se escabulló, primero mezclándose con la turba y luego sin correr, una cuadra más adelante como observador de la reyerta. Luego penetró en los baños del mercado, se lavó las caras y las manos, limpió las tenazas y junto con la chamarra salpicada de sangre, haciendo un envoltorio, las introdujo entre la basura del depósito ubicado a un lado de los sanitarios.

Terminada la trifulca, cuyo saldo consto de quince heridos –diez comerciantes y cinco policías-, y un muerto: el teniente, regresó al local a terminar su trabajo. Los agentes que se presentaron a apoyar a los policías, lo interrogaron, pero el propietario del local dio su aval por él, como ajeno a los disturbios no encontrándole participación en la contienda. Terminó su trabajo, cobró, abordó su vehículo y partió del lugar.

Al llegar a su casa nada le comunicó a su mujer, prefirió que no supiera que contribuyó a la muerte del maldito funcionario y guardó silencio. A pregunta de Blandina sobre su chamarra, le manifestó que al dejarla sobre el cofre de la camioneta, mientras descargaba, se la habían robado.

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La joven pareja viviendo en soledad, sin familiares cercanos y sin amigos; la nostalgia o la querencia hacia su terruño, siempre jala a las personas rumbo a su lugar de origen, así pasen pocos o muchos años, este amor hacia la tierra donde se nació es muy fuerte. Si alguna vez pensó Justino en regresar a su pueblo más ahora que sabía que el funcionario había muerto y no tendría problemas con las autoridades, por un suceso su retorno se aceleró. Don Tacho le comunicó la infausta noticia que había recibido como mensaje del vendedor que cubría la zona donde se ubicaba el pueblo de Justino, que su abuela había fallecido.

Sentado a la mesa, ingiriendo los alimentos que le sirvió su esposa, se mantenía en silencio. Notando su estado emocional, Blandina le preguntó:

--¿Pasa algo Tino? Te noto muy callado…

--Me avisaron que ayer mi abuela murió…Y no sé qué hacer…Mi abuela tenía razón, Me dijo que no la vería más, que mi despedida Iba a ser para siempre. –De improviso, sin terminar de comer, se levantó de la mesa y le dijo:

--¡Andy, vámonos! Junta las chivas de mayor uso… Vamos por unos días, si nos hayamos, nos quedamos y después regreso por todo y a entregar la vivienda; si no, nos regresamos para acá.

No obstante que empezaba a anochecer, Blandina alistó lo necesario, los subieron a la camioneta y de inmediato tomaron camino hacia el pueblo, A la mitad del viaje cuando cruzaban la sierra, fueron obligados a detenerse mediante las señas que les hacían unos individuos a bordo de un auto negro, sin placas, mostrándole uno de ellos una placa. Al detener su marcha, hizo lo mismo el vehículo estacionándose atrás de Justino, de este automóvil bajaron unos uniformados portando armas de alto calibre. El primero se acercó a la cabina de Justino enseñándole una placa cuyo texto era ininteligible y le pidió sus documentos; el segundo se puso a revisar la carga, meneando la cabeza e informando al primero; el tercero le dio la vuelta a la camioneta y observó a la muchacha; un cuarto se quedó de vigilante acelerando el paso de los escasos autos que circulaban a esas horas y un quinto, al volante del auto negro. El primero le dijo:

--Te voy a multar, llevas carga no permitida, tu permiso es para cargar productos del campo y llevas otros triques. Te llevaré a la comandancia, será detenida la camioneta y tú serás multado. –Justino sin medir las consecuencias de su situación, le pidió:

--No sea malo, hágame un favor, voy a mi pueblo, mi abuela murió y soy su único pariente. Yo aquí si usted lo acepta, le pago la multa y algo para que no me detenga la camioneta…

--¿Ah, tráis dinero?… a ver… bájate. –Rápidamente el segundo lo esculcó, le quitó todo el dinero que Justino guardaba y se lo dio al primero. Mientras el tercero abrió la portezuela derecha y bajó a Blandina. Le quitó a la niña colocándola sobre el asiento. Ella no lo impidió, se quedó petrificaba a un lado de la portezuela quizá recordando los ominosos hechos cuando la bajaron con violencia de otra camioneta, tiempo atrás. Llegó el segundo y revisó entre las cobijas de la niña, luego le quitó el morral a Blandina examinando en su interior y al no encontrar algo de valor, lo tiró en la cuneta de la carretera. El tercero se la pasó observando a la mujer recorriendo con su mirada lasciva el hermoso cuerpo que tenía frente a él. Hizo un movimiento rápido colocándose tras de Blandina, aplicándole la llave china y casi asfixiándola la introdujo entre los matorrales, de un empujón la tiró y se montó sobre ella. Justino viendo la escena y clamando se arrojó a defenderla:

--¡NO! ¡A ella no la toquen! ¡No la toques desgraciado, quita tus manos de ella! ¡Les doy lo que quieran, pero a ella déjenla!… -No alcanzó a llegar a su lado, el segundo que siguió al tercero, levantó su arma y disparó… el cuerpo de Justino, con la inercia que llevaba al lanzarse sobre el tercero, dio una trágica maroma y cayó muerto. Con calma, sin alterarse ni demostrar pena alguna, paso a ocupar el lugar del tercero, que riéndose se incorporaba levantándose los pantalones, diciéndole:

--¡Órale, pasa, es tu turno!… Y así siguió el primero, pronto el cuarto y finalmente el quinto. El tercero se acercó a la camioneta donde lloraba la niña a todo pulmón, la cargó y la depositó al lado de la malograda muchacha, amenazándola:

--Aquí te dejo a tu hija, ya ves, somos buenos, no le hicimos nada; pero ¡ay de ti si dices algo!… así que… pico de cera, nada de quejarse ni de delatarnos ante cualquier autoridad, porque te buscamos y primero matamos a tu niña y luego a ti…no lo olvides, ¡calladita, se ve bien bonita la niñita!

Rápido se regresó, se subió a la camioneta de Justino en la cual el cuarto estaba al volante, los demás en el auto negro, iniciaron la marcha y se esfumaron por la carretera.

Entre las malezas quedaron como representación de un triste cuadro los tres cuerpos: el de la niña exhausta, que de tanto llorar se quedó dormida; el de ella, exánime, casi sin vida y el de Justino, boca abajo y en forma grotesca, exangüe. Con un mudo testigo: un niño, pastorcito, que aún espantado, vio el incidente oculto entre los breñales, atraído por las voces de los uniformados y el sonido del balazo.

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El niño avisó a su padre, éste a su vez acudió ante el vez de su comunidad, el cual se presentó en el lugar, recogió el morral y se dirigió a la cabecera municipal de su comarca a dar parte a las autoridades civiles y policíacas. Tres horas más tarde se presentó el ministerio público y una ambulancia, levantaron a Blandina y a la niña trasladándolas al servicio médico para su revisión, dictaminando el médico de guardia: la niña con hipotermia y a la muchacha "violación multitudinaria con señales de estrangulación". El cadáver de Justino al hospital regional para practicarle la autopsia de ley.

Blandina hasta el día siguiente recobró el conocimiento y buscó a su hija llamándola con un doloroso gemido, no decía más, sólo llamaba a la niña entre sollozos. La enfermera del servicio médico se la llevó y abrazándola, lloró, lloró mucho… Cuando la turnaron para que rindiera su declaración y ante las preguntas que le formulaba el funcionario judicial, no contestaba, no hablaba, sólo un ronco lamento surgía de su garganta y pegándola a su cuerpo, protegiéndola, ceñía a su hija. El funcionario anotó en el acta que la testigo estaba imposibilitada de declarar por "amnesia parcial provocada por el trauma de la violación".

Se inició la investigación. Justino, Blandina y la niña se encontraban como desconocidos. Se contaba con el testimonio rudimentario del pastorcito y como única prueba, el morral encontrado a la orilla de la carretera. Los agentes asignados al caso hurgaron en su interior y entre las pertenencias de Blandina, se encontraba la recién obtenida acta de nacimiento de la niña. Con los datos inscritos en el acta los policías se trasladaron a San Marcos al domicilio de la pareja pero nadie les supo dar razón de ellos; luego, se dirigieron al domicilio del testigo localizando a Don Tacho. Éste, acompañado de los agentes, regresó al municipio donde sucedieron los hechos y muy afligido reconoció el cadáver de Justino y confirmó que los nombres de la muchacha y su hija, correspondían a los anotados en el certificado natal. Una vez que reconoció a los jóvenes y presentó su declaración, preguntó a los policías cómo había sucedido la muerte de Justino, contestándoles estos, que apenas estaban iniciando las investigaciones del caso y no tenían datos del homicidio, que debería esperar a que tuvieran los primeros resultados para que fuera informado.

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Alarmados por la ausencia de Justino, los hermanos de Blandina que se responsabilizaron del entierro de la anciana abuela, después de esperar inútilmente la llegada del nieto, no esperaron más y se trasladaron al domicilio ubicado en San Marcos, en busca de la pareja. Siguieron el mismo camino que los agentes y llegaron a la casa de Don Tacho. Allí les informaron a donde se encontraba el comerciante, lugar que había acudido requerido por unos agentes judiciales.

Al llegar al palacio municipal, encontraron a su hermana en el servicio médico y trataron de hablar con ella; pero Blandina, encerrada en su dolor, no los reconoció. Aquí los encontró Don Tacho y los enteró de la situación, para luego acompañarlo en las diligencias necesarias. Al llegar el agente del ministerio público, Don Tacho pidió su autorización para hablarle y concedido éste, lo inquirió:

--Licenciado, ¿qué va a proceder, no se va a investigar que grupo policiaco los atacó? ¿Se van quedar cruzados de brazos?

--Mire señor, sólo tenemos un testimonio muy insustancial de un niño que no reconoce a nadie ni da datos que sirvan como pista a seguir, además la muchacha está incapacitada para declarar y usted debe saber que sólo si hay querella, hay investigación y si se tienen presuntos culpables, habrá un juicio y en este caso no hay querella alguna levantada.

--Pero en un caso de homicidio se debe perseguir de oficio…

--Claro, los agentes judiciales ya tienen el caso y lo investigaran hasta sus últimas consecuencias si es que el homicidio fue perpetrado por policías uniformados.

--Pero a usted… ¿no le importa la vida de un ejemplar muchacho y la vida destruida de una mujer, por esos asesinos uniformados?

--¿A quién se acusa de los hechos? ¿Quién vio lo sucedido? ¿Hay un testigo fiable? Si no hay testigos, no hay delito que perseguir…

--¿Pero licenciado, no existe la justicia?

--Justicia si la hay, lo que no hay en este caso son pistas, datos para localizar a los presuntos culpables y llevar una efectiva investigación.

--¿Entonces, no se va a aplicar la ley en este caso? Si se sabe que son los mismos encargados de cuidar el orden los que la violan atracando a la gente del pueblo. La autopsia revela que fue asesinado con arma de alto poder, reglamentaria, que sólo pueden portar el ejército o la policía… Además, ¿no ordenará la búsqueda de la camioneta? Será una buena pista si la localiza…

--Si conoce el tipo de vehículo… -interrumpiendo al licenciado, Don Tacho le dijo que sabía que tipo de vehículo era pues el se la había vendido al occiso-, bueno necesito me proporcione número de placas, tarjeta de circulación y la factura, ¿los tiene? ¿No?, entonces cómo puedo iniciar la investigación, ¿con que datos trabajo? Mire señor: por atención a usted le he dado el tiempo suficiente para que me preguntara lo que quería saber de este caso y se lo he dicho, por tanto le digo que sólo daré fe y testimonio de los sucesos, anexaré el dictamen de la autopsia y el expediente lo remitiré al archivo, hasta que surja algún indicio que nos permita descubrir a los culpables, ¿Entendido? Ahora por favor retírese, tengo mucho trabajo y no lo puedo seguir atendiendo.

Dando media vuelta, encabronado por no poder hacer nada, Don Tacho se retiró de la agencia ministerial y junto con los hermanos de Blandina, procedió al trámite legal para la recuperación del cadáver.

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Dos días después llegaron al pueblo. Blandina y su niña en el auto de Don Tacho; los hermanos en una camioneta alquilada como fúnebre, siendo la comitiva del difunto. Se procedió de inmediato a la inhumación. Se excavó una fosa junto a la recién tapada que ocupaba el cuerpo de la abuela. Ahora en muerte, abuela y nieto volvían a estar juntos, como en toda la vida de Justino lo estuvieron; sólo separados por el proceder arbitrario de un crápula presidente municipal.

La joven mujercita se quedó en su casa, haciéndole compañía su madre. Blandina seguía en las oscuridad de su amnesia, sin enterarse de la muerte y sepelio de su compañero, deambulando por la casa sin conocer a nadie, sin hablar, sólo obstinada en tener junto a sí y desviviéndose en atenciones a su niña. Encerrada en su mundo de olvido, a sus escasos diecisiete años, ignoraba lo que le deparaba el futuro, un futuro incierto, una vida de tristeza, de angustia y si llegase el momento de que recuperara la memoria, una vida de dolor por los recuerdos amargos que vivió. Dolor que cabía la posibilidad de que se incrementara, si llegase a comprender que nuevamente estaba embarazada y el producto de su vientre, fuera de uno de los maleantes investidos como agentes de seguridad, encargados de vigilar se cumpla la ley, pero su propia ley: la ley que asesina…


MAX VILLAREAL

Enero de 1998.

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