martes, 5 de enero de 2010

CUENTO: "Limosna de plata"

Por: Max Villareal


Comúnmente no asisto a la iglesia a menos que sea un acto social. La fe la guardo muy dentro de mí hasta el grado de que me da cierta pena o quizá sea un innegable disgusto si llegan a distraerme, cuando me ven rezar alguna oración hacia las divinidades celestiales fuera de los templos dedicados a su culto; o bien, frente al pequeño altar que tenemos para ellos en casa, altar donde rezamos suplicando protejan con su manto sagrado a nuestra familia y a nuestro hogar.

Aquella vez, hace muchos años, caminando con rumbo al consultorio del eminente doctor Garduño, a cuyo frente se encontraba ahora su hijo, también médico y cuya amistad se remontaba hasta los tiempos de nuestra infancia, pasé frente a la augusta y semihundida iglesia dedicada al culto de San Pablo, muy cercana al mercado de La Merced y al tañer de las campanas del reloj que remata la torre del templo, consulté mi cronómetro de pulso y no siendo aún la hora del amigo, decidí entrar un momento a la iglesia.

Bajé una escalinata, crucé el añoso portón de madera labrada y penetré al interior. Al caminar por el pasillo central mis pasos retumbaban en la vacía nave, dado que todavía no empezaba la misa correspondiente al medio día, y para evitar el molesto sonido de mis zapatos, caminé con la punta del calzado acallando mis pisadas.

Me senté en una banca colocada por la mitad del templo y, cerrando mis ojos, sintiéndome tranquilo, llegaron a mi recuerdo dos sucesos muy marcados en mi infantil memoria. Mi abuelo, que asistía diariamente a misa en esta iglesia, me llevaba con él los sábados, los domingos y durante las vacaciones, a las ceremonias religiosas desde que tenía la temprana edad de cuatro años, tiempo en que ingresé al Kinder.

La nave del templo la veía enorme y muy sombría, tanto ­que al entrar me aferraba a la mano de mi a abuelo y cuando él se santiguaba y por tanto soltaba mi mano, abrazaba su pierna para sentir protección ya que la penumbra interior me provocaba, no miedo a la oscuridad, no, sino miedo a la misticidad del lugar y un sentimiento infantil enigmático me impresionaba al penetrar, según me decía mi abuelo, a la casa de Dios.

Sentados mi abuelo y yo en una banca colocada en la segunda fila, sin atender a la ceremonia religiosa, con curiosidad mis ojos recorrían todos los recovecos y recodos de la nave y vi, recargada sobre el barandal formado por pilastras de mármol blanco que limitaban el presbiterio, a una anciana mujer toda vestida de negro que resbalándose lentamente, caía. Me espanté. Jalé del saco a mi abuelo señalando a la beata mujer con un gemido mío que no llegó a grito. Traté de ir a ayudarle para que no se golpeara, deteniéndome mi abuelo, indicándome que la anciana así, resbalándose, se sentaría en el primer escalón hacia el altar. Y sí, efectivamente, de esa manera se sentó; pero no disminuyó mi susto el cual me mantuvo quieto en mi lugar, sin dejar de observar todos los movimientos siguientes de la ancianita de negro.

Al término de la misa, por la gran cantidad de fieles asistentes, salimos por una puerta ubicada en la nave lateral a la derecha del cruce con la nave principal, llamado transepto, cruce que es rematado en la parte superior por la cúpula de la iglesia; puerta que comunica al templo con la calle de Jesús María, y allí, en esa nave estaba una imagen de pie a tamaño natural, de Jesús Nazareno, vestido con una túnica terciopelo color vino, su rostro manifestando un gran dolor, su cabeza rematada con la corona de espinas y extendiendo un brazo con la palma de la mano hacia arriba y, siempre al caminar frente a la imagen me pasaba al otro lado del cuerpo de mi abuelo, por el miedo que me causaba verlo.

Ese mismo día, delante de nosotros que nos hizo detener nuestros pasos, otro niño, alzado por su padre, colocó en la mano del Nazareno una moneda de plata ley 0.720 con valor de un peso, ¡un peso! Era un dineral; si mi abuelo me daba una moneda de cinco centa­vos como domingo y me alcanzaba para tantos dulces como tanta era mi glotonería.

Este suceso quedó marcado en mi mente infantil, pensando y prometiendo que cuando yo fue­ra grande y rico, también le dejaría a Nuestro Señor, una moneda de plata, también de un peso, como limosna. Y, cada vez que he entrado a la iglesia de San Pablo, se vuelcan en mi memoria estas dos vivencias infantiles y cerrando los ojos, renacen como si los estuviera viendo nuevamente.

Sumido en mis reminiscencias, de momento me di cuenta que la misa del mediodía, había concluido. Yo, aún sentado, recorría con la mirada toda la iglesia dándome cuenta que no ha­bía cambiado nada, todo permanecía igual, todo en el mismo lugar… hasta la imagen del Nazareno, que igualmente al verla, me seguía dando miedo.

Los fieles se retiraron quedando en la nave unas diez personas a lo máximo: una señora de ne­gro con un rosario en las manos rezando sus interminables plega­rias; dos hombres, padre e hijo; una joven morena clara de rasgos hermosos con el semblante afligido, los ojos llorosos y una canasta a su lado cubierta con una servilleta bordada que supuse, la traía llena de dulces de Ampudia y se encontraba sentada en la banca mas próxima al púlpito; un matrimonio tras de mí; dos mujeres posiblemente costureras; un estibador de la Merced y un obrero de la construcción con el morral lleno de herramienta. En la puerta de acceso, más fieles que de entrada por salida, solamente se santiguaban y se iban, nadie más. Me hinqué y recé una oración como despedida, me puse de pie, crucé la nave y fui a persignarme frente al Cristo y le murmuré que aún mantenía mi promesa de entregarle la limosna de plata que le prometí, muchos años atrás. Le dije adiós y traté de salir por la puerta lateral. Ésta, se encontraba cerrada. Di la vuelta y regre­sé mis pasos hacia la entrada principal y al pasar frente al púlpito, por el pasillo lateral, escuché un sonido como un leve chillido de ¿rata? me pregunté. Me detuve, agucé el oído y escuché unos raros roces que no precisé que los producía. Iniciaba nueva­mente mis pasos cuando volví a oír el chillido, ¿qué era? Me asomé tras la puertecilla que protege el acceso a la escalera que conduce al púlpito y allí se encontraba la canasta que llevaba la muchacha; levanté la servilleta y en lugar de dulces -como lo imaginé-, estaba vivito y pataleando: ¡un bebe! Volví la cabeza por todos lados buscando a la muchacha y, nada, no se encontraba en la iglesia, había desaparecido.

Me dirigí hacia la sacristía para dar cuenta de mi hallazgo y en ese momento salía el sacristán con una larga vara en cuyo extremo tenía una copita que utilizaba para apagar los altos cirios que resplandecían en el altar. Llamé su aten­ción, verificó mi descubrimiento y fue a hablarle al párroco tan rápido como sus reumáticas piernas se lo permitían. Esperé la llegada del religioso y mientras él sacaba al niño y lo cargaba, le narré lo que sabía y le di los rasgos físicos de la muchacha. Antes de despedirme, escuché las órdenes que le daba al sacristán para que fuera a avisarle a la policía del hallazgo de la criatura en la segunda delegación, justamente a la vuelta del templo, dos calles al sur, para que recogieran al niño. Me detuve en el pórtico ante la imagen de la Guadalupana, flanqueada por las imágenes de San Martín de Porres y San Judas Tadeo, deposité una moneda en el cepo anexo, me persigné y salí de la iglesia ascendiendo la esca­linata sorteando la gran cantidad de cuadros religiosos que colocados sobre el sardinel de concreto del reducido atrio, unas señoras expendían. Continué mi camino sintiendo un poco de remordimiento por la exigua limosna depositada, muchas veces inferior al importe de la botella de brandy que le llevaba a mi gran amigo, la cual, una vez que terminara la consulta, escanciaríamos en amena chorcha.

Sonreí al imaginar el momento en que con gran alegría departiríamos luego de varios meses de no ver­nos, sonrisa que desapareció de mi faz al recordar la des­cripción que le hice al sacerdote de la muchacha de la canasta, al cruzar por mi mente la idea de que la conocía. ¡, la conocía! ¡La había visto en otro lado! Pero, ¿en dónde y quién era? No recordaba. Haciéndome muchas conjeturas llegué al consultorio del doctor.

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---Oye, qué diligente es esta muchacha, ¿dónde la consiguieron? Mi esposa anda buscando una así.

---Mi señora, ella la trajo de entre las muchas Marías que están sentadas fuera de la nave mayor del mercado, en esa úni­ca calle paralela a Adolfo Gurrión. Vive con nosotros desde hace un año. Ya no quiere regresar a su pueblo ni siquiera va a visitar a su madre; ésta viene a cobrar cada mes lo que le pagamos y es la única vez que se ven. Lo que nos preocupa es que no quiere ir a la escuela, tiene miedo de que se la roben o que su mamá se la lleve para trabajar también como María. Mi señora le ha enseñado lo poco que sabe de leer y escribir y eso sí, es muy abusada.

---Pues cuídenla, está bonita y según se ve, se va a poner mejor cuando crezca, ¿qué edad tiene?

-No lo saben, no tiene acta de nacimiento ni está bautizada; la mamá dice que anda por los diez años.

---Hubieran de registrarla y obligarla a que estudie, es única manera de que estos paisanos, ¿qué son, mazahuas e matlatzincas?, progresen y se superen. Aunque he de decirte que estas etnias que habitan los pueblos: antes, después, un lado, pasando, más allá y adelantito de Toluca, son en realidad etnias otomíes; los primeros colonizadores del país hace más de tres mil años y todavía hay grupos que siguen sin incorporarse a la nueva sociedad mestiza que formamos todos, manteniendo su independiente forma de vivir con base en sus usos y costumbres, al margen de la nuestra. Ayúdenla.

---Eso es boleto de mi esposa; yo, no me meto en sus cosas.

Sentados en torno a la mesa del comedor de su casa, platicaba con Arturo, un amigo que me invitó a comer para tratar un asunto relacionado con mi profesión. Quería construir unas nuevas instalaciones para su negocio, para lo cual, al término de todas mis preguntas para completar la investigación de sus necesidades, nos levantamos para ir a conocer el terreno que disponía para ello.

A punto de subirme a su auto, salió su esposa acompañada de sus dos hijos; un jovencito de doce años y una niña de ocho o tal vez menos años, por tanto, opte por seguirlo en mi auto. Frente al predio, luego de checar sus medidas y aceptar las fechas que le propuse para presentarle el proyecto, el presupuesto respectivo, así como la probable fecha de inicio para la obra, nos retiramos.

Un poco más de diez meses nos reunimos con mucha frecuen­cia, no sólo por la realización de la obra, sino por todas las actividades sociales en torno al grupo de amigos comunes que teníamos. De esta forma, mi relación con la familia de Arturo fue muy estrecha.

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---Sí, fíjate doctor, así estuvo la cosa. Pobre muchacha, quien sabe por las que esté pasando; problemas tan graves como para abandonar a su hijo, porque de seguro era su hijo, la vi llorando mirando hacia el interior de la canasta, tenía los ojos rojos de tanta lágrima y le rezaba con mucha devoción al Sagrado Corazón. Me descuidé de su presencia al iniciar mi última oración de despedida y al levan­tarme y recorrer el templo, ya no estaba. Posteriormente al salir y trasladarme para llegar aquí contigo, creo haber recordado quien era la muchacha; claro, con las debidas precauciones, pues hace co­mo seis años que no la veía, en aquel tiempo ella era una niña y ahora una joven; pero sus rasgos faciales principales no han cambiado.

---¿Y quién crees que era o a quién se parecía? -Me preguntó el doctor, mostrando cierto interés en mí charla, mientras degustábamos el brandy que le había llevado, en unas bebidas preparadas bien frías.

---A la muchachita que tenía de sirvienta este Arturo; cuando le construí su negocio la vi muchas veces en su casa.

---¡No, hombre! ¿De veras crees qué es ella? -Al escuchar mi afirmación se levantó rápidamente de su poltrona, tomó el teléfono que se encontraba en su escritorio y marcó apresuradamente un número tamborileando con sus dedos sobre la cubierta de vidrio del mueble, sin ocultar cierto nerviosismo. Al obtener la respuesta, someramente le explicó a quien contestó el suceso narrado por mí, así como también que yo me encontraba en el consultorio. Colgó, se sentó frente a mí, se tomó de un largo sorbo el contenido de su vaso, sirvió la siguiente ronda y luego de decirnos ¡salud!, me platicó: ---Mira, hace aproximadamente un año, esta muchacha resultó embarazada y al preguntarle quien la había violado, contestó que el joven Jorge, hijo de nuestro cuate Arturo. Cuando su esposa se lo comentó, éste, preso de un enorme enojo, ya lo conoces como es de arrebatado, sin pensar en las consecuencias, los corrió a ambos de la casa. Le ordenó a su esposa que juntara la ropa de Jorge y a ella que sacara sus chivas, las metiera en los velices necesarios, le dio dinero al muchacho, le pagaron a la sirvienta y los echó fuera, a la calle, sin miramiento alguno.

Allí, donde estás sentado, Arturo con lágrimas en lo ojos, me mostró su arrepentimiento. Todo, dijo, lo hizo por pensar que al casar a su hijo con la muchacha, no continuaría sus estudios y tanta fe que tenía en que se recibiera, que fuera un profesional, que fuera lo que él no pudo lograr al no tener la oportunidad para estudiar… Y desde ese día no los volvió a ver ni ha sabido algo de ellos; ahora con tu relato, es la primera pista que tienen, ¿cómo la ves? Así ha estado la cosa.

---La veo muy gruesa, ¿que tal si no es ella? Nada más los alarmaré. Mejor no hubieras llamado.

Después de los consabidos saludos, Arturo y su esposa escucharon mi relato vivido y de inmediato se levantaron y se despidieron. El doctor y yo, permanecimos algunos minutos en silencio haciendo una retrospectiva del asunto e imaginando que le pudo pasar a la pareja. Aún en silencio sirvió la siguiente bebida, la caminera, y a su término me despedí, había que regresar al trabajo.

Posteriormente me enteré por boca del propio doctor, que Arturo fue a la iglesia, en seguida a la delegación y quien sabe por que artilugios, consiguió al bebé y desde esa fecha, vivía en su casa bajo los cuidados de su esposa, no como nieto, sino como hubiera sido hijo propio.

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Jorge y Silveria, en cuanto se vieron en la calle sin saber que hacer ni cual sería su destino, a instancia de ella se dirigieron al lugar donde sentada en la calle, vendía su madre. Jorge la esperó en la esquina mientras Silveria hablaba con ella, planteándole su situación, y como solución inicial a su estado, le pedía permiso para ir a la casa materna ubicada en un pueblo pasando Toluca, cercano a la población de Ixtlahuaca, para allí empezar su vida. La madre muy molesta, reprimió fuertemente a la muchacha:

---Ahora que estás en apuros, ahora si te acuerdas que tienes mamá, ¿verdad? -Silveria con la cabeza agachada, no contestó-, ¿y qué, tu hombre te va a cumplir o ya te abandonó! ¿Quién es él?

---No mamá, él se casará conmigo, ya lo conoces... Es el hijo de la señora de la casa.

---Entonces, ¿por qué quieres irte al pueblo?

---Porque su papá se opone a nuestro casorio y lo corrió de la casa y no tenemos a donde ir.

---¡Ay hija! Pues llegaste en buen momento, porque hoy juntamos todas nuestras cosas y mañana nos vamos de aquí. Las autoridades ya no nos dejan vender en la calle y nos piden mucho dinero para permitirlo; si apenas sacamos para mal vivir, menos tenemos para darles. Ya ves, la otra ocasión nos quitaron la mercancía, nos subieron a la camioneta y nos multaron. Así ya no se puede estar aquí. Antes de irme, iba a pasar a despedirme de ti por que de seguro sabía que te quedarías, y ahora tú también te vas. ¡Anda! ¡Llámalo! Ya lo vi, está en la esquina, voy a hablar con él y luego váyanse para la casa, ¿aún te acuerdas dónde queda?

Caminando, tomados de la mano, con rumbo a la terminal de los autobuses Flecha Roja a Toluca, llegaron a las calles de Topacio y al dar la vuelta en la esquina se escuchó tañer la campana de la torre de la iglesia, indicando la tercera llamada a misa. Jorge se detuvo y dieron marcha atrás para en­trar al templo. Al término del oficio religioso, juntos llegaron a la escalinata del presbiterio y frente a la imagen del Sagrado Corazón, se juraron amarse hasta el final de sus vidas; luego, salieron muy ilusionados para hacerle frente al incierto futuro que les deparaba su incipiente vida, una vida posiblemente plagada de sinsabores.

La vieja casa en el pueblo, toda construida con adobes y techumbre de tejas, sólo era ocupada por los jóvenes, dado que toda la familia trabajaba: la madre, cuatro hijas y tres nueras, todas como Marías; el padre y tres hijos varones, como chóferes y proveedores de la mercancía que expendían. Excepto un hijo el más joven, que había emigrado a los Estados Unidos y llegaba solamente el fin de año y otro hijo cuyo paradero se desconocía desde que salió de la casa; todos ellos reuniéndose siem­pre como día de descanso los lunes de cada semana para regresar a la mañana siguiente a sus labores acostumbradas.

En Ixtlahuaca, primero como dependiente en una tienda de forrajes, posteriormente en una avícola y de este trabajo a uno como empleado en una gran ferretería, Jorge se desempeñaba con mucho afán, pero con muy poca retribución económica por los salarios mínimos que cobraba, insuficientes para mantener su hogar.

De esta manera transcurrieron unos meses hasta llegar el fin de año y poco antas de la Navidad, arribó el hermano de Silveria, el emigrante. Jorge, de la misma edad del cuñado visitante congenió muy bien con él, volviéndose muy buenos amigos. Y como tales, a finales de enero, animado por el cuñado que le prestaría el dinero suficiente para pagar el importe de la cruzada de la frontera sin documentos, partiría con él a buscar nuevos horizontes al país vecino. Muy contento por pensar en un mejor futuro para su matrimonio, se lo comunicó a Silveria:

---Amor, me voy con tu hermano, aquí se gana muy poco, ya ves que apenas cobro para los gastos del día, y no alcanzará para ahora que nazca nuestro hijo, ¿qué te parece?

---¿Que qué me parece? ¡Que me voy contigo! Yo no me quedo aquí sola. Nos vamos juntos.

---¿Pero como quieres ir conmigo en tu estado?

---Pues si yo no voy, tú tampoco vas; juntos empezamos con esto, ves -tocándose el vientre-, y juntos debemos terminarlo.

Ante la oposición del hermano y la resignación de Jorge, la tozudez de Silveria ganó y próxima a cumplir ocho meses, los tres jóvenes partieron hacia Nuevo Laredo.

A los pocos días de su llegada, al contactar al pollero conocido por su hermano y escuchar sus palabras, Silveria recibió el primer revés en su corta vida:

---No carnal, no puedo pasar a la ñora; de que sirve que si en cuanto de a luz en el sanatorio o clínica, porque allá no hay comadronas, se darán cuenta de que es ilegal y de inmediato la migra la regresa y pierdes tu lana; aparte, así como está la ñora no aguanta la joda de la caminata. -No valie­ron todas las explicaciones, Silveria no aceptó las palabras del pollero, por lo que Jorge, desanimado le dijo a su cuñado la decisión que tomaría.

---Ni hablar cuñado, me quedo y nos regresamos, te alcanzaré dentro de unos meses o quizá hasta el año entrante. No voy a exponer la vida de Silveria y la del bebé. Vete cuñado. -El pollero, viendo que su negocio perdía dos clientes, les dijo:

---Mira carnal, lo que puedo hacer por ti es colocarte aquí cerca, en San Antonio o en Houston; que tu mujer se quede y yo le consigo un cuarto barato y le recomiendo una materni­dad buena y económica, ¿cuánto le falta? ¿Un mes? Déjale la lana que necesite y cuando se alivie y esté en condiciones la paso y al estar a tu lado me pagas; para ese tiempo ya tendrás dinero ganado, ¿qué dices?

---No -respondió Jorge-, no me atrevo a dejarla sola.

---De acuerdo, es buena idea. -replicó Silveria.

---Claro ñora -y dirigiéndose al cuñado, el pollero prosiguió con su habla para convencerlos-, tu sabes que soy derecho y cumplo siempre mi palabra. –Volteándose había la mujer, dijo-: Aquí mismo ñora, aquí me encuentra cuando esté ya sin la panza. -Jorge trató de oponerse, que­dándose callado al escuchar las explicaciones de su mujer, que la solución al problema, le parecía perfecta:

---¿Qué me puede pasar mi amor? Un mes o dos se van rápido. Vete, ándale, yo me reúno contigo después.

Silveria se quedó y no cruzó la frontera; de esta manera sola, empezó su vía crucis. Sin conocer a nadie, sin saber como comportarse en una ciudad totalmente extraña y peligrosa, muy diferente a su forma de vivir, siempre encerrada en la casa donde trabajaba y últimamente en su pueblo, sin la mínima experiencia de cómo se vivía ya no digamos en la frontera, sino en cualquier ciudad; pero animada por la posibilidad de trabajar en el otro lado y tener a futuro una buena posición económica para su hijo, afrontaba con serenidad su soledad.

A los pocos días se le vino el mundo encima: al salir por la noche a comprar algunos alimentos para cenar, alguien entró a su cuarto y le robaron todo, el dinero y su escasa ropa, quedándose únicamente con las pocas monedas del vuelto de la compra y con ropa que traía puesta. Por la mañana buscó con desesperación al pollero, recibiendo la información que se encontraba del otro lado llevando a varios compatriotas a los lugares predestinados y que regresaría en un mes, más o menos. Sin tener a quien recurrir y sin dinero, no preocupándole el no alimentarse, de alguna manera conseguiría algo que llevarse a la boca; pero, ¿con qué pagar el sanatorio? Eso era lo más grave. Afrontando su situación, decidió regresar a su tierra, allá, la partera que atendía a todas las mujeres del pueblo, recibiría su hijo y no necesitaría desembolsar dinero, su madre, era probable que le prestara, ya después vería la forma de cómo pagarle y cómo regresar a Nuevo Laredo.

Pidiendo ayuda por aquí y por allá, principalmente recibiendo limosnas de mujeres compadecidas, reunió lo suficiente para pagar el pasaje del ferrocarril. Lo abordó a su tiempo y regresó a la capital. Al descender del convoy en la terminal de Buenavista, sin quinto alguno para los pasajes locales y débiles por la falta de ingesta de alimentos, empezó a caminar lentamente hacia la terminal de los autobuses para Toluca ubicada donde ya conocía, en las calles de Topacio. Durante el largo y pesado recorrido, fue recibiendo ayuda tanto económica como de alimentos en algunas fondas y de algunas mujeres caritativas. Así, cerca del anochecer, llegó a calles de San Pablo; pero agotada por el esfuerzo realizado, se adelantó el arribo de la cigüeña. Su fuente se le rompió y cayó desmayada en la acera. Cargándola entre varios hombres acomedidos, fue llevada al cercano Hospital Juárez, muy cercano al lugar donde había caído inconciente.

Tres días después, al salir del nosocomio con un hermoso bebé varón en sus brazos y con base en las cuestaciones recibidas en el Servicio Social, pagó el boleto del autobús par su pueblo. En tranquilidad, sin faltarle el taco diario, se repuso del parto y a los cuarenta días, su madre le entregó un rebozo grande y le ordenó cargar a su hijo en la espalda y seguirla para iniciarla en la venta de sus productos, como una más de tantas Marías que pululan en los perímetros de los tianguis, plazas y mercados públicos del Estado.

A Silveria no le gustaba su trabajo ni su futuro como María ni la vida que llevaba su hijo. No le agradaba verlo dentro de un huacal de madera como cuna en plena vía pública, por lo mismo, enfermarse continuamente. Ella quería estar con su pareja, ir tras él y ayudarle trabajando juntos. Una noche platicó con su madre en el jacalón que utilizaban para dormir durante la semana de trabajo y que por algunas monedas, pasaban la noche acostadas en el suelo sobre un petate y cubriéndose con sus rebozos:

---Mamá, quiero ir a reunirme con Jorge, ¿podrías hacerte cargo de mi hijo? Como ves, está muy sano y no te dará lata.

---¿Yo hija? ¿No crees que ya cumplí al criar a los diez hijos que parí? ¿Aparte, criar otro más? No hija, si yo trabajo es para que a nadie le falte la comida y lo indispensable o para algún gasto muy necesario. A ninguno de tantos nietos que me han dado los he cuidado; para eso están sus madres y para eso estás tú. ¿Quieres irte? ¿Sí?, pues llévatelo.

---Es que el viaje es muy pesado para el niño y muy difícil pasar con él al otro lado.

---Pues junta dinero para que pagues a quien te lo cuide o dalo en adopción o regálalo. Yo no me hago cargo de él. Esas son las consecuencias por abrir las piernas sin saber lo que puede pasar.

---Pero de dónde junto, todo lo que me das el niño se lo lleva en leche y vitaminas. Por eso, para tener dinero suficiente quiero ir a trabajar allá donde esta Jorge y mi hermano.

---Entonces, ¿de veras te quieres ir? -Al escuchar su afirmación, la madre le preguntó-: ¿Cuánto necesitas?

---Préstame siquiera para los pasajes.

Durante el viaje a la capital, Silveria decidió lo que tenía que hacer. Al salir de la terminal caminó por la calle de Topacio con rumbo al norte y en una jarcería compró una canasta grande; dio la vuelta en la calle de Carretones y antes de llegar a la puerta de la Fábrica de vidrio soplado, se sentó en la acera como una María; se quitó el rebozo y lo colocó en el fondo de la canasta, le dio el pecho al niño hasta que se sació y se quedó dormido, luego lo acomodó en la canasta, con su cobijita lo arropó y con una servilleta de tela bordada con estambre que sacó del morral donde llevaba sus pertenencias, lo tapó. Se levantó, cargó el canasto y continuó su andar dando vuelta en la esquina y a media cuadra, bajando la escalinata, entró a la iglesia. Se sentó en una banca situada a un lado del púlpito y mientras el Santo Sacrificio de la misa se desarrollaba, Silveria reflexionaba sobre la decisión que había tomado: ¿Llevarse a su hijo para que tuviera hambre? ¿Sufrir el maltrato por el viaje de ida y al cruzar la frontera tal como había visto a muchas mujeres cargando a sus hijos, todos enfermos y deshidratados, cuando las regresaba la migra al ser detenidas? ¿Darlo en adopción y pasado el tiempo si se arrepentía, meterse en problemas al tratar de recuperarlo si conocía a los padres adoptivos? No. Y mientras cruzaba, si no encontraba al pollero que conocía y le prometió pasarla al otro lado, necesitaba trabajar para sostenerse y juntar dinero para pagarle a otro pollero, y de seguro, con el niño nadie le daría trabajo; y si cruzaba y no localizaba a Jorge, ¿quien le cuidaría al niño? Ella debería trabajar, ¿entonces? Pensó, si Dios le había dado a su hijo, a Dios, aquí en su casa, se lo dejaría. Él, le encontraría un mejor hogar donde el niño sería feliz y nada le faltaría.

Al finalizar la misa, esperó que la iglesia quedara sola, sin fieles; retiró la servilleta, vio por última vez al niño, lo besó y le dio su bendición. Lo cubrió y en un momento en que nadie la observó, se puso de pie y en la escalera hacia el púlpito dejó la ca­nasta a ocultas de los ojos de los feligreses que aún se encontraban dentro. Presa de un llanto desesperado que exacerbaba su remordimiento por lo que hacía y antes de arrepentirse, tomó su morral y se retiró persignándose rápidamente an­te las tres imágenes de la entrada y salió del templo, dispersándose entre la gran multitud de transeúntes que pasaban por la ancha avenida, tomando camino hacia la terminal de Buenavista.

Sentada en la dura banca del vagón de segunda clase del ferrocarril, pensó en Jorge: ¿Qué le diría sobre su hijo? Esto no lo había considerado, ¿qué se había muerto? No. ¿Qué se lo habían robado durante el viaje? Era más creíble; pero sólo frente a él y viendo sus reacciones, lo decidiría; qui­zá decirle la verdad y no engañarlo, posiblemente era lo mejor.

Semidormida, sus pensamientos se trocaron hacia sí misma; ella, no quería ser una María, ella deseaba ser una mujer triunfadora en la vida y no la resignada mujer como sus her­manas o como la sirviente humillada que siempre lo había si­do; aunque para empezar a trabajar, conseguir donde comer y hospedarse, buscaría este tipo de empleo muy solicitado en las colonias ricas de la población fronteriza. Trabajaría muy duro y ahorraría lo más posible para lograr sus propósitos. El ham­bre la sacó de su ensimismamiento, de sus sueños de triunfo, al escuchar a las muchas vendedoras que abordaban los vagones al detenerse el convoy en las estaciones, expendiendo toda clase de antojitos y, comiendo muy frugalmente, finalmente pudo conciliar el sueño ante la incomodidad de los duros asientos, despertando hasta la mañana siguiente cuando llegó el ferrocarril a Nuevo Laredo.

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La madre de Jorge, sabiendo que no se lo autorizaría, a escondidas para que no se percatara su esposo, empezó a buscar a su hijo a los pocos días de su salida. Inició su recorrido en el lugar donde se sentaba la madre de Silveria y ya no la encontró. Por los vendedores establecidos en el interior del mercado se enteró que las autoridades habían retirado a todas las Marías y que ahora, un día aquí, otro allá, eludiendo la acción de los inspectores, se sentaban a vender en los alrededores del mercado. Las buscó por toda la amplia zona, preguntando, indagando y nada; se había ido de la capital. Desesperada le habló a su esposo:

---Oye Arturo, acepté tu injusta imposición; pero no se ha cumplido lo que dijiste, mi hijo no ha regresado. Pronosti­caste que pocos días después, cuando se le terminara el dinero que le diste, como no sabía hacer nada ni nunca había trabajado, regresaría muerto de hambre a pedir perdón. Te falló y yo quiero ver a mi hijo; si no era un perro para correrlo como lo hiciste. Ahora te exijo que lo busques, ¡Quiero a mi hijo! Tú eres el responsable de su partida, ¡Ahora búscalo!

---Ya lo hice, he preguntado a todos mis amigos y no saben nada, creo que debemos buscar a la madre de Silveria.

---Su madre ya no vende en el mercado, sólo recuerdo que ella me dijo que procedían de un pueblo ubicado a un lado de Toluca, Llévame a buscarla.

A partir de esta fecha y por muchos meses, los fines de semana, Arturo y su esposa recorrían muchos pueblos vecinos a Toluca, infructuosamente. Por ello, cuando escucharon por teléfono el llamado de mi amigo el doctor, raudos salieron en busca de la primera pista que tenía de los jóvenes, a poco más de un año de su salida.

Con el paso del tiempo, si alguna duda tuvieron sobre el origen del niño, recuperado en antes que lo remitieran a la casa cuna por la amistad que tenía Arturo con al Ministerio Público y con el Juez de la segunda delegación de Policía, fue disipada por el gran parecido del bebé con el abuelo; esto en parte, mitigó al dolor por la pérdida del hijo, al dedicarle todos los cuidados al robusto niño.

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Por su educación técnica recibida en la escuela Vocacional, Jorge consiguió trabajo como ayudante de electricista en una compañía constructora, cuyo maestro al ver su capacidad lo apoyó asegurándole que no le faltaría el trabajo y por tanto, no tuviera problemas con su estancia en la ciudad; además, su físico de piel clara, su pelo castaño v su estatura mayor de la media, aunado a lo aprendido del idioma inglés durante sus estudios, no corría riesgos con la policía migratoria cuando caminaba por la ciudad, comportándose como un residente mas del país vecino.

Después de vivir muy poco tiempo en la barraca donde se refugiaban los indocumentados que introducía el pollero, el maestro le rentó una habitación en la parte posterior de su casa en un Condado mas habitable, dejando el paupérrimo barrio latino donde se ocultaba; aunque sin dejar de frecuentarlo, por ser el único medio que tenía para contactarse con el pollero y pedirle noticias sobre su esposa, dejándole recados para que se comunicara con él, en cuanto Silveria apareciera.

Muy pronto recibió el llamado esperado. Al llegar el pollero con un grupo de indocumentados centroamericanos, se comunicó con Jorge, encarándose éste de manera muy violenta preguntándole por ella:

---¿Qué pasó con mi esposa? ¿Por qué no la ha traído? Y dígame ¿Ya se alivió o qué problemas hay?

---Hay malas noticias. Tu mujer ya no está en Nuevo Laredo. Me informó la señora dueña de los cuartos donde se hospedó, que le robaron el dinero y pertenencias y de puras limosnas consiguió para el pasaje y se regresó a su pueblo… y no sé más. Yo me encontraba por acá con otro grupo de paisanos.

---¿Y ahora que puedo hacer? -Preguntó angustiado Jorge.

---Lo que menos debes hacer es regresar al pueblo a buscarla. Piensa que allá estará bien. Tu dale duro al trabajo, junta dinero y cuando tengas un buen ahorro, ve por ella y por tu hijo. Tráelos para acá o quédate allá y abre un negocio; pero para eso necesitas trabajar varios años. Piénsalo bien carnal.

Jorge apesadumbrado, no escuchó todo lo demás que el pollero continuó diciéndole, en su mente solamente estaba impresa la imagen de Silveria y cómo y dónde se encontrarla. Volvió en sí cuando oyó que le preguntaban:...---o sigue el ejemplo de tu cuñado, ¿Quieres que te lleve con él a Chicago?

---No, aquí hay harto jale y estoy bien. Quizá sea después.

A fines de noviembre, aprovechando el puente laboral del día de acción de gracias, Jorge se trasladó a Chicago para visitar a su cuñado y pagarle el préstamo recibido utilizado en el cruce de la frontera, y sobre todo, preguntarle si en período navideño iría a su pueblo y si así fuera, de regreso le trajera noticias de su hermana; entristeciéndose al escuchar su respuesta:

---No cuñado, este año no voy, el trabajo ha escaseado y no tengo lana. Este dinerito que me pagas me cae de perlas y por otra parte, me ando amarrando con una gringa; la cosa va en serio y necesito estar con ella el fin de año. Pero te prometo que cuando vaya te traigo noticias de ella y si no está, investigaré su paradero ¿De acuerdo?

---¡Órale!

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En cuanto puso los pies en Nuevo Laredo, con muy poco dinero exclusivamente para pagarse algunos alimentos, buscó trabajo recorriendo la colonia más elegante de la ciudad y en una gran casona consiguió que la emplearan convenciendo a la patrona de recibirla sin recomendaciones, al platicar­le su situación. Semanas después, la señora de la casa sa­tisfecha del comportamiento de Silveria, de su honradez y honestidad, al observar que los domingos su día de descan­so, la muchacha no salía de la casona ya sea para pasearse o a divertirse, al llamarla para que la atendiera, le pregunto con curiosidad:

---¿Por qué no sales a divertirte muchacha?

---No señora, aquí descanso mejor y no gasto, además, como hoy, usted tiene visitas y no tiene quien le ayude me quedo para lo que se ofrezca y usted necesite.

---Por eso te pago más de lo que acostumbro, por que eres muy servicial, rápida y decente. Estás muy bien educada.

---Señora, aprovechando su atención hacia mí, quisiera pedirle un favor… Yo quiero superarme, no quiero ser sirvienta toda mi vida; quiero que me ayude.

---¿De qué forma quieres la ayuda?

---La señora de la cocina que tiene muchos años trabajando para usted, dice que tiene muchos restaurantes, ¿por qué no me lleva a uno de ellos como mesera? Dice ella que allí mucho dinero.

--Sí, se gana más; pero corres el peligro de prostituirse ¿sabes que es eso, verdad? -Mirándola de arriba abajo y girando a su alrededor, le dijo-: ---Eres joven, no eres fea y tienes muy bonito cuerpo, si me sirves. Si de veras quieres ir, te comunico que los negocios los tengo en Reynosa, es otra ciudad no muy lejos de aquí. Tu decides si quieres cambiar de trabajo y de ciudad, y te advierto que esto no lo hago con cualquiera; lo haré contigo porque has demostrado ser muy trabajadora. Te pregunto nuevamente ¿quieres ir?

---Yo quiero ganar y ahorrar mucho dinero para ir a buscar a mi esposo y si me hace usted el favor de llevarme...

---Te daré una tarjeta para mi hermana, ella es la encargada y te recibirá. Mientras le agarras la onda al trabajo, tendrás hospedaje gratis, luego lo tendrás que pagar con lo ganes de propinas. Los alimentos son por cuenta de la casa. Y te lo advierto: los hombres te van asediar invitándote a beber con ellos, claro, así ganarás más pues recibes comisiones por el consumo que hagan los parroquianos, o sea, vas a fichar; si no sabes que es eso, allá lo vas a aprender muy pronto, eres muy abusada. Tú dices, ¿vas?

---¡Voy!

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---No cuñado, Silveria no está allá. Me contó mi madre que llegó con su hijo recién nacido: ¡Un hombrecito, cuñado! Les dijo que en cuanto llegó de Laredo, se sintió mal y la llevaron al Hospital Juárez; ¡allí nació tu hijo, cuñado! Luego, estuvo solamente tres meses durante los cuales trabajó un rato de María y mi madre le prestó para que viniera a buscarte. Así que, ha de andar por la frontera.

---¿Y no buscaste al pollero?

---Sí, nada mas que está en el tambo; lo agarraron con droga y le dieron pa´dentro. Va a estar muchos años encerrado. Lo fui a visitar en la cárcel para que me recomendara quien me podría pasar y a preguntarle por mi hermana; y no, no sabe nada. No la vio. Hay que ir a buscarla bien, cuñado. Ojala no ande dando malos pasos.

---Lo voy a hacer cuñado, nada mas que termine este contrato, no puedo dejar solo al maestro, me necesita y no puedo fallarle; y déjame por favor los datos del nuevo pollero, para que cuando regrese, vaya directamente con él.

---Aquí los tienes, anótalos, ahora el cruce es por Reynosa, lo encuentras en la Puerta de México.

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Tres años habían transcurrido cuando Jorge regresó a la Patria. Toda una semana se la pasó en Nuevo Laredo buscan a su mujer. Recorrió las colonias residenciales, las fondas y los restaurantes, animándose a entrar por primera vez a los cabaretuchos de la zona roja, y nada. Nadie le dio razón la muchacha. Toda la búsqueda fue infructuosa. Triste; aunque ilusionado, pensando que quizá la encontraría en su tierra, se traslado al pueblo ubicado a un lado de Toluca, recibiendo la información de su suegra de que desde el día que salió con su hijo, no tenía razón de ella. Sin más que hacer en el pueblo, agradeciendo los días de estancia que estuvo con ellos, regresó a la ciudad y tentado estuvo cuando caminó cerca del barrio, en ir a visitar a sus padres; pero el dolor por el despido y su honor lastimado persistían, pensó mejor que aún no era el momento indicado, que debería regresar triunfador, con dine­ro, y que ahora no era el momento propicio.

---Se hospedó en un hotel cerca de la Merced, ocupándose los siguientes días en ir a la Dirección del Politécnico a obtener copias de sus estudios realizados, al registro civil para la copia del acta de nacimiento y poste­riormente a solicitar su pasaporte. Con toda la documenta­ción recabada, partió nuevamente al norte directamente a la ciudad de Reynosa. Ya no quiso ir a Nuevo Laredo, tenía la corazonada de que Silveria vivía y tarde o temprano la tendría frente a él; se amaron tanto que no podrían vivir mucho tiempo el uno sin el otro. Pronto, se decía con toda la fe que profesaba, muy pronto se reunirían.

Anocheciendo llegó a la ciudad y de inmediato se trasladó a localizar al nuevo pollero. Contactado, hecho el arreglo y pagado el importe, el tipo le presentó al aduanero que le permitiría cruzar la frontera, recibiendo la explicación que sería des­pués de medianoche, cuando la vigilancia disminuía, momento en que se rea­lizaría el ilícito cruce de la línea divisoria.

Para matar el tiempo, Jorge, caminando por el centro de la ciudad, se dispuso a dar un paseo para conocer algo de importancia turística de la población; luego entró a un café de chinos para cenar y al salir, deambulando llegó a la zona de grandes centros nocturnos, que con sus multicolores luces en los anuncios y marquesinas, anunciaban las variedades de media noche, exclusivamente para la población masculina. Se detuvo frente a uno de ellos leyendo el nombre de la estrella principal:

HOY - FUNCION DE MEDIA NOCHE - HOY

La Reina Morena del Strip Tease

" S I S S Y L V E R I A “

Sin darle importancia y eludiendo las invitaciones que le hacían los Huihuis para que entrara a ver el espectáculo, continuó su paseo. Consultó su reloj y acelerando su caminar se dirigió al edificio de la Puerta de México, cruzando la frontera ningún problema y ya dentro del país vecino, abordó un autobús que lo conduciría a Houston.

Al llegar a su casa, encontró al maestro en el jardín y después de los saludos correspondientes le entregó copia de todos sus documentos. El maestro se había comprometido a tramitarle un permiso provisional para trabajar y quitarle el problema de ser un indocumentado. Antes de entrar a su habitación, el maestro le notificó además, que le la compañía aún no le firmaba el nuevo contrato y por lo tanto, el jale empezaría en unos quince días más. Sin dudarlo, como se prolongaría mas su período de vacaciones, en otra maleta metió las pertenencias que tenía en cuarto y junto con la que traía de México, por la noche salió con rumbo a Chicago y al día siguiente llegó, apersonándose en la casa de su amigo y pariente:

---Hola cuñado.

---Hola Jorge, que gusto verte, pásale, estás en tu casa, mira te presento a mi esposa. -Saludando a una mujer güera, delgada, unos años mayor que el esposo y cargando a un niño que seguramente no era de su pariente; fue muy bien recibido. Sentados en la sala, luego de cenar, el cuñado le informó que había iniciado los tramites para casarse y gestionar la ciudadanía americana. Jorge lo felicitó y a ella le agradeció todo lo que hiciera por su gran amigo, se lo merecía, era un buen muchacho. Cambiaron de tema y le propuso a Jorge que se quedara trabajar con él allí, en Chicago, que había mucho trabajo y mucho mejor pagado que lo que recibían en Texas; sugiriéndole que por el hospedaje no preocupara, mientras encontrara habitación a su gusto y posibilidades, podía quedarse con ellos, tenían una recámara extra. Finalmente, la plática se centró sobre Silveria:

---¿Y qué investigaste sobre mi hermana?

---Nada. Está perdida, no hay rastros de ella.

---Si ella ha desaparecido, es posible que la hayan asesinado en la frontera; ¿te has enterado que se han escabechado a muchas mujeres por allí? Yo creo que, aunque sea mi hermana la debes olvidar y casarte por acá.

---No. Mientras no tenga la certeza de su desaparición y dónde quedó mi hijo, no lo haré.

--¿Entonces, te quedas con nosotros?

--Sí, vamos a probar el jale por acá.

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La encargada le vendió en abonos ropa adecuada y provocativa para su mejor apariencia en el trabajo. Arreglándose el pelo con un corte moderno, ya sin las características trenzas y un ligero maquillaje, lucía muy hermosa la anteriormente desaliñada y humildemente vestida, Silveria. Con mayor experiencia, el cambio fue notable: con la minifalda destacaban sus hermosas piernas y con una blusa escotada y corta, sus redondos y pequeños senos; el rostro hermoso, con una belleza muy mexicana nadie era capaz de reconocer a la antigua sirvienta y modesta María. Es más, ni ella misma al verse en el espejo, se reconocía.

Por las excelentes propinas y comisiones, poco a poco aceptando beber con moderación con los clientes que la invitaban v dándose cuenta que tenía aptitudes para el baile, una vez que lo aprendió a hacerlo muy bien, accedía a las peti­ciones que le hacían los parroquianos para bailar con ellos. Su éxito como mesera y el carisma que tenía con el sexo mas­culino, fue aprovechado por la encargada que la cambió al turno nocturno, de las ocho de la noche hasta el amanecer. Turno en que el restaurante-bar ofrecía un espectáculo de media noche a su clientela, en su gran mayoría turistas y hombres en busca de aventuras amorosas.

Cierta noche en que faltó una bailarina del ballet perteneciente a la estrella principal del show; Silveria, que por tantas veces de observar los bailables se sabía las rutinas, se ofreció para sustituirla, destacando del grupo por su gracia y alegría en la ejecución. Y por este hecho, para ella muy trascendental, inició su carrera de bailarina. Se pagó unas clases de baile para capacitarse y conocer las técnicas necesarias para la danza del destape sensual y paso a paso, mejor dicho, noche tras noche de actuación, progresó de comparsa del ballet, a bailarina solista como apertura del show para llegar a ser la vedette principal del espectáculo nocturno, con un rimbombante nombre de batalla que le daba el misticismo de una nacionalidad extranjera, ocultando en cierta forma su verdadero origen mazahua: Silveria triunfó en su inverosímil carrera artística de bailarina, como habían sido sus deseos.

Con suficientes recursos económicos, mandó a Nuevo Laredo a buscar al pollero conocido, para que le diera datos de dónde vivía Jorge, valiéndose de un joven repartidor de publicidad -un huihui-, que además de ser su rendido enamorado sin ser correspondido en sus pretensiones, era el guarura que la protegía de posibles ataques de aquellos clientes que trataban de propasarse con ella. Este joven recibió el encargo de ir a localizarlo y después de darle las señas particulares por que desconocía el nombre del introductor, el huihui dijo saber quien era, por que este tipo era un pollero muy conocido dentro de las bandas de introductores de indocumentados. A su regreso le trajo malas noticias: el pollero conocido con el mote de "El Ruperto", recluido en la cárcel por narcotraficante, fue asesinado en el interior del penal por sus enemigos de las mafias fronterizas, y su cuerpo no reclamado por familiares o amigos, había sido sepultado en la fosa común del cementerio municipal.

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Su patrona se convirtió en la apoderada de su exitosa ca­rrera, la cuidó y protegió como si fuera su hija; la hija que nunca tuvo a su lado, motivado que por sus actividades de lenocinio disfrazado, no permitió que sus hijos se enteraran de sus ilícitas ocupaciones. Por ello y la gran confian­za que le tenía, en un período de Semana Santa en que el restaurante no presentaba el espectáculo nocturno por respeto a las creencias del pueblo, le pidió a la señora que la lleva­ra en busca de su esposo. La ahora apoderada, por sus múltiples relaciones, fácilmente le consiguió un pase de turista para visitar la ciudad fronteriza de Mac ­Allen; cruzaron los límites de los estados a bordo de su automóvil y no respetando la restricción del pase, la condujo al destino pedido: la ciudad de Houston.

La muchacha ahora convertida en hermosa vedette, sin tener idea de la magnificencia de la ciudad texana, creyendo que sería de las dimensiones de Reynosa o quizá de lo que alcanzaba a ver de Hidalgo, Texas; pensaba que visitando los barrios latinos sin problemas da­rían con su esposo, se llevó una enorme desilusión. Sin pis­tas, sin ninguna foto, preguntando por el Centro de la ciudad y luego en un barrio habitado por mexicanos, recibió en todos los sitios puras negativas: nadie lo conocía. Decepcionada y consolada por su patrona, al filo de la media noche regresaron a Reynosa.

Silveria perdió el ánimo por el cual luchaba, la fallida búsqueda le ocasionó una gran depresión cuyo estado anímico afectó sus actuaciones y empezó a beber sin límites impidiéndole muchas veces que se presentara al show por ella encabezado. Enterada por su hermana de la situación por la que pasaba, la señora fue por ella y encontrándola dormida por la borrachera, en vilo varias meseras la cargaron, la subieron a su auto y se la llevó a su casa. Allí, al despertar la muchacha y ante la insistencia de la señora, dio respuesta a sus preguntas confesándole el motivo de su estado: al no encontrar a su esposo de nada le había servido abandonar a su hi­jo, el remordimiento que sentía sólo ebria lo podía soportar y había perdido las ganas de vivir. Consolándola, le dijo:

---No hija, ya no te dejaré trabajar, no quiero que te envi­cies ni te prostituyas. No me habías contado sobre tu bebé. Realmente fue un acto imperdonable lo que hiciste; pero es peor lo que puedes llegar a ser, ya que el alcohol y luego, quizá las drogas y la prostitución, te impida mantener lo que hasta la fecha has conseguido. Así que, hazme caso, escucha mi consejo, tómate unas vacaciones, ve a tu pueblo y que alguien te ayude a buscar a tu hijo, todo con mucha fe, es posible. Ve a la iglesia, a las autoridades, a la casa de tus suegros, investiga, tal vez alguien te de razón del niño. -Silveria callada, la escuchaba, dentro del malestar por lo bebido la noche anterior, comprendía que la señora decía la verdad-. Vete hija, si encuentras a tu hijo o encuentras un motivo nuevo para vivir y ya no quieres regresar, qué bueno, ya tienes mucho dinero ahorrado, suficiente para que vivas bien y pongas un negocio. El dine­ro te lo giro en cuanto me lo digas. Piénsalo bien, ¿Qué tal si a lo mejor allá se encuentra tu esposo? Estamos a principios de diciembre, tómate todo el mes, si regresas considera tu sueldo completo y si no, vive y rehace tu vida allá, si no es con tu esposo que sea con los tuyos, lejos de esta zona tan enviciada y hom­bres que solo buscan explotarte y, acuérdate que aquí siempre tendrás una amiga o una madre con los brazos abiertos para recibirte.

Días después, encontrándose en el restaurante, Silveria con un morral en la mano, le habló a su protectora:

---Me voy señora, le hago caso; he estado muchos años por acá, sola, y tengo ganas de ver a mi familia. Le dejo todas mis cosas empaque­tadas y mi ropa en esos velices. Sólo me llevo este morral con lo indispensable y en caso de que me quede en cuanto tenga un domicilio fijo, me los envía por favor; lo mismo con mi dinero, gíremelo, pues llevaré únicamente lo necesario para un mes y para comprar la ropa que requiera. Me voy señora, has­ta luego.

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