martes, 5 de enero de 2010

CUENTO: "La rompecatres"

Por Max Villareal

A: FRAY REDONDO, UN SABIO, UN ARTISTA, UN MÉDICO; DE INOLVIDABLE RECUERDO.

---¡De inmediato doctor! –En el transcurso del día, esta frase era repetida muchas veces ante cualquier orden del Dr. Garduño, por la empleada de su consultorio. El doctor atendía a sus pacientes en un local comercial donde instaló su clínica, ubicado por el barrio de Santo Tomás a dos cuadras del actual mercado de la Merced dónde, desde mucho tiempo atrás daba su consulta y tanto por su saber, como por su filantropía, era muy conocido y respetado por todos los vecinos y comerciantes del lugar.

El doctor, oriundo de la ciudad de Toluca e hijo de padres de origen francés, le pidieron que su profesión la dedicara a curar a la gente humilde, a la necesitada, a los pobres, como pago al pueblo mexicano por todo lo que habían recibido del país, al emigrar por los cambios políticos que sufrió su patria, durante los conflictos previos de connotada importancia en Europa, como antecedentes a lo que culminó con el estallido de la segunda guerra mundial.

Al cumplir los deseos de sus padres, el doctor se jactaba que sus pacientes cumplían con tres tipos de ocupaciones cuya especificación consistía en tener como inicial para identificarlos, la letra “P”: pobres, parientes y prostitutas; en esos tres grupos se concentraban la mayor parte de su clientela. No obstante, si no lo convirtió en un profesional rico, si le permitió vivir como un sibarita, como un buen gourmet, un degustador y mejor catador de todos los vinos existentes. Su extranjerismo lo amalgamó con el gusto mexicano, cuando en las reuniones sociales en las que participaba o a veces convocaba, se transformaba en un chef que preparaba exóticos manjares, enorgulleciéndose de sus especialidades en las que combinaba nombres de diferentes regiones del mundo para darle calificativo a sus platillos. Eran para chuparse los dedos con el mole pakistaní, los tacos mongoleños, las crepas toluqueñas; viandas que se escanciaban con un buen tequila checoeslovaco de su cosecha personal, que celosamente guardaba en su cava a la que llamaba “la bodega catorce”.

En la parte posterior de su consultorio, donde almacenaba las muestras médicas, las revistas especializadas, su literatura teórica y su equipo de laboratorio, había adaptado una pequeña salita que utilizaba como estudio de pintura y lugar de recepción para los muchos de sus amigos que alternadamente, lo visitaban. Todos los días, a partir de la una de la tarde se reunían para degustar los vinillos acostumbrados, siempre formando una chorcha amigable con discusión de muchos y variados temas y de los tópicos diarios que los periódicos editaban.

La empleada de su consultorio trabajaba con el doctor desde muchos años atrás. Mujer de estatura más alta de lo normal que tienen las mexicanas, de tez blanca, pelo castaño oscuro, largo casi llegándole a la cintura, de piernas bien formadas pero que aparentaban estar delgadas por las caderas tan enormes y los glúteos resaltados, que sustentaban. Con un busto regular y una cara risueña, agradable, en la que se distinguían unas enormes chapas en las mejillas que no ocultaban, junto con sus rasgos faciales, el tiempo de sufrimiento y la gran tragedia por la que había pasado durante su vida.

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El patio de la vecindad de Peralvillo lucía engalanado. Grandes festones amarrados de lado a lado del barandal del primer piso cruzaban el patio. Tiras de papel picado clavadas en la pared, intercaladas con ramitos formados con flores de gladiolo y nube en cuyo centro aparecía un corazón con dos iniciales, adornaban el lugar. Largas mesas en todo el perímetro del patio dejaban un espacio al centro que funcionaría como pista de baile y, al fondo, la mesa de honor donde se sentarían presidiendo la fiesta, los novios. En los descansos de la escalera de doble rampa hacia cada pasillo del nivel superior, se instaló la orquesta del barrio dirigida por el ilustre músico peralvillense, Severino Novales, alias “El trompa de hule”.

Se casaba Soledad, la muchacha más bonita del barrio, la más asediada por los galanes de la colonia y la que más corazones dejaba suspirando. El novio, Juancho, no siendo vecino del barrio, hábil con los puños, se partió la cara todas las veces que se lo requirieron los presuntos galanes que pretendían a la muchacha. A puño limpio se ganó el respeto de los jóvenes vecinos y con amor, cortesía y seriedad, el cariño de la novia.

Al término de la fiesta, los novios partieron a la población de Cuautla, al hotel del balneario de Agua Hedionda, para pasar tres días de luna de miel. Tras su regreso instalaron su hogar, en un departamento alquilado en el segundo piso de un edificio ubicado en las calles de Misioneros, en el barrio de la Merced.

Juancho, comerciante en frutas del tiempo, era propietario de una bodega en las calles de Ramón Corona, negocio que le redituaba buenos ingresos con los cuales le permitían darle un buen hogar a su esposa; pero, a la muerte de su principal proveedor que además era importador y exportador de frutas, el Sr. Moranchel, sus créditos se suspendieron, sus ventas se redujeron notablemente por la falta del producto y luego, con el proyecto de la relocalización de la zona de bodegas que obligaría a todos los comerciantes y bodegueros de la Merced trasladarse a una Central de Abastos en futura construcción, siendo una imposibilidad para él reubicarse por el poco capital que manejaba, se vio en la necesidad de cerrar su negocio y por lo tanto, se quedó sin chamba. Trabajó como empleado en varias bodegas muy grandes; pero las responsabilidades eran muchas y escasas las remuneraciones, lo que le obligó a buscar otros giros.

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Toda la avenida Circunvalación, desde Carretones hasta Mixcalco, pulula de prostitutas desde aquellos tiempos hasta la fecha, mostrando sin recato alguno sus atributos, ejerciendo su oficio horizontal en los hoteluchos de paso ubicados por la misma avenida y en los múltiples lupanares regenteados por los lenones que controlan esta zona de tolerancia.

Cierto día, Juancho caminando rumbo a su casa, ya entrada la noche después de una jornada infructuosa buscando trabajo, observó cómo un caifán golpeaba a tres prostitutas que se negaban a entregarle el producto de su cooperación diaria. Sin pensarlo se metió en la reyerta con el ánimo de defender a las mujeres.

El explotador, al recibir los primeros golpes y sintiendo su inferioridad ante Juancho, desenfundó su cuchillo y lo atacó. Con mucha rapidez lo eludió, lo desarmó y propinó un último golpe con el cual cayó noqueado al piso. Recuperándose, de inmediato se levantó y tomó las de Villadiego, en rápida carrera. Las mujeres se acercaron agradecidas y tomando la palabra la más joven, aún colocándose un pañuelo en la nariz para detener el sangrado, le dijo: ---¡Muchas gracias, pero...-interrumpiendo sus palabras, la mujer más grande de edad, grande es un decir pues no rebasaba los veinticinco años, le dijo a Juancho:

---¡Píntate mano! De seguro va por ayuda y te echaran montón. Te lo agradecemos mucho, como ya te lo dijo Erika; pero vete de volada, no queremos que te pase nada.

---No se preocupen, se me defender, no importa que sean varios.

---¡Gracias! –le dijo la tercera, una jovencita de rasgos autóctonos con un rimbombante nombre extranjero-, me llamo Vanessa, búscame cuando requieras de mis servicios y como pago por lo que hiciste por nosotras, te daré un cachuchazo y...¡Ojala siempre contáramos con alguien que nos defendiera!

---Pues ya lo saben, si me necesitan estoy a sus órdenes. Por aquí paso todos los días, mi casa está a dos cuadras para allá y a la vuelta, -y señalando con el dedo índice hacia donde vivía, se despidió de las mujeres; pero, apenas había llegado a la siguiente esquina, fue asaltado por el caifán y tres compinches mejor armados con fileros y cachiporras, al grito de:

---¡Hasta aquí llegaste méndigo! -Al término del ataque Juancho salió bien librado, con algunos rasguños de los cuchillos en los brazos, la ropa desgarrada, golpes en la espalda y puntapiés en las piernas. Hasta allí. Los rufianes quedaron tendidos en el arroyo, sin sentido, golpeados y descalabrados por los golpes dados por sus puños y con una de las macanas que arrebató a sus golpeadores.

Al llegar a su casa le informó a su mujer que lo habían tratado de robar y Soledad, muy angustiada, solícitamente le curó las leves heridas y le recriminó suavemente:

---Cuídate mucho, evita los pleitos, sé que te gusta pelear; pero si nos llegaras a faltar que Dios no lo quiera...¿Qué haríamos sin tu presencia? Piénsalo, los niños aún están muy pequeños.

---No te alarmes, fue un intento de robo sin importancia, no fue para tanto, pero, ¡Ándale!, vamos a cenar y luego a dormir, hoy le caminé mucho buscando trabajo y tengo hambre, ¿Tienes algo de comer?, si no, salgo a traer unos tortas de la tepachería.

La tarde siguiente, también ya casi para entrar la noche, al regresar por el mismo camino rumbo a su hogar, un grupo de prostitutas lideradas por la mayor de ellas, la misma de las cuales había defendido, lo esperaban. Sin saludos previos lo rodearon y por boca de esta mujer, escuchó el motivo de su reunión:

---Queremos que nos protejas y defiendas. Somos explotadas por unos tipos que no tienes idea como nos tratan. Te pagaremos por hacerlo una cuota diaria, razonable, de acuerdo como nos vaya a cada una de nosotras, sabes o si no, muchas veces aunque le taloneemos mucho, apenas sacamos para mal pasarla y estos cuates no se miden, nos exigen una cuota diaria muy elevada. Y ya viste, nos golpean si no cumplimos. Creo que tu seas muy buena onda con nosotras...¿Qué dices, aceptas?

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El matrimonio muy estable se mantenía unido y prodigándose amor. Soledad había dado a luz a tres niños y una niña, a hijo por año. No tenían carencias económicas pues desde que Juancho cerró la bodega, se mantuvieron con el mismo nivel de gastos gracias a los ahorros logrados durante el tiempo de bonanza en su trabajo y después, vivían con el sueldo diario obtenido por los muchos trabajos que realizaba y que nunca le faltaban, gracias a su empeño y disposición a trabajar en lo que conseguía.

Tampoco tenía problemas de salud. Cuando alguno de sus hijos o cualquiera de ellos se enfermaba, consultaban al doctor Garduño al cual conocía Juancho desde su infancia. Todos los partos de Soledad fueron atendidos por el doctor, lo que motivó que el distinguido médico se convirtiera en el doctor de cabecera de la feliz familia.

Soledad, el día entero lo empleaba en cuidar a sus hijos y a su hogar y, en cuanto llegaba su esposo, el tiempo era para él. Poco salía a la calle y solamente lo hacía para lo más indispensable: llevar y traer a sus hijos a la escuela, salidas que aprovechaba para comprar los alimentos y el mandado para la casa. Luego, a encerrarse en casa, ¿por qué? Por el asedio y el piropeo que de los varones recibía en la calle. Sus amplias caderas y el pronunciado trasero, de por sí grandes, aumentaron con la maternidad. No era gorda ni obesa, sino que poseía un cuerpo normal con un atractivo visual enorme. Todos los hombres la deseaban y recibía manoseos, nalgadas y proposiciones al transitar por la calle y confundirla sin parecerlo, con las rameras que, o recargadas en la pared o en los quicios de las puertas o caminando por la acera, formaban parte de la escenografía peatonal.

No tenía amigas en el barrio ni visitaba a las que conoció cuando era soltera, allá en el arrabal de Peralvillo. Sus padres y hermanos, más su madre, la visitaban de vez en cuando. Ella no deseaba salir de su hogar. Allí era feliz con su esposo y rodeada de sus hijos. Éste era su mundo.

La única visita que recibía mensualmente a su puerta, era la del libanés propietario del edificio, que llegaba a cobrar la renta. Don Miguel Nacif, pertenecía a los muchos comerciantes que tienen establecidas sus tiendas en el ramo de la mercería y telas en toda la zona de la Merced y, ni de él se escapaba. Cuando se presentaba al cobro, con la mirada lascivamente recorría su cuerpo, no ocultando sus pretensiones. Con palabras decentes, sin ofensas, le decía lo hermosa que le parecía. Ella acostumbrada a recibir todo tipo de adulaciones, ni atención le prestaba. Pagaba, recibía el documento y sin despedirse, le cerraba la puerta, ignorando lo que le decía y con que intenciones se lo decía.

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De las primeras ocho mujeres que le pidieron protección, aumento a escasamente un mes después de aceptar la propuesta, a veinticinco prostitutas. Ya no pudo controlar él sólo el negocio por lo que recurrió a contratar primeramente a tres empleados de su antigua bodega a los cuales les tenía absoluta confianza; no obstante, les leyó la cartilla de su comportamiento siendo muy preciso: tenían que respetar a las protegidas y no tener relaciones carnales con ellas; ser muy hábiles para las peleas y no estar maleados en el medio ni ser proclives a la corrupción ni al vicio. Con todos estos atributos, su grupo creció y creó mucha fama lo que motivó que empezaran los choques con las facciones que controlaban a las prostitutas. Toña la Jarocha en la zona de San Simón; el Pancho en Corregidora; el Chuy en Ampudia y San Pablo y la Chichimeca en Santo Tomás, vieron disminuido el número de mujeres a su dominio y por tanto, el monto de sus ingresos, por el nuevo control de las mujeres que ejercía Juancho.

Inicialmente mandaban a sus grupos de golpeadores y hábiles en el manejo de los cuchillos, que de todas sus intervenciones, todas resultaban perdedores; luego intimidando a las mujeres con la amenaza de matarlas si cambiaban de mando, sin ningún resultado favorable, lo que obligó a los cuatro gerifaltes se entrevistaran con el nuevo lenón, para dirimir sus posiciones.

En la reunión definieron límites de dominio de sus zonas, pactando la no intromisión de los territorios, el no pirateo de las mujeres y la no agresión entre los grupos. Ya con este convenio y sin presiones de los otros lenones, tranzó con los comandantes de las delegaciones policíacas para evitar las razias o si las hubiera, avisarle de antemano para que sus protegidas no resultaran detenidas, que se les permitiera la práctica de la prostitución y la de su protección personal. Realizado esto, su grupo creció y con un total de nueve ayudantes, controlaron a doscientos cincuenta mujeres diseminadas por toda la avenida y la calle de San Pablo, en los tres turnos del día. A los seis meses de ejercer el control, Juancho era ya reconocido como un respetable zar del lenocinio.

A Soledad le ocultó su nueva ocupación. Sólo le informó que laboraba como vigilante durante dos turnos, en una fábrica donde trabajaban puras mujeres. Le facilitó que –no obstante de vivir muy cerca de su ocupación-, Soledad no salía de casa ni recibía información de alguien que pudiera reconocerlo. El trabajo le rindió pingues ganancias las cuales entregaba íntegramente a su esposa, ya que deseaba formar un patrimonio para su familia en el caso de que el trabajo se terminara o a él le sucediera algún infortunio, tuvieran con que subsistir.

Pero la relativa calma que imperó durante cierto tiempo, empezó a resquebrajarse. Los problemas empezaron. Las mujeres de los otros sectores, brutalmente explotadas, algunas privadas de su libertad y encerradas en los prostíbulos, otras que mandaban en grupos a otros estados de la república y a cuantas más que les quitaban todo el dinero entregándoles una migaja de sus ingresos, al ver que en la zona de Juancho eran protegidas por una mínima cantidad de dinero, huían y se trasladaban a su feudo, hecho que rompía un acuerdo del pacto. Por lo que el descontento y las reclamaciones de los otros zares, iniciaron nuevos pleitos. El nuevo lenón les argumentaba que él no tenía culpa alguna, que la desbandada de sus mujeres la motivaba la falta de control de su gente al no tener la capacidad suficiente para ejercer la vigilancia sobre sus taloneras.

Pese al ruego de las mismas prostitutas y las súplicas de sus protegidas que abogaban por sus compañeras que deseaban entrar a su grupo, les impedía trabajar en su territorio y de inmediato las entregaba a sus jefes. Sólo aceptaba a mujeres nuevas que se iniciaban en el oficio de rameras. De esta manera mantuvo la relativa calma con sus rivales del control femenino, calma que después, tronaría. El pretexto, cualquiera; pero éste fue bien planeado y calculado por sus enemigos y aunque tuvo el resultado esperado, para su ejecutor fue de funestos resultados.

El plan era provocar y sacar de sus casillas a Juancho, por lo que como inicio del complot el Chuy empezó a acosar a Soledad cuando ésta salía de su casa. Una mañana, después de llevar a sus hijos a la escuela ubicada en las calles de Las Cruces, se dirigió al consultorio del doctor Garduño para que revisara a su pequeña hija, al mostrar síntomas de un fuerte resfrío.

El Chuy siguiéndola, le profería palabras soeces y proposiciones sexuales. Ella no pronunciaba palabra alguna ni lo tomaba en cuenta, cosa que le molestó mucho al tipo que sin pérdida de tiempo al pasar frente a una bodega de pieles en la calle de Roldán, de un empellón la metió al local y bajó de un solo tirón la cortina, la introdujo en un pequeño cuarto y a base de golpes trató de ultrajarla, oponiendo la mujer toda su resistencia, la cual iba siendo inútil. La niña, que del empujón se había quedado afuera, espantada, con sus gritos atrajo la atención de la pareja de policías que andaba de rondín por el lugar. Llegando éstos a su lado, la pequeña les señaló el lugar indicando que su mamá estaba allí; de inmediato levantaron la cortina y sorprendieron al rufián que dejó a la mujer sin conseguir sus aviesos fines, no sin antes amenazarla que de alguna manera sería suya, salió muy tranquilo, campantemente de la accesoria. Los policías que lo conocían bien, lo respetaban y temían, ni siquiera intentaron detenerlo.

Al llegar madre e hija al consultorio, el doctor las atendió del fuerte estado de nervios en que se encontraban y no las dejó salir hasta que llegara Juancho.

El médico, conocedor de su nueva ocupación, dado que cuando alguna de sus protegidas enfermaba, normalmente de una enfermedad venérea, él era encargado de sanarlas; mandó a buscarlo con el amigo que se encontraba reunido en esos momentos –Panchito-, con el cual cultivaba una vieja amistad. Juancho, en cuanto se apersonó en el consultorio, Soledad lo puso al tanto del suceso, luego recibió la receta del doctor y le agradeció su atención y cuidado de su familia y de inmediato las llevó a su casa, dejó a uno de sus empleados en la puerta del edificio como protección, fue a la escuela por sus hijos, los regresó a casa y hecho esto, se encaminó rumbo a la oficina que había montado en la calle de Manzanares para iniciar la investigación de quién había ofendido a su esposa.

Muy rápido lo supo, pese al hermetismo que guardaron los testigos por el temor a las represalias del Chuy. Organizó a su equipo de protección y lo fue a buscar. Nunca se imaginó el rufián que Juancho se atreviera a buscarlo en su propio terreno. Por sorpresa y a base de violencia eliminó a sus guardaespaldas y penetró a su oficina, no encontrándolo, ya que el Chuy había huido por la barda posterior del edificio, brincándola y poniendo pies en polvorosa. Salió con su gente, recorrió toda la zona no localizándolo, manteniendo a su equipo en estado de alerta todo el resto del día. Mas tarde, un soplón le informó que por la noche lo encontraría en el cabaret de mala estofa “El Chucho” que se ubicaba por las calles de Jesús María. No acudió, sabía que le estaban tendiendo un cuatro, por lo que conociendo el domicilio del agresor, mandó a unos de sus ayudantes a montar guardia, sin ser visto, fuera de la residencia del Chuy. Pasada la medianoche y al no tener noticias se presentó al lugar. Al momento de estarle preguntando a su ayudante si ya había llegado, el rufián hizo su aparición. Al bajar de su auto, Juancho lo interceptó, su ayudante se hizo cargo del guarura, y sin mediar plática alguna ni recriminación por el acto ejecutado, lo golpeó sin conmiseración hasta el cansancio. El lenón quedó tirado a medio arroyo y a consecuencia de la golpiza, murió antes de que le prestaran atención médica.

Al amanecer del día siguiente, su ayudante le comunicó en la puerta del edificio lo que estaba observando desde la madrugada:

---Patrón, tenga cuidado, ese auto está allí desde las cuatro de la mañana, los que están adentro los veo muy sospechosos, me parece que son policías de la secreta...

---No tengas miedo mi buen Pipo, no creo que haya peligro; ahora bien, si son policías les voy a hacer el paro, a ver que quieren, con tal que no sea lana ya que ahora no traigo ni quinto.

Al bajar de la acera y dirigirse hacia el auto, pensando que serían elementos de la comandancia bajo su control, descendieron de la patrulla tres agentes del servicio secreto enviados por los otros lenones, desenfundando sus armas y disparando a discreción hasta terminar sus cargas. A Juancho y a su ayudante los cosieron a tiros. Lentamente se acercaron a los cuerpos y en la mano del muchacho le colocaron un arma aún humeante, volviéndola a disparar hacia el auto. Bien sabían que Juancho nunca portaba arma alguna –excepto sus puños-, para repeler cualquier agresión. Al rendir su parte policiaco, los agentes alegaron que al tratar de detenerlo por sospechas de homicidio, la víctima sacó una pistola y disparó contra ellos y en legítima defensa le causaron la muerte.

Así terminó la corta vida de una persona honrada, trabajadora, que como lenón penetró a este sórdido mundo de manera circunstancial y, así empezó la vía crucis de una mujer que se convirtió de inmediato, en la viuda más cortejada del barrio.

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Treinta y dos años de edad tenía Soledad cuando enviudó. Al sepelio lo acompañaron sus familiares y muy pocas amistades, entre ellos el doctor Garduño. Todos en palabras más o en palabras menos, le externaban sus sentimientos en el pésame obligatorio. De las amistades de su esposo, hombres, lo recibía de forma desinteresada; pero la mayor parte de los que lo conocieron, sólo por el morbo de tener entre sus brazos el sensual cuerpo de la viuda, le expresaban sus sentimientos.

Los ayudantes de Juancho, únicamente acudieron al sepelio, al velorio no, ya que estuvieron presentes en el de Jorge, mejor conocido como “El Pipo”, el compañero que murió junto a su jefe. El finado, junto con José alias el Chiquito, Toño Sánchez y Manuel “el Barril”, fueron sus empleados de mayor confianza desde que trabajaban junto a Juancho en su bodega. A este último, al terminar el novenario de rosarios que se celebró en la iglesia de la Palma, Soledad le preguntó:

---Dime Manuel, ¿qué fue lo que pasó?, ¿porqué mataron a mi esposo? Él no tenía problema con nadie ni mucho menos tenía pistola ni sabía utilizarla...Lo de la defensa propia que alega la policía no lo creo; tampoco lo que dicen que pertenecía a una mafia de tratantes de las mujeres de la calle. Dime tú la verdad.

---Mire patrona...él nos hizo jurar que nunca se lo dijéramos, que usted jamás se enterara en que trabajábamos; pero ya muerto nuestro patrón, la palabra empeñada, nuestra fidelidad para él, terminó; ahora deberá ser para usted. Se lo contaré todo.

De esta manera, Soledad se enteró del trabajo a que se dedicó durante los últimos tiempos, su amado esposo. Cansada, sin comprender el proceder de Juancho, creyéndolo incapaz de dedicarse a la prostitución, se encerró en su casa, acostó a los niños y sola en su cuarto, boca abajo sobre su cama, con la almohada cubriéndole la cara para que su llanto no se escuchara, dio libertad a las lágrimas que durante nueve días había reprimido su salida.

La vida continuó su marcha y durante los seis meses siguientes no hubo apuros económicos. Los ahorros fueron aplicados en la manutención del hogar. Buscó trabajo desde el principio de su viudez; pero siempre para emplearla el requisito indispensable, era pasar primero por la cama del jefe, patrón o empleador, cosa que nunca aceptó. Sus hijos, todos aún que requerían la atención materna, para cuidarlos y ver por ellos, le restaba tiempo para buscar el trabajo que ya le urgía encontrar, lo que motivó que le pidiera a su madre la ayuda necesaria para atenderlos mientras ella conseguía empleo y después, poder trabajar.

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El árabe, hombre viudo de cincuenta años, con sus hijos al frente de sus negocios, disponía de tiempo suficiente para vigilar la buena marcha de sus tiendas y al cobro de las rentas de sus inmuebles. Sus hijos le pedían que se volviera a casar; pero que lo hiciera con una mujer de su raza, una paisana, a sabiendas que tenía relaciones carnales con algunas costureras o empleadas suyas a las que les pagaba con largueza, por aceptar sus amoríos. No querían que una mujer gentil –para ellos-, pudiera ser su nueva madre. El padre los ignoraba, en su mente y en sus deseos estaba fija la imagen de la mujer de las grandes posaderas.

Al vencimiento de la renta del segundo mes del fallecimiento de Juancho, con mucha labia y sin ocultar sus fines, se puso a sus órdenes y ofreció en caso de no tener para cubrir sus apuros económicos, su ayuda; con tan solo pedírselo, el dispondría de todo lo conducente para la estabilidad de la casa.

Cada mes, aun pagando el importe mensual, se repetía la misma plática y los mismos ofrecimientos. Los ojos del libanés recorrían el cuerpo de la mujer, la deseaba y se estaba transformando en una obsesión su pertenencia.

Para cubrir la renta del séptimo mes, ya no tuvo dinero y cuando pasaron tres meses de no cumplir con el pago respectivo, el casero se abrió de capa y se le declaró:

---Soledad, sé de sus necesidades y que sus recursos ya no le alcanzan para mantener a sus hijos y a su madre. Si usted quisiera...y me aceptara...yo me haría cargo de todo y...

---Pero señor, ¿por quién me toma? Yo soy una mujer honrada y estoy de luto, ¿qué no lo comprende?

---Soledad, ya pasaron diez meses de la muerte de su esposo, ¿qué no es usted una mujer?, ¿qué no tiene deseos de tener una relación, de tener un hombre a su lado? Yo la quiero para mí...

-bruscamente lo interrumpió: ---¡Cállese! No me haga faltarle al respeto como usted lo está haciendo conmigo. Si con esto piensa cobrarse lo que le debo –colocando sus manos sobre su trasero-, está usted muy equivocado. Amé, amo y amaré a mi esposo y le guardaré fidelidad. Mañana venga y le pagaré. –Penetró a su casa y cerró la puerta. El libanés, sin dolerse por el rechazo, sonrió; la negativa acrecentaba más su apetencia por ella y antes de retirarse, le habló desde el pasillo:

---Mañana vengo. Espero me pague, por que si no es así, prepárese por que voy a lanzarla a la calle. –Sin dejar de sonreír, se retiró, pensando que muy pronto caería en sus manos y sería suya.

Cuando llegó su madre con la bolsa de ixtle a medio llenar, con muy poco mandado, Soledad le comentó a su madre lo sucedido y la anciana, pensativa, dejando la bolsa en la cocina, la llamó y sentadas en los sillones de la sala le recomendó, según lo que sentía y desde el punto de vista muy suyo:

---Piénsalo bien hija. El señor es muy buen partido. Es soltero y le gustas. Tú tienes muchas obligaciones y mucha vida por delante. Te lo dice una vieja, no tu madre; una mujer que como tú sufrió mucho desde que faltó su esposo, tu padre. No te recomiendo que vivas como yo he vivido, sola, sin compañía, sin nadie a mi lado. Piénsalo bien, es tu vida y la de tus hijos...

Al día siguiente, en cuanto lo vio acercarse a la puerta, antes de que tocara, la abrió y sin previo saludo le dijo lo que la noche anterior había pensado:

---Mire señor Nacif...

---No me diga señor, llámeme por mi nombre, soy Miguel Nacif.

---Bueno, mire Don Miguel...

---Quítele el Don, soy sólo Miguel para usted.

---Mire Miguel, primero discúlpeme si me porté grosera ayer, pero compréndame que no estoy para recibir proposiciones de tal tipo, todos lo hacen y estoy fastidiada de escuchar tantas sandeces. Mejor, si me quiere ayudar...¿Por qué no me da trabajo? Quizá, después, siendo su empleada y conociéndonos mejor... las cosas cambien y mi manera de pensar también cambie, ¿qué le parece? ¿Me puede dar trabajo?

---Encantado, está contratada. –Sacando una tarjeta de su cartera y entregándosela, le dijo: ---Preséntese mañana a primera hora, antes de las ocho en este domicilio, allí la espero.

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Adolfo “El Fito”, un joven guapo y arrogante, hermano del fallecido Chuy, después de muchas luchas internas entre los lenones se consolidó como el jefe de la zona del hermano y gran parte del área que perteneció a Juancho, una vez que todo su grupo quedó desmembrado. Ya muy fuerte en su puesto de dirigente, buscó con ansia la venganza del hermano. No se había conformado con la muerte del homicida a manos de la policía, ya que debería ejecutar el exterminio de su familia, para que futuros invasores de la zona, vieran la dureza de cómo se comportaban las mafias de la prostitución. Primero investigó a Juancho y se enteró que no había tenido familia, que fue abandonado en un hospicio antes de cumplir tres años y al salir, tras cumplir los quince años de edad, a brazo partido forjó su vida. Como por esta rama no había camino que perseguir, buscó tomar las represalias por el lado de la esposa; aunque a ella no la conocía, sería contra quien descargara toda su venganza. Conoció donde vivía, de que sus hijos eran atendidos por la abuela, de que no aceptaba pretendientes y por muchos era asediada, chuleada y hasta nalgueada en la calle; pero se mantenía soltera. Supo también que un árabe andaba tras de ella, que le había dado trabajo y que la trataba como si fuera de su propiedad.

Posteriormente a recibir todos los datos de la esposa de Juancho, una tarde le entregaron los horarios de entrada y salida de Soledad, a su trabajo. Sentado tras su escritorio consultó su reloj, se levantó y dirigió a un lavabo colocado en la pared de enfrente, se observó en el espejo del botiquín, se mojó y se alisó el pelo, con una mirada de aprobación por el reflejo de su rostro, procedió a enfundarse un saco nuevo y salió a la calle, directo a buscar a la viuda.

La vio por primera vez al salir de la tienda donde trabajaba y al quedarse parada frente al acceso mientras cerraban. Bajaron la cortina y momentos después, por el postigo, salió el libanés. La tomó por el brazo, cruzaron la calle y llegando al edificio de la esquina, entraron a éste por una estrecha puerta y ascendieron por una larga escalera al primer piso, donde abría sus puertas un restaurante cuya especialidad es la comida árabe.

Cuando pasaron a su lado, el Fito la admiró y se prendó de su sexualidad, aspirando el aroma que emanaba Soledad. Esperó en la banqueta hasta que salieron y los siguió hasta llegar a su destino. En la puerta, se despidieron de mano y un ligero beso en la mejilla; nada más. Pensando en lo visto, exclamó para si mismo, saliéndole la voz muy eufórica:

---Entre éstos no hay relación. El campo está abierto. Voy sobre sus huesos de inmediato...

Muchas veces los siguió esperando una oportunidad para hablar con ella, cuando no la acompañara el árabe. Y esta ocasión se le dio relativamente al poco tiempo. Por compromisos con sus hijos, Don Miguel no la acompañó esa tarde. Caminando sola, en cuanto salió de la tienda, fue abordada por el apuesto galán:

----Buenas tardes, más bien casi buenas noches...-La mujer volteó e iba a rechazarlo con la automática respuesta que tenía acostumbrada; pero al observar la galanura del joven que la saludaba, calló, no contestó. Él no paró de hablarle durante todo el camino y al llegar a su final, le extendió la mano en señal de despedida. Sin hacerle caso, ella, en silencio abrió la puerta, penetró y con un portazo cerró la puerta ante sus narices. El Fito, se mantuvo varios minutos frente a la puerta, pensando que hacer en esos momentos, luego, esbozando una sonrisa, se retiró con rumbo a su oficina

Perseveró muchas veces, todas acompañándola cuando Nacif no iba con ella, hasta que consiguió el primer paso: lograr que platicara con él durante su marcha, para finalmente obtener su amistad, ya que sin ocultarlo, a ella le gustó su porte, su habla y el trato que el Fito, le daba. No pudo resistirse ante la presencia del muchacho, aunque más joven que ella, le agradaba.

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Muy tranquila, desempeñando su trabajo de cajera –inicialmente empezó en el almacén, luego al mostrador y ahora en la caja-, se encontraba Soledad, cuando vio frente a la puerta del comercio a su madre, que cargaba a su hija víctima de un fuerte cólico. Le pidió permiso al hijo del libanés para ausentarse y poder atender a su hija. Frente a la puerta de la tienda tomó un taxi que la condujo al consultorio del doctor Garduño. Éste de inmediato la revisó y diagnosticó: su apéndice vermiforme se había reventado. La cargó y subió a su auto y la trasladó a un sanatorio particular donde una vez efectuado las pruebas preparatorias, procedió a operarla de emergencia. Al salir del quirófano, le dijo a la angustiada madre:

---¡Qué bueno que la atendimos rápido! Un poco más tarde y no la hubiéramos contado. Tranquilízate mujer, tu hija está a salvo.

---Muchas gracias doctor, ¿puedo pasar a verla?

---Espera, dentro de una hora más o menos, aún esta bajo la anestesia, una vez que se recupere, entras. –En ese momento llegó Nacif, preguntando, luego de explicar su presencia:

---Mi hijo me avisó y en el consultorio del doctor me informaron donde se encontraban; pero, ¿en qué puedo ayudarte? -Ya más tranquila, Soledad la puso al tanto de lo sucedido y ambos pasaron al cuarto del sanatorio donde reposaba la niña, a cuyo lado se encontraba ya, la abuela. Al dar de alta a la pequeña. Nacif sin pedírselo siquiera, pagó los honorarios y los gastos médicos de la intervención quirúrgica.

Varios días después, caminando hacia su casa, antes de llegar a su domicilio, Nacif le volvió a proponer que tuvieran relaciones:

---Soledad, no creas que me aprovecho de la situación ni pienses que quiero cobrarme los gastos que he efectuado. No, sabes que te amo y deseo que seas mía...-La mujer ya no lo pensó dos veces, Nacif era muy buen hombre y la quería; su madre tenía razón, si ella todavía no lo amaba, quizá con el tiempo podría ser, además, le estaba muy agradecida por todo lo que había hecho por ella...y, aceptó. Ya no abrió la puerta del edificio, esperaron el paso de un auto de alquiler que los condujo a un motel de la calzada de Tlalpan.

El árabe se volvió loco de felicidad. Nunca había disfrutado de una mujer como Soledad, aumentado su deseo por el continuo rechazo a que había sido sometido. La mujer, por la abstinencia de su viudez, fue un verdadero volcán y al término de la entrega sexual, fatigado, comprendió que su vida sin tenerla a su lado, no sería igual, por lo que al oído, aún estando arriba de ella, le propuso matrimonio. Sólo moviendo la cabeza afirmativamente y besándolo apasionadamente, le agradeció que se lo pidiera, cuando ella pensó que únicamente la deseaba como amante.

Nacif vivió pendiente de ella, cuidándola y totalmente entregado a su amor en una relación plena de satisfacciones que desgraciadamente, pese a sus deseos, duró muy poco tiempo.

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El Fito de inmediato notó el cambio, ya que tanto a la salida de su casa como al regreso del trabajo, disponía Soledad del auto del árabe, manejado por un chofer. No tenía espacio para hablar con ella, por lo que urdió un plan. Llevó a un cerrajero de los muchos que hay en el barrio trabajando su oficio en puestos semi fijos colocados sobre las aceras, para que hiciera un duplicado de la llave de la cerradura de acceso al edificio. Por la noche, una vez que Soledad regresó de la tienda, la utilizó. Subió a su departamento y tocó a su puerta. Abrió la madre algo alarmada, pues nadie las visitaba y mucho menos a esa hora. El Fito preguntó por ella y desde la puerta de su pieza vio y desconcertada caminó hacia él. Salió y en el pasillo exterior, en voz baja platicaron:

---¿Qué haces aquí? ¿Cómo entraste?

---Es que no me das chance de verte, te tienen bien controlada y sabes bien que yo la quiero contigo, ya te lo dije...

---Vete por favor. Te suplico que ya no me dirijas la palabra, me he comprometido y pronto me voy a casar.

---Pero yo también te pedí que tuviéramos relaciones y cuando lo quisieras, yo estaría dispuesto a...-Interrumpiéndolo le dijo:

---Sí, pero nunca te acepté ni te di esperanza alguna. Sólo, te lo dije muy claro, seríamos amigos, nada más. Así que discúlpame y vete, estoy comprometida, aquí terminamos nuestra amistad. Buenas noches. –Entró a su departamento y cerró la puerta. Mascullando su enojo, el Fito le gritó desde el, pasillo:

---¡Te vas a arrepentir de esto que me haces! Te lo repito: ¡Te vas a arrepentir, te va a salir muy caro esto que me has hecho!

Muy temprano en el trabajo, en cuanto lo tuvo frente a sí, Soledad le comentó a Nacif la intromisión del sujeto. El árabe se preocupó, él no era hombre de violencia y pensó, sin decírselo, que buscaría a este tipo para aclarar su posición y sólo le explicó:

---No te alarmes. Daré instrucciones para que desde ahora, el policía de guardia de la tienda, acompañe al chofer y entre ambos, te protejan por estos pocos días que faltan para que nos casemos. El departamento donde viviremos estará listo en dos semanas a lo máximo. De todas formas, enciérrate; como protección mandaré hoy mismo a que cambien la combinación de la chapa de entrada y junta tus cosas, mañana te cambias a mi casa, tengo una habitación vacía que ocuparás mientras nos casamos.

Todas las precauciones resultaron inútiles. Por la noche del mismo día, los esperaban. En cuanto descendió del auto acompañada del policía, rodearon el vehículo diez pelafustanes golpeando al guardián y luego al chofer, dejándolos inconscientes, tirados a media calle junto al auto. A Soledad la sometieron aplicándole un algodón impregnado de cloroformo en la nariz. Desmayada, la subieron a una camioneta cerrada tipo panel la cual arrancó de inmediato, desapareciendo del sitio al tomar marcha hacia la avenida principal.

Muy golpeados y sangrantes regresaron a la tienda los custodios. Nacif ya los esperaba intranquilo. Al verlos en ese estado, gritó muy alarmado:

---¿Qué pasó? ¿Dónde está la señora?

---Nos golpearon patrón, fueron muchos... a la señora me parece que la subieron a una camioneta y se la llevaron; eso vi antes de que me remataran de un golpe y perdiera el conocimiento –contestó el guardián. ---No supimos quienes fueron, nos cayeron de improviso ni pudimos saber hacia donde se llevaron a la señora. Perdón patrón, no nos dio tiempo de defenderla –agregó el chofer. El árabe los condujo a la segunda delegación policíaca para levantar el acta del hecho correspondiente, proporcionándole el Ministerio Público un grupo de uniformados para que recorrieran la zona por si acaso los localizaban; pero todo fue infructuoso, ni a los tipos ni a la camioneta vieron.

A la mañana siguiente, el comandante a cargo de la investigación llegó ante él, en cuanto abrió la tienda, refiriéndole el inicio de sus pesquisas:

---Don Miguel, sabemos por nuestros informantes, que es posible que a la señora la haya secuestrado una mafia de tratantes de blancas. Aún no sabemos cual fue, en eso andamos, tenemos una buena pista; pero si ésta no es la línea correcta, queremos preguntarle: ¿No ha recibido pedimento de recompensa? Si por el momento no lo han hecho, en cuanto tenga alguna noticia o traten de comunicarse con usted, háblenos de inmediato. Aquí, el sargento Gallardo esta a cargo del asunto y a sus órdenes...

---Mire comandante, no repare en los gastos que se realicen en la investigación, yo se los cubro y además, estoy dispuesto a dar una magnífica gratificación si la encuentran y ésta será mayor en cuanto más rápido lo hagan; por el momento, ¿cuánto necesitan?

Al retirarse los agentes del servicio secreto, Nacif, encontrándose solo en su oficina y ante la imposibilidad de hacer algo, en su idioma profirió toda clase de insultos mesándose el cabello, luego bajó la cabeza cubriéndose la cara con sus manos y lloró, lloró mucho, dando salida al dolor tan grande que sentía por la pérdida de Soledad.

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Recluida en un sórdido cuartucho sin ventilación, en penumbras, ya que la luz penetraba por una ventana pequeña, muy alta, como una claraboya; con un mobiliario consistente en un viejo catre con un raído petate como colchón, una mugrosa colcha, una silla de madera y una bacinilla. Tirada sobre el catre, aún narcotizada, se encontraba Soledad. Llevaba así tres días ya que varias veces le había aplicado el cloroformo. Al cuarto día se despertó con un fuerte dolor de cabeza y al recobrar completamente su lucidez, se vio en las condiciones en que estaba y empezó a gritar y a golpear la puerta del cuartucho, sin recibir respuesta alguna. Cansada, se sentó en la silla sin tener idea de qué le había pasado. El ruido de la puerta al abrirse la sacó de sus pensamientos, se puso de pie y dio un grito al reconocer a la persona que entraba con una charola con alimentos y agua colocándola sobre la silla. Llorando y suplicante, Soledad le expresó, pensando que con él estaba su salvación:

---¡Qué bueno que eres tú! Por favor, explícame que hago aquí, porqué me tienen encerrada...¡Sácame de aquí! –Fito el joven lenón, de pie ante la mujer, se quedó inconmovible ante las peticiones escuchadas y al sentir que Soledad lo abrazaba, dijo:

---Te lo advertí, que de mi no te burlarías...

---¡Ah! Entonces, ¿estoy aquí por tu culpa? ¿Por qué me has hecho esto? Yo no me burlé de ti ni te prometí nada ni me comprometí contigo. Sólo fuimos amigos de saludo y mi acompañante, nada más.

---Pues aquí estarás hasta que aceptes ser mía. –No dijo otra palabra, se dio media vuelta y salió del cuarto; se escuchó el cruce del cerrojo y la prisionera golpeando con sus puños la puerta le gritaba: ---Mis hijos, ¿dónde están?, quiero verlos...y sin recibir respuesta, fatigada, se sentó en el catre y rompió en fuertes sollozos pidiendo clemencia.

Una mujer, casi anciana, entraba diariamente en silencio sin hablarle ni contestarle lo que le preguntaba Soledad. Callada, le dejaba los alimentos, agua para beber y una cubeta con agua limpia para su aseo. Retiraba los trastes sucios, el bacín empleado lo cambiaba por otro limpio y salía del cuarto. Viviendo de esta manera, a los quince días de su cautiverio, la anciana le llevó un vestido nuevo y en cuanto salió de la habitación, se presentó el Fito. Ella se mantuvo erguida junto a los pies del catre, dándole la espalda. El lenón recorrió con la mirada el cuerpo que estaba ante sí y lujuriosamente preguntó:

---Por fin...¿Aceptas ser mi mujer?

---¡Nunca! –Le contestó Soledad. El Fito se aproximó hacia ella y de un empellón la tiró sobre el catre. Éste no resistió el peso proyectado de la mujer rompiéndose y doblándosele las patas metálicas quedando a nivel del piso. Rápidamente el lenón se quitó el pantalón, se arrodilló y se montó sobre ella, le arrancó el vestido y rompió de un tirón su pantaleta y ...la violó.

Ella no se defendió ni se movió ni profirió palabra alguna, sólo volteó la cabeza hacia un lado y se tapó la cara con sus manos. El Fito manoseó, besuqueó y babeó todo su cuerpo y al saciarse, se levantó y con cierto desprecio le dijo:

---De nada sirve tanta carne...no sirves como mujer. –Y se fue.

La sirvienta llevó otro catre y retiró el roto. Mientras efectuaba el cambio, la puerta permaneció abierta y Soledad trató de huir, pero fue un intento inútil; tras la puerta se encontraba un guardia especial armado, para cuidar la entrada mientras permanecía en el interior la anciana. Resignada regresó a su prisión y se tapó con la colcha las partes púdicas de su cuerpo que los jirones de su vestido no lograban cubrir, a los ojos lascivos del vigilante.

Al regreso del Fito, frente a frente le repitió la misma pregunta no recibiendo respuesta de Soledad. Ésta sólo se acomodó en la silla y agachó la cabeza. Callada, escuchó todos los requerimientos y proposiciones de su captor sin contestar. El lenón, enojado ante su silencio, la levantó por un brazo, le arrebató la colcha con que se tapaba y la llevó al catre obligándola a acostarse; él se desvistió y se montó sobre su cuerpo. Sin saber que fue lo que pasó, si el catre estuvo mal armado por la sirvienta o si por causa de los movimientos sexuales; pero el caso fue que el catre nuevamente se rompió, no impidiendo que el Fito continuara mancillándola. Al terminar de copular, se levantó y se estaba vistiendo cuando ella, que se mantuvo con la misma actitud de la primera vez, aún acostada en el catre, gimiendo le repitió la misma pregunta:

---¡Déjame ver a mis hijos! –Volteó a verla y haciendo caso omiso de su petición, despectivamente le contestó:

---Eres una estatua de piedra, no sientes nada, no sirves como hembra ni satisfaces a un hombre... sólo eres una ¡Rompe catres!

Todas las veces que poseyó el cuerpo de Soledad, se reprodujo la misma escena. Él, ansiando despertarle un deseo de entrega, de correspondencia amorosa, de querer hacerle vibrar como mujer, siendo inútiles todos sus esfuerzos. Ella, indiferente, permitiéndole que tocara e hiciera con su cuerpo lo que quisiera sin expresarle ninguna emoción. Al término del acto sexual, como un estribillo le pedía que le permitiera ver a sus hijos y fastidiado de la mujer por su comportamiento, la última vez ya no lo soportó y le contestó:

---¿Tus hijos? Así como me has respondido en el catre, no los verás nunca. Debes saber que también los tengo secuestrados, están en mi poder los tres; la niña no. Ella sigue con tu madre y se encuentra bien, el árabe las mantiene y ve por ellas. Mira, aquí tengo las pruebas de que lo que te digo es verdad. –Salió del cuarto y habló con el guardia que sin dilación fue y regresó con un bulto, mostrándoselo a Soledad, luego de desenvolverlo: una mochila con cuadernos en su interior que mandó robarles a los pequeños. Soledad los revisó y confirmó la propiedad, sí eran de uno de sus hijos, volviendo a meter la mochila en la bolsa de donde los sacó el Fito; continuando éste con su respuesta:

---Además, debes conocer toda la verdad. Yo mandé matar a tu esposo por que él mató a mi hermano y mi rencor no termina con su muerte. Tú estás pagando las consecuencias de mi venganza, que aquí no termina sino empieza. Prepárate. Vas a trabajar a una casa de citas, a una casa elegante, de primera. Permanecerás allí hasta que se me antoje y considere satisfecho mi resentimiento...

Y cuidadito con tratar de escaparte o de portarte mal, por que si no satisfaces bien a los clientes que pagaran por tus servicios, por tu cuerpo... ¡Mataré uno a uno a tus hijos! Así que, ¡cuidadito con tus actos!

Sumisa, se vistió con la ropa que el lenón sacó de la bolsa y le arrojó a la cara. Le colocó una capucha cubriéndole la cabeza y con un empujón la sacó del cuarto. Cruzaron las demás habitaciones hasta llegar a la calle. La obligaron a abordar un auto en el cual la trasladaron hasta la colonia Condesa, donde se ubicaba una casa non-sancta regenteada por una famosa mujer muy conocida entre las altas esferas de la sociedad. Ya estando dentro, en el hall de recepción, le quitaron la capucha y se la presentaron a la madrota, que en estos lugares de primera, muy elegantemente le dicen “La Madame”. Ésta muy acuciosa la revisó y pasó la prueba. Fue aceptada. Preguntándole al Fito:

---¿Cómo dices que se llama? –Acercándose a su oído se lo susurró. La mujerona sonrió y como acto de admisión, díjole:

---Bueno mujer, ésta va a ser de hoy en adelante, tu casa, aquí vivirás otra forma de vida que espero te guste. Tu cuerpo le hace honor a tu nombre, aquí te llamarás y te conocerán únicamente como: “La Rompe-catres”.

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Sus hijos crecieron y empezaron a trabajar, imposibilitados de continuar estudiando por cuestiones económicas. El primero en una bodega del barrio; el segundo en una papelería y el más pequeño en una cristalería propiedad también de un libanés, Jassán, por las calles de Jesús María, bien recomendado por Miguel. La niña siguió estudiando la secundaria y el bachillerato, ya que tanto a ella como a la abuela, seguían bajo la tutela del árabe. Éste, consideraba a la chiquilla como su hija, si bien muy hermosa, no heredó los atributos de la madre; pero el parecido de su rostro le recordaba a su amor truncado que vivió y todavía recordaba saboreándola mentalmente.

De Soledad, no supieron más. Se la había tragado la tierra. El Fito la entregó a cambio de mucho dinero a una mafia de tratantes de blancas muy bien organizada, que controlaban muchos prostíbulos en toda la república. Dentro de esta organización, la Rompe-catres se convirtió en una famosa suripanta.

Al paso del tiempo, de la primera casa la trasladaron a otra, de ésta a una más; luego roló por varios estados de la república. Dos años en el sureste y otros dos en la frontera norte, viviendo enclaustradas en los prostíbulos. La ropa, la comida, el dormitorio y los gustos que llegara a desear, se los cobraba el administrador del lupanar en turno, al precio que ellos fijaban. De todo lo que ganaban, sólo una pequeña parte era para ellas, dinero que recibían únicamente cuando eran cambiadas de antro.

La Rompe-catres invertía su dinero en joyas que los alcahuetes llamados “hui-huis”, que promocionan estos prostíbulos entre los clientes masculinos que acuden a los bares, cabarés, o centros de diversión o reunión, les venden; o en compra de ropa y lencería que también los jotos, encargados de los cuartos donde ejercían su profesión, los cuales también las más de las veces son sus confidentes, les ofrecen.

Llegó a tener por su fama, clientes especiales que después de su relación sexual, recibía en forma discreta un poco más de dinero como gratificación, ingreso que no informaba a la madrota del antro. Todos sus ahorros, con los clientes que tenía mayor confianza, al término de sus servicios, les pedía que sus billetes chicos se los cambiaran por otros de alta denominación; billetes que bien enrollados y guardados en un tubito de medicinas, para evitar que se lo decomisaran los lenones o se los robaran mientras dormía, lo guardaba introduciéndolo en su vagina. De esta manera conservaba sus ahorros. Las joyas, las conservaba en su bolso del cual nunca se separaba.

Estando en un lupanar de Ciudad Juárez, un cliente asiduo a sus favores, político de nivel medio, se enamoró de ella y se propuso a sacarla de trabajar. No siendo el primero que lo intentaba; pero éste estaba dispuesto a comprarla al precio que le fijaran y la siguiente ocasión que asistió, habló de sus deseos con la Madame, acordando con ésta, que para la próxima vez que las visitara le daría el importe de la compra, ya que en ese momento no tenía la cuenta de lo que debía la mujer. Además, tenían que reunirse los tres para saber si la Rompe-catres estaba dispuesta a retirarse del oficio. El político sólo le pidió fijara que día estaba estaban listas sus cuentas para presentarse por ella, conviniendo que sería al tercer día, ni un día más.

En cuanto cerraron la casa y ella se preparaba para irse a dormir, entraron a su habitación dos empleados de la Madame diciéndole que juntara sus chivas, las envalijara y estuviera lista para partir. Luego de que le liquidaran su parte correspondiente de su trabajo, la escoltaron hasta una camioneta dónde, junto a dos compañeras y tres hui-huis, partieron con rumbo a la ciudad de México. Ponían tierra de por medio, para evitar que el político, por medio de sus influencias, les quitara a una mujer que mucho dinero les redituaba. Así funcionaba el negocio.

Las prostitutas, encerradas durante su vida activa, nunca salían de las casas donde ejercían su oficio, sólo veían las calles, las carreteras, los pueblos, las más de las veces de noche, cuando las trasladaban hacia otros lugares, hacia otros prostíbulos, sin saber ellas, cual era el destino siguiente dónde trabajarían.

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---Mire jefe, esa vieja que está allí, la nalgona esa, se parece a una vieja que reportaron hace años como secuestrada. Un árabe nos ofreció buena lana si la hallábamos. En la comandancia conservo el expediente con la única foto de ella y sus datos personales que nos dieron. Yo me encargué de la investigación cerca de seis meses y caímos en cuenta que fueron los de la mafia de la Merced, los que la reclutaron. No di con su paradero y mírela, de seguro es ella.

---¿No te estarás equivocando Gallardo, y sea otra vieja? –Le contestó el comandante a su teniente mientras se tomaban unas copas en una casa de citas muy elegante de la ciudad.

---Nada se pierde jefe, consígamela con la Madame, en el cuarto hablaré con la vieja, la interrogaré y sabré la verdad.

---Nada que te la consiga, vamos los dos. –Se levantó el comandante y fue a hablar con la Madrota, señalándole a la mujer que deseaba les hiciera compañía.

---No andas perdido, comanche, es de lo mejorcito que tengo; pero para que estés más cómodo, te mando el servicio a una sala privada, allá estarán más a gusto los tres, fuera de la vista de los demás clientes...

---Me parece lo más indicado Madame, tú si sabes atender a los clientes buenos, como nosotros...

---A los clientes y a la chota, ¡Anda!, que se diviertan.

Se acomodaron en un sofá y sobre una mesita central, el encargado de servirles colocó una botella de brandy y refrescos. Aún no les llenaba los vasos cuando hizo su aparición la Rompe-catres en un minúsculo bikini, luciendo impresionante. A pesar de los años de prostitución, su cuerpo más esbelto que cuando estaba casada, remarcaba mayormente el trasero descomunal que poseía. Solamente su cara reflejaba los estragos de la bebida, las desveladas, el duro paso del tiempo y lo difícil de la vida fácil que llevaba.

El recuerdo de sus hijos se había quedado en el pasado. Amargada, se hizo a la idea de que ellos ya la deberían considerar muerta. A Juancho, ahora lo odiaba. Pensaba que en realidad él había sido el causante de su desgracia, de su vida de mujer pública, por ocultarle el trabajo sucio que desempeñaba y del que nunca se enteró; trabajo sucio del que ahora era parte sustancial. Su resignación a ser una prostituta por todo lo que restaba de vida útil, estaba latente. Ya no anhelaba escaparse, como lo pensaba al principio o que algún cliente o uno de los hui-huis la sacaran de la casa como se lo habían propuesto, cosa que era verdaderamente imposible, para regresar con los suyos. Era una perdida y no se sentía limpia para presentarse ante sus hijos, ante su madre que quizá ya no viviera y ante Miguel. Seguiría siendo una prostituta, mientras los hombres la continuaran buscando y despertando en ellos el deseo sexual.

Vio a los hombres y por su experiencia se dirigió al de mayor edad, saludándolos: ---Buenas noches, señores. -El jefe se levantó, la saludó e invitó a sentarse al lado suyo. El teniente Gallardo, quedándose sentado, contestó el saludo, diciéndole:

---Buenas noches...Soledad. –Asombrada, titubeante, contestó:

---¿Soledad? ¿Quién te dijo que yo me llamo Soledad? –El policía se dio cuenta de su nerviosismo que le confirmó su sospecha, repitiéndole su nombre:

---¿Eres Soledad, verdad? ¿O acaso no es así tu nombre? Soledad.

---¿Quiénes son ustedes? –Levantándose de inmediato y tratando de salir, el comandante la tomó del brazo, la detuvo y le contestó:

---Somos tus amigos...

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El dispositivo para la razzia se programó para el lunes de la semana siguiente. Nunca este tipo de operaciones se efectuaban los fines de semana por ser excelentes fechas para los giros negros. A sabiendas que los informadores dentro del cuerpo policiaco ya habían puesto sobre aviso a los lenones, dónde y cuándo se efectuarían las visitas sorpresivas, para que estos se alistaran cerrando sus actividades ese día, vaciaran sus instalaciones y no hallaran ningún vestigio de sus ilícitas actividades cuando llegaran para clausurarles y detener a todos los concurrentes, empleados y prostitutas, al comandante no le importó, ya que desde el viernes anterior tenía la orden judicial y muy a la callada preparó a un grupo de sus incondicionales y cerca de la media noche del mismo viernes, partieron con rumbo al burdel. Al llegar el jefe permaneció al pie de su patrulla, el teniente en la puerta posterior del transporte masivo policiaco, la “Julia” la llaman, evitando ambos participar en el operativo por ser conocidos de la madrota y un comando dirigido por otro teniente con la orden única de detener a todas las mujeres, se lanzó hacia la puerta del antro. El portero y el saca maloras trataron de impedir la entrada del grupo, sin lograrlo. En el interior el desorden cundió, los clientes abandonaban el lugar por donde les indicaban los meseros, los empleados cuidando los objetos de valor, los jotos también buscando como escapar, la Madame tratando de comunicarse con sus padrinos políticos y policíacos, inútilmente, pues fue detenida. Las mujeres, acostumbradas a este tipo de operativos, tranquilas, tomaron sus pertenencias y bien formadas, haciendo fila, salieron a la calle para abordar a la Julia que las conduciría a la cárcel preventiva.

Al subirse al transporte, la Rompe-catres entregó su bolso y otro paquete a Gallardo que la esperaba junto a la puerta del camión, simulando que éste se lo arrebata con violencia; objetos que al término de la razzia introdujo en el interior de la patrulla. Todas la prostitutas al llegar al reclusorio llamado la “Vaquita”

las sentenciaron a permanecer treinta seis horas inconmutables de prisión y a pagar una multa de cien días de salario mínimo.

Por la mañana del sábado, poco tiempo después de que el árabe abriera su tienda, Gallardo se encontraba de pie frente al local. En cuanto lo vio, lo abordó presentándose:

---Don Miguel, ¿me reconoce usted? –mostrándole su credencial y su placa que lo acreditaban como agente de la policía.

---Sólo por lo que me enseña, si no, no sabría quien es usted. Y dígame, ¿qué se le ofrece?

---Fui y sigo siendo el encargado de la investigación por el secuestro de una mujer que usted conoce, secuestro del que también usted levantó la querella y le traigo buenas noticias... Ya localizamos a la señora Soledad.

---¿Qué dice? –Dando un brinco y abriendo desorbitadamente los ojos por la sorpresa recibida. ---¿Está seguro de lo que habla?, ¿dónde está? ¡Dígamelo! -Tomando por las solapas del saco al oficial, exigiendo que hablara.

---¡Claro que sí! Pero suélteme. Ella está con mi comandante. Es posible que lleguen hoy por la tarde o mañana temprano a más tardar. Mi jefe su comunicó conmigo para que le avisara que ya la había rescatado y quiere saber donde se la entregaremos. Además, que tuviera lista la recompensa que nos prometió y los extras, que fueron mucho para cubrir los gastos que se efectuaron. La buscamos por toda la república todos estos años; cuando surgía una pista, la seguíamos, hasta que dimos con la línea buena y la localizamos.

Aún incrédulo, el árabe le dijo: ---No hay problema alguno. Llévenla a su casa, allá los espero.

A continuación el teniente Gallardo se trasladó al mercado de Mixcalco para adquirir un vestido sencillo, ropa interior y un par de zapatillas, todo para mujer. Luego se dirigió a la comandancia donde se reunió con su jefe y a mediodía, ambos se encontraban en la cárcel femenina. El comandante se apersonó frente al juez calificador, presentó sus credenciales, pagó la multa de la mujer y pidió permiso para entrar a visitarla, acto que realizaría el teniente. La sacaron de la crujía general en donde se encontraba, pasándola a una especial que utilizan para revisión de las detenidas. Al verse, después de saludarse, le entregó su bolso y las compras que había hecho en el mercado. Ella le dio la espalda, se desnudó dejando con la boca abierta a Gallardo que se quedó sin habla al verla por detrás, vistiéndose luego con las prendas nuevas y dado que muy temprano a todas las reclusas las conducen a las regaderas generales para el baño obligatorio, con su ropa sencilla se sentía limpia. Se sentó en una banca de cemento y de su bolso sacó el estuche de maquillaje y se arregló sin el glamour nocturno que acostumbraba utilizar. Se veía más hermosa sin el toque que caracteriza a todas las mujeres públicas; parecía nuevamente un ama de casa, una mujer decente muy atractiva.

Mientras, el jefe efectuó los trámites para liberarla. La salida oficial sería hasta las trece horas del domingo, pero esta salida no se cumpliría por ser día inhábil; les darían el clásico sabadazo. Todas las mujeres saldrían hasta el lunes a las ocho de la mañana, menos la madrota que por sus influencias únicamente permaneció tres horas recluida. La preocupación del comandante consistía en no enfrentarse con los empleados de la Madame, que llegarían a efectuar los mismos trámites de salida para reclutar nuevamente a las prostitutas y no se les pudiera escapar alguna de ellas, surgiendo alguna bronca por llevarse a su protegida en base a su fuero por ser policías. Una hora después, el permiso para salir le fue concedido, turnándole al sargento de galeras la orden de liberación, el cual con el grito conocido de:

---¡Esa Rompe-catres, a la reja con todo y chivas! -Salió de la crujía especial donde se encontraba, llegó a la barandilla y unos minutos más de espera, con su boleta de libertad, estaba libre.

En la patrulla, los tres, para comentar los sucesos, inicio la plática el comandante:

---Salió todo bien tal como lo planeamos, sin ninguna falla ni error, ¿verdad mi Rompe-catres?

---Si comandante; pero, ¿ya estoy libre de la Madame? ¿No me buscarán para que regrese?

---Estás completamente libre y no te preocupes, ella y sus empleados desconocen donde vives y quienes son tus familiares, no sabrán donde buscarte, además, recibirás siempre nuestra protección. Te dejamos los datos dónde nos puedes localizar de inmediato para cualquier cosa que se te ocurra o te suceda. Gallardo te dará nuestras tarjetas...

---¿Y el Fito? ¿No volverá a molestarme al verme libre?

---Ese mono estaba loco. En su afán de querer controlar toda la zona, riñó con todos los lenones y se lo echaron. Está muerto. Así mismo investigamos que nunca secuestró a tus hijos, te engañó con ese rollo para obligarte a que lo obedecieras. De todas formas, si viviera, desde el momento en que te vendió ya no tenía ingerencia sobre ti, ahora la bronca sería con la Madame; pero para eso estamos nosotros y te protegeremos, ¿Alguna duda?

---Desgraciado Fito...hijo de su...-Y cabizbaja la mujer guardó silencio. Minutos después, Gallardo rompió su mutismo al entregarle varios objetos: ---Toma, es tu paquete que me diste anoche, está íntegro, no se ha abierto; y toma, este es tu recibo de pago de la multa. Con éste y tu boleta de libertad, creo que sea el acta de defunción de la Rompe-catres y quizá el acta de nacimiento de una nueva mujer, una nueva Soledad. –Ella no le contestó tal como era su costumbre; pensativa, siguió escuchando al policía, el cual no se dio cuenta del estado de ánimo de la mujer... ---¡Ah! Y me debes el importe de la multa, el importe de los trapos que te compré y los zapatos. Le atiné a tus medidas...

-Soledad abrió el paquete recibido y de su interior sacó un morral del cual extrajo unos billetes que cubrían el pago, entregándoselos al mismo tiempo que le daba una bolsa, la misma bolsa donde le llevaron la ropa nueva y en la que ella guardó el vestido, la lencería y los zapatos que usara la última noche que trabajó como suripanta, diciéndole a Gallardo:

---Toma y estamos a mano, esta ropa te la regalo, dásela a tu vieja, es nueva, ayer la estrené y es de buena calidad y muy cara. Cuando la reciba, ten por seguro que te tratará muy bien con este obsequio. –El Teniente sacando el vestido y la lencería, extendiendo los brazos y observándolos ante sus ojos, dijo:

---No le sirven. No creo que los llene. Caben tres nalgas de mi mujer en tu vestido. –Riéndose los tres, de momento ella volteó para todos lados y preguntó: ---¿A dónde me llevan?

---A tu casa. –Le contestaron al unísono.

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La familia propiamente dicha, ya no existía. Los hijos mayores tomaron cada quien su rumbo; la hija, al término de su bachillerato, recién cumplidos los diecisiete años se casó con un sobrino de Nacif, también de la misma raza. Sólo el más pequeño de los varones vivía con la abuela en el departamento y seguía trabajando en la cristalería de Correo Mayor con cuyos ingresos proveía el sustento de la casa, si bien escaso, era suficiente para las necesidades de los dos. Renta no pagaban. Miguel seguía en esa forma, ayudando a la familia como un recuerdo de Soledad.

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La patrulla se detuvo, bajó la mujer y giró su cabeza mirando alrededor. Le parecía increíble que se encontrara allí, pensando que tal vez, soñaba. La puerta del edificio estaba abierta, cruzó el dintel seguida por los policías, ascendió por las escaleras y llegó a su departamento. Cuando iba a tocar, se abrió la puerta: frente a ella se encontraba su madre y su hijo; atrás, Miguel, que al ver al ver fundirse en un abrazo a las tres personas, discretamente los dejó solos; les hizo una seña a los policías, salió y reunidos en el cubo del zaguán les entregó un sobre con el dinero prometido dentro, diciéndoles:

---Muchas gracias, aquí tienen la recompensa, el extra por los gastos y algo más para sus aguas. –El comandante abrió el sobre, revisó el contenido y satisfecho le contestó:

---Perfecto. Estamos a sus órdenes. Ya sabe donde localizarnos por si algo se le ofrece. –Ambos policías extendieron su mano en señal de despedida; pero el árabe los detuvo:

---Esperen por favor... ¿Dónde la encontraron? ¿Dónde estuvo tanto tiempo?

---Mire Don Miguel, nosotros cumplimos con encontrarla y traerla de regreso. Lo que haya pasado es asunto de ella y ella sabrá si se lo cuenta o cuando se lo cuenta. Debe entender que nosotros somos profesionales y respetamos...

---¿Entonces, no va a haber trámites judiciales ni líos posteriores en que tengamos que presentarnos?

---¡Nada! Ya todo está arreglado, todos los trámites legales ya fueron cumplidos. No hay bronca de ningún tipo. Así que, hasta luego Don Miguel.

Al regresar al de departamento, lo esperaba. Se abrazaron, en un abrazo que duró mucho tiempo como si ambos fuesen un solo ser y sin parar de sollozar. Después, sin soltarse de las manos se sentaron en el sofá y suspirando, Soledad pronunció, cerrando los ojos y recargando la cabeza en el respaldo:

---Tantos años lejos, ausente... Sólo en sueños los recordaba; porque estaba convencida que jamás los volvería a ver...

---¿Pues que fue lo que sucedió? ¿Cuál fue la causa de tu desaparición? ¿Dónde estuviste tanto tiempo? –Ansioso Miguel le preguntaba y ella sin moverse le contestó:

---Es muy largo de contar, te lo platicaré después... por el momento vamos a celebrar mi regreso. No sé si se les pueda avisar a mis hijos porque quiero que me cuenten primero como han vivido estos años y finalmente, quiero dormir, dormir muchos días, descansar, estoy muy cansada...

Pasó algún tiempo, durante el cual Soledad, al igual que en sus tiempos de mujer casada como en los de mujer pública, no salía de la casa, permaneciendo siempre encerrada. Dinero tenía, además de contar con la ayuda de Miguel, lo que la hacía vivir con tranquilidad, a excepción claro, de la situación de sus hijos mayores con el trato hacia ella. Cuando fueron a verla, la ignoraron; uno a uno la saludó, la besó, preguntaron por su salud y momentos después se retiraron. Sospechaban a qué se había dedicado en su ausencia, sin decírselo; pero era claro su rechazo. Si regresó o no hubiera regresado, para ellos era lo mismo. Su vida la hicieron fuera del cobijo maternal y los años de adolescencia e infancia ya no los recordaban.

Todos los días Nacif la visitaba pasando a su lado el tiempo que sus negocios le permitían. Se abrazaban y besaban con caricias plenas de amor, como si fueran únicamente novios. Él, preguntándole siempre como se sentía de salud y si ya sentía restablecida, porque él, le confesó, que a veces se sentía un poco mal, expresándole:

---No creas que todo ha sido bueno para mí. Ya rebasé los sesenta años y necesito darme un chequeo médico completo. Padezco algo de asfixia, taquicardia y dolores en un hombro; pero la felicidad por volverte a ver, volver a estar a tu lado, me lo ha quitado. Me siento feliz, sobre todo por lo bien que te ves, te has repuesto rápidamente, estás muy hermosa.

---No, no es verdad. Lo que pasa es que me ves con ojos de amor, con los mismos que yo te veo: estás muy fuerte y muy guapo. Te quiero Miguel, y siempre estaré agradecido por tu amor. –Ambos, con las manos unidas, besaron sus dedos y terminaron uniendo sus labios. El árabe se levantó y al despedirse, Soledad, tomándole por un brazo, lo detuvo:

---Miguel, creo que es la hora de que rehaga mi vida, de pensar si todavía es posible lo nuestro, no sé si podamos, si aún es tiempo, reanudar nuestras relaciones íntimas. –Casi cayéndose por la sorpresa de la petición de Soledad, le contestó eufórico:

---¡Claro que sí! Sólo que hay un inconveniente, ahora no tengo casa que ofrecerte, la que dispuse para ti, la ocupa tu hija y mi sobrino...---¡No!,-lo interrumpió, tapándole amorosamente con sus dedos los labios-, no deseo que vivamos juntos, quiero que tú vivas en tu casa y yo aquí y que nos veamos todas las veces que desees. ¿Estás de acuerdo? –Asintiendo con la cabeza, mudo por el asombro, continuó escuchando-, ¿Puedes pasar mañana temprano por mí y me saques a dar un paseo? Al final estaremos juntos donde tú dispongas, quiero ser tuya... y te contaré mi vida, en el tiempo que viví lejos de tu presencia...

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Él, aún sobre ella, sentía que tan sólo haber vivido ese momento, valía por todo el tiempo trascurrido sin tenerla a su lado. Ella, con su gran experiencia lo había enloquecido de placer, entregándosele como nunca lo había hecho anteriormente. Cuando se vendía, vendía su cuerpo, sin sentimiento, sin amor; ahora siendo suya, ya no se consideraba una prostituta, sino una mujer que nunca había conocido el amor durante el tiempo de su secuestro y que ansiaba amar limpiamente y Miguel representaba toda la ilusión para rehacer su vida y qué mejor que con él, a quien tanto le debía.

Fatigado, se retiró del cuerpo amado y se recostó a su lado, sentía mucho calor y no se cubrió con la cobija, le faltaba el aire y aún agitado, con pausas pronunció:

---Gracias...Gracias... por tu amor.

---Qué me agradeces, yo soy la que debe agradecerte, -se arrebujó junto a él dejando únicamente su cara fuera de la cobija-, ahora Miguel, si me lo permites, te platicaré todo lo que me sucedió, todo lo que viví estos últimos años...¿Me escucharás Miguel? –sólo, ligeramente como un susurro, escuchó un leve “sssii”. Soledad se mantuvo boca arriba, cerró sus ojos y empezó a hablar sin detenerse. Poco después sintió un pequeño estremecimiento de su pareja y algo que pronunció entre dientes. Sin levantar la cabeza, sacó una mano de entre las cobijas, y sin voltear a verlo, le preguntó: ---¿Tienes frío? Te voy a tapar. –Jaló la cobija y la extendió sobre el cuerpo del árabe, continuando con su confesión sólo interrumpida cuando no podía detener sus sollozos. Al término de su relato, con los ojos enrasados de lágrimas, le pidió volteando hacia él:

---No espero que me perdones, pero si espero tu comprensión, Miguel. –Volteó su cuerpo hacia él y extendió su mano buscando abrazarlo y acurrucarse a su lado. No obtuvo respuesta, su compañero no se movía, lo sintió frío; abrió los ojos y le preguntó:

---¿Me escuchaste Miguel? ... ¿Miguel?

Miguel Nacif, no la había escuchado. Estaba muerto.

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Cansada entró a su departamento. Regresaba del juzgado penal. En la que había sido su última presentación ante el juez que la había exonerado de cualquier responsabilidad en la muerte de Nacif. El resultado de la autopsia indicó como paro cardiaco la causa del fallecimiento.

Recorrió con la mirada el interior y no vio a su madre, suponiendo que se encontraba en el baño o quizá habría salido a la calle. De todas formas, llegando a la puerta de su cuarto, habló en voz alta anunciando que ya había llegado y que se encerraría en su recámara a descansar. No saldría a comer, no tenía hambre. Se recostó sobre la cama quitándose únicamente los zapatos. Empezaba a dormitar cuando oyó que la llamaban, sin hacer caso pues creyó que ya empezaba a soñar; pero volvió a escuchar su nombre y de un brinco se levantó y salió de su cuarto. No vio a nadie. Penetró a la recámara de su madre y la encontró desmayada sobre su cama. Le habló y al no obtener respuesta, no perdió tiempo y desesperada salió a la calle.

---¡Qué milagro Soledad! ¡Cuánto tiempo sin verla! –El doctor Garduño recibía con muestras de verdadero gusto la visita inesperada. Con cara de angustia, Soledad no le contestó el saludo, sólo le urgió que la acompañara a su casa, ya que su madre estaba muy enferma. Apersonándose en la recámara, luego de la revisión, con muestras de preocupación le notificó que había que trasladarla de inmediato a un hospital. Entre los dos la bajaron y tomaron un taxi con rumbo al Centro Médico. La anciana fue recibida en el área de urgencias de Oncología donde la revisaron y el diagnóstico afirmó las sospechas del doctor: la anciana padecía de un cáncer terminal. Se quedó hospitalizada dos días y al tercero le recomendaron a Soledad que la trasladara a su casa, que allí sería mejor que falleciera. La enferma al abandonar el nosocomio, le pidió a Soledad que mejor la llevaran a la vecindad de Peralvillo; si iba a morir –cosa que le ocultaron-, deseaba que sucediera en la misma cama donde murió su esposo. Soledad habló con sus hermanos y el deseo le fue concedido, la llevaron a su antigua casa, después de muchos años de vivir en el departamento de Soledad.

Un mes más tarde, la acongojada Soledad le fue a solicitar el certificado de defunción al doctor y éste, dándole el pésame y notando el estado anímico de su visitante, le recomendó que viniera a consulta para recetarle alguna vitamina para que se restableciera, ya que la notaba muy desmejorada.

Soledad, tan sólo dedicada al cuidado de su hijo, su tiempo restante, sin salir de casa, la metió en un estado de depresión del que únicamente salía cuando tomada una copa; una copa que después fueron varias, cayendo nuevamente en el consumo del alcohol tal como lo hacía cuando se encontraba secuestrada. Ya no tenía razón para seguir viviendo, creyendo que de esta forma aceleraría su muerte. Una mañana, sintiendo los estragos de la resaca se sintió muy mal, le faltaba la respiración y su pulso estaba muy acelerado. No se pudo levantar. No pudo atender a su hijo y recapacitando su situación, por él, al que todavía le hacía falta; pensó que debería cuidarse, llegando a su memoria las palabras del doctor: iría de inmediato a consultarlo.

El doctor Garduño, la revisó e interrogó sobre su forma actual de vida y determinó su estado: sufría una depresión por su situación familiar y principalmente una anemia por falta de alimentación. El remedio estaba en sus manos y le propuso:

---Mire Soledad, aquí tiene la receta, son unos vitamínicos principalmente el complejo B, le entrego unas muestras médicas que le servirán por unos días; pero, si está sola todo el día, ya que su hijo trabaja, le propongo, ¿porqué no viene usted a ayudarme en el consultorio? La paga no es mucha; pero creo que le servirá de distracción, como una terapia ocupacional. De esta manera no estará triste y encerrada en su casa. Sé que no necesita dinero, aunque es mejor que usted se ocupe en algo y deje de pensar en su situación familiar y, es mejor también para mí: no tengo empleada. El horario usted lo fija, ¿acepta venir a trabajar a mi consultorio? –Soledad no lo pensó mucho, dinero no tenía, vivía de ir empeñando poco a poco las joyas que poseía adquiridas cuando trabajaba, y éstas algún día se acabarían y después ¿de que viviría?, no lo había pensado. Renta no pagaba, ya que fue loque le dejó Miguel Nacif como herencia: la propiedad del departamento. Por lo cual, tenía que trabajar, era una muy buena propuesta del doctor y una muy buena solución para su vida. Aceptaría el trabajo.

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Por la mañana, en cuanto se presentaba al consultorio, primero efectuaba la limpieza, luego preparaba un ligero desayuno que ambos, el médico y Soledad, degustaban. Recibía el periódico –La Prensa-, y lo extendía sobre el escritorio en la página del santoral y los horóscopos y rápido, mientras el doctor leía su página predilecta, corría a la vinatería a comprar una botella de brandy para preparar el primer trago del día al que llamaban “la mañanita”, chocaban sus vasos y al darle fin a su bebida se colocaba una bata blanca para que, como recepcionista empezara a atender a los pacientes del doctor. Entre consulta y consulta o cuando se lo solicitaba, se aprestaba a llenar el vaso del médico, muy atenta a cuando éste se terminaba el contenido alcohólico.

A las doce y media partía rumbo a su casa a preparar los alimentos para su hijo que llegaba a comer. Cuando éste terminaba y regresaba al trabajo, lavaba los trastes y antes de las dos de la tarde, se encontraba presente nuevamente en el consultorio. Al terminar la consulta, su trabajo ahora lo combinaba con el de mesera, al servir y atender a los amigos del doctor que llegaban a saludarlo, preparándoles sus bebidas. Ella bebía casi al parejo de todos ya que no había perdido su avidez al consumo del alcohol al que se había acostumbrado por beber todos los días en su antiguo trabajo y cuando, por el estado depresivo en que cayó, bebía por las noches, sola, en su casa. No obstante de que tomaba al parejo de todos los amigos del doctor, ya que aguantaba algo más de lo normal, sin emborracharse, todos la respetaban, aunque en silencio admiraban y chuleaban su enorme trasero, que discreta y moderadamente ocultaba con blusas largas fuera de la falda, sin usar vestimentas entalladas bajo su bata; ninguno de ellos la molestaba, la consideraban uno más del grupo de amigos.

De cinco a seis de la tarde, según la clientela o los amigos, lavaba los vasos vacíos y los platos donde se servían las botanas, recogía la basura, se tomaban la penúltima copa, se aplicaban en la boca, esa sí la última nebulización astringente del día para no dar la patada de aliento alcohólico ante los pacientes y, en la puerta del consultorio se despedían al bajar la cortina metálica del local.

Llegando a su casa consumía el resto de la comida del día, lavaba o planchaba la ropa, preparaba la cena para su hijo y al terminar éste de ingerirla, le daba las buenas noches y se encerraba en su cuarto. Refugió sus amarguras, frustraciones, ansiedades, su tragedia, el olvido en que la tenían sus hijos mayores, todo, en el trago. Se tomaba una, dos o tres copas más, hasta que podía de esta manera conciliar el sueño, así, todos los días, hasta...

Una tarde, cosa rara, sin pacientes ni amigos, portando cada uno su vaso con su respectiva dosis de brandy, el tema de la charla derivó hacia contenidos más íntimos. El doctor después de un corto sorbo a su bebida, le confesó sus sentimientos:

---Soledad, este tiempo con tu presencia, ha sido para mí lo más hermoso que he vivido, tan es así, que no podría seguir trabajando si tú no estás aquí, a mi lado.

---No me diga eso doctor... Usted ha sido muy bueno conmigo y puede pensar que le digo mentiras; pero yo también cuando llego a casa me comen las ansias para que amanezca y sea la hora en que pueda estar nuevamente junto a usted. Me ha servido de mucho estar a su lado, ya me siento viva y muy contenta.

---Mira Soledad, yo ya soy un viejo y siempre he estado carente del amor conyugal y sobre todo desde que enviudé he estado solo; pero dentro mí –llevando su mano hacia el pecho tocando el lugar del corazón-, siento que mi mente y mi cuerpo arden cuando estás frente a mí. Quizá me creas ridículo, pero...te quiero. Y esto te lo digo sin el ánimo de que mis sentimientos pudieran ofenderte.

---¡Ay doctor! Usted nunca me ofendería. Además, aunque lo hiciera, yo no soy nadie para reprocharle algo. Por mi vida anterior, por todo lo que he vivido; si bien por mi edad no soy aún una vieja, me siento cansada, enferma. Si no hubiera sido por el trabajo que me brindó, ya me habría muerto o de plano me hubiese suicidado. Estoy sola, mis hijos no me quieren, me culpan de muchas cosas; quizá tengan razón porque hay motivos en mi pasado que lo justifican y que no me permitieron estar a su lado y ser digna de su cariño... Si usted supiera...

---No, tu pasado es parte de tu vida muy íntima y no necesito saber nada de lo que hayas hecho, así como mi pasado tampoco debe importarte. Me queda tan poco tiempo de vida que sólo quiero que vivamos el presente... juntos.

---Usted, le repito, ha sido muy bueno conmigo no de ahora, sino desde que lo conozco y siempre me ha hecho sentir hacia usted respeto y admiración, y estos últimos tiempos, tal vez, no lo sé...un sincero cariño. Y si con sus palabras me quiere dar a entender que desea que tengamos relaciones, que sea suya... Yo estoy dispuesta.

---Y ¿puede ser... ahora?

---Cuando usted quiera. –El doctor Garduño se levantó dirigiéndose a la entrada del local, bajó la cortina metálica cerrando el consultorio. En la salita, tirando al piso los cojines y almohadones del sofá, acostándose sobre ellos, se entregaron a un amor que sólo con la experiencia de ambos, podría darse. Se fundieron en un amor tranquilo con una consagración de sus cuerpos que los hizo vibrar y vivir nuevamente, a él con un amor senil que ya había dado por perdido y que jamás, así lo había pensado, llegaría a su vida; y a ella, con una nueva ilusión para volver a amar y poder rehacer su azarosa vida.

Soledad, no solamente se convirtió en su ayudante y enfermera, sino durante varios años, su inseparable compañera.

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El doctor, dirigiéndose a su más antiguo amigo de los que comúnmente lo visitaban, pidiéndole un favor, le solicitó:

---Oye Quirino, ayer por la mañana no vino a trabajar Soledad. No sé si después por la tarde se haya presentado, pues tuve que cerrar el consultorio para ir a una consulta externa. Me mandó llamar Lamberto, el bodeguero de la Merced; luego me invitaron a comer y ya no regresé. Ya es más de la una y no se ha reportado. Tú sabes donde vive, por favor, ve a ver que le sucede...

El amigo del doctor, salió a cumplir el encargo y mientras caminaba iba mascullando: ---¡A qué mi doctorcito! Está quemando sus últimos cartuchos con la nalgona y si llegara a faltarle, estoy seguro que se va con ella. Se moriría. Ya no viviría sin ella, ya forma parte de su vida.

En el momento que se aprestaba para tocar la puerta de su departamento, salía su hijo. Le preguntó por ella y éste, indiferente y molesto, le contestó:

---Está en su recámara, ha de estar enferma, no ha salido desde ayer ni me ha preparado mis comidas. Ayer tuve que comprar unas tortas y lo mismo será hoy, no ha preparado mi comida.

---¿Puedo pasar a verla? Le traigo un recado del médico con el que trabaja.

---Pásele, y cuando salga cierre la puerta. Yo tengo que ir a comer algo y luego a trabajar. –Quirino entró, tocó a la puerta que se encontraba cerrada, suponiendo que era la de la mujer. Al no recibir respuesta, abrió y se llevó una desagradable sorpresa: Tirada a media pieza se encontraba sin sentido y respirando muy lentamente emitiendo un silbido, como si resollara jalando el aire, estaba Soledad. Como pudo la subió a la cama y con las maniobras que realizó, el vestido se le subió a la cintura dejando ver sus opulencias y las torneadas piernas. Le bajó la falda y acomodó el cuerpo boca arriba, la tapó con la mitad de la colcha que no estaba bajo ella y, ya listo a salir, regresó, levantó la orilla de la colcha y exclamó admirado:

---Ni hablar, esta vieja está todavía muy buenota, qué agasajos se ha de estar dando mi doctorcito. –Luego, entrecerrando la puerta, salió disparado a darle la noticia a su amigo:

---¡Pícale mi médico! Soledad debe estar muy enferma, quizá se esté muriendo... –El médico rápidamente tomó su maletín y con la velocidad que sus piernas le permitían, partió rumbo a su casa, mientras Quirino cerraba el consultorio. La puerta entreabierta le permitió entrar y llegar a su lado. Angustiado empezó a auscultarla, determinando los síntomas que mostraba.

---¡No puede ser! Tiene una trombosis coronaria. De seguro ha sufrido varios ataques al corazón. Ya no hay tiempo...-Al escuchar la voz del médico, Soledad recobró el conocimiento, abrió los ojos y con una mueca que trataba de ser sonrisa, habló muy quedamente:

---Gracias doctor...Ya me voy... Necesitaba despedirme de ti...

---Pero, por qué no me dijiste de tus dolencias, nunca te quejaste de nada... –Levantó su mano y con el dedo índice, tocó sus labios callándolo.

---Mi corazón está viejo, ha sufrido mucho. Siento que ha llegado mi hora... Te quiero mucho... Gracias por tu amor... –El brazo cayó y cerró los ojos, exhaló un largo suspiro, y falleció.

Impotente, el médico no pudo aplicar nada de su ciencia, había muerto en sus brazos. La abrazó, besó su frente y llorando se hincó y por primera vez en su vida, rezó. Y la oración paulatinamente se fue transformando en protesta: ---¡OH Dios todo poderoso, por que te la llevas! ¡Por qué no me llevaste a mí primero! –Cogió sus manos, las colocó sobre su pecho y las llenó de besos, agradecidos por las caricias que de ellas había recibido. Se puso de pie sin dejar de verla. En ese momento entró su amigo, volteó a verlo, diciéndole aún con las lágrimas en sus ojos, con palabras entrecortadas por el dolor:

---Acaba de morir... Ve a avisarle a su hijo, trabaja en la cristalería del árabe Jassán y que él se encargue de avisarles a sus parientes. –Apesadumbrado, clavado en el piso, Quirino no se movía, manteniendo los ojos fijos en el cuerpo inerte. El doctor insistió: ---Ve por favor, quiero estar a solas con ella. Después, nos vemos en el consultorio... Gracias.

Regresó a su lado sentándose en la orilla de la cama, junto a la cabecera. Acariciándole las chapas de sus mejillas que aún se conservaban sonrosadas. Le alisó el cabello y recordó todo lo hermoso que había sido vivir en su compañía. Besó sus labios y se despidió agradeciéndole la felicidad que le dio en sus últimos años, los mejores de su vida; después, continuó llorando sin que sus lágrimas se detuvieran, como si en esos momentos todas las lágrimas que nunca había expulsado en su vida, salieran de golpe.

Cuando llegó su hijo, encontró al doctor con el maletín en la puerta de salida y a su pregunta, le respondió:

---Nada se pudo hacer, nunca me habló de sentirse enferma. –Haciendo una pausa, como si al respetar el silencio del hijo, respetara su propio dolor, despidiéndose le dijo:

---Los espero en mi consultorio, ya sea a ti o a cualquiera de tus familiares para entregarles el certificado de defunción. Lo siento mucho. Hasta luego.

Salió de edificio caminando muy lentamente, cabizbajo, arrastrando los pies. A cada paso que daba, borraba la huella de alguna lágrima que lograba caer al piso. Muy triste, sabía que ya no tenía importancia ni motivo, su ahora vacía existencia.

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Así terminó la vida de Soledad, y su alma, el alma de la joven mujer pretendida por todos los muchachos que la deseaban en el barrio donde vivió su juventud; el alma de la mujer que vivió una época de tranquilidad con Juancho, su esposo, el mismo que circunstancialmente la orilló a su vida como meretriz; el alma de la mujer cuyo cuerpo era una tentación para todos los hombres que la miraban en la calle; el alma de la mujer famosa en las casas de citas conocida como la Rompe-catres; el alma de la mujer que vivió su madurez al lado de Miguel Nacif; el alma de la triste madre negada del cariño de sus hijos; el alma de la mujer que como ayudante y enfermera alcanzó un poco de paz a su turbulenta vida y un último amor al lado del doctor Garduño, lo que le permitió vivir en la serenidad sus postreros tiempos; esa alma que recién abandonara su cuerpo terrenal, flotaba en su etérea entidad al lado del doctor, acompañándolo en su caminar de regreso, tratándole de hacerle sentir su presencia y comunicarle su amor de gratitud, tratando de consolar el gran dolor que el médico manifestaba por la pérdida del único y verdadero amor de su vida, dolor que muy pronto se convertiría en alegría, porque no se quedaría solo...

Porque dentro de muy poco tiempo él se reuniría con ella y, juntos, para entregarse en su gran amor senil, se reunirían en el mas allá...

Max Villareal.

Junio-julio de 1999.

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