martes, 5 de enero de 2010

CUENTO: “Un Santo Varón"


Por: Max Villareal


A: Don Felipe, un oscuro profesor de primaria y catequista.


Todas las virtudes conocidas y por conocer: teologales, morales, cardinales, espirituales y materiales; tanto para contemplación de Dios como para recibir sus gracias celestiales, así como una gran disposición para hacer el bien en beneficio de todos los que acudían a su lado solicitando cualquier tipo de ayuda, estaban personificadas en un sólo ser: Nachito.

Procedía siempre conforme a las leyes morales con una gran fortaleza de ánimo y recta actuación en su comportamiento. Nachito, era el summún de las virtudes posibles en el alma de un hombre.

Por costumbre ancestral de su familia –muy común entre el linaje de los católicos de origen alemán-, ofrecían al primogénito varón de cada matrimonio, para ingresar al seminario y ordenarse como sacerdote. Si el matrimonio tenía hijas, se escogía a la más proclive por su carácter para que ingresara a un monasterio y tomara los hábitos de monja. Así de cristianos católicos era la familia de donde provenía este hombre.

Nachito por una grave enfermedad en su infancia, creció debilucho y no se le consideró apto para cursar la carrera eclesiástica. Su lugar lo tomó su hermano menor; pero esta situación no le causó menor vocación. De niño perteneció al coro de la iglesia, luego fue monaguillo. De adolescente ingresó a las juventudes católicas de la ACJM; de joven impartió el catequismo y tomó el liderato de la Asociación Cristiana. Por las tardes adoctrinaba a los niños que acudían a la iglesia y ya adulto, sin ninguna orden religiosa, estaba dispuesto a ejecutar cualquier acción en beneficio de la congregación. Cuando era requerido por el sacerdote de la iglesia, se hacía cargo del cuadrante, atendiendo a todos los feligreses que requerían alguna copia o documento oficial expedido por el templo o para recibir peticiones de misas para cumplir con los sacramentos que la iglesia dicta para sanar y limpiar a las almas por los pecados cometidos por los mortales.

En las reuniones dominicales que se realizaban con otros grupos pertenecientes a otras iglesias, conoció a una joven no muy agraciada físicamente, pero eso sí, muy católica y apegada a todos los ritos, respetando períodos, tiempos y días de devoción, abstinencias y ayunos, con mucha dedicación, vocación y solemnidad. Se llamaba Visitación. Fue indudable que congeniaron desde el primer momento que se trataron, eran como se dice y lo corroboraban todos: nacidos el uno para el otro.

Mantuvieron un largo noviazgo de muchos años, de relaciones que no pasaron de las visitas de Nachito a la casa de la novia para platicar y cuando mucho, tocarse las manos. Estas visitas eran esporádicas, concentrando sus reuniones principalmente en el tiempo en que coincidían en la doctrina, ya que ella cambió de su grupo al de Nachito, con la supuesta idea de estar más tiempos juntos. Terminada la evangelización de los jóvenes de nuevo ingreso, como despedida y algunas veces también cuando llegaban, aún estando solos, no pasaban sus caricias de un simple beso, sin deseo ni malicia, ya fuera en la mejilla o rozándose los labios.

Toda la congregación los miraba como la pareja perfecta, la cual, en pláticas durante los retiros espirituales luego de escuchar los consejos del sacerdote, decidieron casarse. Fue una boda austera, sencilla, con una fiesta que reunió a toda la feligresía activa de la iglesia. Se comió bien, no obstante de los frugales guisos que conformaron el banquete. La música estuvo a cargo de la estudiantina de la Acción Católica y no se sirvieron bebidas alcohólicas; sólo los novios brindaron descorchando una botella de sidra espumosa y el sacerdote que los casó –el hermano de Nachito-, acompañó el brindis con un vaso de vino de consagrar.

Los novios en su viaje de luna de miel, partieron primero a Guanajuato y luego a san Juan de los Lagos; él para ofrendar su matrimonio al Cristo del Cubilete y ella a ofrecer su vida de casada a la virgen Santa Juanita. Ambos consideraron la pérdida de la castidad de él y la virginidad de ella, como un sacrificio obligado, como una transición necesaria en sus vidas, un acto que los uniría más es espíritu y alma, que corporalmente. Al día siguiente, antes de la primera misa se confesaron de haber cometido el pecado original y durante la eucaristía, muy unidos, comulgaron.

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Un hombre muy apegado a su rutina diaria. Se levantaba antes de dar las cinco de la mañana, se aseaba y salía rumbo a la iglesia. Subía al campanario y jalando el cordel que accionaba el badajo, daba las llamadas para la misa de seis; preparaba el altar, encendía los cirios y durante la celebración de la misa, si había quien ayudara al Sacerdote, el sólo recogía las limosnas. Efectuaba la limpieza de la sacristía y del cuadrante y después de las ocho de la mañana regresaba a su casa; desayunaba y a las nueve salía rumbo a su trabajo. Desde joven se independizó de su familia, las más de las veces vivía en el curato de la iglesias para ayudarle a los sacerdotes, ganándose su sustento vendiendo libros en forma ambulante en oficinas, comercios y entre los empleados de oficinas y burócratas en las dependencias del gobierno. Luego se colocó al frente de una librería donde expendían textos religiosos, imágenes de vírgenes y santos en hermosos cuadros y representaciones en yeso o en pasta de variadas santidades; además de artículos para la liturgia, la celebración de la misa y vestuarios para los párrocos.

A las cinco de la tarde llegaba a comer a casa y rápidamente después, cada uno por su lado, salían. Nachito a la iglesia de San Miguel para atender el cuadrante del curato, presidir la reunión de los jóvenes de la Acción Católica y algunas veces, conducir la letanía del Rosario vespertino diario. Visitación a la iglesia de San Pablo, para impartir la enseñanza del catecismo y la preparación de los niños pequeños para recibir el sacramento de la primera comunión. Al término de la educación cristiana, regresaba primero a casa para preparar la cena y esperar el retorno de su esposo, el cual normalmente llegaba entre nueve y diez de la noche. Juntos disfrutaban los moderados alimentos y de inmediato pasaban a descansar, siempre y desde un principio de su unión, en camas gemelas, para no verse tentados por el demonio y cometer el pecado de la carme y no cumplir con el sexto mandamiento de la Ley de Dios. Por tanto, sus relaciones carnales eran muy escasas, sólo de vez en cuando él consideraba que era indispensable hacerlo se llevaba a cabo la unión conyugal, ya que por cuenta de Visitación ni por su mente corría el deseo de efectuarlo, aparte de ser una mujer frígida, su físico delgado, sin atributos corporales que despertaran el apetito sexual de Nachito, solamente era receptora del exiguo libido de su esposo.

Los domingos participaban en obras de beneficencia, organizando basares, colectas, kermeses, todo para recabar fondos para la iglesia y para orfanatorios y asilos tanto de niños como de ancianos. Nachito y nadie más, era el encargado de repartir todos los artículos que reunían como donativos para ayudar a los recluidos en esos centros de asistencia. Muchas veces el domingo, también cumplía encargos del señor cura, ya sea de carácter oficial a la sede de la Diócesis o de tipo privado y particular, ocupando mayor tiempo de lo requerido para cumplir los encargos bajo su responsabilidad; tardanzas y ausencias durante todo el día, que sabía ocultar muy bien mediante excusas muy bien soportadas. Aún, ciertos días de la semana, llegaba tarde y no cumplía con sus deberes completos, aduciendo reuniones con clientes para la venta de sus libros. Sólo en estos días y en contadas ocasiones, se tomaba la libertad de faltar al cumplimiento de su rutina establecida. Visitación confiaba plenamente en su esposo; nunca dudó de su comportamiento ni de su palabra ni de sus actos.

Así pasaron veinte años de casados, sin hijos, ellos dos solos viviendo en la pequeña casa que Visitación heredara de sus padres, compartiendo una vida ascética que tenía como fin el perfeccionamiento de su cristianismo y se podría asegurar que vivían felices, aunque en forma mesurada no tenían carencias de ningún tipo. Todos sus amigos y compañeros de la grey católica los consideraban una pareja perfecta y ejemplar, como unos santos… y en realidad lo eran.

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Yo lo conocí cuando fui padrino de bautizo del hijo de un compañero mío de trabajo. Me atendió muy amablemente en el cuadrante de la iglesia y con mucha diligencia apoyó al sacerdote durante la ceremonia ante la pila bautismal. Digo que lo conocí, porque tiempo después estando en una cantina de la colonia Obrera en compañía de dos amigos, uno de ellos cumpliendo años, degustábamos unas copas en su honor con la consabida y sabrosa botana que servían. Lo vi entrar al bar junto con otra persona. Traía encasquetado un sombrero bien sumido, hasta la altura de las cejas, como para pasar desapercibido; pero este detalle me hizo fijarme en él. Se sentaron, pidieron sus tragos y empezaron a jugar dominó. Se notaba mucha familiaridad entre ellos, quizá escuché que se decían compadre cuando elevaban sus vasos para brindar. Al levantarme para ir al mingitorio, pasé junto a su mesa y lo saludé:

---¡Hola Don Nachito! Gusto en saludarlo…-Me vio con los ojos desorbitados y me contestó con un claro tartajeo:

---¿De dón…dónde me co…conoce? –Le expliqué la atención que tuvo hacia mí en la iglesia; pero notando su confusión y al no responderme más, quedándose callado mirando a su compañero, me disculpé, pedí permiso y me retiré hacia los sanitarios. Cuando salí, ya no estaban. Al preguntarle con señas al mesero sobre los ocupantes de esa mesa, se acercó a mí comentándome que pidieron la cuenta, pagaron y rápidamente se levantaron y salieron de la cantina. Que era muy extraño, pues siempre que asistían, pues eran clientes, tomaban varias copas y tranquilamente se retiraban.

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Juancho era un oficial albañil que estaba trabajando conmigo. A solicitud de mi esposa realizábamos unos cambios y ampliaciones a nuestra casa. Este albañil era muy conocido entre la familia por haber trabajado mucho tiempo y muy bien con todos los que necesitaron algún trabajo de albañilería y acabados. Contaba con toda nuestra confianza. Por la tarde, al término de la jornada, me esperó a que llegara de trabajar para avisarme que el día siguiente no se presentaría a trabajar, no obstante que tenía programado para colar el segundo nivel de la ampliación a la casa. Me enseñó el periódico matutino y leí el encabezado y una foto del reportaje; foto que reproducía la cara de una persona que conocía, tanto físicamente como por el nombre. Bajé de mi vista el diario y al tratar de comentarle lo visto, fui interrumpido cuando Juancho, cambiándole el semblante, triste, me dijo:

---Es mi cuñado, lo asesinaron ayer al medio día. Está en el hospital de Xoco y voy con mi hermana a recogerlo.

---Oye Juancho, espera, yo lo conozco, no creo que sea tu cuñado, trabaja en una iglesia como secretario de la notaría y le ayuda al padre en todos los trámites y ritos de la parroquia.

---No patrón, ha de estar usted equivocado, mi cuñado trabaja en una fábrica de libros y por el día anda vendiendo la Biblia. En la foto no se ve bien, además allí va herido.

---Mira Juancho –tomando el periódico y volviendo a ver la foto-, sí, es él. Estoy seguro…hasta el nombre coincide: Nacho. Si no es tu cuñado o no lo encuentras, búscalo en esta iglesia, aquí te anoto el lugar, investígale y te desengañarás… a lo mejor está vivo.

---¿Entonces patrón, me da permiso? Dejé todo listo y en cuanto me desocupe estaré de regreso, tenga por seguro que colamos.

---Anda ve, tómate el día. No habrá problemas, no iré a trabajar y me quedaré supervisando a tu gente y colaremos la losa.

Durante el trayecto a mi oficina, una vez terminado el colado, darles de almorzar a los albañiles y concederles como descanso el resto del día, compré el diario y en cuanto me senté en el sillón tras mi escritorio, leí la noticia:

“Causó gran revuelo en la sociedad cristiana del barrio, la muerte de Nachito. Asaltaron la librería donde trabajada y al rehusarse a entregar el dinero existente en la caja, le dispararon dos balazos. Herido lo trasladaron al hospital y antes de intervenirlo quirúrgicamente, falleció. El velorio fue muy concurrido y solemne. Los rosarios no pararon toda la noche y en los corrillos se reconocía la gran vida de entrega que como benefactor, Nachito entregó a la iglesia. Fue un santo varón; de este título no bajaban los comentarios. La inconsolable esposa rodeada por todas sus compañeras de asociación, de catequistas y amistades, no cesaba de externar su dolor y recibía el consuelo y la compañía de todos, en este difícil trance.”

Al día siguiente estando ya al frente de la obra, Juancho me comentó el resto de la historia que desconocía: Acudieron por la noche al hospital de Xoco a reclamar el cadáver de Juancho, pero el cuerpo ya había sido recogido. Que se había presentado un padrecito de una iglesia con un documento donde le autorizaban la dispensa de la autopsia e iba acompañado con muchas mujeres vestidas de negro, todas llorosas y, se lo llevaron. No le dieron más datos, porque su hermana no presentó ningún papel que la acreditara como su esposa. Por lo que al día siguiente –ayer-, muy temprano fueron a la fábrica de libros donde trabajaba y no le dieron razón de él, que allí no laboraba ninguna persona llamada Nachito. Dejé a mi hermana en su casa y me dirigí a donde usted me dijo, a la iglesia y allí si hubo quien me informara:

---Sí, aquí lo conocemos, ayudaba al padre y es miembro de la comunidad católica Lo asesinaron y la misa de difuntos en su recuerdo, se celebrará hoy, aquí, a las doce”

Rápido fui por mi hermana y sus hijos y pidiéndole a su compadre, por si había bronca, que nos acompañara. No se negó, ya que el propiamente era su único amigo con el que departía para beber y jugar dominó, ya fuera en la cantina o los domingos en su casa.

Que cuando se iniciaba el rito de la Paz y el sacerdote expresaba ante todos los fieles puestos de pie: “Señor Jesucristo, que dijiste a los apóstoles, Mi Paz o dejo, Mi Paz os doy…” entró todo el grupo de familiares a la iglesia.

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El párroco invitó al señor obispo de la Diócesis para que oficiara la misa de cuerpo presente, pidiéndole al hermano de Nachito, también sacerdote, que lo acompañara para que se celebrara la eucaristía con una ceremonia de tres ministros, antes de partir al panteón, misa con la que honrarían su memoria y pedirían por su eterno descanso. Presentes estaban los integrantes de la estudiantina y el coro de la Acción Católica; la iglesia llena y todos los asistentes contritos, dando inicio la ceremonia. El santo sacrificio de la misa se celebraba con normalidad y mucha solemnidad, cuando, casi al término del rito, una mujer, dos hombres y cinco muchachos, caminando por el pasillo central cruzaban la nave de la iglesia dirigiéndose hacia el féretro que se encontraba antes de subir al presbiterio. Rodearon el ataúd, la mujer levantó la tapa del visillo y mirando hacia el interior, exclamó: ---¡Es Nachito, mi esposo!

Armándose un gran revuelo entre todos los asistentes. Y mayor fue la conmoción y el alboroto al disputarse dos mujeres, la caja donde yacía el cuerpo del supuesto esposo de ambas. Las discusiones terminaron cuando Visitación, muy atribulada, se desmayó.

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Al retornar del cementerio, los familiares y las amistades más íntimas reunidas en la casa de Visitación, escuchaban a Dionisia, la hermosa y frondosa hermana de Juancho, relatar a su rival en amores, su situación y cómo se originó su relación con el difunto:

---En un restaurante donde trabajaba, lo conocí. Llegaba a almorzar de vez en vez, cuando por esta zona vendía sus libros, especialmente la Biblia. Me gustaba, no me caía mal, me hizo la ronda y acepté ser su novia. Poco tiempo después rentó una vivienda cerca de donde trabajaba y me propuso irme a vivir con él. No nos casamos porque me dijo que era casado, que no habían tenido hijos y que estaba separado y como era muy católico y sin estar divorciado civilmente y estando viva la que era su esposa, no podía casarse. No me importó. Empezaba a quererlo mucho. Me sentía feliz.

---Antes de juntarnos, me llevó a enseñarme donde estaba la fábrica de libros donde trabajaba y me explicó que allí vivía desde que se quedó soltero y que además de vender en el día sus libros, por la noche tenía el compromiso con el dueño de seguir cuidando las oficinas, por tanto no dormiría en la casa. Estuve de acuerdo pues ya lo sentía muy mío. Todos los días al salir de su trabajo, llegaba despuecito de las cinco de la mañana, se recostaba un rato, desayunaba un poco de café y pan y salía con su portafolio, que aquí dejaba, para vender sus libros. Por la noche, lo esperaba entre las siete y las nueve, pasábamos juntos hasta antes de las diez y salía para las oficinas de la fábrica. Algunas veces, cuando estaba, lo acompañaba mi hermano u otras mi compadre. Los domingos estaba o por las mañanas o por las tardes, indistintamente, nos traía mucha ropa y muchas cosas más para mí y para mis hijos. Se tomaba sus copitas solo o con mi compadre y regresaba a la fábrica. Fue muy cumplido, muy responsable y muy buen padre, adoraba a sus hijos y ellos a él también, lo respetaban mucho. No me impidió que continuara trabajando, de esta manera estaría ocupada todo el día; aunque cuando crecieron los muchachos, dejé de hacerlo. El dinero nunca me faltó, siempre me dio lo suficiente para mantenernos y educar bien a sus hijos. No tengo nada que reprocharle.

---Me extrañó que no hubiera llegado anteayer por la noche y ayer por la mañana; porque siempre me avisaba cuando iba a faltar. No le di mucha importancia, de vez en cuando llegaba a faltar y al día siguiente estaba a nuestro lado.

---Mi vecina, después de medio día me trajo el periódico. Leí la noticia y mandé a uno de mis hijos en busca de mi hermano para que me acompañara al hospital. Llegamos por la noche; pero ya habían recogido el cuerpo y no sabíamos quién y porqué. Regresamos a casa y hoy temprano fuimos a la fábrica, preguntamos por él y nos dijeron que sí lo conocían, que hace mucho el compraba sus libros allí; pero nunca trabajó con ellos y que no sabían donde encontrarlo. No sabíamos qué hacer. Mi hermano me dejó en la casa y me dijo que iría a una iglesia, a no se qué. Regresó muy apurado por nosotros y nos presentamos en la iglesia cuando decían misa. Así estuvo todo señora, así es como me relacioné con Nachito.

Visitación no pudo articular palabra, un amargo rencor bloqueaba su garganta, se quedó muda. Dionisia al no recibir ninguna contestación, se puso de pie, cruzó la sala luciendo su muy buen formado cuerpo, admirándolo en secreto los hombres que estaban en la reunión y sin despedirse, seguida de su familia, se retiró. La viuda oficial una vez que la mujer salió, cerró sus ojos, sólo pensando en Nachito, viéndolo caer del pedestal donde lo había entronizado.

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Durante los rezos del novenario, la angustiada y dolida esposa no le lloró más a su difunto esposo. Consideró que la situación por la que pasaba era una prueba más a que Dios la sometía, para fortalecer y engrandecer su espíritu. Toda la congregación, si anteriormente la acompañaron en su dolor por la pérdida del esposo, ahora la compadecían por el engaño sufrido y pretendieron estar siempre a su lado, cosa a lo que Visitación se negó.

Triste, ensimismada en sus pensamientos, se transformó en una dolorida viuda. En una de esas mujeres vestidas de negro del cuello hasta los tobillos, que siempre viven en las iglesias. Ya no participaba en la educación catequista ni en las reuniones para ayudar al prójimo. No, ahora era una sombra oscura que deambulaba por su casa y sólo salía al Templo para ir a misa, confesarse y comulgar todos los días.

Su vida se fue consumiendo por el dolor y la soledad. Con el tiempo llegó a comprender la vida secreta de Nachito. Ella, incapaz de darle el amor carnal que su esposo requería, se culpaba de haberlo orillado a buscar otra mujer y olvidó sus hechos de adulterio y la doble vida que su esposo llevó. Únicamente recordaba lo feliz que había vivido en su compañía.

Una noche, mientras dormía, la recogió la muerte. Por la mañana la encontró su sirvienta, yerta, fría, mostrando en su rostro una gran tranquilidad y vestida con una túnica blanca, hermosa, que ella arregló del vestido de novia con el que se casó y preparó para su mortaja. Todas las noches, vistiendo la prenda escogida, dormitaba; siempre recordándole y dándole indicaciones a su sirvienta que cuando su muerte ocurriera, si el deceso era de día, la amortajaran con ese atuendo. No fue necesario su amortajamiento, ella estaba preparada para morir. Cruzados sus brazos sobre su pecho, empuñando en una mano un rosario con una cruz muy grande y en la otra una pequeña foto de Nachito, recibió a la muerte tanto tiempo esperada como punto final de su vida, en su última etapa de sufrimientos.

Todas sus pertenencias, incluida su casa y un pequeño capital, se los heredó a los hijos de Nachito, principalmente al menor de ellos y como última voluntad, dejó escrito que la inhumaran en la misma sepultura, junto a su compañero con el cual formó una pareja cristiana modelo. Una pareja muy unida durante su tiempo, que entregó lo mejor de su vida por la fe de su religión.

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El oficial albañil, ahora maestro de obras, Juancho, nos sigue frecuentando. Esta vez se presentó entregándonos una participación para el próximo domingo, donde su hermana Dionisia nos hace la invitación para asistir a la iglesia de San José de los Obreros. Ignacio chico, el menor de los hijos de Nachito, en la misa de las doce del día, se ordenará como sacerdote. El rito parroquial lo presidirá su tío, hermano de su padre, también párroco, del cual recibió todo su apoyo en su carrera de seminarista.

La costumbre atávica de la familia de Nachito, no se perdería. Uno de sus hijos seguiría con la tradición, repitiéndose siempre de generación en generación, para formar un hombre dispuesto por vocación y entrega para hacer el bien a sus semejantes, un hombre para ayudar espiritualmente a sus feligreses, un hombre que cumpliera cabalmente con el ejercicio de su sacerdocio, un hombre que reuniera todas las virtudes conocidas y por conocer y que representara la perfecta manifestación de un santo varón, un hombre muy responsable y servicial como lo fue en vida para dos mujeres, un hombre como el que se llamó: Nachito.


Max Villareal.

Diciembre de 1998.

CUENTO: "Un ángel caníbal"


Por Max Villareal

Al Maestro Juan, un digno sastre, del que recibí su protección.



¡Caray! De verdad que era feo. Realmente podemos decir que hasta abusaba de su fealdad. Tenía la piel muy morena, casi negra o como digamos la de un mulato; labios volteados como dicen los cubanos: muy bembón; nariz chata con los orificios casi al frente y ojos negros pequeños y vivaces enmarcados por unas cejas pobladas. Sólo el cabello, lacio y parado como si tuviera un cepillo de alambre en la cabeza, lo diferenciaba de un hombre de la raza negra africana. No obstante esta diferencia todo el barrio lo conocía por el mote de El Caníbal, apodo que no era de su agrado y le causaba mucha molestia que lo llamaran así. Dado esto y como se había ganado el respeto y el afecto de toda la colonia, el apodo lo abreviaron llamándolo con cariño como "El Canica", nombre con el cual fue conocido Francisco Torres, su verdadero apelativo y que muy pocos de todos los que lo conocían, estaban al tanto.

Todo lo que de feo tenía y que al acercarse a él intimidaba, lo tenía de bueno y de comportamiento sencillo y servicial. Su físico al observarlo aparentaba estar predispuesto para ocuparse en trabajos rudos o pesados; pero no, su oficio era de Sastre Cortador, oficio que aprendió desde niño, lo desarrolló al crecer y se convirtió de adulto en un excelente sastre calificado.

Lo conocí desde muy pequeño y conocí también la tragedia de sus padres, tragedia al igual que su nombre muy pocos la conocían o al paso de los años, la habían olvidado. Ambos, padre y madre del Canica, trabajaban en un taller de sastrería cuyo propietario era Don Juanito; él, encargado de confeccionar los sacos, ella, como pantalonera y los viernes en la tarde su responsabilidad consistía en ir a entregar los trajes terminados a las tiendas de casimires que contrataban los servicios de Don Juanito, para su habilitación.

La pareja habitaba desde su casamiento, en una vivienda en la misma vecindad donde en un local exterior se ubicada la sastrería. En su matrimonio procrearon una hija y llevaban una vida feliz, tranquila, ya que sumados los sueldos de ambos les permitía vivir sin carencias; pero con el nacimiento de Francisco, todo cambió. El niño no se parecía a la madre y mucho menos al padre y peor aún, era negro. El padre la recriminó por el origen del niño al negar que fuera suyo, que lo había engañado con un posible amante o que pudo tener un desliz durante las pocas horas que tenía libre los viernes, cuando era responsable de entregar el trabajo terminado y por todas las instancias posibles, trató de sacarle la verdad, verdad que nunca se supo y convirtió el matrimonio por el arribo del niño, en un verdadero infierno.

A resultas de las bromas que sus amigos le jugaban por el color del niño, un viernes, ausente la madre, metió toda su ropa y sus pocas pertenencias personales en una maleta, pidió su sueldo adelantado y se fue, abandonando el trabajo y su hogar, no volviéndose a saber nada de él. La madre, ganando escasamente para mal vivir pero suficiente para alimentar a sus dos hijos, un fin de semana cuando Francisco cumplió cuatro años, en una carta dirigida a Don Juanito le explicaba que partía en busca de su esposo, llevándose solamente a su hija y le dejaba encargado a Francisco, abandonándolo por no poder mantenerlo y por sus pocos años, le estorbaría en la búsqueda del esposo. Se comentó en el barrio que lo dejó por ser el causante de su separación conyugal y, desde esa edad, el Canica vivió al lado del sastre y empezó a practicar como un juego, los secretos del oficio de la confección de trajes.

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Don Juanito, excelente sastre cortador, toda su vida la dedicó al oficio siendo su esposa la compañera con la que empezó en forma independiente a trabajar el taller de sastrería. En el mismo local, primero ellos dos y al acreditarse y conseguir habilitaciones para confeccionar trajes a la medida de las tiendas de casimires donde compraba sus telas, contrató a varios empleados y amplió el taller y con mucho progreso por su responsabilidad en su trabajo, pudo formar un capital que le permitió comprar una casa a pocas calles de distancia de la sastrería. A la muerte de su esposa, solo, ya que su matrimonio no fructificó con los hijos que desearon, pensó en cerrar el taller una vez que terminara con todos los compromisos contraídos; pero la llegada inesperada de un niño le dio nuevos ánimos. Don Juanito se convirtió en el padre y protector del pequeño Francisco y al saber que no estaba bautizado lo llevó a la pila bautismal; siendo esa la relación familiar que los unió: padrino y ahijado. Desde pequeño le enseñó el oficio y lo educó bajo los principios de la honradez y el trabajo, cualidades de las que siempre mostró con sus clientes. Para Francisco el taller fue su hogar y al optar por quedarse a dormir en el local, fue el entrepaño inferior de la mesa de corte, su cama y las entretelas y las guatas, sus cobijas. Así la infancia del niño se desarrolló entre el oficio y la escuela y animado por su padrino que le impulsaba a seguir estudiando, terminó la secundaria. Luego ya no quiso continuar, prefiriendo dedicarse al oficio de tiempo completo. A esta edad, los quince años, recibió la primera paga por su trabajo. Ahorrando poco a poco, no queriendo continuar siendo una carga para su padrino pagaba sus propios alimentos y comprando en abonos un catre y un ropero en la mueblería del judío ubicada frente al mercado Hidalgo, los metió en un cuarto que alquiló en la misma vecindad, empezando a vivir en forma independiente.

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En aquellos tiempos la ilusión máxima de toda jovencita al llegar a cumplir sus quince años, era que le celebraran su baile de gala como presentación ante la sociedad, acompañada con sus damas y sus respectivos chambelanes. Los bailes los celebraban si la familia era de mayores recursos económicos, en salones especiales; así bajando según la clase de la familia, se celebraban en los patios de las vecindades o si no había espacio, en el arroyo de la misma calle frente a la casa de la quinceañera. ¿Cuántos de estos bailes vio el Canica? Creo que todos los que se celebraron en el barrio y su sueño fue llegara tener su traje negro y salir de chambelán cuando lo invitaran. Con los excedentes de la partida que tenía destinada para sus ahorros, se compró un corte de tela corriente color negro, que en le medio de la sastrería le llaman fioco, para habilitarse su primer traje, especialmente hecho para asistir a las fiestas sabatinas y a las de quince años para salir de chambelán.

Cuando se enfundó su flamante traje negro muy bien cortado a su talla, en lugar de lucirse ante sus amigos y las jóvenes que lo conocían provocó la risa de todos: vestido de negro y de piel negra él, reluciendo sólo su dentadura. Por su fealdad y su total negra apariencia nunca recibió invitación de alguna dama para ser su chambelán; aunque no dejaba de asistir ya que no faltaba un amigo que le pedía prestado el traje para vestirlo él y salir de chambelán, a cambio de que el buen Canica, fuera invitado a la fiesta.

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Varias cuadras más al norte en los límites de la colonia, se perfilaba una desgracia. El siguiente sábado se celebrarían los quince años de Ángela, una jovencita de cara agradable y cuerpo como dicen las consejas, con la cualidad del tordo: “patas flacas y el trasero muy gordo”. Su padre, maestro albañil de oficio, se mandó confeccionar un traje para la ceremonia en la sastrería de Don Juanito. El martes previo ya entrada la noche después de salir de la obra que construía, se presentó al taller para que le realizaran la prueba del traje, trabajo que ejecutó muy diligentemente el Canica. Mientras ajustaba con alfileres las sisas del saco, platicaron, sastre y maestro albañil:

--¡Claro que lo invito joven maestro! No es necesario que le de una invitación; pero si la quiere, cuando me lleve el traje a mi casa se la entrego. Como no tengo tiempo para regresar al taller, de una vez le dejo pagado el importe del traje, así no creo que haya bronca para terminarlo… ¿cuándo lo tengo? --El viernes por la noche se lo entrego. –Así le contestó el Canica, recogiendo la prenda ya probada. --No me vayan a fallar, saben bien que la necesito para el sábado.

El jueves, en un lamentable descuido, el maestro albañil se cayó de un cuarto nivel de la construcción en que trabajaba, perdiendo la vida. Al día siguiente, cuando el Caníbal se presentó en su casa para entregarle el traje, efectuaban las autoridades, después de los trámites y la autopsia de ley, la entrega del cadáver a los familiares. El traje se empleó no para el festejo, sino para que con el, amortajaran el cuerpo del padre de Ángela.

El Canica le pidió permiso a su padrino para ausentarse del trabajo el sábado y asistir al sepelio. Se cambió vistiendo el traje negro y muy bien presentado llegó a la casa del albañil. Ángela, atendiendo a los asistentes, recibió el pésame del joven sastre y fue en ese mismo momento, al abrazarla y aspirar el perfume que emanaba de su piel, al sentir su cuerpo entre sus brazos y al poseer entre sus dedos la mano fina de la muchacha, sensaciones que nunca había experimentado, que se enamoró de Ángela.

Por la noche, después de regresar del cementerio, en lugar de fiesta de quince años, se celebraban una retahíla de rosarios y plegarias pidiendo por el eterno descanso del alma del albañil. El Canica, como servicial asistente, le ayudaba en servir el café y los alimentos a los vecinos que acompañaban a los deudos y en todo lo que le pedía Ángela. Cuando la recién viuda fijó sus ojos en el Caníbal, le preguntó: --¿Oye hija, quién es ese muchacho tan feo?

Terminados los rosarios, a partir del siguiente sábado y sin faltar uno solo; aunque fuera por unos breves momentos, el Canica llegaba a saludar a la guapa Ángela llevándole siempre un pequeño objeto. Ésta, sólo por el interés del obsequio, le prestaba atención para que enseguida, de alguna manera quizá algo cortante, lo despedía. Ángela tenía novio y sentía que lo amaba mucho.

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Julito era hijo del hombre de mejor posición económica de la colonia. Muchacho sin el carácter recio del padre, acostumbrado a que todo se lo dieran en bandeja de plata, sin capacidad para seguir estudiando, trabajaba al lado del padre en el negocio de las fabricación de muebles. Su padre tenía instalada una fábrica en un terreno anexo a su casa donde fabricaban los muebles que el mismo expendía en varios locales entregados como franquicia, donde exponía el producto y realizaban su posterior venta. Con motivo de abrir una nueva sucursal en la ciudad de Jalapa, le ordenó a Julito que se preparara a partir, pues él estaría al frente del negocio hasta que se acreditara y entonces cederlo a quien le interesara como una franquicia. Julito se preparó para salir el próximo sábado por la noche, llegar temprano a Jalapa, preparar todo el domingo y estar listo para la apertura de la mueblería el lunes siguiente, que coincidía con el inicio de las fiestas de la ciudad.

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Al cumplir los dieciocho años se le realizaron los deseos de tener su fiesta con el vals acostumbrado en compañía de sus damas y chambelanes. Toda la fiesta la costearon con aportaciones y obsequios que entregaron los padrinos que para tal efecto fueron nombrados, siendo obvio que el Canica fue uno de ellos. Cuando Ángela le pidió que el sería el padrino de vestido por su relación de trabajo con la confección, solícito fue al taller y regresó con el importe que le dijo, costaría el fastuoso vestido y sus adornos.

La fiesta estuvo en grande, no faltó nada, de acuerdo a la opinión de los críticos concurrentes. El padrino que la presentó ante la sociedad y bailó con ella su primer vals, pidió antes del inicio de su alocución guardar un minuto de silencio por la muerte del padre. Aplausos y felicitaciones de todos para todos y luego el baile general lleno de juventud y regocijo. Pero faltaba el final, lo mejor de la celebración: Ángela, cambiándose de ropa en el baño del salón, metió su vestido en una maleta y previa propina, le encargó a un mesero que una hora después se la entregara a su madre y a escondidas de todos abandonó la fiesta, ya no regresaría a su casa. Había decidido fugarse con Julito a vivir la aventura de su vida, acompañándolo en el viaje que le había ordenado el padre. Recibir la maleta, buscarla en el salón y no encontrarla, fue todo un suceso; la huída le provocó a la madre un fuerte patatús, previo a un show plagado de llantos y pataleos en medio de la pista de baile, como espectáculo final de la gran celebración del cumpleaños de Ángela.

Sólo una persona los vio fugarse, vistiendo su elegante traje negro, sentado en la guarnición de la banqueta ubicada frente al salón, por no permitirle la entrada dado que la invitación que le entregó Ángela no traía boleto de entrada al recinto de fiestas. El Caníbal la vio partir tomada de la mano del galán y abordar un auto de alquiler. Muy triste, inició el regreso a su cuarto. Si mil metros lo separaban del salón, mil lágrimas recorrieron su negra faz. Al amanecer, domingo, no se levantó del catre donde dormía, no por las molestias de un previo resfriado, sino por el dolor en el pecho que le oprimía el corazón y por el desconsuelo de ya no volver a ver más a la mujer amada. Sus ilusiones estaban destrozadas.

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El joven sastre continuó su vida dedicada por completo a su trabajo, empleando la mayor parte de su sueldo para ayudar al prójimo y en actos de caridad a las personas muy necesitadas del barrio, recibiendo sendos regaños de su padrino cada sábado que le entregaba su sueldo, diciéndole:

--Toma, aunque no debería darte nada de dinero, todo lo dilapidas regalándoselo a la gente, sin darte cuenta que te están engañando…

--No me engañan padrino, se engañan solos. Si gastan el dinero en otra cosa no para lo que me piden ayuda, no regresan a pagarme; al contrario de los muchos, los que sí aprovechan mi préstamo, regresan a pagarme.

--¡Ay hijo! No hay manera de convencerte. Quizá no llegue el día que cuando tú necesites, no encuentres a alguien que te tienda la mano.

Todo el remanente de sus sueldos los ahorraba tal como se acostumbraba en aquellos tiempos: ocultándolo entre la borra de la colchoneta que utilizaba como sobre cama de su catre. Hasta una ocasión en que se presentó el licenciado Altamirano, cliente de Don Juanito, al pagar su adeudo con un cheque. Una vez que vio llenar y firmar el documento, entregarlo al sastre y retirarse, el Caníbal lo alcanzó antes de subirse a su auto preguntándole cómo podría él ahorrar su dinero en el banco. El cliente muy amablemente le dio pelos y señales de los trámites necesarios, prometiéndole otorgar el aval para obtener su cuenta. A los pocos días, el Canica se sentía muy orgulloso de poseer su cuenta de ahorros en el banco cuya sucursal estaba frente al mercado de Jamaica.

Un amigo compañero de la primaria y que tronó en los estudios secundarios, al que apodaban por sus marcados rasgos indígenas: El Chichimeca, fue el causante de muchas tentaciones en que cayó el inocente y no mal intencionado sastre. Era todo lo contrario de éste; flojo, sin deseos de trabajar ni progresar, asiduo concurrente a los billares de la colonia empuñando siempre una guitarra, la cual dedicándole todo el tiempo de su holganza, llegó a dominar con facilidad y destreza. A esto dedicó su vida, ofreciendo sus servicios para dar gallos, serenatas o amenizar cualquier reunión, reuniones en las que siempre había derroche de bebidas alcohólicas. La profesión de guitarrista es muy proclive a compartir con los clientes la ingesta de las bebidas, motivo por el cual el Chichimeca se aficionó a discreción a su consumo, invitación previa, nunca de su bolsillo, sobre todo cuando entonaba los boleros y las rancheras de amor y contra de ellas.

El Chichimeca siempre llegaba por las tardes para importunar al Canica, sentándose en el escalón de entrada al taller para iniciar su tocada. A las dos o tres canciones le pedía, o mejor dicho le exigía al sastre: --¡Órale mi Canica! Cáele con lo de una torta, no la he hecho en todo el día y ando sin feria y si quieres ponerte guapo, cosa muy difícil, éntrale con una cheve no sea que me vaya a ahogar al comerme la torta. –Don Juanito lo corría, muy molesto:

--¡Vete de aquí holgazán! No nos quites el tiempo. Mi ahijado está trabajando, no está de huevón como tú. Largo de aquí, que mantenga tus vicios el gobierno…

--¡Ora mi ruco!, si la bronca no es con usted, yo le hablo a mi cuate, a usted quien lo invitó. –El Canica, condescendiente, sacaba unas monedas de su bolsillo y se las entregaba.

--Gracias moreno, apúntamelas en el hielo y luego me las cobras. –Contento por obtener algo para satisfacer su hambre y mantener su vicio, el Chichimeca se retiraba.

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El padre de Julito, muy molesto al conocer que su hijo se había ido a Jalapa llevando compañía y no estando en sus planes que se casara tan joven, lo recriminó en la primera visita que efectuó en la sucursal jalapeña:

--Estás muy jodido si crees que voy a mantener a tu mujer o lo que sea, el negocio no da para esos gastos. Se empieza a trabajar y a acreditar la mueblería y difícilmente tendremos utilidades. Quedamos en que te quedarías en la tienda y seguirás limitado a los gastos que acordamos para ti solo, no hay dinero para hotel o casa o departamento. A ver cómo le haces para mantenerla y cuidado con malversar los fondos y te vayas sobre la lana, por que al primer corte, si no está de acuerdo a la contabilidad, te me largas a vivir por tu cuenta sin contar con mi apoyo.

La pobre Ángela muy pronto se desengañó. Pagaba muy caro el error de fugarse con un joven al que creyó rico. El dinero que recibía no le alcanzaba para comer ni mucho menos para vestirse, tanto que los dos vestidos como su ropa interior que se llevó en la maleta de fuga, de tantas lavadas se sostenían de puro milagro en su cuerpo, frondoso cuerpo que no merecía amanecer todo molido al descansar por la noche sobre una colchoneta tirada al vil piso, colocada en el fondo de la tienda junto a la oficina de ventas.

El embarazo vino para aumentar sus problemas. Muy débil, mal alimentada, tuvo un parto prematuro que de no haberse atendido en el hospital general de la ciudad, habrían muerto tanto la madre como el pequeño. Para Julito no fue motivo de alegría el nacimiento del bebé, si no fue una boca más que no podía alimentar con los escasos recursos que recibía por la administración del negocio. Esto motivó que Julito manifestara una clara actitud de repudio para el niño y creara una relajación de las relaciones entre el él y su mujer. Ángela, una vez que pasó la cuarentena y viendo que los sueños que tuvo de ser la esposa de un hombre adinerado y que la tuviera viviendo en un nicho se le habían frustrado, a la primera oportunidad que se le presentó, abandonó al muchacho carente de carácter para salir del mundo de miseria en la que la tenía hundida.

Un matrimonio que la conoció durante sus escasas compras que realizaba en el mercado local, le ofreció trabajo de sirvienta recibiéndola con el niño. No lo pensó dos veces y se fue con ellos, con la plena convicción de que si continuaba bajo la férula de Julito, el niño moriría de hambre.

La pareja, sin hijos y con buenos recursos económicos, le proporcionaron buena alimentación pudiendo amamantar con plenitud al bebé, recuperándose pronto de su condición débil y desnutrida. Seis meses permaneció trabajando, no por deseos de ella, si no en cuanto le retiró el pecho a su hijo, una mañana cuando salió de compras al super, el matrimonio se fue de la casa llevándose al pequeño, dejándole una carta en la que le explicaban sus motivos y que no tratara de buscarlos ya que partirían esa misma mañana al extranjero; además, le dejaban una buena cantidad de dinero y que podía disponer para su propio beneficio de la venta de todos los muebles y los electrodomésticos que estaban en la casa, con la condición de que entregara en una semana mas, fecha en que se cumplía el arrendamiento contratado, la casa en que habitaron.

Ángela, no teniendo los arrestos suficientes para ser madre, no buscó ni demandó el robo del niño pensando en su nueva situación: soltera y con bastante dinero, podría rehacer su vida. Utilizando una pequeña cantidad del dinero recibido y de la venta de los enseres, se compró toda la ropa que le hacía falta y luego de cumplir con la entrega de la casa, acomodadas sus pertenencias en varias maletas, abordó un taxi que la conduciría a la Terminal de autobuses. Partía de regreso a la gran ciudad.

A su arribo, no quiso llegar a su casa, quería probar y luego disfrutar qué se sentía vivir libre sin depender de nadie; luego buscaría a algún conocido que le informara cómo estaban las cosas por su casa y semblantear si su madre la podría recibir. Mientras tanto, se hospedó en un hotelito cercano a la terminal por la colonia Guerrero.

Al día siguiente buscó trabajo colocándose inmediatamente como mesera en el mismo restaurante donde había desayunado. Su cuerpo lucía en su mejor momento y vestida con el uniforme obligado del restaurante, falda corta y entallada, le hacía resaltar sus grandes atributos posteriores. Aprovechando su diligencia, su simpatía y sus deseos de trabajar atendiendo correcta y amablemente a los clientes, obtuvo desde el primer día excelentes propinas que aunadas a su salario le permitió alquilar una pequeña vivienda en la misma colonia, desocupando después de varias días de pernoctar, el cuarto del hotel que ocupaba.

Dejó para después sus deseos de regresar con su madre; era preferible ahorrar lo más que pudiera del producto de su trabajo y al reunirlo con el fondo aún conservado de su estancia en Jalapa, le permitiera regresar con una buena situación económica, para evitar volver como una derrotada tras el fracaso de su huida con Julito, sino su arribo sería el de una triunfadora de la vida.

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Don Juanito había llegado a la edad en que por su vista, le era imposible seguir trabajando y una tarde habló con su ahijado:

--Mira hijo, mis ojos ya no responden para seguir dándole a la chamba, estoy perdiendo la vista, es posible que tenga cataratas y te propongo lo siguiente: ¡Quédate con el changarro! Hace muchos años pensé traspasarlo, pero con tu llegada opté mejor seguir trabajando, tenía un aliciente nuevo por quien trabajar y ahora, tú puedes administrarlo mejor, sabes todos los secretos de la sastrería, además que eres un buen cortador y una persona muy responsable. Te lo dejo. Yo, sólo te pido me pases algo de dinero para mis alimentos. Afortunadamente tengo mi casa y tu compañía, ¿no es así hijo? Piénsalo.

--Lo acepto padrino, pero con una condición: Yo ganaré ahora como maestro y todas las utilidades seguirán siendo para usted

--No hijo, no es justo. Tú te mereces ganar más y vivir tu vida ya muy independiente de mí.

El Canica se volvió el maestro cortador más popular de todas las colonias del rumbo. Aparte de contar con la cartera de clientes seguros y fieles a su padrino, la incrementó con sus conocidos y con todos los jóvenes que integraban los grupos de chambelanes de las quinceañeras, tanto por su calidad de trabajo como por las facilidades de pago que les otorgaba para cubrir el importe de los trajes confeccionados.

Su nivel económico creció, su cuenta de ahorros aumentaba constantemente mes a mes. El taller se amplió alquilando las viviendas interiores de la vecindad que eran desocupadas, empleando a más personas necesitadas del trabajo, estimulándolas con buenos salarios para que cumplieran con responsabilidad el trabajo encomendado. No obstante su ostensible progreso, él continuaba siendo humilde y caritativo, ayudando a todo el que le solicitaba su apoyo económico sin preguntar ni pedir nunca nada a cambio ni preguntar cómo o cuando le pagarían.

Su padrino ya muy cansado, muy poco tiempo vivió bajo su custodia. Una madrugada de invierno ya no despertó. Recostado sobre la cabecera de la cama, con los brazos cruzados sobre el pecho, bajo los cuales se encontraba una carpeta, lo encontró Doña Cira, la sirvienta que por órdenes del Canica atendía diariamente al anciano en la preparación y servicio de sus alimentos, la limpieza de su ropa y de la casa. Cuando el Caníbal, después de los servicios fúnebres que terminaron con la inhumación de su padrino y los infaltables días de rosarios, tomó la carpeta para revisarla encontrando el testimonio de propiedad de la casa y el acta notarial de su testamento, donde nombraba como heredero universal de la casa y de su cuenta bancaria, a su ahijado Francisco Torres. Esto hizo que el Caníbal, incrementara a sus pocos años su solvencia económica, pudiendo considerarse que ya era un joven rico y con mucho futuro.

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--Si me invitas un pomo y algo de botana, te paso una noticia que te pondrá muy feliz, ¿qué dices, le atoras a mi proposición?

--No me estés dando lata Chichimeca, toma y vete, déjame trabajar…

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Justo al año de empezar a trabajar como mesera, Ángela abrió su propio restaurante, muy cerca del sitio donde estuvo empleada. El local contaba con una pequeña vivienda al fondo del área de servicio, que pasó a ocupar dejando de pagar y habitar la vivienda que durante el tiempo de empleada, ocupó. Para abrir su negocio recibió el apoyo de todos los proveedores a los que, con mucha astucia y coquetería se supo ganar durante el ejercicio de su empleo anterior. Propiamente sólo cubrió el importe de las rentas estipuladas en su contrato de arrendamiento, ya que para todos los enseres, los utensilios necesarios, el surtido de su alacena y las bebidas refrescantes, recibió crédito de todos los distribuidores.

El día que abrió las puertas de negocio, como primer día de trabajo, tuvo un gran éxito: lleno completo sin necesidad de invitaciones ni publicidad impresa. Contando sólo con las recomendaciones de boca a boca de sus clientes y amistades, influenciando mucho que le colocara en el rótulo del negocio el nombre al restaurante con el cual, por su gran cualidad y tamaño de su trasero, era conocida como mesera: “Restaurante La Tordillo”; porque tenía las piernas flacas y muy gordo el fundillo.

Pretendientes y solicitantes de su mano, abundaron, no tanto por su cuerpo sino por saber que era propietaria de un buen negocio y poseer buen dinero. Galanes del barrio, cinturitas que se daban baños de pureza, padrotes que viviendo en los hoteluchos de paso ubicados alrededor del restaurante, veían en ella una mina de oro; pero a todos los mantenía al margen de sus requiebros, a todos les daba inteligentemente, carita e insinuaciones para mantenerlos asiduos y no le disminuyeran los clientes y por tanto, no se redujeran sus ingresos.

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--De veras mi buen Canica, cáele con algo para mi garganta, la tengo bien seca… y si me la lubricas te soplo un detalle que te pondrá contento… algo que nadie sabe y te interesa…

--No me molestes y toma, ya deja de tocar, no necesitamos música ambiental en vivo, con el ruido del radio basta y sobra.

--¡Voy! Con lo que le entraste no paga lo que sé, mejor me callo para otra ocasión.

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Julito regresó nuevamente a la colonia después de mucho tiempo de irse a la ciudad de Jalapa, una vez que la tienda fue traspasaba y funcionaba ya como una franquicia, tal era el sistema que su padre implementaba para expandir su ramo mueblero; pero eso sí, llegó sin la mujer que se había largado con él. Al conocer de su arribo, la madre de Ángela le fue a requerir la presencia de su hija:

--¿Dónde está mi hija? Julito le contestó con mucha desfachatez: --Quién sabe…

--¿Cómo que no lo sabes? Si tú te la llevaste…

--No lo sé porque la muy casquivana me abandonó. Se fue probablemente con otro hombre llevándose a nuestro hijo, que ahora dudo que haya sido mío y, no, no supe adonde se fue y desde ese día desconozco su paradero. –Julito dio media vuelta sin despedirse, dejando a la señora hablando sola; pero se detuvo ante los ruegos de ella:

--Por favor, dame alguna señal, algo para que vaya yo a buscarla… estoy sola y la necesito.

--Ya le dije que no se nada de ella, desapareció de mi lado, y discúlpeme señora, me retiro porque tengo trabajo pendiente. –Caminando hacia el interior de su casa, Julito dejó a la madre con las súplicas a flor de labios y sin poder hacer nada para conocer el destino de su hija. Y tal como cuando Ángela huyó, la madre se regresó a casa llorando sin obtener resultados del paradero de la hija ausente.

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--¡Cúramela! Ando bien crudo y con la garganta rasposa y no puedo cantar, y mira, te voy a dar un adelanto…por la colonia Guerrero, en un restaurante que visito en mis tocadas, he visto a una persona que te gustaría ver… -Recibiendo como siempre unos pesos, el Chichimeca le contestó contando los billetes: --¡Ya ni la friegas! Esto no me alcanza ni para un huarache y un caldito con Pachita la del mercado… Me mejor me callo, ya no te sigo contando.

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Dany, un vago muy conocido por el barrio de Santa María, trabajador eventual en lo que le cayera u ofrecieran para ganarse unos cuantos pesos; guapo, alto, con una personalidad que le agradaba a las mujeres, cuando conoció en el restaurante como parroquiano a Ángela, vio un tesoro muy apreciado: mujer joven, soltera, cuerpo sensual, buen trabajo y con dinero… ¿Qué más podía desear? Y enfiló sus baterías para conquistarla y conseguir su amor.

Carente de caricias masculinas y las recibidas sin experiencia del hombre escogido, carencia que se había prolongado por un largo período de cinco años, no por falta de posibilidades para recibirlas, si no para no caer en manos de alguno con el que se repitiera su fracaso anterior y sobre todo, por el tipo de galanes en que se veía rodeada, no permitía que ninguno de sus muchos pretendientes se propasara con ella. Pero con Dany no pudo evitarlo. En él encontró donde vaciar sus anhelos reprimidos. Después de un largo cortejo seguido por un noviazgo limpio, sin abusos y mucho respeto, inclinó la balanza de sus quereres hacia él, cuando Dany la llevó a conocer a su madre que se encontraba en cama muy enferma y que él, como el único de sus hermanos, veía y cuidaba de ella y que muy pronto tenía ya programado llevarla a su pueblo natal donde ella deseaba morir. Acto en el que cayó redondita Ángela al desconocer que Dany por unos cuantos pesos, había montado una comedia alquilando a la mujer que se hizo pasar por su madre, acto con el cual se ganó el corazón de Ángela. ¿Y ésta qué veía en él?: Guapo, buen hijo, comerciante varillero con mala suerte, que por ésta o aquella causa achacable al gobierno que mucho los reprimía en su libertad de trabajar, no había podido formar un capital estable y además, lo principal: notaba que la quería a la buena.

Aceptó finalmente sus galanteos y una semana santa en que el negocio permaneció cerrado, como luna de miel, partieron al puerto de Acapulco. A su regreso, Dany se adjudicó el puesto de administrador relegando la presencia de Ángela únicamente a la cocina, aduciéndole que tenía muchos celos de los hombres que con la mirada a su prominente trasero, se la querían comer. Enamorada, Ángela aceptó.

Su permanencia al frente de la cocina fue por poco tiempo, motivado por un pronto embarazo que ella no deseaba y aprovechándose de su estado, Dany le montó un departamento como su dulce hogar, obligándole a dejar la vivienda del restaurante, pretextándole:

--No mi vida, ya bastante has trabajado. Tú descansa, me preocupa tu estado y no quiero que le vaya a pasar algo a mi hijo por los esfuerzos que haces en la cocina. Anda, deja el restaurante en mis manos. –Ángela dobló las manos, creyendo todas sus palabras y aceptando con una condición: Acudiría diariamente al restaurante a la hora de la comida y una vez que departieran juntos los alimentos, regresaría a su encierro obligado, a su dulce hogar.

Muy pronto el negocio sufrió cambios importantes en el servicio. Dany introdujo la venta de vinos y licores por botella y al copeo sin tener la licencia de bar. Sustituyó a las meseras por suripantas y como un giro negro clandestino comenzó a funcionar hasta altas horas de la noche. Ángela se opuso al principio; pero al notar que los ingresos se duplicaban y ciega ante el amor que le demostraba su amante, calló acatando los cambios de Dany

El restaurante solapado por las autoridades, incrementó su giro al ocupar la inicial vivienda de Ángela, como privado para sus mejores clientes y para proporcionar el servicio de prostitución con las supuestas meseras. Todo marchaba a la perfección, hasta que se realizó el cambio de las autoridades delegacionales. Hubo nuevo jefe de la policía y de director de gobierno, con los cuales Dany no pudo ponerse en contubernio, exigiéndole que no debería continuar con su giro negro so pena de multarlo y clausurarlo. No les hizo caso, él continuó con el exitoso negocio, esperando llegar a un arreglo con dichos jefes. Puesto en rebeldía al no acatar las órdenes judiciales de cierre, se presentó la policía con disposiciones clausura y detención del propietario. Dany que recibió el pitazo de sus contactos policíacos, antes de la hora de la comida abandonó el negocio y se dirigió al departamento para apoderarse de todos los ahorros de Ángela, mientras que ésta, esperándolo en el restaurante para comer juntos, como propietaria del giro, fue aprehendida y remitida a prisión bajo los cargos de lenocinio, desacato y operación de un giro no autorizado y sin licencia de bar..

Sola, sin conocer a nadie que la ayudara, sin tener recursos para costear un abogado particular que la defendiera, sólo contando con el defensor de oficio cuya gestión mal presentada y peor argumentada, pronto fue sentenciada a pasar cinco años en prisión. Después de su ingreso a la cárcel preventiva, fue trasladada a la prisión para mujeres de Santa Martha Acatitla para cumplir su sentencia. Su mundo de libertad y sus deseos de prosperar, se derrumbaron.

Al cumplir su primer mes de ingreso, dio a luz a su segundo hijo, una bella niña con los rasgos del padre, niña que sólo permanecía entre sus brazos a la hora que le tocaba amamantarla, retirándosela de inmediato para remitirla a los cuneros de la prisión, donde a cargo de enfermeras pasaba todo el día. De su amante, jamás volvió a tener noticias…

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--No mi Canica, hoy no vengo a sablearte; aunque si me lo ofreces, lo recibo, no faltaba más, cómo iba a desairarte… Mira mi cuate, a lo que vengo es a contarte lo que yo únicamente sabía; pero como no te ponías a mano con una lana suficiente, me callaba. Sin embargo, ahora los acontecimientos han cambiado y han tomado un rumbo diferente… ¿Te acuerdas que te hablé de un restaurante ubicado por la colonia Guerrero que visito chambeando? Pues está clausurado. Hice unas preguntas y no faltó quien me pusiera al tanto de lo sucedido y una persona de tu agrado, necesita tu ayuda.

--¿De quién me estás hablando Chichimeca?

--De Ángela, tu amor imposible, creo.

--¿Qué sabes de ella? ¿La has visto? ¡Dímelo por favor!, ¿dónde está?

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El domingo, día de visitas en el reclusorio, el Caníbal se presento muy bien arreglado. Impaciente esperaba en la sala, sintiendo buir en su pecho una ansiedad por el gusto de volver a tener ante sí, la presencia de la mujer que aún amaba y no había olvidado. La espera fue larga hasta que Ángela asombrada llegó a su lado, preguntando:

--¿Eres tú quien me llamó? –El Canica asintió con la cabeza-. –Nunca pasó por mi mente que tú fueras. Nadie sabe que estoy aquí, encerrada… Jamás he recibido visitas, por eso me tarde en llegar a esta sala, ¿cómo supiste de mí?

--Un guitarrista que te conoce, amigo mío del barrio, integrante de un trío que tocaba en tu restaurante, apenas me puso al tanto de tu problema y ya estoy aquí dispuesto a ayudarte, ¿qué necesitas, qué puedo hacer por ti?

--Nada, ya estoy sentenciada. –Ángela respondió con la cabeza agachada, recordando en ese momento a aquel muchacho feo que cada fin se semana lo tenía como un falderillo es espera tan sólo de una mirada de ella, para retirarse después de verla. Cuando levantó la mirada, frente a ella el Caníbal le ofrecía una cajita envuelta con un bonito adorno, diciéndole: --Toma este pequeño regalo. –Recibiéndolo y meneando lateralmente la cabeza, recordó:

--Como siempre, cada vez que me visitabas me entregabas un presente. Ya lo había olvidado… perdóname. –Ángela lo abrazó dándole las gracias y recargando su cabeza sobre el hombro del sastre, lloró copiosamente todas las lágrimas que durante todos los meses de su encierro, no había derramado.

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--Licenciado, necesito su ayuda, una amiga mía está en la cárcel y quiero ver si se puede revisar su proceso, creo que es culpable; pero de una manera circunstancial. –El Canica exponiendo el caso de Ángela, le solicitaba los servicios profesionales al licenciado Altamirano, el cual continuaba siendo su cliente desde los tiempos de Don Juanito.

--Mañana voy a pedir el expediente y voy a estudiarlo. Te prometo darte una respuesta lo más pronto posible. –Efectivamente, un mes después habiendo sido citado en el bufete del licenciado, éste le explicaba: --Mira joven maestro, hay varias atenuantes que no fueron bien presentadas por la defensa. Voy a solicitar se reabra el caso exponiéndolas con todos mis argumentos y no te prometo nada; pero si ganamos, quizá obtengamos su libertad condicional mediante fianza, muy pronto.

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La madre de Ángela vivía de la raquítica pensión que el Seguro Social le entregaba mensualmente por la muerte accidental de su esposo. Creyó y aún creía si su hija apareciera, que cuando se casara su vida iba a cambiar saliendo de la pobreza y dejando la vecindad donde había pasado toda su vida desde que se casó con el maestro albañil. Por eso, al huir la muchacha de su casa, el mundo se le vino encima. Fue un duro golpe al quedarse sola sin ningún familiar a su lado. Triste, después de saber que Ángela había abandonado a Julito, pensando que nunca la volvería a ver, se fue consumiéndose poco a poco, encerrada, sin salir de su vivienda. Si no la corrieron de la vecindad, era porque la única persona que la visitaba mensualmente, le pagaba la renta, le cobraba la pensión con el poder que le había entregado y le anexaba una cantidad de dinero extra a su recibo, era el Caníbal. La madre le decía besándole las manos:

--¡Ay hijo mío! No sé de dónde has salido ni que hice para merecer tu ayuda. Dios te lo ha de pagar en vida por lo bueno que eres conmigo.

--¡Ándele Doña! Coma sus alimentos, debe conservarse con buena salud, porque muy pronto regresará su hija y usted debe lucir muy guapa ante su presencia. Vamos, a comer bien.

--Tu… la amaste o la amas todavía, por eso me ayudas… ¿no es cierto?

--Calle Doña, no sabe lo que dice… Bueno, nos vemos el mes próximo y ya sabe, si algo se le ofrece, mande a avisarme a la sastrería y de volada estoy a su lado. Hasta luego, Doña.

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Todos los domingos, como religión, el Caníbal llegaba desde la primera hora de visita al reclusorio portando el obsequio acostumbrado. Ella agradecida le dijo en esta ocasión:

--Gracias, pero te suplico que ya no te molestes con el regalo, me has dado muchos y ya no tengo lugar donde colocarlos en mi celda y tengo que compartirlos con mis compañeras, con ellas que nada tienen ni siquiera las visitan sus familiares; por favor –tomándole ambas manos-, ya no gastes en mí, con tu presencia me basta.

--Está bien, te haré caso por una sola razón: por que ya no estarás mucho tiempo encerrada, pronto saldrás libre. El licenciado que lleva la revisión de tu proceso, consiguió la reducción de tu condena y ya cumplidas las dos terceras partes de tu nueva sentencia y sumados los días que has trabajado y a tu buena conducta, es cuestión de días en que estarás libre. –Feliz al escuchar la buena noticia, Ángela se lanzó a sus brazos y dentro de su euforia, lo besó. El Caníbal se quedó de una sola pieza, no supo ni que decir ni que hacer, era la primera vez que recibía una caricia de una mujer y al no esperarla, tuvo que buscar asiento al sentir que las piernas le flaqueaban y no lo sostenían. Recuperado, momentos después, cambiando los rasgos de su cara de la anterior alegría y ahora, con marcada seriedad, le decía:

--Tu madre está muy enferma, es posible que fallezca. Es más, lo único que la mantiene con vida, es el saber que pronto llegarás a verla.

--¿Le has dicho donde estoy?

--¡Ni loco que estuviera! Nadie sabe donde estás. Ella cree que estás trabajando fuera de la ciudad, que estás bien y que muy pronto estarás a su lado.

--Tú la mantienes, depende de ti, ¿no es cierto?

--No, ella tiene su pensión.

--No lo creo, eres un verdadero ángel, Pancho.

--¡Cómo! ¿Conoces mi nombre? Nadie, después de mi padrino, me ha llamado así en toda mi vida. –Agradecido por la mención sin llamarlo por su apodo, le tomó sus manos tratando de besarlas; Ángela, retirando sus manos al mismo tiempo que tomaba las suyas, le dijo:

--No merezco que me las beses… Debo ser yo quien bese las tuyas…

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Al salir del penal, dejó atrás todo el primer capítulo de su vida. Olvidaría todo lo pasado desde su fracasada huida con Julito hasta la pérdida de su restaurante que por su enamoramiento descuidó y le condujo hacia el aciago encierro en el reclusorio. De su hija, una vez que terminó de amamantarla, pocas veces la volvió a ver, al dejarla en la guardería de la prisión amparada bajo el programa de adopción para los niños de las reclusas que dan a luz dentro del penal. No quiso ni intentó recuperarla. El recuerdo del amante le dolía mucho y no quería tener ningún punto de conexión que lo ligara con él. Al Caníbal le ocultaría su maternidad así como también no le contaría nada sobre la amarga aventura que corrió con Julito y el joven sastre muy respetuoso, no se atrevió a preguntarle nada sobre su vida anterior. Ahora en el presente ella estaba a su lado y no le importaba su pasado.

Sólo unos minutos antes de morir, llegó al lado de su madre; el sastre con discreción salió de la vivienda dejándolas en privacidad. Ángela arrodillada ante ella, le pidió perdón y alcanzó a recibir la bendición de la moribunda. Cuando salió de la vivienda, con tan solo verle el semblante, se supo que la anciana había fallecido. El Canica se acercó para darle el pésame y nuevamente su hombro sirvió de refugio para recibir todas las lágrimas de Ángela. Luego de que todas las vecinas la rodearon para consolarla y ponerse a sus órdenes para ayudarla en todo lo que necesitara y hacerle compañía, el Caníbal la llamó para hablarle a solas:

--Te dejo, voy a arreglar todo lo del sepelio, ¿tienes un lugar especial dónde se entierre?

--Sí, en la misma fosa junto a mi padre…. –Volteando hacia un ropero y buscando entre los entrepaños, le dijo-: --Espera, por aquí han de estar los documentos del panteón… Tómalos…

--Bien, nos vemos más tarde.

Por la noche teniendo ya todo listo para el velorio, el Canica se presentó vistiendo un elegante traje negro, ahora sí con un casimir de excelente calidad, permaneciendo atento a cualquier requerimiento que fuera necesario para satisfacer a los asistentes al velorio, manteniéndose siempre al lado de Ángela durante toda la noche y por la mañana se ausentó para asearse y darle una vuelta a su taller, regresando al filo de medio día para acompañarla al entierro de su madre.

Al retorno del cementerio, en privado el Canica se despidió de ella diciéndole:

--No tienes dinero, toma un poco para los gastos que tengas que hacer…

--Gracias Pancho. Sin tu ayuda no hubiera podido hacer nada. Voy a descansar un rato y te pido, no me dejes sola, eres mi único amigo y necesito tu compañía estos días. Te espero siempre a la hora de los rosarios, por favor… -Abrazándolo y murmurándole al oído, le susurró-: --Necesito tu apoyo. Para el Caníbal, estas palabras sonaron como un repique a vuelo en su enamorado corazón.

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--¿Y mi hijo, dónde está?

--Mira qué preocupado estás Julito, vergüenza es lo que deberías tener al preguntarme por él.

--Te largaste de mi lado de seguro con otro hombre y posiblemente el niño no sea mío.

--Si dudas que sea tuyo, ¿por qué preguntas?

--Tienes razón. Sólo quería saber cómo estaba y de ser posible, verlo.

--¿Verlo? Después de tantos años si no nos buscaste es por que muy poco te importábamos y para que te largues de mi casa, ¿quieres saber dónde está?... Pues se quedó en Jalapa, no más que muerto, ¿y sabes de qué murió? ¡De hambre! No resistió su débil cuerpecito por la desnutrición a que lo tenías sujeto… ¿Y sabes de quien es la culpa? No, no es de tu padre, sino tuya por tu apocado carácter. Ya lo sabes y espero estés contento. Adiós. –Señalándole la puerta a Julito, éste, antes de cruzar la puerta, se detuvo y admirando la belleza de la mujer, le dijo tartamudeando:

--Yo… venía, no a pelear… si no a pedirte perdón…

--¿Perdón? ¿Sabes lo que dices o estás loco?

--Quería, si no tienes compromiso y si me perdonabas, que pudiéramos rehacer nuestras vidas y pedirte que si nos pudiéramos casar… ¿Quieres ser mi esposa?

--¿Ya le pediste permiso a tu papá? ¿No verdad? ¡Vete de aquí! –Julito sin más que decir, salió de la vivienda, cabizbajo y entristecido. El Canica, en la puerta de la pieza escuchó toda la conversación. Apenado se dirigió hacia Ángela, que sentada, de reojo, lo vio acercarse:

--Discúlpame, no era mi intensión escuchar, si estuve pendiente fue para defenderte en caso de que tratara de hacerte algún daño.

--No te preocupes Pancho, ésta es tu casa. Tú has cubierto todos los gastos y mucho te debo; pero te suplico que olvides este penoso incidente y ven, siéntate a mi lado, acompáñame, dentro de un rato empezará el rosario.

Al finalizar el último rosario, una vez que se retiraron todos los asistentes y quedándose solos, el Caníbal, como siempre muy condescendiente con las personas que necesitaban ayuda, le preguntó a Ángela antes de despedirse:

--¿Qué tienes pensado hacer? ¿Cómo quieres que te ayude para que restablezcas tu vida?

--Trabajar… Ser nuevamente autosuficiente, como cuando tenía mi restaurante…

--Yo quisiera proponerte dos cosas; una es para de inmediato, la otra, aunque sé no es el tiempo para decírtelo porque estás de luto y respeto tu dolor; pero creo que es necesario que lo sepas… mira: primero, el restaurante lo puedes abrir cuando quieras. Te presto el dinero suficiente para todo. Busca local y adelante, a trabajar…Para lo segundo, es una confesión: debes de saber que por mi fealdad nunca he conocido ni novia ni mujer alguna y pensando que me rechazarán no lo he intentado siquiera. Estoy enamorado de ti desde que te conozco. A pesar de tu ausencia nunca te olvidé ni he dejado de amarte. Te pido para cuando tú lo decidas, cuando creas que es el tiempo, ¡Cásate conmigo! ¿Quieres ser mi esposa? –Ángela lo escuchó muy seria y mirándolo fijamente a los ojos y tomándole ambas manos, le contestó:

--¿Feo tú? Creo que ninguno sabe la gran belleza que encierra tu alma. Sé que harías muy feliz a cualquier mujer; pero yo, que he tenido muy mala suerte para el amor y aunque creo a tu lado cambiaría mi vida, te confieso: Yo no nací para el matrimonio ni para ser madre. Yo quiero vivir sola, luchar por mí y valerme por mí misma. No obstante, no echo en saco roto tu propuesta, tenlo por seguro que lo pensaré y te daré respuesta, mientras… acepto lo primero. Voy a buscar un local por aquí cerca, sobre la calzada principal.

Por su carisma, por su atractivo cuerpo, por su amabilidad y buen trato con la clientela, el nuevo negocio de Ángela, que conservó el nombre del primero con un agregado: "La Tordillo II", inició sus operaciones con gran éxito. El sastre no le escatimó centavo alguno. Todo lo que necesitó para el establecimiento lo desembolsó gustoso, asombrándose por la capacidad de organización y de trabajo de la mujer, sumados a su experiencia en el giro comercial.

Cerrando la sastrería a las nueve de la noche, de inmediato se trasladaba al restaurante, permaneciendo en el exterior las más de las veces a bordo de un taxi, hasta que Ángela cerraba para llevarla a su casa. Así se sucedían todas las noches por poco más de un mes, suspendiéndose las visitas nocturnas al escuchar la petición de Ángela:

--Oye Pancho, no quisiera que te molestaras tanto en venir por mí todas las noches. No quiero que vayas a tomar a mal mi petición; pero es que siento como si me estuvieras vigilando, como si checaras mi comportamiento y no me permites hacer lo que yo desee cuando salgo de trabajar o antes, no puedo salir por saber que vas a llegar. No puedo realizar mi vida, sentirme libre. Mejor, qué te parece, según la clientela que asiste, el lunes es el día más flojo de la semana. Con las debidas excepciones que no caigan en día feriado o con un compromiso programado, pienso descansar algunos lunes desde mediodía… no, no cierro el changarro, lo atenderá una de mis muchachas. ¿Quieres pasar por mí a las dos de la tarde y lo dediquemos a pasear? ¿Sí? Bien… Aparte, toma, este es mi primer abono a tu préstamo. –Ante la negativa a recibirlo, insistió:

--Tienes que recibirlo Pancho, yo siempre he sido independiente en mi trabajo y así quiero que en éste lo sea, recíbelos, tu préstamo es una deuda de honor para mí y debo pagarla, ¿estamos de acuerdo? Bueno, entonces… ¿Te espero el próximo lunes?

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Entre más ayuda brindaba, entre más apoyo económico les prestaba a la gente necesitada, parecía que como compensación, el trabajo de sastrería se le duplicaba al Caníbal. Ahora, aparte del local inicial de Don Juanito, toda vivienda que era desocupada la alquilaba él para ampliar el negocio, por lo que se vio en la necesidad de comprar una camioneta para entregar los viernes, el trabajo terminado a las tiendas de casimires. Él continuaba viviendo en su cuarto, pero ahora sí bien amueblado y disfrutando de comodidad; no obstante, con un avieso fin, empezó a arreglar la casa heredada y una vez terminada, la amuebló con sencillez. Sin desocupar su cuarto, una vez que la casa estuvo lista, pasó a habitarla recibiendo la atención de Doña Cira, la misma sirvienta que cuidó a Don Juanito todo el tiempo que estuvo bajo su custodia, hasta los últimos momentos de su vida.

Todos los lunes que Ángela destinaba para descansar en compañía del Canica, para él significaba estar en el paraíso. Ya manejando su camioneta, pasaba por ella, la llevaba a pasear por distintos rumbos de la ciudad, a algunos espectáculos, cine o teatro, luego a cenar y de regreso a su casa. El primer lunes de sus citas, cuando el Canica ya ocupaba la casa, al término del paseo la llevó para que la conociera.

--No me digas que esta casa es tuya…

--Y tuya también.

--No me habías platicado que tenías casa propia y nuevecita, está bien amueblada…Te felicito.

--Apenas la estoy estrenando, tengo una semana de habitarla… Y no te molestes por que sea muy reiterativo: ¡Ya tengo la casa, ahora sólo me falta la novia! Deja tu vivienda y vente a vivir aquí, conmigo… ¡Casémonos!

--No Pancho, no quiero compromisos formales. Acepto tu invitación, me cambio para acá; pero sin matrimonio. Si quieres que sea tuya, sin boda lo seré. Te lo mereces y me entrego a ti en pago de tanto que has hecho por mi vida. –Ángela empezó a desvestirse, mientras el Canica apenas pudo balbucear:

--Yo he tratado de ganar tu amor, no he tratado de comprarte…

--Calla tontito… -Acercándose es ropa íntima hacia el Canica el cual temblaba de nervios y de emoción, empezó a desnudarlo. Tartamudeando, con la boca seca y quebrándosele la voz, le dijo:

--Yo, yo…nunu nunca lo he… hecho…

--No te preocupes Pancho, ven, vamos a la cama. –Antes de acostarse, Ángela lo abrazó y calmando al asustado sastre, le dijo muy quedo y al oído:

--Sabes que, Pancho, no quisiera que me embarazaras, creo que todavía no es el tiempo para que tengamos un hijo, ¿te podrías poner un preservativo?

--Yo, no sssé cocomo son… ni sé…

--No hay problema –interrumpiéndolo-, en mi bolso traigo un paquetito, como pensé que esto algún día podía suceder, lo preví comprándolos. A ver, te lo voy a colocar…

Al amanecer, observando a su lado a la mujer que aún permanecía dormida, se cacheteaba para poder despertar creyendo que todavía continuaba soñando, pues jamás pensó por su mente vivir una noche como la que había pasado. Se levantó sigilosamente dirigiéndose a la cocina para encender el calentador y prepararle un jugo. Al regresar a la recámara, Ángela ya despierta y recostada, le saludó y preguntó luego de recibir el vaso y escuchar que el baño estaba listo:

--Buenos días Pancho, ¿te gustó lo que hicimos? ¿Quedaste satisfecho? Dímelo…

--Me has hecho el hombre más feliz del mundo. Nunca imaginé que la entrega del amor de una mujer y más si es la mujer que se ama, fuera de esta manera. Es una verdadera entrada al cielo.

--Bueno, a partir de hoy viviré en tu casa y tú sólo podrás estar aquí conmigo, como siempre que nos vemos, el lunes que elija para descansar.

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Un lunes, no importaba que no fueran consecutivos, para él era suficiente, él no pedía más con tal de recibir las caricias y atenciones sexuales de Ángela, considerándose muy satisfecho de su compañía, satisfacción que lo manifestaba en cada visita con el consabido regalo.

La Tordillo continuaba abonando mensualmente el pago del préstamo y llegado el lunes en que se reunieron, al llegar por la noche a la casa después de divertirse, tomando café antes de acostarse, Ángela le hizo la siguiente petición a su rendido y fiel enamorado:

--Pancho, con este abono te liquido el total del préstamo que me hiciste, tardadita, casi dos años, pero cumplidora. El restaurante es mío. ¿Vieras qué gusto me da por haberte cumplido? Como ves soy buena pagadora y respeto mis compromisos, por lo tanto te pido, ¿me puedes vender la casa? Te la pagaría de la misma manera…

--¿Vendértela? Pero si es tuya.

--No, yo la quiero a mi nombre, que las escrituras indiquen que yo soy la propietaria. –El Canica, levantándose de la mesa, le dijo dirigiéndose hacia la puerta: --Espérame un poco, no tardo, voy al taller, mientras prepara más café. –Salió y en menos de media hora estaba de regreso con un documento en la mano. Ángela ya acostada en la cama y servidas dos tazas de café en los respectivos burós, acercándose hacia ella le entregó el documento. --¿Qué es esto? –Preguntó.

--Lo que deseas. Ya fui ante el notario para poner la casa a tu nombre, únicamente falta el trámite final cuando nos cite el licenciado para firmar, yo cediendo y tú aceptando la propiedad. –Ángela con rapidez leyó el instrumento notarial preliminar y a su término lo dejó sobre el buró y levantando las cobijas, lo llamó diciéndole:

--Ven mi amor, desnúdate y acuéstate, te voy a amar como nunca…

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--Qué pasó mi buen amigo…

--¿Qué pasó con qué Chichimeca?

--¿Por qué ya no pisas la fonda de tu vieja? O qué, ¿ya no es tu mujer? Chécala… al ojo del amo, no seas buey…

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--Pancho, te tengo una noticia, quizá la consideres buena y te cause alegría o quizá te vaya a molestar… estoy embarazada… vas a ser papá…

--¿Yo, y cómo? Siempre te has negado a que tengamos un hijo diciendo que todavía no es el tiempo y has tenido el cuidado necesario colocándome el condón, entonces, ¿cómo fue? No me vayas a decir que falló el preservativo, si tú los compras…

--¿Te acuerdas de aquella noche cuando me mostraste las escrituras? Pues lo hicimos sin protegerte, de ese descuido concebimos a nuestro bebé.

--Pero eso pasó hace mucho tiempo, va para cuatro meses y de allí para acá sólo nos hemos visto en dos ocasiones y ésta sería la tercera; además ¿por qué no me lo habías dicho si ya pasó tanto tiempo?

--Porque apenas me lo confirmó el doctor; pero según lo noto… no te causó alegría, ¿verdad?

--¡Claro que sí! ¡Imagínate, yo Pancho el Caníbal, seré padre! ¡Es increíble! Me haces muy feliz y es algo que nunca creí sucediera y, ¿sabes ya para cuando nacerá?

--Tengo cita con el médico esta semana y la siguiente vez que nos reunamos, te informo.

--Ojalá que cuando nazca se parezca a ti y no herede mi fealdad, porque si es así, pobrecito que soba le doy… pero, ¿vas a necesitar dinero para comprarte ropa adecuada o quieres que te la fabrique en el taller? Una mujer que acaba de ingresar, sabe confeccionar ropa femenina y está en mis planes iniciar la fabricación de la misma, con mi propia marca, llevando tu nombre: "Ángela", ¿qué prefieres? Estrenar mi marca o comprarte lo que quieras a tu gusto.

--No gastes, mejor voy a tu taller, así sirve que lo conozco, ¿crees que no sé donde está? Nunca me has invitado a conocerlo y también sabré donde vives.

--No pensé que te interesara mi trabajo, estás tan compenetrada en el tuyo que no creí fuera pertinente llevarte. –Pensativo, el Canica se sentó en el sofá de la sala haciendo cuentas. Le extrañaban los cuatro meses de gestación y también le extrañaba que no se lo hubiera dicho antes, además, ¡no se le notaba nada! Todo pensamiento se le borró cuando oyó que lo llamaban:

--Pancho, ¡Ándale! Estoy cansada y tengo sueño, vente a acostar, ya te estoy esperando.

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--¡Híjole mi Canica! Póngase abusado con su vieja, le están haciendo de chivo los tamales.

--¿Qué dices, Chichimeca?

--Que vayas a darle una vueltecita a la dama, nunca debes dejarla sola, hay que vigilar muy bien las propiedades de uno.

--¿Me estás dando a entender que Ángela se ve con otro hombre?

--Al buen entendedor… Pero mejor chécala, ve al restaurante y cerciórate por ti mismo. –El Caníbal se quedó mudo tratando de ordenar sus pensamientos, atando cabos al analizar el comportamiento que mostraba cuando estaba con ella… ¿Sería posible que Ángela tuviera otro hombre? Lo volvió en sí, las palabras de su amigo: --Cáele con mi dosis, me la merezco, ¿o no?

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--No mi amor, yo no puedo hacerle eso, compréndeme, si estoy en estas condiciones económicas como me conoces, es por él y no se merece que lo traicione.

--Esa es la única forma como podemos iniciar con éxito la empresa: invirtiendo lo que más podamos para ampliarla y producir más. Anímate, vende todo, invierte y seamos socios.

Lo único que puedo traspasar o vender, es el restaurante; es mío y puedo hacer lo que me plazca. Súmale lo de mis ahorros y ya. La casa no, es más, aún no firmo y no puedo disponer de ella.

--Sí puedes. Exígesela. Entonces, ¿no deseas un futuro económico muy bueno para nuestro hijo?

--¿A poco en siete meses el negocio ya será productivo? Lo dudo.

--Claro. Ya lo verás. Mañana salgo para Tijuana a preparar la nueva producción de la fábrica con la inyección de dinero que le haremos y espero que a mi regreso, el fin de la semana que entra, te hayas decidido. –Ángela salió del restaurante acompañando a su amante, a su nuevo amor, al que hoy consideraba el hombre de su vida; pero ahora no pensaba de manera irresponsable, ya que meditaba el paso que probablemente diera y que podría truncar nuevamente su vida. No, no se decidiría en estas semanas, dejaría que pasara el tiempo hasta ver cómo se comportaba su amante y cómo reaccionaría su protector, luego de que naciera su hijo.

Desde el interior de un taxi estacionado en la esquina de la calle donde se ubicaba el restaurante, el Caníbal observaba a su amada despidiéndose de un tipo al que abrazaba y besaba antes de que subiera a un auto estacionado frente al negocio. De inmediato se comparo con él e indiscutiblemente salía perdiendo: blanco, pelo castaño y atlético, muy diferente a su figura, negro, flaco y feo. Al verlo pasar manejando el auto, comprendió que Ángela no podría quererlo, que únicamente le entregaba su cuerpo por agradecimiento o por interés; no sabía la verdad… Una voz le impidió llorar, una voz que llegó del asiento trasero:

--Ya viste mi cuate, yo no te decía mentiras. Si te avisé que estaba el guey ese, es porque me duele que te vacilen y sobre todo por esa ingrata. No mereces que te engañe esa pinche vieja.

--¡Vámonos! –Le dijo el Canica al chofer.

--¿Adónde jefe?

--Chichimeca, me siento mal, dile donde podemos ir a tomar una copa.

--Hasta que hablaste con la razón mi cuate, vamos a Garibaldi, chofer.

Al día siguiente, como aquella vez cuando la vio irse al salir de su baile de aniversario, el Caníbal no se levantó de la cama; aunque por el mismo dolor de haber perdido a Ángela en aquél tiempo por Julito y ahora por otro hombre, no se levantó por ello, si no por el malestar de la cruda a causa de la borrachera que se puso con el Chichimeca. Aun a sabiendas que era lunes, no se presentó a trabajar ni a visitar a la mujer mancornadora.

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Ángela dio a luz a otro bebé varón que por cualquier lado que se le observara, no tenía ningún parecido ni mucho menos, con el color del padre ni tampoco semejanza alguna con la madre. Cuando el Canica llegó al sanatorio, la madre muy cariñosa le dijo al sastre:

--Toma, cárgalo, mira que bonito está, es tu hijo… -Él, con mucho recelo se acercó y lo tomó con mucha delicadeza entre sus brazos. Al verlo, cuanto hubiera dado por que el niño naciera con su color como señal de ser hijo de su propia sangre, color del que por primera vez no renegaba. Momentos después, sin demostrar alegría lo dejó a un lado de la madre, diciéndole:

--Le traje un ropón y un porta bebé, unas chambritas y unos zapatitos de ambos colores, pues no sabía que ibas a comprar.

--Gracias… ¿No te gustó, verdad? –El Canica no le contestó-, te hubiera gustado que naciera moreno como tú, ¿no es así? Ven, siéntate a mi lado, aquí a la orilla de la cama, quiero decirte algo.

--Qué cosas dices, lo que me importa es la salud de ambos y según veo, están bien los dos.

--Dime la verdad, estás desilusionado. Desde hace tiempo te he notado indiferente conmigo. Has dejado de asistir los lunes que he descansado y pensé que sería por mi panza y no te he dicho nada; aun así, esperé a que cuando naciera tu hijo, cambiarías; pero según veo como te comportas conmigo, la cosa no es por ahí, ¿qué te sucede, has dejado de amarme?

--Figuraciones tuyas… Bueno, ya está todo pagado, mañana vengo por ustedes después de medio día y te felicito Ángela, esta muy sano y muy bonito el niño. –Dando media vuelta sin mostrar ninguna muestra de cariño, se levantó de la cama y salió del cuarto dejando a la mujer confundida por su actitud. Al llegar a su taller, le preguntó al encargado:

--¿No ha llegado el Chichimeca? –Recibiendo una respuesta negativa le ordenó a uno de sus empleados,- Por favor, ve a buscarlo, dile que quiero ir a festejar el nacimiento de mi hijo.

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--¿Qué pasa contigo? Ese guey sigue viendo a la Tordillo, ¿qué no vas a poner remedio o te gusta que te pongan los cuernos? Me cái que pasa por ella al salir del restaurante y la regresa a tu casa hasta el amanecer. Los he visto cuando regreso de mis tocadas, qué ¿no te das cuenta? Dame la orden y junto con mis demás ñeros le ponemos una madrina a su tamaño y lo corremos del barrio; nomás dime y pá pronto lo madreamos.

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Doña Cira se presentó el lunes por la mañana al taller para avisarle al Caníbal que Ángela acababa de llegar y estaba dormida. Como ella tenía el permiso del sastre para ir a su casa y regresar al mediodía, le pedía que fuera a cuidar al niño durante su ausencia porque muy pronto se despertaría y no podía quedarse solo. Al llegar a la casa, Ángela ya de pie, le abrió la puerta y después de los saludos, le preguntó muy modosa:

--Sigues molesto conmigo, ¿no es así Pancho? ¡Qué he hecho para sufrir tu desprecio? Desde que nació el niño, no sé si tres o cuatro veces nos hemos visto y eso por que yo te he buscado. Te desvives por él y yo, ya no te intereso.

--Si tú lo dices, así ha de ser y creo que nadie mejor que tú debes saber el motivo.

--¿Yo, pues qué te hice? Dímelo tú. Creo que en lugar de unirnos, nuestro hijo nos ha separado.

--¿Nuestro hijo? Bien sabes que no es mío. Según la fecha que me diste como el momento en que lo concebimos hasta que nació, pasaron once meses, ni modo que se haya prolongado el embarazo, ¿verdad? La realidad es que tú tienes otro hombre con el que mantienes relaciones desde hace mucho y él es el verdadero padre. El niño lo cuido por que el no tiene la culpa por tu falta de atención y cuidados. –Ángela, tranquila al principio de la plática, se fue alterando conforme escuchaba el reclamo del Canica, contestándole airadamente:

--¡Vaya, qué bueno que sacas a relucir esto! Yo me entregué a ti por lo bueno que has sido conmigo y por tu apoyo desde mi juventud, la cárcel, mi rehabilitación y mi negocio, todo te lo debo a ti; pero hasta allí, yo no te prometí fidelidad, por eso no acepté el matrimonio. Soy tuya los días en que descansamos, los demás días soy libre de hacer lo que se me pegue la gana. Te lo dije, soy libre e independiente en mi vida y en mi trabajo

--Creo que tienes razón, no lo había pensado desde tu punto de vista; pero ¿porqué el engaño sobre el niño? Tan fácil que era hablarme claro y no que me tomaste como un idiota. Si hasta ahora me atrevo a reclamarte, aguantándome todas las burlas que me hacen por tu comportamiento, fue por pensar que podrías recapacitar, que podrías dejar a ese hombre y regresar sólo conmigo.

--Si te inmiscuí en el engaño fue por el miedo, sí, por el miedo de quedarme sola con mi hijo si la relación que tenía con ese hombre con el que concebí al niño por un descuido, nuevamente no funcionaba y te alejaras de mí al saber la verdad. Sé muy bien que me equivoqué al mentirte y mi error se fue agrandando conforme pasaba el tiempo y tú demostrabas querer tanto al niño. Ya no me atreví a decirte la verdad al pensar que te dañaría mucho y ya lo ves, por respeto a ti y por mi mentira, después de tantos meses en que me prometiste la casa, no te la volví a pedir.

--Ya no es tuya. Ordené al notario desde que supe de tu relación, que modificara mi decisión y ahora estará a nombre del niño y tomará posesión de ella hasta que cumpla la mayoría de edad.

--¡Qué bueno que me dices esto! Era lo único que me retenía a tu lado el saber que tendría una casa para mí donde me estableciera definitivamente. Pero, si no va a ser así… me voy…

--¿Te vas? ¿Y a dónde? ¿Y el restaurante? –Sintiendo el Canica que le bailaba el piso al escuchar la decisión de la Tordillo y su respuesta:

--El restaurante lo voy a traspasar y me voy a la frontera con el hombre que me ha rogado que me vaya con él desde hace mucho tiempo, si no lo hice antes, fue por ti y por el niño.

--¿Y si te va mal, te roba y te abandona?

--Tengo mucha experiencia en eso. Si sucede, me quedo en la frontera, tengo ahorros que no expondré en mi relación y abro otro restaurante y listo, a ganarme la vida como yo sé hacerlo. Tenlo por seguro que no se me dificultará.

--¿Y el niño, te lo llevarás?

--No, el niño es tuyo, a mí ni me reconoce. Lo he visto tan poco por dedicarme al restaurante, que no lo siento mío. Así que puedes quedarte con él; puedes registrarlo y bautizarlo como tuyo únicamente. No incluyas mi nombre, no lo merezco.

--¿Ya lo pensaste bien?

--Sí y he tenido mucho tiempo para hacerlo. Ahora ya todo aclarado, no me queda más que despedirme. Cuando me vaya te dejo las llaves con Doña Cira. Adiós Pancho y muchas gracias por todo. –Se acercó hacia él y lo besó, quizá por primera vez con muestras de un amor sincero y no de gratitud, de un amor que ahora comprendía siempre sintió por el Canica y que nunca se lo exteriorizó y ahora en la despedida, su corazón le decía que otra vez cometía un error. El Canica recibió la caricia sin corresponderle, sin levantar los brazos para abrazarla; pero al sentir con el calor de sus labios el amor con que lo besaban, se entregó en la caricia, estrechándola y fundiéndose ambos en un solo cuerpo. Tomados de los brazos se vieron a los ojos, los de él a punto de soltar el llanto, queriéndole decir que no se fuera pero no salió sonido alguno de su voz. Los ojos de ella, expresando su amor, su tristeza y mostrando su agradecimiento. Luego de separarse, Ángela dio la vuelta y salió de la casa.

El Canica se sentó en el sofá y se llevó las manos a la cara tapándosela y oprimiendo sus ojos para evitar que sus lágrimas brotaran. Permaneció varios minutos en esta posición pensando en la actitud de cómo tomaba su vida Ángela, que tal como ella se lo había dicho desde un principio, no estaba preparada para compromisos formales para ser esposa y para ser madre, tomando todos sus actos para su beneficio personal. Aunque desconocía que a sus otros hijos también los había regalado, el dejar a su hijo bajo su tutela, le confirmaba que solamente le importaba su vida y su libertad. Hasta que el llanto del niño que despertó, lo hizo regresar de su retrospección, levantarse e ir a atenderlo.

Cuando Ángela se fue, Doña Cira de inmediato fue al taller a dejarle las llaves. El Caníbal le dio instrucciones que se esperara y le ayudara a sacar las pertenencias que tenía en su cuarto de la vecindad para transportarlas en su camioneta con rumbo a su casa, la cual habitaría nuevamente. Viviría con el niño para cuidarlo, como lo habían cuidado a él. Sería su padre de crianza, como Don Juanito fue el padre de crianza de él. Lo educaría y lo enseñaría a trabajar como lo habían educado a él. La historia volvería a repetirse, primero fue con él y ahora continuaría con el niño. Y a la memoria de quien lo adoptó, bautizaría a su hijo; porque este niño sí sería su hijo, lo reconocería como suyo con el mismo nombre de su padrino: el niño se llamaría Juan. Con mucha fe en su nuevo destino, iniciaría sólo con su hijo, una nueva vida.

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Gracias a usted Doña Cira, el muchachito está muy bien criado, ¡mírelo nomás! Ni parece que va a cumplir dos años. –La sirvienta, llevándole los alimentos diarios del Canica al taller y dedicada por completo a la atención del niño, llevándolo de su mano, le contestó:

--Gracias a usted patrón que no lo descuida un solo momento.

-Ya le he dicho que no me llame patrón, no me gusta, ya sabe como me llamo o como me dicen.

--Me da pena decirle como le llaman, es usted tan bueno conmigo y abusando de su confianza, quiero pedirle un favor…

--A ver Doña Cira, lo que se le ofrezca a la nana de mi hijo, se lo cumplo, no faltaba más.

--Dentro de algunos días quiero ir a mi pueblo, vino mi hija y me avisó que mi madre está enferma y como hace mucho tiempo que no la visito, le pido permiso para ausentarme unos días. Ni usted ni el niño se quedaran sin atención; mi hija vendrá en mi lugar si usted me lo permite…

--Claro que sí, solamente que su hija esté capacitada para atendernos.

--¡Huy Don Canica! Mi hija es muy buena cocinera y quiere mucho a los niños.

--Está bien, que venga cuando usted necesite irse.

Hoy es lunes Doña Cira y no tengo muchos compromisos, prepare al niño, vengo por él al mediodía para llevarlo a pasear.

--Sí Don Canica, pero le aviso que mañana salgo para mi pueblo; me despido de una vez porque tengo que arreglar mis cosas de viaje. Al rato llega mi hija para hacerse cargo de todo, ya la puse al tanto de cómo atenderlos… y no se preocupe, ella será una buena nana. –Sacando unos billetes de su cartera y abrazándola de despedida, le dijo-: --Ándele, que le vaya bien. Tome algo de dinero para sus gastos extras o para que se los de a su mamá.

--Muchas gracias Don Canica, es usted un ángel.

--Sí soy un ángel, pero he de ser un ángel negro o mejor dicho, un ángel Caníbal, ¿o no Doña Cira?

--No diga eso Don Canica, un verdadero ángel, no como Doña Ángela que malamente tenía ese nombre por que era un verdadero diablo. Mire cómo se comportó con usted.

--Calle, no sabe lo que dice y ande, que tenga buen viaje, hasta pronto Doña.

Despidiéndose del niño, salió para el trabajo. Su negocio había prosperado mucho al ampliarse con los giros de maquila y fabricación de ropa femenina, a tal grado, que ya no cabía en la vecindad y tenía en su futuro construir una fábrica donde, modernamente conjuntara la manufactura de ropa masculina y femenina que tan bien y con tanto éxito confeccionaba.

Recorrió todas sus instalaciones y luego de dar las instrucciones necesarias, salió para su casa. Este lunes sería el primero después de mucho tiempo desde aquellos felices días cuando paseaba con Ángela y un descanso en su pesado trabajo, le caería bien conviviéndolo con su hijo.

En la puerta del taller, lo esperaba el amigo de su infancia, el cual, todo lo contrario del Canica, continuaba hundido en los placeres del vicio del alcoholismo. Saludándolo le habló:

--¡Híjole Canica, ora sí que buen gusto tienes! Te felicito. Fui a buscarte a tu casa creyendo que por ser lunes todavía estarías allá y ¡qué sorpresota! Saliste ganando de calle.

--Aún sigues borracho Chichimeca, no se te entiende nada ¿quieres para la cruda o para que la sigas?

--Lo que sea tu voluntad mi buen Caníca.

--Toma –sacando unos billetes de su bolsillo-, tú nunca progresarás, ya no tienes remedio…

--Para que quiero progresar, para eso tú eres campeón y no faltándote la feria a ti, a mí tampoco me faltará…Gracias mi Canica y me cái que ya la hicieron tú y tu chavo, ya no estarán solos. Adiós…

--Juanito, ¿dónde estás? Si ya estás listo, vámonos. –De la recámara salió el niño muy bien arreglado de la mano de una muchacha de veintitantos años, morena, delgada, de ojos negros grandes, pelo lacio largo anudado en dos trenzas entretejidas con listones de estambre de color, muy guapa, de una belleza natural mexicana, diciéndole:

--Está listo Juanito, señor…

--¿Y tú… quién eres? –La muchacha le respondió con la cabeza baja, con sumisión:

--Soy Lucila, soy la hija de Doña Cira, para servirle al señor… estoy en lugar de mi mamá para…

--¡Ah! Sí, ya lo sé… Eres muy guapa Lucila y al verte me olvidé de lo que me avisó tu mamá. Eres bienvenida y veo que arreglaste muy bien a mi hijo… bueno, por favor, no me digas señor.

--Está bien Don Pancho. –Ruborizándose e inclinando la cabeza, lo que le hizo aumentar el color de las chapas de sus mejillas, por lo que al acercarse a ella, el Canica con su mano tomó el mentón de Lucila para levantarle la cabeza y con amabilidad le dijo:

--Conoces mi nombre, eso me agrada, creo que nos vamos a llevar muy bien. Anda, arréglate; aunque no lo necesitas, así estás muy bien; porque nos vas a acompañar. Vamos, carga al niño y partamos los tres.

Abordaron la camioneta para salir a pasear, a descansar por unas horas de la rutina tan pesada que con tanto afán el Canica le dedicaba todo el tiempo. Sentados en el asiento delantero del vehículo, con el niño ocupando su silla especial colocada en medio de los dos, al soltar la perilla de la palanca y querer tomar la manita del niño, tomó la mano de Lucila que abrazaba al pequeño, escuchándose un leve chasquido eléctrico, restallido que hizo separar rápidamente sus manos y que sus miradas se cruzaran, esbozando ambos una sonrisa. Sonrisa que iluminó la cara de la muchacha haciéndola ver más hermosa y a la vez, más sencilla e ingenua. Lucila volvió a bajar la cabeza, apenada; y el Canica detuvo la marcha de la camioneta y tomándole la mano y levantando nuevamente su barbilla, acariciando sus mejillas y al sentir que Lucila correspondía a su caricia apretando su mano entre su hombro y la mejilla, sintió que su corazón latía apresuradamente y aspiró de forma profunda por la falta de aire, al írsele la respiración cuando imaginó en ese mismo momento, que la vida del niño podría no ser igual a la suya. Que quizá el niño no estaría solo, que el niño tal vez tendría lo que él nunca disfrutó: una madre siempre a su lado.

Inició nuevamente la marcha manejando con la vista al frente, con sus ojos radiantes de esperanza y su mente llena de ilusión, a emprender un paseo que quizá sería el primero de los muchos que realizarían, pensando que también él tampoco estaría solo, que posiblemente había encontrado a la mujer con la que compartiría su vida, a su esposa y compañera para toda la vida. La mujer que alegraría la infancia de su hijo al ya no estar solo como él que creció solo y que cuando procrearan a sus propios hijos, sus hermanitos, que como él y como Lucila, todos serían morenitos, formarían una familia unida y feliz. Definitivamente, sonriente y alegre, henchido de felicidad y tomando la mano de Lucila, pensó que su vida y la de su hijo ya no sería la misma, que la historia no se repetiría.

M A X V I L L A R E A L.

Diciembre de 1999.