martes, 5 de enero de 2010

CUENTO: "La sortija"

Por Max Villareal

A: Torres, padre de un inolvidable amigo de mi juventud.


Marito no era un aprendiz de todo y oficial de nada. No. Él era lo que actualmente se llama un “mil usos”, aunque con la diferencia de que todos los oficios que desempeñaba los realizaba muy bien. Ejecutaba trabajos de plomería en tuberías de cobre y galvanizada; conectaba líneas de gas de las estufas y calentadores a sus respectivos tanques; era electricista para instalaciones domésticas, pintor de brocha gorda, carpintero, arreglaba licuadoras, planchas, pequeños aparatos eléctricos; tenía sus equipos de soldadura eléctricas y autógena y hasta destapaba cañerías. A todo trabajo nunca le decía no, tenía mucha experiencia y lo mejor: era muy responsable.

Se desconocía su pueblo de origen, aunque por su manera de hablar de seguro había nacido en el Distrito Federal. Llegó a la colonia muy joven, trabajando como cobrador en un camión urbano de pasajeros. Con el tiempo aprendió a manejar el autobús y subió de categoría siendo posteriormente el chofer del mismo camión, durante varios años. Durante este tiempo se juntó en unión libre con una mujer que conoció como pasajera, la cual le dio tres hijos, un varón el primogénito y dos niñas después, comentando siempre en forma locuaz, como era su carácter, que su vida de casado era muy feliz al no faltarle a su familia lo más indispensable.

Manejando el autobús, tuvo un accidente. Al manejarlo en forma descuidada, chocó contra otro vehículo proyectándose al perder el control del camión, hacia un local comercial que se encontraba con muchos compradores. La colisión fue terrible con un resultado trágico que sumó muchos muertos y heridos, entre los peatones y los clientes que se encontraban dentro del comercio. Marito, detenido y enjuiciado, fue sentenciado a purgar muchos años de prisión en el penal de Lecumberri. Dos años de cautivo cumplía, cuando su mujer que lavando y planchando ajeno para sostener a los hijos, no aguantó la miseria en que vivía y un cualquier día la vieron salir con los pocos cachivaches que le quedaban, ya que lo de mayor valor lo había vendido para subsistir, con su ropa dentro de unas cajas de cartón y con sus hijos tomados por la mano, para abordar una camioneta particular. Todo hecho a escondidas y por la noche, pues debía varios meses de renta y no tenía con que pagar. A ninguna vecina le comunicó hacia donde se dirigía y sin saber su paradero, luego de su disimulada fuga, desapareció de la colonia.

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Cerca de las dos de la mañana, por entre la sombra que una lejana lámpara del alumbrado público no alcanzaba a iluminar la pared de la fachada de una casa, difícilmente se observaba una figura humana que la escalaba. Llegó a la azotea, caminó sigilosamente, bajó al interior de la casa por una escalera metálica de servicio en forma de caracol; accionó una pequeña lámpara sorda de mano y con una chorla violó la cerradura de la puerta que tenía al frente. Penetró por la cocina, del trinchador abrió una cajón y de su interior cogió los cubiertos de plata que de inmediato metió en un morral que colgaba de su hombro. Pasó al comedor y de la vitrina tomó un valioso reloj de mesa y de repente, se quedó quieto… Escuchó un sordo ronquido… Se acercó lentamente hacia la sala, el piso alfombrado ahogaba sus pasos de por sí silenciosos por el tipo de zapatos tenis que calzaba y observó que tirado sobre el sofá, dormía bien ebrio el jefe de la casa. De su saco tomó la cartera, de la muñeca le retiró el reloj y de su dedo anular, un valioso anillo. El señor se removió en el sofá y masculló entre dientes, casi de manera ininteligible:

---No me molestes vieja… Déjame dormir… -Y volvió a dormirse con un estruendoso ronquido, que al intruso le permitió continuar con su labor. Entró a continuación a una recámara e iluminó un alhajero sobre el tocador, lo abrió y de un puñado tomó su contenido. Salió de la pieza y en un pañuelo grande, de los llamados paliacates, colocó las joyas, el reloj, el anillo y la cartera, amarró las puntas formando un pequeño bulto y lo guardó entre su pecho y la camisa. Al dirigirse hacia la otra recámara donde dormía la hija del matrimonio, de esta habitación salió un minúsculo perro pequinés que al descubrir al ratero, empezó a ladrar estentóreamente armándose un verdadero jaleo. Despertó a la familia y el intruso al huir rápidamente por las azoteas, despertó también a los demás vecinos. Éste, sabiéndose copado, arrojó su morral bajo unos tinacos, se ubicó donde se encontraba observando a todo su alrededor y, al ver la abertura circular de una bajada pluvial, sacó el paliacate y lo metió al tubo, tomándolo como escondite, con la certeza de poder regresar después, a recogerlo.

El ratero, justo al descender por la barda de la casa que marcaba el final de la cuadra, fue detenido por una patrulla policíaca, la cual de inmediato, procedió a esculcarlo. Bien revisado por los agentes, no le encontraron botín alguno. Remitido a la delegación correspondiente, en su declaración admitió que pretendía robar la casa donde fue detenido y que cuando oyó el escándalo en las azoteas, él se asustó y no siguió con sus planes, por lo que no robó nada y que probablemente fue otro y no sabía quien pudo haber sido, pues no vio a nadie y como prueba de su inocencia, no tenía ningún objeto robado en su poder, que el morral que encontraron abandonado no le pertenecía y que tenía objetos de otra casa a la cual él no había entrado, casa que estaba muy retirada de la barda en donde lo habían detenido.

Al conocer que el propietario de la casa robada era un político dirigente del partido en el poder, fue interrogado duramente para quedar bien con el mandatario. Éste sólo exigía la recuperación de lo hurtado, sin ningún escándalo ni publicidad del robo que le causara alguna propaganda adversa a su posición política. Como el ratero no confesaba quién había sido su supuesto cómplice en el robo, le propinaron una fuerte golpiza en el vientre –una calentadita le llaman los policías-, pero se les pasó la mano y el ladrón perdió el conocimiento. Al amanecer del día siguiente lo trasladaron al servicio médico, muy grave, tenía estallamiento de vísceras y a los pocos minutos de llegar, murió. El certificado médico expedido después que le practicaron la necropsia de ley, para proteger a los policías, dictaminó: “Congestión alcohólica con complicaciones de perforación de peritoneo e intestinos, por fiebre tifoidea manifiesta”. Así terminó sus días, el famoso zorrero y mete manos, conocido en el bajo mundo del hampa de la zona de Balbuena, sólo por el mote de “El Pozoles”.

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Dentro del penal, Marito aprendió todos los oficios que con mucha habilidad practicada, al ser asignado en los diversos talleres que como plan de rehabilitación para el interno, se implementaban en los reclusorios de aquel tiempo. Al salir de la prisión, mucho antes de cumplir con su condena por la buena conducta que mantuvo durante su encierro y los días trabajados que lo beneficiaron, lo primero que hizo fue regresar a la colonia donde instaló su hogar. Preguntó a los vecinos qué sabían del paradero de su mujer, ya que ella había dejado de ir a visitarlo al penal desde años atrás; pero nadie sabía nada. La supuesta fuga de la esposa se había realizado tanto tiempo antes, que muchos inquilinos se habían mudado, los nuevos no la conocieron y los antiguos que quedaban se habían olvidado de la mujer, de sus hijos y también, se habían olvidado del chofer que se presentaba preguntando por su familia.

Junto con su boleta de libertad, recibió de la administración del reclusorio una buena cantidad de dinero producto de los muchos días de trabajo en los talleres del interior del penal, dinero que serviría según decía el Alcaide, para la rehabilitación de lo presos modelo que como Marito, se lo merecían. Con esta ministración pecuniaria rentó una accesoria por la colonia Moctezuma, sobre la avenida Zaragoza y montó un taller de “Todo”, donde ofrecía los servicios que tan bien sabía ejecutar. En el mismo local construyó un tapanco con vigas y tarimas de madera, que le funcionó como habitación. Aquí dormía, y para comer acudía a las fondas del mercado de la colonia y para su aseo personal, a los baños públicos que estaban a la vuelta de la esquina del local. Vivía solo, nunca se le conocieron parientes ni él platicó que los tuviera. De su matrimonio, jamás volvió a tener noticias de su mujer y de sus hijos.

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Diariamente, aún en su día de descanso, Torres empujaba un carrito con dos tambos que poco a poco llenaba con basura y desperdicios. Era un empleado de la Oficina de Limpia que se encargaba de barrer las calles de la zona sur del barrio de la Lagunilla, trabajo que realizaba por las mañanas para posteriormente, por las tardes, recogía la basura del interior de los comercios y las fondas, servicio por el cual recibía generosas propinas. Al término de sus labores y antes entregar su carrito, previamente separaba en dos bolsas la escamocha que recogía de las fondas del mercado y las cocinas económicas de la zona. En una bolsa, la más grande, la entregaba a un engordador de puercos y la más chica, la llevaba a su casa para alimentar a su perro. Con estos ingresos extras, mejoraba su economía familiar y le permitía al salir del depósito de los carritos, anexo al mercado de Varios, luego de cambiarse de ropa, quitándose el overol de chillante color anaranjado y enfundarse su sencilla vestimenta, entrar a tomarse tres cervezas en una cervecería ubicada en la calle de Comonfort casi esquina con la calle de Ecuador, para que de inmediato, una vez cumplido su deseo, se retiraba a casa.

Su vivienda consistía en unos cuartos que rentó por las últimas calles de una colonia recién fundada por el barrio de la Mixhiuca, cerca de los talleres de maestranza de la oficina de Limpia y Transportes. En cuanto se instaló en el vecindario, solicitó trabajo en la oficina y al ser aceptado, empezó a desempeñarse como barrendero de las calles de la Ciudad de México. A Torres, sólo lo conocían por su apellido. Ninguno de sus compañeros ni de los patrones de comercios que atendía, conocían su nombre.

Junto con su esposa y dos hijos, una mujer y un varón, llegó muchos años antes a la ciudad proveniente de La Encarnación, una ranchería cerca del poblado de Villanueva, en la parte sur del estado de Zacatecas. Allá vivía de la agricultura en buenas tierras regadas por las aguas del río Juchipila; pero un día, al celebrarse las fiestas del pueblo por el veintiocho de octubre durante la tradicional danza de los “Matachines”, salió de pleito con un rival de amores que había pretendido a su esposa cuando ésta estaba soltera. La reyerta fue a machetazos, ganando él la partida. Huyó, no le quedaba de otra, pues por la muerte del rival, sería buscado por el ejército y seguramente le darían muerte también a él. Su esposa en una bolsa metió unas cobijas, un poco de ropa y algo de comer. Él cargó a los hijos y tomaron rumbo a Jalpa, por las tierras donde dicen que murió el asesino conquistador español, Pedro de Alvarado. Se internó entre las sierras del Laurel y la de Nochistlán, serranías donde en tiempo de la Revolución, conocía al dedillo el general Demetrio Macías, principal protagonista de la novela “Los de abajo”, zacatecano como él, que combatió derrotando al ejército del usurpador Victoriano Huerta. Cruzó la sierra alimentándose de hierbas comestibles y los pequeños animales que cazaba, ocultándose siempre. A los ocho días de su fuga, llegó a la ciudad de Aguascalientes, donde en la estación del ferrocarril abordaron un vagón de segunda clase que los condujo a la ciudad de México.

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Ya establecido y bien acreditado, Marito fue requerido por una señora para realizar una chamba en su hogar. La casa estaba en una colonia vecina, cruzando las vías férreas que antes conducían al estado de Puebla, en un fraccionamiento de mayor clase social. El trabajo era urgente: El drenaje de su casa se había tapado, las aguas negras inundaban el patio y la pestilencia era ya insoportable. Marito llegó con su equipo y empezó a trabajar. El drenaje iniciaba a partir de una bajada pluvial proveniente de la azotea y se conectaba a un registro con una coladera al centro, situado en el patio de la casa. Levantó la tapa del colector e introdujo varias varillas plegables y como un torniquete las hizo girar. Rápidamente localizó el tapón y lo extrajo. Consistía en un pequeño lío hecho con un paliacate anudado con objetos pequeños en su interior; lo revisó someramente, sopeso su contenido, lo lavó y así como lo encontró, lo guardó en su petaca de herramientas. Retirado el tapón obturador, el drenaje se destapó. El agua negra corrió siguiendo la pendiente de la tubería, le vació varias cubetas de agua limpia y el trabajo quedó listo. Sólo le restaba cobrar.

Al llegar a su taller, abrió el postigo, entró y lo cerró. No elevó la cortina metálica, primero subió a su tapanco. De la petaca sacó el tapón del drenaje y lo desanudó. Ante sus ojos brillaron muchas alhajas: dos anillos, una sortija, un collar, varias pulseras, dos relojes de mujer y uno de hombre, una cartera con billetes de alta denominación, dos credenciales y unas tarjetas de visita ya borradas y deshechas por la acción del agua, una tira de billetes de lotería bien conservada por encontrarse en un compartimiento bien cerrado con un cierre metálico. Las alhajas se notaban de alto valor, sobre todo el reloj de hombre que leyó su marca: Rolex.

Remordiéndole la conciencia y por su honorabilidad, no quiso quedarse con la duda, además, no podía quedarse con el envoltorio, sabía que si hubiera una queja de la señora por quedarse con algo que no era suyo, de cualquier forma encontrado, siendo exconvicto, de inmediato regresaría a prisión. Tomó el collar y se dirigió a la casa vecina. Al salir la señora que lo contrató, le preguntó si había perdido alguna joya que probablemente se hubiera ido al drenaje por la descarga de la lavadora. Le dijo que entre la maraña de suciedad y basura que formó el tapón, apareció un collar dándole su descripción, sin mostrárselo, recibiendo como respuesta:

---No maestro, no he perdido nada, ningún collar ni siquiera un anillo. Todo lo tengo.

---Bueno señora, si desea le puedo mostrar el collar…

---No es necesario. No es nuestro. Si viene a entregármelo, no se lo recibiré, no sé de quien sea ni quien lo haya perdido. Por mí, puede quedarse con él.

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El barrio de la Lagunilla, famoso por su enorme tianguis dominical de compra y venta de toda clase de objetos, quizá ubicado en esta zona como reminiscencia del grandioso mercado Tlatelolca, principal lugar de comercio de la enorme urbe azteca de México – Tenochtitlan; tianguis tan cercanos de lugar, pero tan lejanos en el tiempo. Esta zona conserva el nombre dado desde la época de la colonia, cuando por el crecimiento de la ciudad quedó una pequeña laguna que formaba parte del gran lago de México, rodeada de tierras que se le habían ganado a las aguas para construir mas edificaciones, laguna ya desaparecida desde antes de la Independencia del país; pero el barrio continuó llamándose igual: La Lagunilla.

Esta zona eminentemente comercial con mercados públicos para cada ramo: el de ropa, de zapatería, de artículos varios, de comidas, de materiales y rodeados de locales especializados en bazares de antigüedades, de tiendas donde expenden vestidos de novia, quinceañeras, primeras comuniones y para fiestas escolares; de mueblerías con enseres de bajo costo, no de lujo, sino al alcance del presupuesto de la gente del pueblo y que alberga a una población de comercio ambulante con infinidad de venta de artículos diversos.

Manuel, mejor conocido por el mote de “El Chácharas”, disfrazaba su ocupación principal de compra y venta de artículos robados, alhajas y relojes“chuecos”, como vendedor de billetes de lotería. Era parte integral de la población del barrio. Conocía a todos y todos lo conocían. El apodo provenía porque inicialmente fue propietario de un puesto en el tianguis, especializado en venta y reparación de relojes, que el llamaba sus chácharas.

Para abastecer de mercancía su negocio, compraba boletas del Monte de Piedad que amparaban relojes, los desempeñaba y ofrecía en su puesto. Se acreditó como un buen comerciante y empezó a tener fama. Los raterillos del barrio lo buscaban cuando se querían deshacer de un botín y le entró al negocio de comprar lo hurtado. Por esta misma causa fue acosado por los agentes policíacos y con o sin motivo, era extorsionado. Cansado de tantas asechanzas y hostigos, no quiso tener más relaciones de sobornos con la policía, decidiendo para evitarse mayores problemas, traspasar el puesto y dedicarse a la venta de billetes de lotería; pero continuando, a la chita callando, al comercio con objetos robados.

Solo, todos los días deambulaba expendiendo la suerte principalmente en bares, cantinas y cervecerías. Era muy cauto, no había sido fichado por la policía; por tanto, únicamente cuando estaba muy seguro de la alhaja que le ofrecían, la adquiría, siempre ofreciendo mucho menos de su valor real, dependiendo de la dificultad que tuviera para revenderla entre los talleres de joyería establecidos dentro de los intrincados interiores de los vetustos edificios de la calle de Tacuba, los cuales se encargaban de desmontar la alhaja, fundir el oro o el metal precioso para reusarlo y los brillantes engastarlos en otras alhajas de mucho valor. Cuando por alguna investigación lo llegaban a detener, demostraba su honorable forma de vivir como vendedor de la lotería, debidamente registrado por la oficina expendedora de la Institución.

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Debido a su forma de vivir en celibato, Marito para satisfacer sus necesidades sexuales visitaba en forma ordenada el barrio de la Lagunilla. En tres calles, desde Santa María la Redonda hasta la calle del Brasil, exceptuado la cuadra donde se ubicaba la tercera delegación policíaca, en la llamada y muy popular calle de “El Órgano”, pululaban infinidad de mujeres que vendían su cuerpo por dinero. Su oficio lo ejercían dentro de unos cuartuchos o accesorias en que la regenteadora del lupanar, colocaba de ocho a diez catres con divisiones de cortinas o unas mugrientas colchas, camastros que usaban en forma promiscua un mínimo de veinte mujeres en cada accesoria, turnándose para salir y mostrar sus atributos cuatro mujeres a la vez, dos a dos a cada lado de la puerta de acceso y, en cuanto una de ellas era requerida para cumplir con su oficio de servidora sexual, al penetrar a ocupar el catre respectivo, en riguroso turno, otra mujer ocupaba su lugar en la puerta.

Cierto día, luego de asistir a la calle donde estaban las prostitutas y satisfecha su libido, Marito entró a una cervecería. Se acercó a la barra y pidió un tarro de cerveza. Al iniciar a empinar el codo para beberla, el parroquiano que se encontraba a su derecha lo interrumpió, dirigiéndole la palabra y extendiendo su brazo hacia su tarro:

--- ¡Salud señor! –El Mil usos volteó, bajó su tarro y mirando a su vecino de barra, contestó:

--- ¡Salud amigo! –Chocaron sus tarros y ávidamente bebieron. Al bajar sus bebidas y colocándolas sobre la barra, empezaron a charlar. Primero del tiempo, luego de sus trabajos, algo de sus vidas y determinaron al término del líquido, pedir la siguiente y sentarse a disfrutarla acompañada de la botana servida y a continuar con su plática, mesa de por medio.

Marito no bebía mucho, no porque no le gustara, sino por miedo. Un expresidiario como él debía llevar una vida recta, sin vicios, para evitar por todos los medios volver a pisar una prisión. También su ocasional amigo, sólo gustaba de tomarse tres cervezas y luego a casa; ninguna más. A punto de terminarse la tercera bebida, ambos ya casi a punto de despedirse, Manuel el Chácharas abrió la puerta de doble bisagra de la cervecería, se asomó para ver si había clientela, entró, recorrió el interior ofreciendo su venta a los parroquianos para finalmente dirigirse a la mesa donde departían los ocasionales amigos. Saludó a uno de ellos con unos golpecitos en el hombro e invitando al otro a comprarle, les habló:

--- ¡Quiúbole Torres! ¿Cómo estás? … Lotería joven, es para hoy… tres varos el cachito.

Extendió los billetes como abanico sobre la mesa, ante los ojos de Marito, éste no habló, se quedó pensativo mirando a los ojos del billetero.

--- ¡Aquí, mi buen Chácharas! –Contestó Torres-, tomándome las tres de ordenanza…–Marito lo interrumpió, algo pasó por su mente que lo hizo invitar al recién llegado:

--- Siéntese, le invito una cerveza… -Jaló hacia él y retirándola un poco de la mesa, le ofreció la silla que se encontraba desocupada a un lado de su lugar. De inmediato Manuel se sentó, dejó los billetes acomodados en la esquina de la mesa, sacó su pañuelo para secarse el sudor que le corría por la frente, orejas y cuello. Agradeció la invitación expresando que en la calle el calor era sofocante y la bebida le caía de perlas.

Después de fraternizar durante el corto período de tiempo en que el Chácharas se bebía la cerveza invitada, éste satisfecho se levantó de su silla indicando que tenía que seguir trabajando y se despidió de los dos. Marito aún con una idea formada en su mente, pidió la cuenta. Mientras el mesero la traía, Torres le comentó que aparte de vender lotería, Manuel se dedicaba a la compra venta de alhajas, de preferencia las chuecas, las robadas. Esta revelación impactó al Mil usos que se quedó pegado a la silla. Al llegar la cuenta, Torres tomó la nota y le dijo que le permitiera por esta primera vez, pagarla. Una vez realizado el pago, le externó una formal invitación para una próxima reunión, ya que los eventuales conocidos habían coincidido en gustos y caracteres. Fijando día y hora, los ahora amigos salieron de la cervecería, tomando cada quien el camino para su domicilio.

En cuanto llegó a su taller, abrió el postigo, entro, prendió la luz y cerró de inmediato. Subió al tapanco y dentro de una viga, muy bien disimulada, había construido una cavidad que utilizaba como caja fuerte para guardar sus ahorros. Corrió una tapadera que era totalmente imposible verla, abrió la cavidad y de su interior sacó la cartera y las joyas. Revisó la tira de billetes y confirmó que aún le faltaban dos meses para su caducidad. Por esta causa había invitado al billetero, para ligar una amistad y ofrecerle la tira encontrada. Él no se atrevía ni siquiera ir a revisar la lista de premios por temor a que descubrieran su hallazgo, y quien mejor que Manuel para hacerlo y además, le ofrecería la compra del lote de joyas, ya que él nunca las portaría; mejor venderlas y tener un beneficio económico que lo utilizaría para rentar y amueblar una vivienda y dejar de vivir como chango –así lo refería él-, trepado en su tapanco y si alcanzaba, lo emplearía para ampliar su negocio.

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La familia de Torres aumentó durante los primeros años de vivencia en la capital, con tres hijos más: un varón y dos mujeres. Los primeros hijos nacidos en Zacatecas, en cuanto tuvieron edad, comenzaron a trabajar. El hombre al cumplir veinte años se casó y salió del hogar; pero Lupe, la hija mayor, permanecía soltera. En plan de broma comentaba que a ella ya se la había pasado el camión y se había quedado solterona. Los hijos menores trabajaban; el hombre de saquero con un maestro sastre y de costureras, las dos menores.

La amistad entre los asiduos concurrentes a la cervecería, continuó. Llegado el día doce de diciembre, Torres invitó a Marito con motivo del cumpleaños de su esposa y del santo de su hija, a comer un sabroso mole en su casa. El Mil usos acudió al festejo bien vestido, con sus mejores garras –decía él-, que casi nunca utilizaba, solamente acostumbrado a vestir el overol de mezclilla sobre una sudadera como ropa de trabajo, y una chamarra cuando asistía a la reunión semanal de sexo y cerveza.

Al llegar, Torres le presentó a toda su familia, siendo bien recibido por su carácter alegre y muy servicial. Al conocer a la hija mayor, Marito se prendó de ella. Casi toda la reunión, después de la muy abundante comida, se la pasaron platicando congeniando en sus ideas, sus pensamientos y ¡claro!, en sus físicos. Ambos se gustaron. La solterona, por medio de las pláticas de su padre sobre su nuevo amigo, se enteró que era soltero y por tanto, se desvivió en atender al sorprendido Mil usos. Quizá era su última oportunidad de que un hombre se fijara en ella y no la desaprovecharía, además, le caía muy bien y le parecía buen tipo.

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Cuando se reunieron por tercera vez, Marito se animó a hablarle. Le corrió el rollo al Chácharas que se había encontrado tirada bajo el asiento de un camión, hace tiempo, una cartera en cuyo interior contenía doscientos pesos, unos documentos que tiró y la tira de billetes que le mostraba. Que como el billete tenía una fecha muy atrasada y la lista de premios ya no aparecía en los expendios, le consultaba si el podía verificar si el billete había resultado premiado.

Manuel no se tragó el cuento; aunque le dijo que si confiaba en él, le dejara la tira para revisarla y posteriormente le informaría. Esa misma tarde, casi al anochecer, cuando el billetero entregaba cuentas de sus ventas en la oficina expendedora para ambulantes, verificó que el billete tenía reintegro pero, había sido reportado como robado.

Al volverse a reunir, Manuel le entregó el billete, le comunicó lo investigado y le aconsejó que más le valiera destruirlo, ya que si al pretender cobrar el reintegro por conducto de él y éste entregarlo a la oficina, se vería sujeto a un proceso de averiguación previa, asunto que no convenía a ninguno de los dos. Frente a sus compañeros de mesa, Marito rompió en pedazos la tira, los hizo bola y arrojó a la basura.

Entonces Manuel se abrió de capa y mirando al Mil usos a los ojos, fijamente, le dijo que mentía. La cartera era de piel muy fina, muy valiosa, y ningún pasajero usuario de los camiones portaría un objeto de ese valor; de por sí, la gente muy jodida, la que utiliza los camiones, ni a cartera llega. Por ese motivo pensaba que, en alguna casa cuando realizaba un trabajo, en un descuido de los dueños se apoderó de la cartera y que ese era su verdadera profesión: robar en las casas y que su oficio era una tapadera para realizar sus robos. Marito se espantó, se levantó de la mesa, se despidió y abandono el lugar de reunión.

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Lupe empezó a trabajar a los dieciséis años, su chamba: costurera en una maquiladora transnacional. Ahorró algo de dinero y con el apoyo del padre adquirió en abonos en el mismo taller donde trabajaba, una máquina de coser de las que descontinuaban al cambiarlas por un equipo más moderno. La instaló en su casa para coser allí mismo, lo que la maquiladora le entregaba como trabajo a destajo. Su madre por las tardes le ayudó con la costura, lo que le permitió en ese tiempo libre, estudiar una carrera corta, ingresando a una escuela comercial, donde después de tres años de estudio, se recibió como secretaria ejecutiva con bastante conocimiento del idioma inglés. Al colocarse en un nuevo trabajo dejó la costura, reemplazándola en su puesto, una de sus hermanas menores.

Después de presentar un examen, donde demostró sus aptitudes, Lupe fue aceptada como secretaria en un partido político cuyas oficinas se encontraban en la avenida de los Insurgentes Norte. Cuando este instituto político se mudó a un nuevo edificio ubicado sobre la misma avenida, calles más al norte, la muchacha por su capacidad, subió de escalafón hasta llegar a ocupar el cargo de secretaria particular de uno de los dirigentes del partido.

Guadalupe no era fea. Tenía un cuerpo delgado que cubría siempre con trajes etilo sastre, que le daban un aspecto de mujer de mayor edad y con el cabello alisado y recogido por la nuca en un chongo, una apariencia muy religiosa. Muy seria, no atraía a los galanes, lo que le confirió a su jefe, mayor confianza, respetabilidad en el puesto y a ella, seguridad en su trabajo.

Al conocer a Marito, le dio un aire de juventud. Le agradaba físicamente: de aspecto varonil no muy guapo ni tampoco feo, cuerpo fornido, de tez moreno claro, bigote bien arreglado, pelo a la casquete regular peinado con raya lateral y de una estatura adecuada a la suya. Aunque su trabajo y cultura fuera la de un obrero, no igual a la de ella, no sería impedimento para conquistarlo. Sabía y se lo había comunicado a su madre, que él representada su última ocasión para casarse y tener al menos un hijo. Tenía muchos deseos de ser esposa y madre y como aún no cumplía los cuarenta años, no quería irse invicta en su vida.

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Su pensamiento siempre estaba fijo en Lupe. Le agradaba mucho. Los años de encierro en la prisión y el tiempo de vivir en el tapanco, en soledad, también aislado como si siguiera en su celda, lo reprimía. La experiencia de su anterior unión que lo abandonó en una época difícil, abandono justificado, lo desanimaba. Por otra parte, no la podía llevar a vivir al tapanco, sus ahorros no le alcanzaban a cubrir los gastos para montar una vivienda, sólo vendiendo las joyas podría hacerlo y… tenía miedo de hacerlo.

En su reunión semanaria con Torres, le habló derecho. Le mostró los documentos de libertad donde se especificaba el porqué de su encarcelamiento, los años de prisión y su excelente conducta dentro del penal, que le permitieron recibir cartas de recomendación del Alcalde. Le habló de la mujer con la que se unió libremente, los hijos que tuvo y la desaparición de ellos. Le explicó su nueva vida que había comenzado en completa soledad, totalmente dedicado a su trabajo; luego, se quedó callado unos momentos, para finalmente preguntarle:

---Mira Torres, me conoces de poco tiempo para acá, te he contado casi la totalidad de mi vida, sabes que soy muy trabajador y sin vicios, excepto por esto que nos tomamos cada ocho días. No tomo más… ¿Qué te parece si me relaciono con Lupita pidiéndole primero que sea mi novia y luego a ti, te pido su mano para casarnos por las tres leyes? ¿Me aceptarías como yerno? –Torres, levantándose bruscamente de su silla, le contestó:

--- ¡Claro que sí! –Exclamó-, sería un orgullo para mí tenerte como yerno.- Extendiéndole los brazos, se unieron en un largo y efusivo estrujón-, ahora únicamente falta que se lo pidas a ella y mira, no creo que tengas una negativa. Lupe le ha comentado a su madre que le interesas, así es que tú dices cuando vas a pedírselo… - Ambos tomaron asiento, antes de beber el resto del contenido del tarro, Marito le dijo:

---Gracias Torres, con este trago sellamos nuestro posible parentesco; pero, primero déjame arreglar un asunto que tengo pendiente y te avisaré cuando voy a tu casa a pedírselo. Te suplico que cuando sea el día, le digas que voy a saludarla, no le comuniques cual es mi propósito. Aparte, dejo a tu discreción, si le informo de mi anterior unión y de los hijos que tuve…

--- ¡Claro que no será necesario decírselo, hombre! Yo te doy mi palabra de callarlo; pero, sabes que me preocupa, que una vez que te cases nuestras reuniones terminarán.

--- ¡Ni pensarlo! Éstas continuarán, ahora serían en la casa que le ponga a tu hija, en vez de vernos aquí, nos reuniremos en mi hogar, más tranquilos.

---Pero tendré que dejar de trabajar por las tardes para reunirnos o… bueno, creo que ya va siendo la hora de que me jubile, así no habrá impedimento alguno para reunirnos. –Terminado el diálogo y la última cerveza de ordenanza, se despidieron y abandonaron la taberna.

Marito hizo la finta de irse, caminó unas cuadras y se regresó. Montó guardia en la esquina varias horas con el propósito de ver al Chácharas; pero éste no llegó. Al día siguiente, pensó, vendría al barrio a buscarlo. Estaba decidido a casarse.

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--- ¡Quiúbas Marito! Ora que vientos te arrastraron por acá… No es el día ni el lugar ni la hora de la reunión. ¿Qué andas haciendo por estos lares? -El Chácharas le llegó por la espalda, cuando él de pie lo esperaba a que apareciera en la esquina de las calles de Allende y el Órgano, afuera de un cabaretucho de mala muerte de rimbombante nombre parisino: “El Molino Rojo”, allí, le informaron que llegaría.

---Nada Manuel… No me lo vas a creer; pero… te ando buscando.

--Sí, ya lo sé, ya me lo informaron. Desembucha aquí o prefieres hablar en otro lado, o de plano vamos a la cervecería, tú decides. – Le contestó Manuel.

No en la mesa de siempre, sino en la un rincón, en solitario, Marito le contó la historia de su hallazgo. Manuel guardó silencio, después le contestó:

---Ahora si te creo, el rollo anterior no me lo tragué… Pero para hacer negocio, necesito ver la mercancía.

---Tú me dices donde, aquí nomás no.

--- ¡Claro que aquí no! Ve por el paquete. Te espero en dos horas en los billares que están en la calle de Cuba. Allí nos vemos.

Puntualmente se reunieron. En los sanitarios del billar le mostró el lote. Manuel lo revisó. Le interesó el contenido y sobre todo un reloj Rolex cuajado de brillantes. Le ofreció una cantidad de dinero que nunca se imaginó escuchar el Mil usos, explicándole:

---El lote es muy bueno, eso te lo digo a ti porque eres cuate y persona decente. Te ofrezco más de lo que siempre ofrezco sólo porque tu no eres rata y sé para que necesitas la feria… ¿Qué dices, estás de acuerdo con el precio? –Sin pensarlo dos veces, le respondió:

---Ni hablar, que en eso quede, aparte espero que me des un buen regalo de bodas, ¿De acuerdo?

El Chácharas envolvió el lote de joyas y trató de guardárselo, siendo interrumpido en su movimiento por el Mil usos:

---Momento Manuel… El trato será dando, dando. No es desconfianza; pero creo que así será mejor para ambos.

---No pensarás que cargo esa cantidad en el bolsillo, ¿Verdad?, entonces, déjame juntarlo y nos vemos de la próxima reunión, a la siguiente; o sea, más claro, dentro de dos semanas. No es tan fácil reunir tanta lana. Nos veremos en la cervecería, ¿OK? -le propuso el billetero.

---OK, pero antes de que llegue Torres, esto es únicamente asunto de nosotros dos. –Estando ambos de acuerdo en lo pactado, chocaron sus manos como despedida y salieron del billar, dirigiéndose de inmediato Marito a su taller, le pesaba mucho andar cargando las joyas y cuanto más ahora, que sabía el valor de ellas. Pronto llegó a su taller y guardó el paquete en su caja secreta para continuar con el trabajo normal que tenía pendiente por cumplir.

Al día siguiente, al medio día, se dirigió a la Lagunilla para buscar a su futuro suegro y avisarle que iría por la noche a su casa, para que le avisara a su hija que pasaría a saludarla. Hecho esto, regresó a su trabajo y llegada la hora de cerrar, salió con su petaca deportiva que contenía sus artículos de aseo y ropa interior limpia, hacia los baños públicos. Bañado y acicalado, listo su arreglo personal con ropa nueva recién comprada, al momento de salir, no resistió la tentación. Subió al tapanco y del paquete tomó la sortija que tenía engastada un pequeño brillante al centro y dos esmeraldas a los lados, la guardó en la bolsa de la chamarra y sonriendo, partió hacia la casa de Torres.

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---Licenciado, le tengo buenas noticias para usted. –Lupe se dirigía a su jefe en cuanto éste entro a su despacho privado.

---Dime Lupita, ¿de qué se trata tanta alegría que demuestras? –Preguntó el político.

---Que anoche pidieron mi mano, licenciado; que me caso y aún no sé si continúe trabajando. No lo he platicado con mi novio; pero, de no continuar, se verá usted librado de mi presencia y eso le causará alegría, por eso le digo que son buenas noticias.

---No digas eso Lupita, sabes que te aprecio mucho, pero antes te deseo ¡Muchas felicidades!, ya era hora, ¿verdad?, tu novio se va a sacar la lotería contigo, ¿cuándo es la boda?

---El mes que entra, licenciado. Voy a pedirle quince días de permiso y el mes de vacaciones que me corresponde. Con este tiempo será suficiente para arreglar todo lo de mi boda y el viaje de luna de miel. La ceremonia será muy sencilla, después le traeré la participación y quizá, si su tiempo le permite, me apadrine en lo que usted desee. Al regreso de mi viaje le decidiré sobre mi permanencia con usted, mientras, capacitaré a la secretaria que me indique para que me sustituya mientras estoy ausente.

---Con relación al padrinazgo, ya veremos…-le contestó el licenciado mientras se acercaba a ella para darle un abrazo de felicitación. Previamente, al estrechar su mano, le llamó la atención la sortija que lucía en su dedo y le preguntó:

--- ¿Es tu anillo de compromiso? – Al recibir la respuesta afirmativa, continuó preguntando-, ¿te lo dio tu novio?... Sin mostrar ninguna alteración en su dicción ni en su semblante, le tomó la mano, aproximó su vista a la sortija y como admirándola, la revisó y la reconoció. Era la sortija que le había regalado a su esposa con motivo del décimo aniversario de su matrimonio. Sin chistar nada, le dijo: ---Está muy bonito… se ve que es caro… Bueno Lupita, ¡Muchas felicidades! –La abrazó y volvió a saludarla mano, retirándose a su escritorio.

En cuanto su secretaria salió del privado, se sentó en su sillón ejecutivo, tomó el teléfono y llamó al servicio de seguridad. A pocos minutos se presentó un oficial de Gobernación. Le explicó lo sucedido desde el robo hasta la aparición de la sortija, dándole las siguientes indicaciones, haciéndole hincapié que era totalmente confidencial su asunto:

---Localice e investigue al novio de mi secretaria. No lo detenga. No lo golpee. Haga una investigación científica. Necesito recuperar todo lo que me fue robado. Esta es la finalidad principal de su averiguación. No quiero escándalos ni motivos para que la noticia salte a la publicidad ni mucho menos en los diarios ni ningún tipo de alboroto nocivo para mi persona y para el Partido… ¿Entendido?

El oficial de seguridad inició de inmediato su investigación. Se dirigió a la oficina de personal para solicitar el expediente de Lupe, anotó unos datos en su libreta y a la salida del trabajo la siguió hasta su casa, montando guardia en la esquina más cercana.

Casi anocheciendo llegó Marito, invitando a su novia a cenar, acudiendo a un merendero a degustar un atole y deliciosos tamales. Al despedirse el Mil usos, lo siguió hasta su taller. Se informó cómo se llamaba y en sus oficinas, buscando en el archivo de antecedentes penales de las personas, descubrió que había permanecido en prisión.

Muy cercano al medio día de la siguiente mañana, llegó el oficial acompañado de un joven policía cuya jurisdicción era dentro de los barrios donde operan los rateros especialistas en alhajas, decía con seguridad, conocer a la mayor cantidad de éstos tipos. Además, iba con ellos un experto cerrajero de la institución de seguridad. Montaron vigilancia desde su auto estacionado en la esquina próxima. Marito tuvo que salir a realizar un trabajo a domicilio y cerró su local El joven pareja del oficial, lo siguió. El cerrajero, en cuanto desapareció de la vista Marito, bajó y caminó hacia la cortina del taller. Esperó que la calle quedara desierta y con su equipo rápidamente abrió el postigo y entrecerrándolo, se plantó en la puerta. El oficial entró, cerró la puerta y empezó a catear el local: revisó todo, movió todo colocándolo en el mismo sitio. Cajones, botes, cajas de herramienta, el tapanco, su colchón, todo, sin encontrar nada. No descubrió la caja fuerte de Marito. Salió, cerraron y en el auto esperaron al otro policía. Una hora después, al regresar informó sobre su trabajo: Todo normal, de rutina, llegó a un domicilio, donde supuestamente realizó un trabajo, salió y regresó. Le pregunté a la señora de la casa a que había ido ya que quería referencias de él y me dijo que era un cumplido obrero, lo llamaban con asiduidad al ser muy responsable y honrado. Todo sin novedad. Acaba de llegar, ¿verdad?

Pronto llegó el día de la reunión. Lo vigilaron desde su salida; lo vieron llegar a la zona de tolerancia, ocuparse con una mujer, acudir a la cervecería, reunirse con Torres al que ya conocían como padre de la secretaria y su retorno al taller a seguir trabajando. Nada. Estaba limpio. Su proceder correspondía con los datos de buen hombre y honrado obrero, que habían recabado preguntando sus referencias con el pretexto de emplearlo para que les hiciera un trabajo. No obstante, no dejaron de vigilarlo.

A la semana siguiente, Marito salió más temprano que de costumbre, cargando su petaca donde guarda su herramienta. Acudió a una casa en la que le solicitaron un servicio, entregó un aparato que le confiaron para reparar, cobró y se retiró. Tomó un autobús para llegar a la calle del Órgano, cumplió con sus necesidades de hombre y luego se trasladó a la cervecería, una hora antes de su reunión habitual. El agente y su joven pareja, tras de todos sus pasos, permanecieron en la acera frente a la taberna, acechando cualquier movimiento suyo.

Minutos después, el joven policía vio acercarse al Chácharas vendiendo sus billetes y le informó al agente, jalándolo hacia el interior de una zapatería, para no ser vistos:

---Mi jefe, mire… Ese que viene allí enfrente, es un conocido comprador de chueco, muy hábil, no se le ha podido comprobar nada, su tapadera es vender lotería… Camine, que no note que lo vimos, porque se desaparece.

El billetero entró en la cervecería, fue al mingitorio, después se asomó por entre la puerta de doble bisagra, ligeramente entreabierta, observando hacia la calle. Le pareció reconocer a alguien de la policía. No vio a nadie y caminó hacia la mesa donde lo esperaban. Se sentó a un lado de Marito, éste ya había pedido una cerveza para el recién llegado que ávidamente, de un solo trago bebió Manuel. Al dejar el vaso sobre la mesa, de inmediato fue al grano:

---Aquí muy cumplidor mi buen Marito… ¿Traes el paquete?, –preguntó.

--- ¿Tres el dinero?, -respondió el Mil usos.

Manuel sacó un paquete envuelto en papel periódico pegado con tiras de papel paspartú engomado. Rasgó el periódico y mostró los billetes. Marito sacó de su petaca el envoltorio y se lo entregó. Manuel lo desanudó y vio las alhajas.

---Dando, dando -dijo uno-, dando, dando-, replicó el otro.

Manuel se guardó el lío en el interior de su saco, en un pequeño morralito que colgaba lateralmente de su cuello. Marito introdujo el paquete del dinero en su petaca de herramientas. Se levantó el billetero y al estarse despidiendo, de pie frente al Mil usos, el policía ayudante penetró a la taberna con rumbo al mingitorio, con el rabillo del ojo observó al vendedor de billetes frente al ese momento, miedoso obrero.

El Chácharas, desconfiado, sospechó de la persona que vio entrar, le pareció ser el policía que atisbó en la calle. Sin terminar de despedirse, tomó sus billetes y salió de prisa. El policía desde la puerta del baño se dio cuenta que ya no estaba el billetero, de pocas zancadas llegó a la puerta y llegando ante su jefe, le gritó:

--- ¡Ése es el contacto!... Estaba de pie frente al sospechoso, ¿vio para dónde se fue?

--- ¡Sí, allá va! ¡Sigámoslo! –Le contestó, iniciando de inmediato su persecución.

Manuel dio vuelta en la esquina por la calle de Ecuador, cruzó la calle y por la primera puerta del mercado de ropa, se introdujo. Trató de perderse serpenteando entre los puestos, para finalmente abandonar la nave del mercado por la última puerta que da a la calle de Rayón. El ayudante, más joven, dejó atrás a su jefe. Cuando lo vio correr por la mitad de la ancha avenida, con un grito le paró el alto:

--- ¡Policía, deténgase!... –El Chácharas dio la vuelta, con un movimiento rápido, de su manga sacó una pistola y disparó hacia el policía, hiriéndolo en una pierna y cayendo éste al suelo. Aún tirado, sacó su arma y conminándolo con gritos, disparó tres veces al aire sin apuntarle al prófugo para evitar lesionar a un inocente. El billetero siguió corriendo por la calle de Allende, rumbo al norte, con la pistola en la mano, tratando de mezclarse entre los peatones, pero éstos, al verlo empuñando un arma se separaban de su camino dejándole libre su paso.

Un policía adscrito a la tercera delegación, ubicada en la esquina del mercado y estando de de guardia en el crucero vial, al oír el primer tiro se apersonó en el lugar y vio los hechos, persiguiendo al delincuente. Desenfundó su pistola y soplando en forma intermitente su silbato, lo alcanzó. El Chácharas se detuvo, giró empuñando el arma y antes de que volviera a disparar, el uniformado accionó primero su pistola acertando dos disparos en el pecho del hábil billetero. Manuel quedó tendido en forma grotesca, desangrándose y exhalando un último suspiro cuando el policía con mucha precaución, se acercaba al cuerpo, para retirar con el pie, la pistola que soltó de su mano cuando cayó abatido el billetero.

El agente de Gobernación llegó atrás del uniformado. Se identificó y el policía se cuadró ante él. De inmediato, en cuclillas procedió a esculcarlo. Encontró el morral tinto en sangre con las joyas dentro. Lo guardó en su saco envolviéndolo en su pañuelo, ordenando al policía que se mantuviera vigilante para que nadie se acercara y a los demás uniformados que se acudieron al sitio en apoyo, que retiraran a los curiosos que en torno al cadáver de Manuel, se agolpaban. Se levantó y le dijo al policía que él iría a la delegación a dar parte, en seguida observó a su alrededor, ubicándose donde se encontraba. Fijó su vista hacia el cuerpo el cual quedó boca arriba sobre la banqueta de la calle Libertad, justo al frente de un cabaret de ínfima categoría, “El Imperio”, que mucho frecuentaba el billetero. Dio la espalda al cadáver y al momento de retirarse, un alma caritativa, una mujer del pueblo, tapó con una sábana blanca al difunto y otra colocó una veladora, que minutos después, se multiplicaron por arte de magia.

Encaminó sus pasos hacia la tercera delegación policíaca. Entro primero al servicio médico donde ya atendían a su joven pareja, que cojeando y con ayuda de otros uniformados, lo habían trasladado. Escuchó del doctor de guardia el parte médico: el balazo recibido entró en sedal, sin tocar hueso ni arteria, no era de peligro y sanaría en pocos días. A continuación habló con el agente del Ministerio Público presentándole sus credenciales, comentándole lo sucedido en voz baja, casi al oído, indicándole el porqué de su presencia y a quién representaba en este caso y las instrucciones que había ordenado esta persona para que se mantuviera en el anonimato y que en todo lo que ayudara, le sería bien correspondido. El funcionario, asintiendo todo lo que escuchaba con movimientos afirmativos de su cabeza, aceptó las explicaciones y momentos después de que trasladaron el cadáver a la morgue de la delegación y el policía que participó dando muerte al muy conocido Manuel, alias “El Chácharas”, dio su parte, sin problema alguno, se retiró de la delegación.

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Cuando le daba el último sorbo a la cerveza que estaba tomando en compañía de Manuel, llegó Torres. A pregunta de éste de porqué se había adelantado, le explicó que había llegado Manuel pidiéndole que le invitara una, por que tenía mucha sed, que se la tomó de un golpe sin decirle salud y sin explicación alguna, salió rápidamente. Ambos pidieron sus bebidas y al darle fin a las tres cervezas de ordenanza, luego de estar platicando todo el tiempo con respecto a la futura boda, se despidieron.

Marito dirigió sus pasos hacia la sastrería donde trabajaba el hijo de Torres, su futuro cuñado, para que le tomaran medidas de su traje, el primer traje de su vida; se sentía rico, no quiso comprarlo en las tiendas del barrio, se daría el gusto de tener uno a su medida. Mañana le entregaría el dinero necesario a su novia para que se comprara su vestido nupcial y el ajuar para la boda, además, lo suficiente para que buscara una vivienda decorosa. Hoy no iría. Aunque consideraba que era un alto riesgo andar cargando tanto dinero, apestaba a cerveza y a mujer comprada. No se sentía limpio.

Abrió el postigo de su taller, prendió la luz, cerró, todo rutinariamente. Subió a su tapanco, sacó el paquete de su maleta, se sentó en la orilla de la cama, rasgó el papel periódico de la envoltura y se aflojaron los fajos de billetes, y… ¡OH sorpresa!... Sólo los fajos perimetrales del paquete eran billetes, los fajos centrales eran de papel periódico perfectamente recortado del tamaño real de los billetes… ¡El Chácharas lo había timado! Hecho un energúmeno de coraje, pensó en salir a buscarlo; ¿pero, en dónde? No sabía en que lugar encontrarlo a esta hora y mucho menos sabía donde estaba su casa. Respiró muy hondo para tranquilizarse y empezó a contar el dinero recibido… ¡Era todavía mucho dinero! Más que suficiente para todas sus necesidades y aún le sobraba mucho. Calmado, dejaría para mañana localizar al billetero o, talvez, hasta la reunión de la semana siguiente. Guardó la mayor parte, los billetes de más alta denominación en su caja fuerte y el resto lo dejó en su petaca. Rompió y tiró a la basura los billetes simulados de papel, se desnudó, se acostó, apagó la luz, y pensando en su novia, se durmió a pierna suelta.

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---Así estuvo todo licenciado. Usted dice si voy por el plomero y lo encierro.

---No oficial, sería más relajo y más justificaciones por el asunto. Quizá hasta tendría que presentarme a declarar y no es necesario. Aquí está todo lo robado, está completo. Lo de la cartera no cuenta; el billete de lotería no valía la pena; de los documentos ya tengo duplicado. Sólo falta una sortija, la que trae mi secretaria; pero creo que bien vale la pena dejársela como pago o recompensa por haber recuperado mis alhajas. Sin esta pista nunca las hubiera vuelto a tener, es más, ya me había resignado a su pérdida… Pienso además, que mi secretaria se merece un buen regalo de bodas, de muy buen precio, por su circunstancial ayuda.

---Lo más probable –continuó explicando el agente-, es que el ratero, cómplice del que detuvieron en el lugar del robo, ocultó el botín todo este tiempo. Cuando pensó que ya nadie se acordaba del hurto, se contactó con el comprador de chueco y éste le compró todo el lote. Como conocía al plomero y sabía sus necesidades de un anillo, se lo vendió y de seguro hasta hoy se lo fue a cobrar cuando mi ayudante los vio juntos en la cervecería. En su bolsillo traía una buena cantidad de dinero, lo vi cuando lo registré. Y el lote, pienso que lo llevaba a repartir entre sus conectes para despiezarlos. Así es como efectúan sus ventas.

---Si oficial, así debe haber sucedido. Pero dígame: en la investigación del muertito no estoy involucrado en nada, ¿verdad? –Preguntó el licenciado.

---En nada señor –con firmeza le contestó-, mi ayudante declaró que fue herido, y hay muchos testigos, por el billetero, cuando éste con habilidad lo había robado calles atrás y lo perseguía para detenerlo. La cantidad inusual de dinero que llevaba es prueba de ello. El ayudante que me asignaron es incondicional mío y no hablará nada. El policía que disparó y lo mató, será condecorado y ascendido de grado en una ceremonia pública, por su conducta ejemplar. De esta manera se dará fin al asunto.

---Según me comenta, el novio es una persona honrada sin culpa del robo y mi secretaria está fuera de toda duda, ¿así es?

---Afirmativo señor licenciado.

---Bueno, eso es todo. Muchas gracias. De carpetazo al asunto y nuevamente, mucha gracias por su discreción. Su actuación será le tomada para su futura promoción. –Terminado el diálogo con el agente, el político, tranquilo, se arrellanó en su sillón y esbozando una sonrisa de satisfacción, se colocó en el dedo anular el anillo conmemorativo de su permanencia en el Congreso y en el pulso, el valioso reloj. Prendas muy personales que le habían sido hurtadas.

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Comentaba Torres –éste a la fecha ya jubilado-, con su yerno, que ya se había cumplido un año del asesinato por un policía de su amigo el Chácharas; estando ambos reunidos tomando su cerveza de rigor, pero ahora ya no en la cervecería, sino en el hogar del buen Mil usos, tal como lo predijo éste, tiempo atrás. Sentados alrededor de la mesa del comedor, Marito con un brazo cargaba a su hija recién nacida y con el otro brazo, levantado, sostenía en su mano el vaso de cerveza con el que brindaba con su suegro, mientras Lupe, ahora feliz esposa, les preparaba unas suculentas botanas.

Marito a sus múltiples oficios, agregaba otro más: el de padre orgulloso y fiel cónyuge, con una hija y una esposa, que tal como cuando lo conoció, se desvivía en atenciones para él. El mil usos jamás regresó a la Lagunilla; olvidó sus correrías de soltero dedicándose en cuerpo y alma a su trabajo y a su hogar.

Nunca supo la pareja que su felicidad actual, pudo haber sido trastocada por la decisión de un político, que los hubiera convertido en personajes de una tragedia más de la vida; de las muchas tragedias que ocurren a diario en los barrios pobres de esta hermosa, pero cada día más difícil de vivir para todos: Ciudad de México.


Max Villareal

Mayo de 1998.



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