martes, 5 de enero de 2010

CUENTO: "La máscara imperial"

Por: Max Villareal

A MI ENTRAÑABLE AMIGO Y MAMÓN, COMPAÑERO DE TODA MI VIDA.


Muy numerosa la prole que procreó este matrimonio. Todos los hijos estaban flacos, entecos, de piel amarillenta llena de jiotes con signos clásicos de anemia. Ocho mujeres y cuatro varones todos muy parecidos entre sí, como si hubiesen sido fabricados con un mismo molde dentro del vientre de la madre; excepto una mujer: la ocupante del quinto lugar en la escala de la progenie, que era totalmente diferente. Cuando llegaron a la cuadra donde vivíamos, yo la conocí días después de su arribo cuando acompañada por uno de sus hermanos, salió a la calle. Ella estaba más alta que todos sus hermanos: tenía la piel blanca, era muy obesa, de pechos gordos, redondos y prominentes, cintura adiposa, piernas regordetas sustentando unas amplísimas caderas. Todas sus carnes laxas y bofas que al caminar se meneaban con un ritmo gelatinoso, llamando la atención de todos los que la veían cuando con pasos torpes caminaba por la acera, los pocos momentos que la dejaban salir de su vivienda, ¿por qué?, porque padecía un retrazo mental muy ostensible. Hablaba con una voz algo gruesa y notoria disfasia, balbuceando y por la comisura de sus labios gruesos, muy carnosos, le escurría de vez en cuando, una saliva viscosa. Todos los muchachos de la cuadra la llamábamos con un apodo lacerante, cruel, como crueles somos todos los niños. Le decíamos: La Babaloca.

Era mayor de edad que todos nosotros, posiblemente unos tres o cuatro años y pese a cumplir próximamente sus quince años, su cuerpo estaba muy desarrollado, como el de una persona adulta muy gorda; pero albergando una mente de una niña de ocho años de edad. Por eso mismo, Antonio, uno de sus hermanos menores y de nuestra edad, posteriormente compañero de la primaria, de quijada prominente y porque aún estaba chimuelo, de mote le decíamos el Abuelo, el cual de los cuatro hermanos varones, era el que más la cuidaba del asedio de los muchachos mayores de edad que nosotros y que a hurtadillas, entre las sombras de las calles mal iluminadas y bajo la oscuridad producida por las ramas de los árboles, trataban de agasajarse con ella, cuando la madre, no teniendo quien la acompañara, de vez en cuando la mandaba sola al anochecer a comprar el pan para la cena de la familia.

El matrimonio vivía en un inmueble que no cumplía con la tipicidad de una vecindad, sino que estaba formaba por varios cuartos alineados levantados con muros de tabique y techumbres de láminas de asbesto unos, y otros con láminas de cartón. Construido al fondo del patio se encontraba un cuartito para una regadera y dos cubículos para letrinas, una para hombres y la anexa para mujeres. El patio tenía cuatro lavaderos para los inquilinos y los tendederos para la ropa.

En dos cuartos ubicados hasta el fondo, vivía una pareja de ancianos, él jubilado, que esporádicamente recibían la visita de sus hijos. En los tres siguientes se hacinaba la numerosa familia. En la siguiente vivienda la ocupaba un sastre, su esposa y un hijo. Al frente, en la fachada de la casa, en dos cuartos mas una accesoria que daba al exterior por medio de una cortina metálica, la ocupaba una pareja con un hijo de dieciocho años, que se dedicaban padre e hijo, al oficio de la tapicería ocupando la accesoria como taller y ofrecer allí sus servicios.

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Roberto, el joven tapicero, de piel morena, mediana estatura, complexión robusta quizá un poco gordo; por las tardes casi al anochecer cuando todos los muchachos nos arrellanábamos en el piso, ya sea recargados en la pared de las casas o en la guarnición de la acera, dejando sólo un estrecho paso para que transitaran las personas, esperando el posible paso de la Babaloca para acariciarle las piernas si no venía acompañada por el Abuelo; Roberto nos platicaba detalles sobre su vida. Nos decía que él practicaba la lucha libre, el pancracio, luchando enmascarado con el seudónimo de La Máscara Imperial, mostrándonos sus arreos empleados: capas, leotardos, máscaras, fundas, su calzado y que tenía como maestro de lucha al gran enmascarado El Santo, mostrándonos las llaves clásicas de la lucha tomando a alguno de los muchachos para aplicarle las llaves que conocía. Pero lo que nos alegraba, lo que nos hacía soñar y esperábamos con ansia, era cuando nos platicaba sobre sus relaciones con la Babaloca.

Nos hacía imaginar en nuestros primeros sueños eróticos lo que era el cuerpo femenino. Nos relataba que por las noches, cuando la veía entrar al cuartito para bañarse, él la espiaba a través de las rendijas que dejaban los tablones que los separaban del baño al sanitario donde él se encontraba. Y más, brincábamos y gritábamos emocionados cuando nos dijo que una noche la muchacha lo llamó al darse cuenta que la espiaba y levantando la cortina que funcionaba como puerta de la regadera, le enseñó la voluminosa maza de sus fofos senos.

Sólo al hermano mayor lo respetábamos y le sacábamos el bulto cuando por la noche salía en compañía de la Babaloca. En cierta ocasión, quizá por haber recibido el soplo de lo que nos relataba Roberto, frente a todos nosotros, el hermano lo retó:

--¿Y tú pinche gordo, que andas contando de mi hermana? ¡Levántate o allí sentado te voy a partir el hocico! –Roberto se levantaba y temeroso le contestaba:

--No puedo pelear contigo… Soy un profesional de la lucha y me tienen prohibido pelear en la calle. Si lo hago, me pueden suspender la licencia…

--Lo que pasa es que eres un maricón. No le saques… a ver qué tan machito eres… -Roberto prefería meterse y encerrarse en su taller en lugar de enfrentarse al hermano mayor. Al día siguiente nos borraba la impresión de ser un zacatón, al platicarnos muy convincentemente que por el deporte que practicaba, asociado al jiu.jitsu, el arte marcial japonés, no se podía aprovechar de la ventaja que tenía para pelear contra cualquier persona en inferior condición y aptitud física.

Las reuniones vespertinas de todos los muchachos en torno a Roberto, continuaron celebrándose, emocionándonos en la narrativa de sus encuentros luchísticos que sostenía en las arenas de la periferia de la capital y que muy pronto, La Máscara Imperial debutaría en la Arena Coliseo; pero el entusiasmo era mayor cundo le pedíamos que nos contara una y otra vez, un suceso que platicaba con detalle. Decía que una noche se estaba bañando y vio cuando la Babaloca entró al sanitario. Al salir la muchacha, él abrió la cortina para que ella lo viera encuerado y con el miembro en erección. Le hizo una seña, ella volteó a verlo y sin titubear se metió con él. De inmediato la abrazó y la besó. Tendió su toalla en el piso, la acostó, le levantó la falda y la hizo suya sin que nadie se diera cuenta. Este acto sexual se había repetido en otras ocasiones, porque cada vez que se bañaba por las noches, ella lo esperaba para amarse nuevamente. Todos los muchachos escuchando primero con la boca abierta y luego riendo nerviosamente cuando terminaba la plática, se hacían las ilusiones como yo me la hacía, de que cuando creciéramos llegaríamos a tener entre nuestros brazos el cuerpo voluptuoso, por sus enormes carnes, de la tarada muchacha.

En realidad Andrea, que tal era el nombre de la Babaloca, no era fea de cara. Lo que la afeaba era la gordura que le daba un aspecto porcino. No obstante su retrazo mental, en su vida familiar era muy trabajadora, ayudándole a su madre en los quehaceres de la casa y cocina, en el lavado y planchado de la ropa de todos sus hermanos y gustosa de salir a la calle a cumplir con los mandados que le pedía la madre.

Enferma en una ocasión de las vías respiratorias, una tos crónica, por primera vez en su vida la llevaron con un doctor: el de la colonia donde vivíamos. Éste la revisó y auscultó y luego de prescribirle, entregarle la receta y unas muestras médicas del medicamento recetado para su rápido restablecimiento, le preguntó a la madre:

--Su hija padece un marcado retrazo mental. ¿Nunca ha consultado a un especialista?

--No doctor. Somos muy humildes. Tengo muchos hijos y el dinero apenas nos alcanza para comer y no disponemos para esos gastos tan caros, que se según me dicen cobran los especialistas.

--La engañan. Creo según observo, que con un tratamiento intensivo, se puede reducir su enfermedad en un cincuenta por ciento en muy poco tiempo. La muchacha se nota con cierta inteligencia, impidiendo demostrarla por su habla tan particular. Tráigamela para revisarla nuevamente en ocho días, una vez que se haya aliviado de la bronquitis.

--¿Y no nos costará mucho?

--No. La voy a recomendar para su ingreso al Instituto de Neurología, conozco al director, es amigo mío y no le cobraran nada, en medicina social. La va a atender una trabajadora social, usted le dará los datos que le pidan, su situación familiar y económica y verá que todo el tratamiento será gratuito; pero me promete que la traerá y la llevará al hospital, ¿de acuerdo?

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Terminé la primaria e ingresé a la secundaria. Por causas que a esa edad ignoraba, nos cambiamos de casa y dejé la colonia donde viví mis primeros años, alejándome de mis compañeros y amigos de la infancia. A los pocos meses, ya ambientado al cambio de sistema educativo de tener un solo profesor a ahora impartirnos las clases diez maestros, uno para cada asignatura, me topé en el descanso entre clases, con un alumno del mismo grado, pero de otro grupo. Me fijé en él por portar en la manga de su suéter un listón negro y por curiosidad le pregunté:

--¡Quiúbo compañero! ¿Estás de luto? ¿Acaso falleció alguien de tu familia?

--Mi padre.

Te acompaño en tu dolor. Sé lo que has de sentir por que yo también acabo de perder a mi abuelo, que realmente fue mi padre. Él me crió.

--¿Cuándo fue?, -me preguntó.

--Este mes, hace escasos quince días… y el tuyo, ¿cuándo murió?

--En enero, el día primero.

--¡Híjole cuate, qué día! Empezaste mal el año…

Esta plática marcó el principio de una larga amistad, de convivir diariamente durante el período de clases, aún no asistiendo en el mismo grupo; pero al término de las clases diarias nos reuníamos a la salida de la escuela y continuábamos compartiendo el día, yendo a comer al restaurante, luego ir al cine o al billar a jugar una partida de carambola.

Fernando, mi amigo, me platicó que su padre fue un Coronel del ejército que combatió a los rebeldes que se levantaron contra el gobierno de Obregón y contra las hordas de Cristeros en tiempos de Calles; por ello, la educación de mi amigo fue apegada al rigor militar, a tal grado que durante el sexto de primaria le asignaba a un sargento que lo acompañara a la entrada y salida de la escuela, ya que Fernando, enemigo de la disciplina militar y por desobedecer las órdenes del padre, en la primera oportunidad que se le presentaba se pintaba de la escuela, evadiendo la vigilancia del sargento lo que le ocasionaba duros regaños del padre y el arresto al sargento.

A la muerte del coronel, la esposa acostumbrada a vivir bajo su régimen, continuó ejerciendo el mando sobre sus dos hijos, dedicándole todo el tiempo a Pedro, el mayor; siendo esta la causa que Fernando tuviera todo el día para dedicarlo a la escuela y las actividades de diversión que después convivíamos. Yo, carente del control de mi abuelo y atendido por mi abuela, me era fácil decir que mis actividades escolares, después de asistir a la biblioteca y hacer mi tarea en ese lugar, terminaban a las seis de la tarde. Así, compartíamos el día completo.

A escondidas de la madre, Pedro se enamoró de una muchacha y sin contar con el consentimiento materno, se casó y se separó de la autoridad materna. La madre, al perder el control sobre el hijo mayor, volcó todo su dominio sobre Fernando, creándole una total dependencia suya con una obediencia ciega a su mandato. La señora se convirtió en la madre posesiva de Fernando, situación que le causaría tanto daño, transformándole su carácter y su vida personal.

Ya cursando la Preparatoria, el bachillerato de Leyes; Fernando se enamoró de una compañera de su grupo, una muchacha menudita de cuerpo y muy bonita que no le caía mal mi amigo y le correspondía a sus caricias, aunque ella estaba comprometida con otro alumno que ya cursaba los últimos años de medicina. Fernando, al presentársela muy orgulloso como su novia a la madre, encontró un rechazo que no esperaba. La señora le armó un gran escándalo corriéndola de la casa, pretextando que por su forma de vestir con mini falda, muy liberal y adecuada a su edad, le gritó que era una prostituta que sólo buscaba distraer de sus estudios a su hijo. Esta actitud de la madre, le dio a ella la oportunidad de cortar las relaciones con Fernando, relaciones que se tornaban cada vez más peligrosas para el compromiso formal que tenía con el que ya era su prometido.

El cortón para Fernando fue de tales consecuencias como si se le hubiera caído el cielo encima. No podía soportar la idea de que ya no la tendría entre sus brazos y que ella estuviera en los brazos de otro. Muy alterado, dio cabida a su dolor volviéndose taciturno, aquel muchacho que siempre irradiaba alegría, jurando que jamás volvería a amar a otra mujer. Yo, como su paño de lágrimas y receptor de todas sus cuitas, le aconsejaba que tratara de olvidarla relacionándose con otras muchachas, que pensara que siempre que se funde un foco, hay que reemplazarlo por otro nuevo.

Poco a poco la herida amorosa fue cicatrizando. Fernando tuvo otras amigas, algunas que lo pretendían ya que mi amigo tenía ángel y carisma para caerles bien a las mujeres, pero cometía por la dependencia materna, el error de presentárselas a su madre y ésta, actuando como una verdadera madre posesiva, poniendo como pretexto y exagerando los defectos que les notaba a las jóvenes, se las corría.

--No mamá, si únicamente vamos a una fiesta. Una hermana de un compañero cumple años y…

--¡Qué fiesta ni que nada! Van a ir a un cabaretucho a embriagarse y a bailar con puras suripantas. Conozco bien esa clase de fiestecitas a las que te invitan, ¿crees que me chupo el dedo? –Y dirigiéndose a mí, me dijo: --Tú sólo vienes como embaucador, de alcahuete, de tapadera del verdadero fin de su mentada fiestecita…

--No señora, no es así. La fiesta es real. Mire, aquí está la invitación…

--¡Ah! ¿Entonces soy una mentirosa? ¿No, verdad? Lo que pasa y te lo repito es que tú eres un alcahuete y se van a ir a emborrachar…-Cambiando el tono de su voz, nos dijo: --Si ese es el fin… ¿para que se van? Aquí tengo una botella de brandy, bébansela y si se la acaban, tengo otra. Qué les parece, si mientras se toman la primera cuba, les preparo unos antojitos como botana, ¿sí?

Jamás pude sonsacar a mi compañero. Invitación que le hacía y al efectuar la temida solicitud del permiso, seguro era otra borrachera de buró en lugar de asistir a la fiesta. Yo, de broma, pero quizá resultaba cierto, le comentaba: --Caray Fernando, si hubieras sido vieja, es posible que habría sido más fácil conseguir el permiso para que me acompañaras, ¿no lo crees así?

En cierta ocasión que la invitación era muy importante, pues nos la habían hecho dos señoras que le traían ganas a Fernando y a las que les prometimos no faltar; no obstante de no conseguir el permiso y ya nos habíamos tomado dos cubas, en cuanto su madre se quedó dormida, se decidió acompañarme. La reunión con las damas nos fue de maravilla, terminando hasta el amanecer. Fernando llegó a su casa cuando su madre salía a trabajar a una tienda de la que era propietaria, recibiendo un fuerte regaño, más fuerte que cuando niño se los daba su padre. A mí, días después que pasé a visitarlo, fue lamentable y quisiera no recordar todo lo que me dijo su madre: de soflamero y alcahuete para arriba, no se cansó de decirme, lo que motivó que me prometiera no volver a invitarlo a ninguna reunión. Y según me comentó Fernando muy posteriormente, que durante todos sus estudios profesionales, no le permitió tener amigas ni compañeras de clase ni novia ni mucho menos, alguna amante.

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Roberto casi amaneciendo, salía de su casa cargando una gran maleta deportiva donde llevaba su equipo de lucha. Todos sabían que se dirigía al gimnasio a practicar su deporte y futura profesión. La Máscara Imperial, antes de su entrenamiento en el ring, primero en el campo deportivo que se encontraba en la avenida principal cerca de su casa, corría dando varias vueltas por toda la periferia del campo, luego cargaba su maleta y a veces, en lugar de ir al gimnasio, muy discretamente se encaminaba hacia unos baños ubicados en las calles de San Pablo, establecimiento que tenía muy mala reputación. En el ala general para mujeres, acudían las prostitutas para dar servicio a los hombres que ocupando un cubículo privado, requerían de sus favores. En el general para los hombres, era únicamente ocupado por homosexuales, sus machos y los que buscaban una relación sexual con un hombre. La Máscara Imperial, con su falsa apariencia de ser un rudo luchador y utilizando como cortina para ocultar su desviación las narrativas sobre las violaciones que le perpetraba a Andrea, encubría su verdadera personalidad: era un maricón.

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Los tratamientos aplicados en el nosocomio a Andrea, lentamente fueron dando resultados. Después de un año ya no babeaba e hilaba más correctamente las palabras. Y lo mejor, la sometieron a una dieta rigurosa, prohibiéndole los alimentos cotidianos a que estaba acostumbrada en su casa, sustituyéndolos por vegetales y complementos alimenticios que le proporcionaban en el mismo Instituto; dieta que fue severamente aplicada por la madre y que le dio excelentes resultados: Andrea bajó más de treinta kilos.

Tras dos años de terapia, Andrea ya no era la misma. Arreglada para asistir a su cita en el Instituto, con un sencillo vestido de percal pegado a su cuerpo y calzando unas zapatillas de tacón que la hacían verse todavía más alta, los hombres, al igual que tiempo atrás volteaban a verla desparramar sus gelatinosas masas carnosas moviéndose al ritmo de sus torpes pasos, ahora lo hacían admirando la bella figura de la mujer. Andrea era todo un monumento femenino.

Por su alta mejoría, al término de las instrucciones que el Neurólogo le indicaba a la madre para seguir la terapia en casa, ya que las citas ahora ya no serían tan seguidas y las sesiones se espaciarían, al estar anotando en su carnet la próxima cita para dentro de seis meses, Andrea que estaba al lado del especialista, cayó desmayada a los pies del doctor. Éste pidió ayuda y rápidamente entraron dos enfermeros con una camilla para trasladar a Andrea a la zona de emergencias para ser atendida. El doctor le dijo a la madre que para ser revisada exhaustivamente, Andrea debería ser internada, por lo que podía retirarse y regresar por la mañana.

Al día siguiente, el Neurólogo recibía en su consultorio a la madre estando a su lado Andrea. Preocupada le preguntó por su salud:

--¿Qué le pasó a mi hija, doctor? ¿Es grave?

--Su hija está bien de salud. Únicamente con un problema que quizá usted ya debe estar enterada. Andrea está embarazada…

--¡Cómo!

--Por la vía normal señora, como se embarazan todas las mujeres…Tuvo relaciones sexuales con un varón, no hay otra forma.

--¡No puede ser, nunca la hemos dejado sola!

--Pues ahora habrá que cuidarla más, dado su estado. Su cuerpo está bien, no así su mente. La he interrogado al respecto y no sabe nada sobre quien la violó ni cómo ni donde ni cuando. Bueno, lo de cuando lo sabemos aproximadamente. Andrea tiene ocho semanas de gestación.

--¡Hija, muchacha, dime quién te tocó! ¡Dímelo, por favor! –La madre, llorando, tomándola por los hombros, le preguntaba aún sin dar crédito a las palabras del médico, sólo recibiendo como respuesta las palabras entrecortadas que Andrea, asustada, pronunciaba:

--No sé… yo no tengo nada… no entiendo… yo no he hecho… nada…

Al llegar a su casa, Andrea fue encerrada por su madre al no querer contestarle sus preguntas. Prefirió esperar al regreso de su esposo y de sus hijos varones para comunicarles la noticia y ver que paso daban para solucionar el problema presentado. Ya cerca de las diez de la noche y estando la familia reunida, los puso sobre aviso. Todos se quedaron estupefactos mirándose a la cara unos a otros sin saber que decir, excepto el hermano mayor, que de inmediato sin decir palabra, salió de la habitación y fue a tocar a la puerta de la vivienda de Roberto. A los fuertes golpes y extrañado por la forma de tocar y lo inusual de la hora, al momento de abrir, Roberto fue sacado violentamente de su cuarto y arremetido a golpes entre todos los insultos posibles:

--¡Desgraciado, hijo de la tiznada! Te lo advertí que no hablaras mal de mi hermana, me contaron lo que le hiciste y no lo creí… ¡Cabrón degenerado! Te he vigilado y no obstante fue verdad: ¡La violaste, méndigo!… -Roberto sin poder responder al tratar de cubrirse de los golpes que le tiraban, caído en el suelo y sangrando de la nariz, levantó la palma de su mano pidiéndole tregua:

--¡Espérate güey! ¡Déjame hablar y enterarme que sucede!

--¡Que la violaste y está embarazada!

--¿A quién?

--¡Cómo qué a quién! ¡A la que has violado varias veces en el baño; a Andrea, a quién otra!

--¡No, no es verdad! Yo no la he tocado… -Al escándalo suscitado salieron los familiares de ambas partes, yendo a separarlos, preguntando al unísono los padres de los contendientes:

--¿Qué pasa hijo? –Contestando uno y otro casi al mismo tiempo:

--¡Este es el culpable, papá!

--¡Me acusan de algo malo que hice y soy inocente, papá!

A Roberto no le valieron las justificaciones ofrecidas alegando su no culpabilidad, a grado tal que tuvo que invitar al hermano salir a la calle para hablar a solas y confesarle su personalidad:

--Es imposible que yo lo haya hecho… Debes saberlo, a mí no me gustan las mujeres; yo, tengo predilección por los hombres… soy homosexual…

--¿Tú, un joto? No estaba equivocado cuando te negaste a pelear conmigo; pero… -interrumpiéndole en forma suplicante, Roberto le solicitó: --Yo te pido, por lo que más quiero, que no vayas a divulgar mi preferencia, por eso quise hablarte a solas, es mi vida privada y secreta.

--Pero… no te creo. Lo dices para evitar el compromiso. ¿Cuántos testigos quieres que te presente que avalan lo que has contado sobre lo que le hiciste a mi hermana? Así que te jodes y cumples como hombrecito o… primero te parto la madre y después te mato, desgraciado.

Regresando a las viviendas donde continuaban reunidas en el patio las familias, el ofendido hermano les anunció: --Roberto ha aceptado su culpa y se casará con Andrea. Así que estando todo arreglado, habrá que felicitarlos y… ¡Se acabó la bronca!

La boda por la vía civil, se retrasó por la muerte inesperada del padre de Roberto. Su enfermedad se vio agravada por el pleito de su hijo, subiéndole el contenido de azúcar en la sangre. Luego del sepelio y los consabidos rosarios, la boda se celebró. Los recién casados, ocupando la misma vivienda, no se acostaron juntos. La viuda y Andrea en la recámara y Roberto en el mismo sofá cama que ocupaba siempre colocada en el otro cuarto. Su madre, no sintiéndose a gusto por esta situación, le proponía a Roberto que se quedara en la recámara con su esposa y ella ocuparía el sofá cama, a lo que Roberto le contestaba:

--No madre, así estamos bien. Quizá después cuando se alivie Andrea, mientras no; yo no soy el culpable de su estado y la respetaré.

El embarazo transcurrió sin que Andrea tuviera algún descanso. Aparte de realizar los quehaceres de su nueva casa, continuaba ayudándole a su madre en los trabajos menos pesados. En los primeros días de su matrimonio, planchando la ropa de su madre, le preguntaba:

--Ma-má, ¿porqué duermo allá, en otra ca-sa?

--Por que ya te casaste, ahora dependes de tu esposo, de Roberto.

--¿Él es aho-ra mi pa-dre?

--No hija, él es tu es-po-so, ¿comprendes?, has de cuenta como es tu padre, conmigo.

--¿Y porqué estoy gor-da otra vez?

--Por que vas a tener un hijo y tu esposo va a ser el papá, ¿entiendes?

--Como tú, cuando na-cen mis hermanos…

--Así, exactamente, hija, así.

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Andrea dio a luz a un varón en tiempo y forma correctos, no hubo ningún contratiempo durante el embarazo y el parto fue por medio natural. El niño en lugar de ser su hijo más bien parecía ser su hermano, hecho con el mismo molde que utilizara su madre. De Andrea y mucho menos de Roberto, tenía parecido; pero eso no preocupaba a la madre de Andrea, ya que a los seis meses de edad, aún presentando un cuadro de buena salud, el niño comenzó a manifestar los mismos síntomas de retrazo que reveló Andrea a la misma edad. No dejó pasar más tiempo y se lo llevó al doctor de la colonia. Éste, revisándolo someramente y observando los síntomas específicos que presentaba la criatura, le indicó que lo llevara al mismo Instituto y de ser posible que lo atendiera el mismo médico que atendió a Andrea.

--¿Por qué me la trae hasta ahora? Le di cita, necesitábamos vigilar el avance del embarazo, ¿por qué no lo hizo?

--Es que la casamos con el padre del niño y ya no depende de nosotros. Ahora es responsabilidad de su esposo; pero al ver el estado del niño, con la anuencia del padre, lo traigo.

--Muy mal hecho, señora, muy mal… Vea las consecuencias… Necesitamos revisar muy bien al niño y se tendrá que quedar hospitalizado… y la madre también. Que venga el esposo por ellos dentro de una semana. Tome su carnet y el del niño. Adiós.

Al regresar y comunicarle a Roberto lo sucedido, éste impasible, apenas le contestó que estaba bien y continuó absorto en su trabajo, renegando en su interior por la nueva obligación que tendría que cumplir. El día de la cita escuchó el diagnóstico y las explicaciones del Neurólogo, previo regaño:

--Así que usted es el padre… No debería haber abusado de la muchacha sabiendo su estado mental, hizo usted muy mal.

--No doctor, yo no fui. A mí me involucraron cargándome la paternidad.

--Bueno, dejemos esto, ahora lo principal. Mire, el niño está muy enfermo. Tiene muy pocas posibilidades de vida, no por el posible retraso que presenta y aún no determinamos su patología; sino por padecer una insuficiencia cardiaca. No se lo podrá llevar ya que después de los estudios que le realicemos, se le trasladará a Cardiología. Nosotros nos encargamos de ello. Sólo necesitamos su firma aprobando los tratamientos y las cirugías necesarias y en caso de su fallecimiento, aceptar que se le practiquen los análisis a los órganos dañados del cuerpecito. Con respecto a su mujer, ella se encuentra muy bien. Ya se le dio una terapia y respondió excelentemente. Por favor, continúen con las terapias en casa, según le he indicado a la madre. Mantenga esta dieta y verá como al término de un año su restablecimiento será notable.

Andrea sólo escuchando y volteando la cabeza mirando a cada interlocutor según hablaba, trataba de decir algo; pero callaba por saber que no debía interrumpir una plática. Roberto preguntó:

--¿Y al quedarse el niño, no necesitará que lo sigan amamantando?

--Durante estos días ya se le suspendió el pecho, se le suministró una leche especial y la recibió muy bien, no la rechazó. Eso es todo. –Dando por terminada la consulta, el médico y Roberto se levantaron, no esperando ambos la reacción de Andrea:

--Mi niño, mi niño, ¿dónde está? Yo lo quiero, yo me lo llevo. Vamos por mi niño…

A duras penas Roberto se pudo llevar a Andrea, siendo necesario aplicarle un sedante para controlarle el grado de agitación en que se encontraba por la falta del niño. No obstante, durante el camino y el resto del día, Andrea insistía con la misma petición: ¡quería a su niño!

Al amanecer del día siguiente, después de casi no dormir, Andrea se levantó y le dijo a Roberto:

--Mi niño tiene hambre, voy a darle mi pecho. –Y salió a la calle, caminando hacia donde imaginaba se encontraba internado su niño. Roberto la alcanzó y abordando un taxi se dirigieron al Instituto. Al llegar pudo localizar al Neurólogo y acompañados por él, llegaron frente al cristal de observación que limita al cunero, esperando que una enfermera les entregara al niño. De inmediato, al tenerlo en sus brazos, se aprestó a darle el pecho, mientras el médico trataba de explicarle la situación:

--Mira Andrea, tu hijo está enfermito y aquí o vamos a curar, aquí te lo guardamos mientras se alivia, aquí estará bien… ¿me entiendes? –Afirmando con la cabeza-, no te lo puedes llevar, puedes venir a verlo sólo los domingos… ¿me entiendes? –Ahora negándolo con la cabeza, dijo: --Yo quiero a mi niño, está solito… me quedo aquí, con mi niño…

--Mañana vienes otra vez, ahora está dormidito y lo va a acostar la enfermera en su cunita, si me entiendes, ¿verdad? –Andrea besó al niño y la enfermera retirándolo de su regazo, tomada de ambos brazos por el médico y Roberto, salieron de la sala con Andrea hecha un mar de lágrimas.

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--¿Ya lo pensaste bien, hijo? Esa muchacha es una loca, siempre la veo rodeada de muchachos, es muy noviera, anda con todos los del edificio. Yo la veo que la tienen bien apretada diversos hombres en las escaleras, cada noche, cuando regreso de cerrar la tienda. No te conviene.

--Para ti, nadie me conviene. Y como ninguna te agrada, búscame tú a la que me convenga, la que sea porque necesito una relación femenina, la que consideres el ideal para mí, según tu forma de verla porque yo, no la encuentro.

--¿Buscártela yo? ¿Acaso estás loco?

--Yo creo que sí, ya que me fijo en puras locas, es la mejor manera de formar una pareja: yo loco y ella una loca, así que… ¡Búscamela!

--Te estás burlando de mí, porque yo donde la voy a buscar.

--Pues entonces ya no te presentaré a ninguna más; con la primera que encuentre y me guste, sea quien sea, esté loca o no, si me acepta me caso con ella, con o sin tu consentimiento. ¿Queda claro? Ahora o me sirves una botella o me salgo a emborrachar a cualquier lugar, a ver si me encuentro a una vieja que me acompañe. –La madre de Fernando, sirviéndole la botella de brandy, refresco y un vaso sobre la mesa, le reprochaba su proceder, derramando unas lágrimas que secaba con la punta de su delantal:

--Que mal te han hecho los que consideras tus amigos. Te han cambiado. Te han pervertido. De ser un buen hijo, ahora eres un respondón y hasta borracho te has vuelto… Ya no respetas a esta anciana que todo lo ha dado por ti… Mejor… ya me quisiera morir y dejarte solo para que hagas de tu vida lo que se te antoje. –Palabras más palabras menos, esta escena se tornaba rutinaria especialmente los fines de semana; escena que llegaba a su fin, cuando Fernando bien ebrio caía en su cama, la madre lo desvestía y lo cobijaba, retirándose a dormir sin que sus lágrimas dejaran de surcar su rostro.

Fernando terminó su carrera y el día que presentó su examen profesional titulándose como Licenciado en Derecho, al regresar a su casa acompañado de su madre, familiares más cercanos y sus amigos, yo entre ellos, recibió una sorpresa. La señora se ausentó unos minutos para regresar después cargando un pequeño bulto. Llamó a Fernando y solos, en una recámara, después de felicitarlo por la culminación de sus estudios, tomó de la cama el bulto y se lo entregó, diciéndole:

--Toma, es tu regalo, va a ser tu hijo. Nació hace pocos días en una vecindad muy pobre. Su madre murió en el parto y era hija de una clienta mía; ella me lo regaló. Pienso que así tendrás por quien luchar en la vida, para que le des la felicidad que en la casa donde nació, nunca se la darían. Además, como tú ya te vas a casar, me acompañará cuando me dejes sola. –Atónito, recibiendo el bulto y observando que era un bebé, Fernando le contestó:

--Pero mamá, ¿qué te sucede? ¿Por qué me comprometes con este niño? ¿Y con quien me voy a casar? ¿Acaso ya me conseguiste mujer? ¿No? Entonces deberías haberme consultado primero. –Más preguntas se le agolparon a Fernando, preguntas reprochándole el hecho; pero fue interrumpido por el llanto de la señora:

--No hijo, si no lo quieres, no hay problema, regreso al pobre huerfanito y yo, aquí sola, me moriré de tristeza y sin ninguna compañía. Eres un ingrato que no piensas en tu madre que sólo ve por ti y por tu felicidad. –Le retiró al niño de sus brazos, lo cargó y se recostó con él sobre la cama, sin dejar de llorar. Fernando salió de la habitación y reuniéndose con todos los que lo habíamos acompañado, llenó de vino todas las copas colocadas en la mesa, nos las ofreció para realizar un brindis, tomó la suya, la levantó y brindó:

--Brindo por mi madre, que hoy le he cumplido sus dos más grandes deseos. Le he cumplido formándome como un abogado y ella me ha hecho padre…Un padre soltero que nunca le permitirá casarse, ¡salud! –El festejo terminó cuando mi amigo cayó en medio de la sala, ahogado de borracho.

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--¡Quiúbo Roberto! ¿Te acuerdas de mí?

--¡Claro que sí! Sigues igualito que cuando eras niño, me imagino que ya eres Arquitecto, pues es lo querías ser cuando fueras grande, ¿o me equivoco?

--No, ya lo soy… Y oye, desde que me fui de la colonia no nos volvimos a ver…

--¡Huy mano!, ya pasaron muchos años… ¿Y qué vientos te traen por acá?

Un Licenciado, amigo mío, me preguntó si conocía a un tapicero de confianza, porque los que han ido a su casa le han pedido anticipo y nunca regresan. Me acorde de ti y quiero recomendarte. Confío mucho en tu habilidad. ¿Puedes ir a su casa para que le hagas el presupuesto? Yo te llevo y luego él te trae de regreso o te paga el taxi si no se arreglan. –Sin decirme nada, lo vi que metió su cabeza entre la puerta que daba a sus habitaciones y lo oí indicar:

--¡Andrea, mamá! Voy a ver una chamba, les encargo el changarro. –Salió del taller y me dijo: --¡Vámonos mi Arquitecto! -Me extrañó que pronunció "Andrea", pensé en indagar lo que había hablado, cuando antes de abordar mi auto, vi acercándose hacia mí una persona inconfundible. Lo esperé y al estar juntos, lo saludé preguntándole: --¿Tú has de ser el Abuelo, verdad que sí?

--Claro, y tú también no has cambiado nada, ¿cómo estás?

--Muy bien, ¿qué te has hecho? ¿En qué trabajas?

--Estoy de vacaciones. Tengo tres días de haber regresado. Me fui hace tiempo al norte, llegué hasta Chicago. Allá conseguí un buen jale y pienso estar aquí unos dos meses y luego me regreso, nada más que cambie el clima por allá. ¿Y tú en que la giras?

--Ejerzo mi carrera… Bueno Abuelo, espero verte antes de que te vayas para platicar de aquellos años de la infancia, hasta luego.

--OK., I see you later. –Se despidió con acento apochado, nos saludamos de mano y abordé mi auto.

Durante el recorrido, Roberto me platicó su vida, sus problemas y desdichas. La muerte de su padre, su matrimonio con Andrea, lo que me hizo recordar que así se llamaba la hermana del Abuelo a la que le decíamos la Babaloca; la tragedia por la muerte de su hijo y de su deporte favorito. Yo sólo meneaba la cabeza y de imaginarlo casado con la Babaloca, muy merecido después de haberla violado varias noches según sus narrativas, lo compadecí… Pobre cuate. Al llegar a la casa de Fernando, luego de presentarlo, me despedí, retirándome para dirigirme a mi trabajo.

Después de arreglarse con Fernando para tapizarle su sala y otros muebles, Roberto salió a buscar una camioneta de alquiler en el sitio que le indicaron, para transportar los enseres hacia su taller. Conseguida y cargada, abordó el auto de Fernando que iniciando la marcha, le indicaría la ruta a seguir para llegar a su accesoria, marcando el recorrido a la camioneta que los seguía. Al llegar y bajarse para descargar los muebles, Roberto escuchó gritos que salían de su casa, gritos de Andrea, su esposa. Rápidamente entró y vio una escena que de momento lo paralizó: Andrea tirada sobre la cama, con la falda levantada y montada sobre ella tratando de arrancarle la ropa interior, se encontraba el abuelo intentando violarla y a Andrea luchando para defenderse del agresor. Sin darse cuenta de la entrada de Roberto por encontrarse de espaldas a la puerta, de un empellón quitó al Abuelo de su posición cayendo éste al piso, luego lo levantó y entonces sí, utilizando su habilidad de luchador lo golpeó hasta dejarlo bien noqueado. Roberto se acercó hacia Andrea tratando de calmarla de su agitado estado. Bajó su falda y la abrazó tranquilizándola. Volteó la vista hacia la puerta y bajo el umbral se encontraba Fernando observando la escena y entonces le preguntó:

--Licenciado, ¿vio usted lo que estaba pasando? ¿Vio que trató de ultrajarla? –Fernando le contestó afirmativamente y Roberto sin dejar de estrecharla, azorado, escuchó los balbuceos de Andrea entre los sollozos que no dejaba de externar:

--Hermano dijo que quería jugar conmigo… hermano dijo jugaría conmigo, como otras veces… no me dejé, me lastimó en mi brazo, otras veces amenazarme con golpes… que no hablara nada, cerrar mi boca, no decir a mamá del juego.

--A ver, cómo está esto…Dime Andrea, ¿ya te había hecho esto antes? ¿Ya había jugado contigo de esta manera? –Aún sin dejar de llorar, Andrea dijo que sí.

--¿Cuándo te lo hizo?

--Ya pasó tiempo, antes de irse, pegarme si no lo dejaba jugar conmigo. Subirse encima de mí…

Levantándose trastabillando, el Abuelo recobraba el conocimiento. Ágilmente Roberto le tomó el brazo con una mano y rudamente se lo pasó a la espalda del Abuelo; con la otra mano rodeándole el cuello, aplicándole una llave de lucha libre, subiéndole el brazo de la espalda más arriba causándole más daño, empezó a asfixiarlo por la llave aplicada e insultándolo le exigió que hablara:

--¡Desdichado, hijo de siete padres, tú violaste a tu hermana! ¡Confiesa o te rompo el brazo!

--¡Sí, sí, yo fui! Déjame respirar, ya no me lastimes…

--¡Tú fuiste el padre del niño! ¡Por eso te largaste al otro lado, desgraciado!

--¡Sí, yo la violé, yo soy el culpable! –Roberto sin dejar de aplicarle la llave, convertido en una verdadera Máscara Imperial, salió de la vivienda y desde el patio le gritó a la madre de Andrea que saliera:

--¡Señora, salga y escuche a su hijo, éste es el que ultrajo a su hija! ¡Escuche su confesión! ¡Yo soy inocente, yo no tuve nada que ver con Andrea! ¡Su hijo por amenazas me involucró en esto!

El abuelo, entre gemidos de dolor, confesó su culpa con pelos y señales. Librándolo de la llave de lucha, Roberto empujándolo, hizo caer al Abuelo a los pies de su madre. Regresó a su vivienda y observó de pie al centro de la pieza estaba su madre que había regresado del mercado y a Fernando, que tomándole un brazo, palmeaba la espalda de la muchacha tratando de consolarla, que aún asustada continuaba lloriqueando. Fernando sin poder controlarse, admiraba el hermoso cuerpo que tenía junto así y del cual había visto sus hermosas piernas totalmente al aire. Roberto entró, se sentó en un sofá, estiró las piernas y dando un resoplido, se tranquilizó del esfuerzo físico que desarrolló y esbozó una sonrisa por los pensamientos que se le agolparon y que quizá, cambiarían su futuro.

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--¿Ya lo pensaste bien? Mira que tu esposa no está nada fea. Tiene muy buen cuerpo y te ayuda en todo. Dejando a un lado su problema del habla, no la veo mal. –Roberto, en el bufete del licenciado, le exponía sus deseos:

--Si licenciado, ya lo pensé bien y sí, quiero divorciarme.

--Primero, no sé cómo los casaron si ella mostraba un marcado retraso, cómo fue posible que aceptara ella, si no sabía lo que hacía ni tenía conocimiento para firmar el documento. Hubo movida.

--Así lo creo yo licenciado, y vea, Andrea ha mejorado muchísimo tanto mental como físicamente. Si usted la hubiera conocido hace años, no lo creería. Tal vez, si no hubiera sido por la muerte de su hijo cuya separación la afectó notoriamente; muerte de la cual aún no se ha repuesto y no lo comprende porque sigue creyendo que se encuentra en el hospital recuperándose de su enfermedad, a tal grado que me he visto en la situación todas las veces que la he llevado a su terapia, de dejarla que se pare frente al cristal de los cuneros para que vea a su hijo, el que crea que es él. Si no fuera por esto, estaría su rehabilitación más adelantada.

--Yo, sinceramente te envidio, tu mujer está muy guapa, no te da problemas y yo no me divorciaría.

--Es que compréndame licenciado. Yo no me casé por gusto, me casaron a güevo, sin tener la culpa de su embarazo y esto trastocó mi forma de vivir. Por mantener sus necesidades y medicamentos, trabajo más tiempo y he dejado de practicar mi deporte y lo que creí fuese mi futura profesión. Mi carrera de luchador se frustró y la Máscara Imperial se ha retirado de las arenas.

--Te comprendo Roberto, no obstante, el ser inocente no es causal de divorcio, porque…

--¡Espere licenciado! Le voy a hacer una confesión, con la cual quizá llegue a comprenderme; pero por favor, es un secreto mío y espero que no lo divulgue.

--Soy un profesional y respeto la privacidad de mis clientes.

--Yo, jamás he tocado a Andrea, desde que ha estado bajo mi responsabilidad hemos dormido en cuartos separados, por que a mí no me gustan las mujeres… -Quedamente y con la cabeza baja, confesó-: Mi predilección es otra muy diferente… Soy homosexual.

--¿Tú homosexual? ¡Quién lo diría! Ni hablar, esto cambia las cosas. Empezaré los trámites cuando me traigas los siguientes documentos. Apúntale. –Recibiendo papel y lápiz, Roberto anotó lo indicado y a su término, le comentó:

--Muchas gracias licenciado. Ahora con respecto a su chamba, ya está listo todo. Puede mandar la camioneta a partir de mañana, cuando guste.

--Voy el domingo. ¿Está bien? Entre semana no puedo ir por mis compromisos.

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--Mamá, horita vengo, voy a ver un cliente y luego a traer los muebles; qué, ¿no lo entiendes?

--¿Un cliente en domingo? Tú lo que vas a hacer es ir a buscar a una vieja, ¡qué trabajo ni que nada! Con lo que gano en la tienda y lo que recibo de la pensión de tu padre, tenemos lo suficiente. Si quieres dinero, toma de aquí lo que necesites…

--¿Entonces para que me obligaste a estudiar? Para estar pegado a tus faldas no era necesario que me matara estudiando.

--Para que cuando yo falte tengas en qué trabajar y mantengas a tu hijo. Además, me tienes que ayudar a cuidarlo, el niño me da mucha lata, yo ya estoy muy vieja y me canso mucho.

--Tú te lo buscaste, de que te quejas. Lo conveniente es que consigas a una muchacha que te ayude con el niño y a realizar los quehaceres de la casa, la necesitas, búscala y yo la pago.

--¿Buscar una muchacha? No me hagas reír, no hay confianza en ninguna de ellas.

--Pues, entonces, jódete tú. Ahí nos vemos, yo tengo compromisos que cumplir.

--No seas así, hijo. Llévate al niño. Sácalo a pasear. Me siento muy cansada. Por favor, siquiera ayúdame hoy que es domingo…

--Ya estoy aquí, Roberto. Traje la camioneta. ¡Órale, vamos a cargar!

--Si licenciado, en el acto; pero usted espérese, nosotros la cargamos. ¡Ah! ¿Trajo usted a su hijo? No lo deje en el auto, bájelo, hágale compañía mientras subimos los muebles. -Fernando abrió la portezuela, cargó al niño diciéndole a Roberto: --Mientras cargan voy a saludar al abuelo, ¿estará? ¿Le grito o entro a la vecindad?

--Ni lo busque, al día siguiente de que lo pescamos sobre Andrea, voló… ya se fue para el norte el muy hijo de la tiznada…

De pie, aun lado de la puerta del taller y su hijo sentado en el sardinel de acceso, veían las maniobras de los macheteros, cuando del interior de las habitaciones salió Andrea, a la que prácticamente tenían encerrada no permitiéndole ni asomar las narices por orden de Roberto, al tener éste la idea de regresarla con su familia, limpia, sin ningún oprobio que pudiera cometer y que le impidiera hacerlo, una vez que consiguiera el divorcio que le estaban tramitando. Andrea vio al hijo de Fernando y directo fue hacia él, hablándole con mucho cariño:

--Es mi niño, ya te trajeron del hospital, ya no te separaran de mi lado. –Cargándolo, acercó sus labios a las mejillas del niño besándolo y le dijo: --Hijito, mi niño, no dejaré irte otra vez… eres mío. –Fernando sin saber que hacer, volteaba la vista repetidamente del lugar donde se había sentado Andrea con el niño, al lugar donde Roberto azorado, veía la escena. Éste se acercó a la pareja, tratando de tomar al niño de sus brazos, diciéndole: --Andrea, este niño no es el tuyo, es hijo del licenciado, suéltalo, dámelo para entregárselo. –El niño muy a gusto, sonriente por recibir caricias a las que no estaba acostumbrado, abrazaba por el cuello sin intentar separarse del regazo de Andrea; entonces, Fernando se acercó junto a ellos y le habló al niño:

--Vámonos Nandito. Es la hora de regresar a casa con abuela. –El niño volteó la cara escondiéndola entre el pelo de Andrea, sin obedecer. Roberto trató de quitárselo por la fuerza; pero lo único que consiguió fue armar un escándalo de gritos y lloriqueos tanto de Andrea como de Nandito. Impotente para separarlos, lo soltó y preguntó al sorprendido padre, el cual, dejando a un lado el problema, comenzó a discurrir una idea por su mente, una idea que le causaba una alegría interior insospechada:

--¿Qué hacemos licenciado?

--Oye Roberto, ¿tu mujer sabe lavar y planchar?

--Perfectamente.

--¿Sabe o puede realizar los quehaceres de la casa?

--Si. Eso es lo que hace aquí conmigo y le ayuda a su madre con lo mismo… ¿Por qué lo pregunta?

--Porque mi madre necesita quien le cuide al niño y le ayude en los quehaceres, y se me ocurre… ¿Podría irse a trabajar a mi casa? Por el sueldo no hay problemas, lo que me pidas te lo pago. Tendrá su habitación independiente y las prestaciones necesarias. Sólo dime, tú lo resuelves o ¿habrá que pedirle permiso a la madre?

--Yo soy su esposo, legalmente depende de mí y de nadie más. –Roberto de inmediato pensó que esta propuesta resolvería su estado actual, que volvería a estar soltero para realizar sus deseos reprimidos como antaño y La Máscara Imperial volvería a las arenas. Permaneciendo unos instantes en silencio, meditando, le contestó:

--Mire licenciado. Acepto su proposición, nos conviene a los dos; pero sólo con una condición: No la deje salir sola a la calle, cuídela, no quiero entregarla mal a su madre cuando usted nos divorcie. El sueldo, ocúpelo en ella, que su señora madre le compre lo que necesite, sobre todo, ropa y los medicamentos que debe tomar diariamente. ¡Ah! Hay un inconveniente: sus terapias…

--Si lo apruebas, puedo hacerme cargo de llevarla al hospital o tú…

--No, está bien, usted encárguese… Bueno licenciado, estos cuates ya terminaron de cargar los muebles, nada más voy a empacar lo poco que tiene y en un momento nos vamos.

Minutos después, con una maleta deportiva con sus pertenencias, Andrea sin separarse del niño, subió al auto y partieron. Al llegar a su destino, Fernando subió a su departamento y acomodó los muebles que cargaron los macheteros; le pagó al de la camioneta, le liquidó la cuenta a Roberto junto con el importe del taxi de regreso y bajando a su auto, le dijo a Roberto:

--No te preocupes, aquí estará bien, puedes venir cuando gustes.

--No será necesario. Sólo vendré si me llama en caso de que tenga problemas con ella o no quiera obedecer y recuerde, hay que saberle pedir las cosas, conforme a lo que le indiqué… y ya me voy. –Dándole una caricia en la mejilla de Andrea, le repitió lo que durante el viaje le fue aconsejando:

--Te portas bien, vas a llegar a lo que será tu nueva casa, por favor, obedece lo que te manden hacer, ¿me entiendes Andrea?

--Sí, todo haré si estoy con mi niño… todo haré si no me lo quitan. – Fernando subió a su casa acompañado de la mujer y el niño. La madre en cuanto los vio, indecisa e intranquila, preguntó:

--¿Y esta mujer quién es? –Imponiéndose al mandato materno, le contestó:

--Te comunico que ya le encontré madre a Nandito y como todas las mujeres que se me acercan las corres por que son puras locas, ahora te traigo una que si cumple con tus observaciones. Nada más que esta mujer estará exclusivamente para cuidar al niño y ayudarte en las labores de la casa y te guste o no, se quedará aquí… ¿Está claro, madre?

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--Perdóname hijo, estaba equivocada. Andrea es una maravilla, se desvive en atenciones para el niño, él es todo para ella y la casa, parece una tasita de plata.

--Pues trátala bien, como si fuera la madre del niño, porque si no, me largo de la casa con el niño y me la llevo de compañera, libre e independiente de tu vida, como lo hizo mí hermano.

--¿Serías capaz de dejarme sola?

--No más la tratas mal y lo sabrás. Y ahora, nos vemos, voy a llevarla a su consulta.

Después de ser revisada exhaustivamente, el psiquiatra en su consultorio, teniendo a la pareja frente a sí, le preguntó a Fernando:

--¿Es usted el esposo?

--No doctor, soy el licenciado que la tiene en custodia, ya obra en el expediente el documento respectivo que lo acredita. –El médico, hojeando el grueso volumen, al llegar a un folio se detuvo, lo leyó y le respondió:

--Está correcto, dígame entonces, ¿qué quiere saber?

--Cómo está el estado sexual de la señota, tanto mental como físico.

--Aquí leo que ya fue madre… el producto nació enfermo con la misma discapacidad.

--Sí, pero algo que no dice allí, es que el padre del producto fue su propio hermano, o sea un incesto.

--Podría ser la causa y lo más posible, aumentaría en grado sumo las posibilidades por las que el producto heredó la discapacidad mental.

--Pregunto: ¿qué probabilidades hay de que si tiene relaciones con un hombre sano, nazca su hijo con el mismo síndrome?

--Muchas. Es imposible predecir la genética.

--El hermano que la violó se aprovechó de su estado. Tiempo después lo intentó nuevamente, siendo ahora rechazado por ella, defendiéndose. Le pregunto si se le puede educar mediante alguna terapia para evitar que alguien se aproveche y trate de tener relaciones sexuales con ella y, si está en condiciones físicas aptas para tener otro hijo… u otros más.

--La mujer está en condiciones psíquicas suficientes para entender de que se trata, si se le explica con paciencia en casa, con base a exposiciones y gráficas que le puedo conseguir; explicándoselas con detalle, muy detenidamente, pues considero que ya tiene la capacidad mental para comprender el acto sexual y, físicamente no tiene problemas para gestar; pero queda bajo la responsabilidad del padre el resultado de la procreación. Uno como médico tiene la obligación de indicarle los peligros que corre una gestación producto de una madre con síntomas de retraso… ¿Es suficiente la respuesta?… Bien, la próxima cita será en seis meses, sólo que haya un cambio en su comportamiento, puede traerla de emergencia y no se le olvide continuar con sus medicinas y las terapias caseras que se le han indicado. Es todo.

Todas las mañanas, antes de salir para su bufete y después de que su madre marchara a su tienda, Fernando instruía a la muchacha con el material recibido del Instituto.

--Yo entiendo, mi hermano no jugaba conmigo, quería tener un hijo…

--Así es Andrea, por eso tienes que cuidarte ahora que ya sales a la calle, cuando llevas y traes del Kinder al niño y cuando vas al mercado. Debes saber que hay hombres muy malos que sólo quieren montarse sobre tu cuerpo.

--Como mi hermano…

--Exactamente, como él. Bueno, creo que ya comprendiste, mañana le seguimos y empezaremos a enseñarte a leer y escribir. Me voy a trabajar, llevas al niño y le sigues con tus quehaceres.

Por la noche , varios días después, permaneciendo dormida toda la familia, por la luz que emitía la lámpara del arbotante de la calle que cruza las cortinas de la sala, una figura semi desnuda proyecta su sombra sobre la `pared; figura que en silencio abre una puerta y se introduce en una recámara. Se acerca a una cama. Levanta con cuidado las cobijas, se mete entre ellas y se acurruca junto al cuerpo que descansa en el lecho. Al sentir la compañía, el cuerpo despierta y amodorrado y extrañado, pregunta:

--¿Qué sucede? ¿Quién…?

--Shish, soy yo, Andrea, estoy a tu lado…

--¿Qué paso? ¿Qué haces aquí? ¿Te equivocaste de recámara?

--No, Andrea ha entendido. Nandito no es mi hijo. No quiero que me corras porque ya lo he comprendido. No quiero irme de aquí. Yo quiero un niño mío, quiero un hijo de los dos, tuyo y mío… ¿Me lo das? -Fernando no pudo evitar sentir el calor del hermoso cuerpo que tenía a su lado y no pudo reprimir a su naturaleza que le pedía con ansiedad una mujer, la de una mujer por la cual sintió atracción desde el momento en que la tomó por un brazo y le estuvo palmeando la espalda y vio sus piernas; una mujer que deseaba todos los días; una mujer que por respeto a su madre y a ella misma por el amor que le daba a su hijo, no se atrevía a insinuarle sus contenidos anhelos de sentirse amado. Cruzó su brazo rodeándole el cuello y con unas caricias seguidas de muchos besos entregando en ellos su pasión, caricias, besos y pasión que fueron correspondidos, se inició el rito eterno de la consumación de su amor. De un amor que él por la autoridad materna siempre lo tuvo coartado; del amor de ella cuyo sentimiento desconocía y nunca pensó que existiera; de un amor que tan necesitados estaban ambos de exteriorizarlo, comulgando en una idea afín: Unir sus cuerpos y sus almas formando una sola entidad de amor.

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De pie, alrededor de la fosa excavada en el cementerio, su hermano y varios de sus familiares y de todos sus amigos sólo me encontraba yo, acompañábamos a Fernando al entierro de su madre. La señora, muy cansada, pero que nunca dejó de trabajar, dormida, de un paro cardiaco durante la noche, había fallecido. Al terminar de cubrir la fosa con la tierra excavada y colocar dos o tres arreglos florales sobre la tumba, me acerqué a darle el pésame. Lo abracé y con sinceridad, expresé unos pensamientos con los que externaba le acompañaba en su dolor y al momento de despedirme, me lo impidió pidiéndome que lo esperara: --No te vayas, quiero que me acompañes, bueno si tienes tiempo. Nada más espera a que termine de despedir a mis parientes, ¿sí? Y nos vamos.

Salimos del panteón y tomé rumbo hacia mi oficina. Estacioné mi auto, entré y di algunas instrucciones a mis ayudantes y salí para treparme al auto de Fernando. La plática la inició él, de inmediato una vez que me acomodé en el asiento del copiloto.

--Han pasado muchas cosas desde la última vez que nos vimos.

--Si, ya ni la amuelas, no te has dejado ver. Creo que han pasado tres años… No lo recuerdo.

--Desde que Nandito cumplió dos años, en su fiesterita. Y me acuerdo que sólo estuviste unos minutos para excusarte de que no podías permanecer con nosotros.

--Si, tenía una obra en problemas y una visita de supervisión, lo que hizo imposible quedarme. Y oye, de lo que si me acuerdo es que entre los invitados estaba una mujer que los atendía, muy guapa por cierto, ¿quién era? ¿Algún familiar tuyo?

--¿A poco no sabes quién era? ¿No la reconociste? Fue tu amiga de la infancia.

--Ni remota idea tengo de quien pudiera ser… No la conozco…

--Era Andrea, la hermana de tu amigo el Abuelo, la esposa de Roberto, el tapicero que me recomendaste. Vino a trabajar con nosotros para cuidar a Nandito y ayudarle a mi mamá.

--¡No puede ser la misma persona! ¡No lo creo! Aquella era otra mujer muy diferente y no la que conocí en mi infancia; no, de plano, la mujer que vi no era la Bab… -Callé, no debería saber cómo la llamábamos. Él extrañado, me preguntó: --¿Qué ibas a decir?

--Nada, sólo que me contaras como pasó todo.

--A Roberto lo casaron con Andrea, creyendo que la había violado y embarazado. Su hijo nació enfermo y murió. Roberto era inocente. El culpable fue tu cuate el Abuelo. Al saberse la verdad, me pidió que lo divorciara y lo hice. Antes, a petición mía, Roberto aceptó que Andrea llegara a trabajar a mi casa y al dictar sentencia en el juzgado donde se desarrolló el juicio civil, su madre trató de llevársela con el pretexto de su enfermedad; pero ella se negó y como era mayor de edad, decidió quedarse con nosotros. ¿Vieras? No sé si fue el tratamiento médico, los medicamentos y sus terapias suministrados adecuadamente, su alimentación o lo que es lo más probable, la reunión, el volver a sentir junto a ella, a Nandito, confundiéndolo con su hijo desaparecido; pero el hecho es que mentalmente se recuperó mucho. Ya aprendió a leer y escribir aceptablemente, aunque le queda muy poquito el habla no muy bien coordinada; pero físicamente está muy bien.

--¡Claro que está muy bien! Se le notaba a leguas…

--No quise decir eso, no me refería a su cuerpo, si no… -Riendo le interrumpí:

--¿Ja, ja! Sólo bromeaba, hombre. Y espero ahora que estás solo, ya pueda ir a tu casa para sonsacarte, para dar una vueltecita por allí, como aquella vez que salimos con aquellas dos señoras, ¿te acuerdas? Estuvo bueno, ¿verdad?

--Pues ahora estoy más amarrado que antes…

--¿Porqué?… -No esperé que me contestara al notar que nos dirigíamos por otro rumbo y no a su casa como imaginé sería el lugar a donde iríamos. Intrigado le pregunte: --Oye, ¿A dónde vamos?

--Primero a la escuela, vamos a recoger a Nandito y luego al hospital. Anoche, tal vez por la impresión por la muerte de mi madre, tuve que internar a Andrea. Hoy muy temprano, antes del sepelio, me di una escapada para verla y está bien.

--¡Qué! ¿Acaso esta enferma? No me digas que recayó…

--No mano, lo que pasa es que… ¡Vamos a tener un hijo!

Voltee, incrédulo, a ver a mi amigo, no dando crédito a sus palabras; observando en su rostro una amplia sonrisa de felicidad. No supe que decirle y sólo se me ocurrió preguntarle:

--Entonces, ¿te casaste con ella?

--Eran mis mejores deseos. Pero de pensar en el teatro que me haría mi madre, no lo hice.

--¿Y cómo le hiciste para justificar su embarazo?

--Le eché la culpa a Roberto. Le dije a mi madre que su esposo la visitaba por las mañanas mientras Nandito estaba en la escuela. Mi madre nunca lo vio ni lo conoció ni supo que los divorcié… Como vez, una mentira infantil da mejores resultados que una bien elaborada. Pegó.

Reflexionando ahora sobre su nuevo estado emocional, muy diferente de aquél en que estuvo sumergido por la posesión dominadora de su madre, le dije:

--Así como me dices que Andrea es otra mujer y me consta, tú también eres otro Fernando. El amor te ha cambiado… ¿No es así?

--Creo que sí, tienes razón. Desde que nos amamos, he dejado de beber.

00000

Después de arreglar por la mañana todos los asuntos pendientes de mi compañía, dejando dicho que no regresaría por la tarde, con una invitación en la mano, fui a buscar a Roberto. Frente a su vivienda detuve mi auto y bajé. Me extrañó que no estuviera abierto su taller y toqué en la puerta. A mi llamado salió una persona desconocida y respondió a mi pregunta de la siguiente manera:

--No joven, ya no vive aquí, según supe después de que murió su madre dejó la vivienda y se fue sin decirle a nadie cual sería su nuevo domicilio. Dicen que se cambió una madrugada y nadie lo vio. Se dieron cuenta de su salida porque dejó la puerta abierta y los cuartos vacíos. –Le di las gracias por su información y me retiré, comprendiendo que no era conveniente preguntarle a la familia de Andrea. Observando la calle, me dieron ganas de caminarla para ver si me encontraba con algún amigo de aquellos tiempos en que viví por aquí. Nadie, ningún conocido. Abordé mi auto y muy despacio recorrí las calles de mi colonia, volviendo a vivir los recuerdos que llegaban a mi mente. La casa donde viví, ahora ocupada por alguien que no conocía. Y cada rincón, cada árbol, cada escondrijo, las áreas donde patinábamos y jugábamos fútbol y la alegría de los juegos infantiles en los que participábamos todos los niños de la cuadra. A todos estos recuerdos les dije adiós en ese momento… Pero fueron recuerdos que nunca pude olvidar, ya que formaron parte de mi infancia, de mi integración como adolescente y de mi vida como adulto… Aceleré la marcha del vehículo y partí para el compromiso que había contraído.

Minutos antes de la hora llegué a la Iglesia. Nandito muy bien vestido, aunque de mayor edad a lo acostumbrado para celebrarlo, efectuaría su presentación ante Dios. Anita, la primorosa hija cuyo nacimiento fue normal y sin indicios del síndrome materno, vestida con un ropón blanco, sería bautizada como recuerdo con el mismo nombre de la abuela fallecida, en cuya ceremonia yo fungiría como su padrino. Después del ceremonial religioso, nos trasladamos a un salón especial para convivir y poder felicitar al dichoso matrimonio; pero antes, como punto inicial del festejo, en la mesa central ubicada en el fondo del recinto, Fernando muy elegante y Andrea portando un vestido blanco, largo, escotado, luciendo su hermosura en su totalidad, celebrarían su matrimonio civil formalizando su relación. Una relación en la que para él, después de tantos años de vivir enclaustrado por su madre; en la que para ella, también tantos años encerrada en su débil mente; significaba vivir en un mundo para ellos solos, el mundo donde Andrea formaba una nueva familia dedicando todo su tiempo en el cuidado de sus hijos y en la entrega total de su amor a Fernando. Y de aquél reprimido y obligado a no conocer el amor, amigo mío. Y de aquella muchacha obesa, fofa y enferma, hermana de un amigo mío, ya no existía ningún recuerdo. Su amor había triunfado. Ése era su mundo.

Cuando me despedí de mis primeros compadres, casi al término del festejo, antes de cruzar la puerta, volví la vista hacia ellos. Sentados en la mesa principal, Andrea cargando a la niña, el niño sentado en las piernas del padre y ambos padres tomados de la mano que les quedaba libre y la cabeza de Andrea recargada en el hombro de Fernando… y no sé porqué me invadió un dejo de tristeza y sentí muchas ganas de llorar… quizá fue, ¿un mal presagio?… no supe. Deseché el mal presentimiento, borré de mi mente la mancha oscura que enturbió mi vista; furtivamente con la manga de mi saco limpié las lágrimas que me habían brotado y al salir del salón, alcé la mirada al cielo, un cielo ya muy levemente iluminado por los rayos de un sol tramontano y elevé una plegaria pidiéndole Dios, porque en su unión la felicidad les perdurara por toda su vida. Era lo más justo. Ambos se la habían ganado.

MAX VILLAREAL.

Febrero del año 2000

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